Valdés, transición y hegemonía

El poder de los gobernantes está fundado sobre
la ignorancia, en la domesticada mansedumbre del pueblo”.

“Yo el supremo”
Augusto Roa Bastos

 

El Gobierno de Corrientes cierra un año perfecto. Otro más.

Ni la feroz crisis económica que se lleva puestas familias enteras en todo el país; ni los vaivenes políticos; ni los avatares del clima. Nada de eso parece conmover a las estructuras del poder que sostiene hoy, en la cúspide, a Gustavo Valdés.

Le pasan de largo los problemas asociados a la falta de trabajo o al cierre de las fuentes que había; a las pérdidas de las condiciones laborales mínimas; a la negación, flexibilización o restricción de derechos. Le resbalan los inconvenientes ligados a la tercerización de los servicios o a la reducción de ciertas prestaciones estatales; o la acentuación de la liberalización de la economía.

Parece inmune -por nombrarlos y reconocerlos- a los niveles dolientes de pobreza, o de marginación y exclusión. Incluso navega aguas calmas mientras otros se hunden en su mentira o incapacidad, ineptitud que se lava y queda al desnudo ante cada lluvia, y que aún así sostiene la pompa de su nombre: plan hídrico.

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¿Pero por qué nada de esto conmueve al gobierno?

Valdés parece a salvo de la crisis porque todavía capitaliza la novedad de su autoridad.

Encabeza una administración que avanza briosa aunque sin haber variado la matriz que sigue dando réditos aún por encima de lo que es: la puntualidad en el pago de los salarios. Esquiva la amargura de los reclamos porque es inteligente en suficiencia para pisar los puntos altos de una gestión que apenas despunta y que aún con problemas, disimula sus carencias: algunas propias, otras tantas del lastre ministerial heredado del colombismo y las restantes, producto de la devaluación, el ajuste, la desinversión general, los tarifazos y la inflación que se acelera en vez de bajar como se prometió largamente.

Aún así Valdés marca diferencias.

A Macri le saca ventajas cuantiosas en cuanto a la consideración general de la gente. A su antecesor, en tanto, ya le dio varias vueltas: en el trato con los dirigentes políticos, con los funcionarios de los otros poderes del Estado, con la sociedad civil, con los visitantes nacionales y extranjeros.

Marca diferencias en cuanto su visión de provincia: Valdés parece tener un proyecto, que además es superador del pago de los sueldos, aunque mientras tanto se apoye en ese recurso. Parece querer algo más que sólo acumular poder.

Habla de puertos, pistas y puentes; de rutas y pasos; de energías renovables, de autopistas de información, pese a que todavía debe lidiar con los cables y cortes de la Dpec y con las luces de sus administradores, que están cambiando foquitos mientras las estructuras funcionales se derriten; y con el oscurantismo de las cuentas de la administración, que vino de doblez en doblez desde 2001. Por eso, en ese cansancio, por ejemplo, echó a Vaz Torres, el ecónomo preferido de Colombi, generando en el acto un mensaje de largo alcance desde las costas de la autonomía.

Falta. Claro que sí.

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Puertas para afuera del gobierno, es lícito preguntar por el ministro de Justicia: no se le escucha la voz hace meses-años. ¿Sólo no habla, o tampoco hace? ¿Qué estaría haciendo en todo caso, en estos tiempos cruciales, el ministro de Desarrollo Social? Y el de Industria: además de bajar cuadros de Alfonsín de las oficinas públicas, ¿trabaja en algún proyecto relacionado con la industria? ¿Qué será de la vida del ministro de la Producción? ¿Se llamó o lo llamaron a silencio? ¿Y el de Obras Públicas?

También están los que hablan mucho, pero no acompañan esa verba con movimiento: allí están las estadísticas educativas y sanitarias para confirmarlo. Están los ni-ni. Y los devotos del marketing. Y están también los que hablan más de la cuenta. Los que hablan y dicen cosas, como que en Corrientes no hay inseguridad…

Para más, o para peor, están aquellos ministros y también funcionarios de menor rango que hablan como si hubieran llegado al gobierno hace 5 minutos. ¿Recién ahora se están dando cuenta de todo lo que falta o es que antes no los dejaban opinar, ni podían proponer opciones? En cualquier caso callaron y cobraron religiosamente sus sueldos.

También están los acomodaticios que mandan a los críticos al interior, como si en algún lugar de interior estuviera escondido algo que no se ve en la provincia capaz desde Piragine, o desde “Pocho” Romero Feris, para hablar desde la recuperación democrática para acá.

Aún así Valdés flota.   

Y si es verdad la mitad de lo que dice, y concreta al menos un cuarto, Corrientes ingresará a una instancia desconocida, después de tantos años de nada, o de muy poco.

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¿Pero si no hay nada, o hay muy poco, por qué entonces el Gobierno cierra un año en positivo y en paz?

Aquí podríamos poner en revisión algunos conceptos se esgrimieron como verdades durante largos años.

La paz social, por caso, es producto del pago en tiempo y forma de los salarios. Sí. De los planes y “pluses” que hacen que no alcancen los días para ir a buscar dinero de los cajeros. Poco muy poco en comparación con algunos vecinos, pero dinero al fin y todas las semanas. Sí.

La gobernabilidad, vaya aspiración, es producto de la división y muerte de la mayoría de los partidos políticos. De las internas y traiciones. Y por si fuera poco, de la voracidad de muchos dirigentes que prefirieron (¿y aún prefieren?) el destrato de hombres como Ricardo Colombi a tener que ganarse la vida por fuera de las arcas del Estado.

Las instituciones de contralor, a su turno, piden permiso para controlar. Las defensorías de los vecinos, de los usuarios y afines, piden permisos a sus mandantes políticos (sí, a su patrones partidarios) para ver si reciben ciertos expedientes o firman ciertas notas con reclamos generales.

La Legislatura se convirtió poco menos que en una escribanía, cuando no en un estorbo. Los escarceos que se escuchan en las bancas vienen de los patios internos o, para ponerlo en situación, de los generosos parquizados radicales, entre otras cosas por la falta de una oposición monolítica, seria, constructiva, que no le tenga miedo al debate y que debata donde debe hacerlo, no en las oficinas de los bloques, entre pocos y a escondidas. Si existe una oposición que se opone, es decir, que cumple con su rol más allá de la política del acuerdo, o del consenso (que parece ser la única forma de hacer política en Corrientes) no se nota. Si hay intenciones -de control por ejemplo, o de propuestas- son cortadas de cuajo por favores adeudados o presiones inconfesables.

Tan endeble es todo que por revisar el presupuesto la oposición fue tratada de “irresponsable”. Se dejó tratar así y una vez más fue avasallada. Pero la tensión es necesaria. Y la negativa también. Decir “no” es empezar a pensar, diría Viñas. A pensar alternativas al pensamiento único. Nada menos.

La Justicia juega su juego, y vaya que lo juega, según se lee últimamente. Los empresarios amigos del poder hacen su negocio. Y entre otras instituciones, el periodismo hace silencio. Muchas veces. Como hacen silencio los que saben y pueden hacer ruido. Las iglesias por ejemplo.

Paz y amor
Es bueno cerrar un año sin saqueos, sin gente en las calles rompiendo vidrios o lastimando su propio cuero. Claro que sí. Pero es malo que haya un 40% de pobres y una inflación de otro tanto no menor que ese guarismo, y sólo suenen villancicos importados en vez de voces propias al son del chamamé o al ritmo del carnaval.

Aturde tanto silencio. Y lo que es peor, la cosa parece que no irá a mejorar. No en lo inmediato al menos.

La hegemonía de la que disfruta Gustavo Valdés, producto del control social-cultural-político que se ejerce desde los cargos públicos, los contratos y negocios, los comités, las aulas, los púlpitos y los medios, y desde los despachos, no sólo viene aplacando los reclamos (que los hay, pero de intensidad en degradé conforme fueron pasando los años desde 2001 en adelante) sino que también aplaca las relaciones de fuerza. Llegamos a tal punto que hoy el contrapeso de Valdés parece ser Colombi, quien no se resigna al hecho de ya no ser. Ricardo Colombi no se acostumbra a estar un rato a la sombra”, le dijo alguien a otro alguien que lo escribió en un diario porteño. Y si no es así, esto ya fué así.

Valdés, en tanto, no encuentra desafíos en el PJ o en alguna de sus variantes, o en sectores de algún armado opositor con intenciones y planes concretos para llegar al poder.

De hecho, hay quienes piensan (y parece razonable) que sin 2019 no habrá 2021 para ningún esquema que se geste por fuera de Cambiemos en Corrientes, y eso que más allá de cualquier chicana, el gobierno de Macri hace todos los días alguna macana para perder las elecciones.

Si Mauricio Macri o alguno de los suyos accede a la Presidencia este año que comienza (cosa que parece posible, aún teniendo en cuenta lo de las macanas), será muy difícil para los cuadros opositores, por caso los correntinos, encontrar un esquema aglutinante: no solo por la escasez de horizonte, o la atomización de dirigentes y partidos, sino por algo menos romántico y más determinante: si no hay gobierno nacional, no habrá quién financie una campaña a gobernador en 2021 en una provincia donde Valdés corre con fuerza, ventajas y con el portento de uno o un par de gobiernos a su favor.

Puede haber financistas interesados, pero ¿pondrán la plata que hace falta hoy para salir a “convencer” a un electorado cada vez más escéptico, dada la cantidad de engaños que apila?

En fin: uno puede estar a favor o en contra de Valdés, pero de él no será la culpa si de la hegemonía pasamos a un predominio cuasi cesarista. No será culpa del radicalismo que las relaciones de fuerza en la provincia la manejen ellos mismos, es decir Valdés y Colombi. Pero el problema será de todos si “pasan cosas” y se reedita un quiebre como el de los primos Ricardo y Arturo entre 2005 y 2009.

La teoría hegemónica, que en Corrientes se aplica como si fuera el modelo en el que se inspiró Gramci, nos da al menos la chance de estudiar nuestro presente.  

Aún estamos a tiempo de generar sujetos colectivos involucrados con la calidad institucional y política, para evitar, en principio, lo que ciertamente ya se ve en esas costas del Paraná: la imposición de los tipos culturales de los que predominan y de las clases que denoninan. La imposición de los que mandan y nombran.

Queda claro que el sentido común político desde 2001 en adelante fue el sentido común de Colombi, y del radicalismo que él conduce. También queda claro que ese sentido común está siguiendo el derrotero del ocaso, forzado por las circunstancias que el propio Valdés se encargó de marcar: ahora es tiempo de igualdad de derechos, de la paridad de género, de que los chicos más chicos voten a sus representantes, de cambiar los modos de la política: todos asuntos que han calado en el debate público que Colombi y gente como él prefirió no abordar.

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Hay tarea por delante si la pretensión es frenar el camino hacia los excesos. Una democracia no institucionalizada como la nuestra, se caracteriza por el poco alcance, la debilidad y la baja densidad de las instituciones políticas existentes, dice O´Donnell. El problema con eso es que el lugar de esas instituciones queda ocupado por otras prácticas no formalizadas pero firmemente afirmadas, como el clientelismo, el patrimonialismo y la corrupción.

Conviene que no suceda. Incluso el propio Valdés saldría beneficiado de una actitud social más activa, pues con el acompañamiento y contralor político y social (que implica darle unas vacaciones a la claque aplaudidora que merodea presta y angurrienta por la cuadra del poder) podría encabezar un gobierno de este tiempo, más acorde con las demandas generales y menos acorde con los caprichos personales.

Tal vez podríamos pensar entre todos la provincia que queremos y nos merecemos. Podríamos empezar por entender que el pago de salarios no es una dádiva. Que es una obligación de todo empleador -no solo del Estado- pagar por el trabajo. En tiempo. En forma. De manera justa.

El Gobernador lo agradecerá, porque parece que está para más que eso. Y también la provincia, que desde hace rato merece más que sobrevivir siendo una satrapía ubicada en el vertice superior derecho y caliente del Norte pobre de la Argentina.

Corrientes: zona de promesas en tiempos de ajuste

El 2017 fue un año importante. Pero como el Tiempo se venga de las cosas que se hacen sin su consentimiento, habrá que dejarlo en reposo para darle luego su valía específica. No obstante, el fin de año demanda un balance. Y aquí hay uno.

Cada cual puede y debe tener su propia visión de las cosas, lo cual impide ensayar un análisis totalizador. Igualmente, desde el punto de vista institucional -que es más o menos la directriz que siguió esta columna a lo largo del año-, hay mucha claridad:

—Desde 2001 hasta hoy, Corrientes mantuvo su institucionalidad en manos correntinas, en hombres elegidos por el voto popular (sí, hombres, todos los gobernadores correntinos fueron y son hombres: blancos, católicos, heterosexuales). Tal continuidad de 16 años no registra antecedentes inmediatos. Ya son cinco los gobiernos elegidos democráticamente, en forma sucesiva, sin interrupciones de ninguna naturaleza.

—El fantasma de las intervenciones federales, que azuzó hasta en las épocas de Arturo Colombi (sobre todo por el sanguinario internismo de los primos y la actuación de ciertos sectores del Poder Judicial) parece hoy alejado de esas costas, producto de una madurez relacional entre elementos de la clase dirigente, pero también del fortalecimiento de las bases políticas, y de una gobernabilidad robusta que abreva en la paz social.

—El 2017 marcó asimismo el fin de la Era de los Colombi. Después de 16 años, ningún mercedeño-pariente con ese apellido gobierna Corrientes. Y lo que algunos acólitos pueden leer como una exageración, otros menos interesados en la propiedad de la herencia por cuestiones de sangre reconocerán que más allá de la formalidad, la desaparición del apellido Colombi de la grilla de gobernadores es un paso adelante fundamental para seguir cimentando la institucionalidad local, lejos de los patriarcas-caudillos-líderes que coquetean con las eternidades en el poder, pretendiendo convertir la cosa pública en patrimonio privado.

—El 10 de diciembre pasado Gustavo Valdés se convirtió en el gobernador propietario número 59 de la historia organizada de Corrientes, que comienza en 1821. Ese 10 de diciembre ocurrió hace 21 días: casi nada, aunque suficiente para sugerir que la casona de 25 de Mayo y Salta no sólo está habitada por otra persona sino también por otro modo de hacer las cosas. Veremos.

—Para empezar, el reconocimiento de la pobreza estructural que horada la (calidad de) vida de la mitad de la población de Corrientes, constituye un giro copernicano de Valdés en relación con Colombi, que fue siempre un negador sistemático y un experto en la traslación de culpas. También lo es el tipo de relación que plantea el nuevo Gobernador con la Nación, de sociedad política, pero sin renunciamientos. Y la apertura que ha demostrado con referentes políticos e intendentes de la oposición durante los últimos días.

—Habrá que ver de todas maneras hasta dónde pueden terciar las ideas de Valdés en el nuevo escenario de ajuste feroz y achicamiento estatal que plantea el gobierno de Mauricio Macri, cuestión que sólo con la reforma previsional y el pacto fiscal ya dejó a Corrientes en situación de merma financiera. “Desagradable”, según el propio Valdés.

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—Este año que se despide, asimismo, marcó el regreso del radicalismo al poder en Capital, después de 8 años de gobiernos kirchneristas-peronistas. El doctor Eduardo Tassano le ganó (por unos pocos puntos) la pulseada al ingeniero Fabián Ríos, en el marco de una elección llena de particularidades: fue convocada muy anticipadamente para el 4 de junio; iba a realizarse con sistema electrónico y al final volvió a votarse con sábanas de papel; supuestamente hubo acuerdos políticos que se incumplieron y zancadillas de rigor variable. Ganó el más fuerte: Tassano, y su espalda convertida en fortaleza por los incalculables apoyos de los gobiernos provincial y nacional.

—Habrá que observar ahora cómo administra esa fortaleza; las relaciones intra ECO+Cambiemos; las que mantiene de manera directa con funcionarios nacionales; y su propia aspiración-proyección-provincial personal que se disimula, pero no puede esconderse.

—En paralelo, la derrota de Ríos confirmó una vieja tradición de la política correntina: nunca un intendente fue reelecto en la ciudad. Nunca. Tampoco un intendente capitalino fue inmediatamente gobernador. Tassano debería tenerlo en cuenta. El último que chocó ante esta “maldición” fue “Camau” Espínola en 2013.

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La desaparición del apellido Colombi de la grilla de gobernadores es un paso adelante fundamental para seguir cimentando la institucionalidad local, lejos de los patriarcas-caudillos-líderes que coquetean con las eternidades en el poder, pretendiendo convertir la cosa pública en patrimonio privado.

—Como ya ocurrió en 2005, hay que recordar -con Néstor Kirchner, Arturo Colombi y Carlos Vignolo-, pero con resultados que mejor olvidar, el 2017 sirvió también para que el oficialismo provincial comandado por Ricardo Colombi lograra, a través de las urnas, una condición política ideal para dejar de generar excusas y empezar a trabajar en la gestión: Colombi y los suyos le pidieron a la ciudadanía alinear Nación-Provincia-Municipios. Contados que fueron los votos, la situación política pedida fue concedida. Ahora no caben más que los resultados. O Dios y la Patria se lo demandarán.

—¿Pero, qué podrían demandar Dios y la Patria después de tantos años, tantas posibilidades perdidas y, no obstante, tantas elecciones ganadas que ratificaron el rumbo? Pues algo más que el pago de los sueldos en tiempo y forma. Tal vez el desarrollo. O un mínimo de crecimiento sostenido. O recuperar a la provincia de su atraso. Insertarla quizás en el concierto nacional. O generar condiciones de crecimiento económico: energía eléctrica a prueba de calores o tormentas, puertos, caminos. Rutas acordes con las necesidades de estos tiempos. Achicar la pobreza, la indigencia. Pobreza. Indigencia.

—Quizás podría demandarse reducir en serio -con más instrumentos de gestión y menos lápices de dibujo- la mortalidad infantil y neonatal. La mejora en la atención de los hospitales. Atacar la repitencia y sobreedad escolar. Atender la falta de escuelas o el mal estado de las mismas. Ponerle industrias a los parques industriales. Y la lista sigue…

—La herencia de la que no puede hablar Valdés es muy larga. Y doliente. Quedó desnuda mitad de año cuando el clima se ensañó con gran parte de la provincia. Las inundaciones que azotaron al Centro-Norte correntino desde abril hasta julio dejaron pérdidas que aún ahora no pueden cuantificarse del todo, pues siguen ocurriendo, ahora con la sequía. A los miles de evacuados y autoevacuados de entonces, hubo que agregar las pérdidas de casi 100 mil cabezas de ganado bovino, otras tantas de ganado ovino y caballar. La provincia tiene (o tenía) un rodeo de 5 millones de cabezas bovinas y de ellas, un millón y medio fueron afectadas por encontrarse en la región inundada.

—Los pequeños productores tenían afectadas unas 12 mil hectáreas. Estuvieron comprometidas entre 400 y 500 mil cabezas de ganado por el anegamiento de los campos. La gravedad del fenómeno climático se situó en el eje de las localidades de Loreto, Caá Catí y Berón de Astrada. En esa zona cayeron más de 2 mil milímetros en cuatro meses, lo que generó inconvenientes en las 350 mil hectáreas que integran la cuenca del Riachuelo. La situación desmejoró el estado de los caminos rurales. Hubo campos que perdieron hasta el 80% de su superficie. Los pasos consolidados estuvieron tambaleantes y los caminos principales, como la Ruta 12, vieron caer dos de sus puentes, reparados provisoria y parcialmente meses después.

—La inundación afectó a 2,5 millones de hectáreas de campos en once departamentos. Las pérdidas económicas superaron los $1.000 millones, y si bien se declaró el estado de excepción, el Fondo Nacional de Emergencia creado por ley para toda la República Argentina fue absolutamente insuficiente.

—La lluvia constante durante esos meses, no sólo afectó a productores y a miles de familias correntinas, sino que además fue un catalizador de un acumulado de broncas varias que tuvieron incidencias decisivas en los resultados electorales de varios municipios, empezando por el de Capital.

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He allí una serie encadenada de sucesos que marcaron el año 2017.

Hubo otros también importantes, claro. Los correntinos en su conjunto tuvieron logros y fracasos a lo largo de este 2017. Sucede siempre.

Hay realizaciones que animan y reveces que duelen: que no todas las mesas tengan lo suficiente; que los jubilados sean siempre variable de ajuste; que haya menos derechos laborales y flexibilizaciones; y que la inflación lejos de reducirse sea recalibrada al alza, y prolongada en el tiempo.

Queda claro que hay mucho trabajo por delante. Es hora de hacer y de hacerse cargo. Ya no hay a quien echarle la culpa. ¿O sí?

Elecciones en Capital: ¿Quién ganó y quién perdió?

Quién ganó y quién perdió en la elección de ayer en Capital? La pregunta excede los nombres, aunque los tiene, y avanza más allá para sustentarse en conceptos.
Ayer ganó Eduardo Tassano y eso es lo que dicen los números: inobjetables cuantitativamente, pero también cualitativamente, porque se impuso en eleciones limpias y en los dos sistemas de votación. Tassano ganó en papel, pero también con la boleta electrónica. Y más allá de las diferencias porcentuales, que fueron exiguas (no más de 8 mil votos según el escrutinio provisorio, muchos más de los 3 mil de diferencia con los que Ríos ganó la elección de 2013), el cardiólogo radical fue paciente y se tomó revancha de lo sucedido en 2009. En aquel momento era favorito en todas las encuestas, pero ganó Camau Espínola. Ahora, a 8 años vista, la cosa fue exactamente al revés.
Ganó Emilio Lanari y su prestigio de médico que potencia cualquier lista, que desde hace tiempo viene siendo la de Encuentro por Corrientes.
Ganó el presidente Mauricio Macri, que aceleró el proceso e intensificó los apoyos en los últimos días, él y todo su gabinete, sustentando una candidatura que trae con la victoria un tiempo de análisis promisorio para lo que vaya a suceder en adelante en el país e incluso en la provincia.
Ganó Ricardo Colombi, que esperó para meterse en la campaña y lo hizo a sabiendas de que su contracción al trabajo podría revertir cualquier adversidad, que las hubo en el camino hacia la elección de ayer: internas y externas.
El gobernador, además, volvió a mostrar su valía: para afuera ganado una nueva elección y para adentro, mostrando una vez más quién es el que tiene los votos en la alianza, lo que no es menor de cara a lo que viene.
Ganó Colombi y su concepción de la política. Su habilidad en el juego. Su manera de hacer ver fortalezas allí donde hay amenazas. Ganó su concepto colectivo, de que el equipo está por encima de las personas, aun cuando él y su personalismo desmientan eso que dice. Hay en el trato de Colombi con el electorado, una relación acrítica muchas veces, pero que sirve para ratificar su condición de caudillo. Una y otra vez, a lo largo de 16 años.
Ganará también la ciudadanía, si es que se llevan adelante las promesas del candidato triunfador. Porque más allá de la fórmula, ganó ayer, evidentemente, la necesidad de los capitalinos de creer que es posible alinear la administración local con una provincial y nacional.
Ganó la potencia de una fórmula construida sobre individualidades parecidas. La paciencia. La solidez de los equipos que supieron esperar los momentos, pese a que también (como todos) echaron mano a las mañas de las viejas prácticas políticas para quedarse con el triunfo. Con la naturalización de las dádivas. Con la normalización de la utilización de los recursos del Estado para hacer proselitismo. Con la re-estigmatización de la gente sumida en su pobreza, que fue una y otra vez presentada como trofeo en los actos donde se los premia con una nada.
Aun así, Tassano y Lanari, en tanto médicos en contacto permanente con la gente, fueron creíbles para la mayoría del electorado cuando hicieron sus diagnósticos y presentaron las soluciones para los problemas de la ciudad. La ciudadanía creyó en los planes estratégicos y en las obras a concretar para reinsertar a la ciudad en un esquema mayor. Lograron -ambos- que la mayoría del electorado crea que es posible hacer ahora lo que no se hizo en tanto tiempo.

 

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Ganó la estrategia de colectoras, que si bien socavó el esquema legislativo del nuevo binomio ejecutivo, fue determinante para fundamentar el triunfo del doctor Tassano.
Ganó la apuesta al triunfo. ECO+Cambiemos puso toda la carne al asador arriesgando mucho, pero cobrando el doble: en esa lista se meten la participación presidencial, lo de Colombi, lo de Tinelli, los asuntos que se jugaron en las zonas bajas de la política. “Es la guerra”, dijo Colombi, y en esa línea ganó la primera batalla.
Ganaron los planes de obras necesarias para la ciudad: el plan hídrico, de seguridad, de trabajo, de gestión de residuos y de medio ambiente. Ahora empieza la transición, que será larga. Habrá que gestionar, por tanto, las ansiedades, pero también las responsabilidades. ¿Si hay un problema mañana, la ayuda llegará recién el 10 de diciembre? Habrá que ver.

 

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Ayer ganó el querer pertenecer; el no querer quedarnos afuera de nuevo. Ganó el cambio, el sí se puede; el pavimento no se come, aquello de que las operaciones de prensa no nos mueven el amperímetro.
Ganó el sistema electoral electrónico. Si había alguna duda sobre su implementación, ayer fue vencida. No sólo por los resultados, sino por los tiempos. Por la necesidad que tiene Corrientes de conocer pronto los resultados. Ayer votó un solo distrito. Sólo fueron dos categorías. Cerca de la medianoche recién estuvieron los resultados. Inaceptable.
Por eso, sin temor al equívoco, el primer y gran derrotado de la elección de ayer, puede decirse, es el sistema arcaico de votación en papel, que, por si fuera poco, fue enancado al sistema espejo que beneficia a algunos, pero a cambio de una confusión generalizada.
Pero no es el único derrotado. También lo fueron las encuestas y los encuestadores, como en 2009.

 

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Ayer perdió también Fabián Ríos. Perdió su soledad, su estrategia electoral de ir contra viento y marea a dar una batalla contra la Provincia y la Nación. La estrategia electoral y la comunicación de una buena gestión que dividió el electorado, pero que no alcanzó para la continuidad.
Perdió Ríos porque la valoración, que hace el electorado sobre su persona y su capacidad de mando, no se tradujo en votos para la continuidad del contrato social que él mismo planteó en el plebiscito que hizo ayer. Porque no lo vieron cercano a la gente y porque el lastre de la honestidad y la transparencia de gestión, en tanto antiguo personero kirchnerista, fue bien explotado -negativamente, claro- por ECO+Cambiemos. Las denuncias mediáticas en contra hicieron mella.
Perdió también la fórmula con Any Pereyra porque el Partido Liberal no tuvo boletas y porque la abogada y escribana, al final, traccionó menos que Lanari desde su lugar de consorte política.
Perdieron Ríos-Pereyra porque no pudieron contener a dirigentes como Sonia López y los suyos, y porque la estrategia en la grilla de concejales fue buena en si misma, pero mala para la fórmula a intendente y vice. Todo lo contrario fueron las colectoras a favor de Tassano.
Perdió Ríos porque prendió la percepción de que no estaba trabajando en los temas que necesitaban los capitalinos, y porque no tuvo una propuesta superadora más allá de la continuidad.
Perdió Ríos. Ganó Tassano. Y Colombi regaló a los suyos más tiempo para el festejo aun mintiendo: no anunció el nombre del candidato a gobernador como vino amagando desde el año pasado. Se reservó la mesura para seguir mensurando el poder, un talismán que sigue de su lado.

Los patrones

¿Piensa reformar la Constitución para permitir la rereelección del gobernador?

No. Un mandato y basta. Para los intendentes, los gobernadores, los legisladores y los presidentes.

Ricardo Colombi en una entrevista con Lucrecia Bullrich, del diario La Nación, publicada en la edición impresa del martes 17 de septiembre de 2013.

 

(Domingo 16 marzo de 2014). La semana que acaba de terminar cobijó un episodio que cambiará la historia de Corrientes. De hecho, no pasaron más que algunas horas y empezaron a sentirse los síntomas de una descomposición producida por el asado menos magro que hasta el momento comió el gobernador Horacio Ricardo Colombi con quien fuera el peor de sus enemigos. “Con Tato ni a misa”, se dijo alguna vez; pero a un asadito, puede ser.

Afecto a los corderos a la brasa, manjar con el que supo alimentar su política de gobierno y a unos cuantos políticos, Colombi cedió esta vez ante una receta vacuna con la que Raúl Rolando Romero Feris consiguió, el miércoles, un momento de poder para blandirlo como cuando lo ostentaba, anillando su protección con la conducta del tero, que chilla en un cuadrante para poner su huevo en otro.

Ojalá sea sólo una elucubración periodística, pero hay demasiados indicios para suponer que la mesa de los caudillos se sirvió a costilla de mucha gente.

 

Indicadores

Apenas digirió el postre, Tato Romero Feris salió a vociferar que el convite fue una manifestación doméstica de cariño. De paso, eso sí, recordó que es un eterno degradado político que accedió al modo de los concertadores porque su humillación pública “debe terminar”. Fue más allá. Dijo que “todavía” no lo dejan ser candidato. Todavía.

Esto quiere decir, sin cantos de sirena, que su convite no tuvo en particular un objetivo gastronómico, sino que buscó en realidad su rehabilitación política. ¿Se puede tanto con una comida? Una posible respuesta histórica es afirmativa. Sí se puede. “La dieta del cordero”, más recientemente, es su materialización perfecta.

Llegar a esta instancia implicaría al menos una contraprestación imposible, puesto que fue la Justicia la que lo multiprocesó y condenó en varias ocasiones por violentar la conducta de un administrador del Estado. No obstante, si el jubileo que pide el líder naranja llega de la mano de la política, olería aún peor, porque implicaría una capitulación judicial o, lo que es más grave, el manejo de la corporación judicial por parte de su comensal el gobernador.

Ricardo no dijo nada. Desde aquel miércoles de chorizo y morcilla sólo se le escuchó un insulto a los reporteros que lo fotografiaron cuando salió de la casona de la calle Mendoza. Siempre trata así a la gente, por lo que resulta complicado saber si el reto a los fotógrafos fue cariñoso o en realidad configuró la reacción de alguien que se sintió sorprendido infraganti, pedaleando para atrás sobre sus límites ideológicos.

 

Desandando caminos

Ricardo Colombi suele jactarse de que nadie le marca la cancha. Tiene particular interés en hacer saber eso a la prensa, pero cayó en la trampa de su contradicción al acudir presuroso a la mesa de Tato un día después de que el dueño de Cabañas Caá Cupé pegara cuatro gritos por radio y luego saliera en un diario. Tato amonestó al mandatario como a cualquier peón descarriado y éste acudió a la fila temeroso del patrón.

¿Se asustó Colombi? ¿Recordó sus épocas de intendente disciplinado, cuando gobernaba Romero Feris, o es que gastó a cuenta de su imagen porque persigue un objetivo superior? ¿Tiene algo que ver la reforma constitucional anunciada con la amnistía lindera con la impunidad que sigue reclamando Romero Feris?

Suponer lo primero es un indicador del cambio de una época. El susto es indicador de debilidad y de genuflexión ante una figura derrotada como la de Tato, sobre la que Colombi, hay que recordar, edificó su liderazgo. Suponer lo segundo implica todo lo contrario. Perseguir un objetivo de perpetuidad supone la existencia de un gobernador que cree estar más allá de los límites que impone el tiempo y las normas de un Estado que gobierna y dice guiar con previsibilidad.

Ante cualquier opción, no es casual que al rescoldo del carbón con el que cocinaron carne y menudencias, Tato sueñe públicamente con una nueva candidatura, después de haber sido procesado, juzgado y encarcelado; y Ricardo Colombi haga decir a uno de sus partidarios que fantasea con la reforma porque le tiene un poco de envidia a Gildo Insfran, el faraón formoseño; y porque de otro modo varios de sus ministros y algunos colaboradores, muchos de los cuales se subieron al caballo de la sucesión, terminarán batiéndose a duelo por la herencia de un muerto que todavía vive. Y que recién está acomodando las calchas después de haber reasumido, este período de gobierno, el 10 de diciembre último. ¡Hace exactamente 96 días!

La clase política suele decir que hablar de candidaturas en años no electorales constituye al menos una falta de respeto. Hablar de una reforma constitucional, luego de 6 años de una anterior enmienda proyectada a por lo menos 4 décadas, ¿qué sería? ¿Y habilitar la rereelección al solo efecto de saciar la voracidad de un gobernador y de quienes están dispuestos a levantar la mano seguramente por algunos favores que serán exclusivamente personales, que categoría tendría?

Para no ser irrespetuoso, estaría bueno que sea la propia clase política quien califique estas acciones que justifican su descrédito.

 

Amnistía

Volviendo al jugo del vacío de ternera, bien vale destacar que en nombre del diálogo, Tato está en su derecho de decir lo que quiera. El asunto es que lo que quiere tiene límites que no lo puso ni la gente, ni la prensa, ni la política. Los puso la Justicia. Por esta misma razón, después de tantos años, ¿es posible un cambio tan abrupto del status quo judicial sin voluntades que abreven en la política?

¿Tendrá algo que ver lo que dijo Romero Feris (“Todavía no me dejan ser candidato, pero es algo que tiene que cambiar”) con algún “presente” en clave de promesa que le pudo haber acercado Colombi para no caer al almuerzo del miércoles con las manos vacías? ¿Qué tiene que ver el globo de ensayo de la reforma constitucional con todo esto?

Ricardo Colombi es un hombre inteligente. Un político dispuesto a todo pero también trabajador. No puede achacársele improvisaciones notorias. Por eso mismo, salvo que esté con problemas de soberbia, vanidad  o haya caído preso de un delirio mesiánico y crea que la provincia lo merece hasta el final de los tiempos, es muy probable que recule a tiempo con esta barbaridad hegemónica, cuasi monárquica.

Dicen los que saben, más bien, que Ricardo mandó a hablar de la reforma por al menos tres razones: una política, otra interna y otra social. Para mantenerse en campaña permanente, después de tantos años en el poder y del desgaste que ello conlleva; para apaciguar las fieras internas, que ya trabajan para sucederlo, canibalizándose; y de última para generar un tema de conversación ante la escasez de una agenda de trabajo que dé respuesta inmediata a los problemas que vienen de hace años sin que este gobierno, que también viene de entonces, pueda resolverlos.

Según dicen además, todavía extraoficialmente, al titular del Senado, Gustavo Canteros, ya le habrían anoticiado de que en cualquier momento podría tratarse un proyecto reformador. Parece que también le habrían hecho llegar la “mala nueva” el presidente de Diputados, Pedro Cassani, que está anotado en la carrera sucesoria.

Colombi dijo en más de una ocasión que con una reelección bastaba y sobraba. Los tiempos cambian, pero sería saludable que mantenga su palabra. Y ojalá todo esto, con el tiempo, sea sólo literatura. El delirio de una parte de la prensa que está viendo fantasmas del pasado. Otra parte de la prensa ni siquiera vio que Tato y Lalaca se juntaron tal vez para ironizar, con un banquete real, las comilonas de mayor rating de la televisión argentina actual. Aquellas que sostuvo Pablo Emilio Escobar Gaviria, el Patrón del Mal, para organizar su formidable y sanguinario negocio.

Casual o no, en aquella tira hay amores y odios, traiciones, cárceles, sangre y hasta una constituyente. El libretista correntino de este folletín, el de los patrones de Mercedes y San Luis del Palmar, parece inspirado en el capo de Medellín.

El preso sueña con la libertad, como el prohibido con la voluntad. En esta esquina sólo falta la realidad, que suele fallar, aliada al tiempo, inexorablemente.

¿Por qué ganó Ricardo Colombi?

(Lunes 16 de septiembre de 2013). Sólo si los datos de estas horas se confirman luego del escrutinio definitivo, se habrán confirmado también las tendencias previas. Y como las encuestas se convirtieron en votos ayer, puede decirse hoy que los ciudadanos de Corrientes se expidieron y decidieron la continuidad de Ricardo Colombi al frente del Gobierno de Corrientes. Ese dato constituye un hecho histórico, pues el mandatario mercedeño se convirtió en el primero en acceder por el voto popular a un segundo mandato consecutivo y uno de los pocos elegidos en sumar un tercer mandato desde que Corrientes se organizó institucionalmente.

Esta victoria obedece a un sinfín de razones, que trataremos de exponer en esta nota.

Horacio Ricardo Colombi, a sus 56 años, logró su reelección porque fue un buen gobernador que devino en buen candidato, casi por traslación.

Ganó porque la gente lo vio así: capaz de ser gobernador una vez más y pese a todas las deudas que los opositores pudieran endilgarle después de tantos años, suyos y de su primo, en el poder.

Ganó porque los ciudadanos vieron su fortaleza aún en condiciones de soledad política a nivel nacional. De hecho, esa fortaleza trocó en valentía para disputar contra el poder central, contra el sometimiento al que el kirchnerismo le tributa por sus triunfos políticos. Y esto pese a la sociedad que supo sostener con Néstor Kirchner y que forma parte de su pasado reciente.

Ganó porque pagó los sueldos en tiempo y forma y porque supo administrar los recursos del Estado pensando tal vez en la provincia, pero también en su propio pellejo. Dosificó tales recursos y llegó hasta este final en busca de su reelección con el apoyo del empleado, al que lo sostuvo con aumentos salariales progresivos y al que ahora lo benefició con la estabilidad.

También ganó por el temor. Por la posibilidad de que caigan todos los beneficios con el Gobierno. Empleados de las empresas proveedoras hicieron suyo el miedo de los dueños de perder el contrato actual. Y el trabajo es sagrado y multiplica, en este caso, los votos.

Colombi ganó porque, como un jugador de ajedrez, manejó siempre las piezas y los tiempos.

No hizo grandes obras, es cierto. Más bien hizo las suficientes para llegar con oxígeno a esta campaña. Reguló también los cortes de cintas y siempre estuvo en la consideración pública. De hecho siguió su propio axioma: “Cuando es época de elecciones, obras para arriba. Cuando no lo es, obras para abajo”. Así se expresó en una vieja entrevista con El Litoral.

Ganó también porque hizo buenas alianzas electorales, pese a que echó mano a lo peor del pragmatismo utilitario. Mostró un estómago de hierro y retomó las conversaciones con su primo Arturo, al que lo seguían algunos radicales; lo trajo consigo a Tato Romero Feris y usó la buena imagen de su esposa, Nora Nazar, para cosechar en las viñas del nuevismo; y puso en su lista por un lado a Pedro Braillard y por otro a Gustavo Canteros, agua y aceite en la gesta del 99 que además de ser histórica, atraviesa de contradicciones a la coalición entera. No importó.

Ricardo Colombi jugó con el enemigo externo, el kirchnerismo, y borró del horizonte local esas contradicciones del pasado. Jugó y ganó una batalla conceptual y cultural. Se dedicó a hablar de los valores del correntino, de sus luchas y llegó adonde quería: al corazón y al voto resultante.

Ganó porque supo elegir buenos candidatos para que lo secunden. Blindó las listas legislativas y obligó a los socios a sacrificarse por la causa. Miró estratégicamente y privilegió, como siempre, el contacto con la gente. Habló con ella de igual a igual, en su idioma y en su territorio.

Ganó porque supo usar los espacios y los medios. Porque supo comunicar su mensaje y su gestión, aún con los déficit que son muchos y estructurales, como los de vivienda y energía.

Ganó ayudado por el sistema electoral, por la sábana de papel, por la bolsita compradora, por el boleteo estratégico, por un acarreo eficaz y una fiscalización necesaria, aparatosa y costosa, restrictiva, pero útil.

Ganó porque estuvo bien asesorado, porque no se la creyó nunca y porque se granjeó el respeto de todos, aun de sus adversarios, por su enorme capacidad de trabajo que no empezó en agosto de 2013 con la campaña, sino en diciembre de 2005, cuando después de dejar a Arturo en el sillón de Ferré, se sintió echado del palacio. Entonces empezó su campaña. Volvió en 2009, por la puerta grande y cumpliendo una venganza intima. No se movió un ápice de ese norte y, habilitado por la ley, aspiró a la reelección que le fue arrebatada en su momento por las mezquindades de la política.

Perseveró y ahora acaricia las nuevas páginas blancas que le reserva la historia.

 

Por qué perdió Camau

En cambio, Camau Espínola perdió porque se apresuró. Se cegó en ser gobernador y apenas le alcanzaba para ser un buen intendente.

Perdió porque no pudo convencer a la gente de que su gestión era producto de un trabajo en equipo y no el resultado de cualquier administrador de billetera gorda.

Porque hizo pésimas alianzas electorales y porque como resultado armó listas indignas de un frente que pelea por el poder para ganarlo y sostenerlo.

Pagó caro, como cuentan de Esaú en el libro de Génesis, su hambruna de poder. La gobernación por lentejas. Así fue. Tarde es para arrepentirse.

Perdió porque así le fue con la batalla conceptual y cultural. Porque contrató profesionales para Hollywood, no para Corrientes. Porque hizo spot para los Oscar, no para que lo entiendan en el Iberá. Porque no supo llegar al correntino. De hecho ni al capitalino, para el que trabajó cuatro largos años.

Perdió porque arrastró la bronca antikirchnerista de una clase media y alta insultada en su ideología.

Porque no supo defenderse. Colombi atacó e hizo del ataque una forma de campaña. Acusó de cualquier cosa al kirchnerismo y al propio Espínola y este no logró desinstalar los agravios ni los rumores plantados por sus adversarios. Todavía resuenan, de hecho, aquellas suposiciones como la instalación de gente de villas porteñas en terrenos locales; aquello del supuesto estado de corrupción generalizado en la Comuna; un esquema de nepotismo exacerbado, según dicen; eso de que él es ella; o aquello de que Corrientes es y sería con más fuerza una escribanía de la Nación.

Perdió porque no pudo desactivar estas bombas de efecto ni demostrar que entiende la idiosincrasia del correntino. Porque estuvo mal asesorado.

Porque ocupó mal los espacios y los medios. Porque no supo comunicar su gestión, rica en obras como pocas. Porque no supo administrar  las acciones y los actos para crear las sensaciones de acompañamiento necesarias en una campaña.

Porque es suficiente con que Buenos Aires sea la capital como para que también sea centro de operaciones de una municipalidad a mil kilómetros de distancia.

Perdió porque la arrogancia porteña genera rechazo, y bronca la soberbia local de los que creen que han ganado todo y, las urnas lo demuestran, no han ganado nada.

Perdió porque no se gobierna por los medios ni para los medios sino para la gente. Una charla con un vecino es siempre más que una llamadita de tapa. Alguna vez lo entenderán.

Perdió porque la plata de la campaña hay que saber gastarla y aquí se gastó mal. Perdió porque se han cometido una serie larga de errores, de improvisaciones varias y porque jamás se pudo contener la interna que se desató al armar las alianzas, se agravó con los nombres de las listas y terminó de explotar con la derrota de las Paso.

Camau no perdió por kirchnerista, cosa que de hecho está en duda. Perdió por incauto y arrogante. Ojalá aprenda y pueda volver.