Cooperar para vivir

Para el diario El Litoral
Si es verdad que en estos largos días de cuarentena aprendimos que “nadie se salva solo”, entonces hemos aprendido también que la cooperación humana es la tecnología mejor acabada para ponernos de nuevo de cara al sol, cuando todo pase.
Ejemplos a lo largo y ancho del planeta confirman el diagnóstico vuelto sentencia. Y la buena noticia, para hacer frente a los escépticos, es que la cooperación también resultó en Argentina, con efectos que están a la vista.
La cooperación entre los tres niveles de Estado en el Area Metropolitana de Buenos Aires no sólo dio resultados en términos sanitarios (más allá del desfase de los últimos días en los barrios hacinados y marginales ubicados en la porción de tierra más rica del país) sino que también aportó un sedante de magnitud insospechada para la grieta política, repeliendo incluso el intento de quienes, fuera del reparto de la consideración ciudadana, intentan a toda hora y por cualquier orificio sembrar un poco de cizaña para envenenar la magra cosecha de estos días.
La cooperación que dio resultados en todo el mundo, dio también sus frutos en Argentina. ¿Eso molesta? ¿A quién? ¿Por qué?
Atravesamos como humanidad -no ya como nación, o como naciones- una situación crítica por pandemia. Es cierto que sus efectos no encuentran parangón en la historia mediana del globo, pero las bases de lo bien hecho se volverán sólidas si sabemos aprovecharlas.

 

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La cooperación del Estado con los científicos, médicos, infectólogos, fue el primer modelo en el que nos pusimos de acuerdo como sociedad. Nadie, o pocas personas a estas alturas, dudan de la importancia que tuvo para el manejo de la pandemia que el gobierno de Alberto Fernández se respalde en la ciencia, en sus expertos, en los estudiosos que dedican sus vidas al diseño de políticas y estrategias sanitarias.
La cooperación del Estado con los científicos y los CEO (de muchas empresas nacionales) hizo que la Argentina pueda desarrollar tecnología y aparatología médica, además de insumos y reactivos que nos permitirán estar mejor preparados si es que el coronavirus decide golpearnos todavía más de lo que lo ha hecho hasta el momento.
El Estado, las empresas, el conocimiento industrial y la mano de obra calificada, que procede -por ejemplo- de las universidades, como la de los estudiantes de la Universidad del Nordeste, permitieron, por decir algo, el ensamble de respiradores mecánicos para asistir al hospital de campaña de Corrientes, pero también, a futuro, a los institutos u hospitales que lo requieran.
La cooperación del Estado con los empresarios, en el plano de los productos y servicios, hizo posible muchas otras inversiones necesarias, pero al mismo tiempo mostró los agujeros que eran invisibles en el trajinar cotidiano de la vieja normalidad.
Se trata del conocimiento, más que nunca, en la era del conocimiento. Pero en este caso, se trata del saber al servicio de las políticas públicas implementadas bajo el régimen de la evidencia y no bajo el yugo de los caprichos personales, lo que supone un antes y un después, de mínima, en la toma de decisiones de Estado. Y de muchas empresas.

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Por supuesto que hay desafíos, falencias. Hay carencias estructurales. Hay dudas. Por supuesto que hay algunos desconfiados que azuzan con denuncias, y sus razones tendrán. Nunca fue fácil la cosa, nunca del todo transparente. Y nada hace suponer que de repente lo será, en medio de una pandemia, cuando el Estado, a través del gobierno, muchas veces coquetea con la fuerza absoluta que surge de la excepción. Cuando más bien se reviste de poderes que lo alejan del deber ser de la rendición de cuentas. Pasa aquí como en las sociedades más avanzadas. No es un consuelo, pero pasa.
No obstante, habrá un “antes y después”, previenen hasta el cansancio médicos, psiquiatras y analistas, docentes, gremialistas, economistas y políticos de toda caladura.
Ojalá el después, en todo caso, sea un poco mejor que el antes. Que muchas de las acciones apuradas por el coronavirus se queden para contener otros problemas que nos aquejan. Que las campañas sanitarias sirvan, por ejemplo, para atacar al dengue, que es otro de los males que nos zumban en clave de epidemia desde hace bastante tiempo.
Habrá un antes y un después -dicen a coro los expertos- en cuanto a la forma de vida, a la forma de manifestar los afectos, a la forma de realizar los trabajos, muchos de los cuales no tendrán más remedio que adaptarse. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), entre abril y junio se perderán 195 millones de empleos en el mundo. Los sectores más afectados con pérdidas de mano de obra son el hotelero, el de producción de alimentos, el gastronómico, el inmobiliario, las actividades administrativas, las fábricas y los servicios de reparación, los comercios, el área de los negocios y el sector artístico.
Otra mala noticia, publicada ayer por Daniel Santa Cruz en La Nación: la Argentina reúne el 41% de sus empleos dentro de este grupo de riesgo, de acuerdo al mismo informe de la OIT.

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Habrá un antes y un después en la forma de educar.
La educación, tal vez como ninguno de los otros estamentos, pone al desnudo las asimetrías y brechas, tecnológicas y de aprendizaje. He allí un enorme desafío.
El cambio de mentalidad asociado al cambio de ritmo en el paso de lo analógico y semianalógico a lo digital, por influjo de una crisis sanitaria, insufló la transformación digital, el teletrabajo, la inteligencia artificial. Dispersó la productividad, pero al mismo tiempo dejó más pobres a los pobres y más excluidos a los que ya lo estaban.
La brecha digital es mucho más que eso en provincias y regiones como las que habitamos nosotros. Es eso, pero sobre todo es la pobreza, la falta de trabajo, de viviendas dignas, de infraestructura básica.
Semejante brecha en semejante zona acentúa todavía más las diferencias. Las familias, incluso las que tienen algún recurso tecnológico, sucumbieron ante la cuarentena, que también es asimétrica. En todo caso no hay una sola cuarentena. Las hay a distinto precio.
Las familias sucumbieron ante la falta de aparatos y de servicios de internet y energía suficientes para atender las demandas de todos los miembros del núcleo en el mismo momento, que por trabajo o por estudio, intentan de ese modo hacer sus propios esfuerzos para vincularse con un afuera que cada vez queda más lejos. Ya en una familia tipo se manifestaron esos problemas, y las familias tipo, está claro, son mucho más numerosas en las provincias del Norte. No hay espacio para todos en el mismo momento, y así es difícil pensar, aprender. Avanzar.
Las otras familias, en las que la realidad virtual está lejos de ser siquiera una realidad, volvieron a ser castigadas, ahora en simultáneo por la brecha tecnológica, educativa, por la pandemia y por la economía que se paró como protección ante el virus. El combo es demasiado dañino.
En cuadros como esos es donde anidan los militantes anticuarentena que se mueven por el parámetro único de la economía. Son los que denunció hace unos días el doctor Pedro Cahn, director de la Fundación Huésped y uno de los integrantes del comité de expertos que asesora al Gobierno. “Odio la cuarentena, no la amo. Pero más odio a la morbilidad y mortalidad”, lanzó. Pidió, en todo caso, “que alguien me explique cuál es la alternativa”.
Es muy complejo todo, pero al mismo tiempo esperanzador.
Si la crisis del coronavirus logró sacar -en parte al menos- lo mejor de nosotros, en aspectos cooperativos de proyección positiva, sería bueno que esa voluntad sobreviva cuando acabe la amenaza.
Hasta aquí vimos los efectos multiplicadores de la cooperación como artefacto tecnológico para el avance humano. El coraje de los trabajadores de la salud, el espíritu de solidaridad y compasión de muchos voluntarios y voluntarias, su disposición a ir más allá de sí mismos para colaborar en el bien de todos. También vimos experiencias demoledoras que forzaron a muchos ciudadanos a poner de manifiesto lo peor que llevan dentro: sus miedos, broncas, odios. Afloraron las “conductas regresivas” y muchos se pusieron como niños, como dijo la doctora Nadia Vaschuk Semper en la entrevista #ELP de la semana pasada.
Pero “algo se aprende en medio de las plagas”, nos dijo Camus en “La peste”: “Que hay en los hombres (y mujeres) más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Ojalá sea una mayoría la que pueda quedarse con esta mirada.

Coronavirus: una larga noche sin sueño

“La pobre humanidad, loca de miedo, huía en todas direcciones al escuchar el galope de la Peste, la Guerra, el Hambre y la Muerte”.

Los cuatro jinetes del Apocalipsis
Vicente Blasco Ibáñez

 

Acaso el Mundo, hoy enfermo de coronavirus y amodorrado por una noche sin sueño cada vez más larga, ya demostró lo que algunos se resisten a aceptar todavía: que nadie se salva solo. Es verdad también, y cualquiera podría alegar que siempre pasó: que en todos los tiempos y circunstancias hubo quienes pensaron en la salvación como una mercancía de uso personal, tal vez familiar, incluso comarcal, pero no más que eso. Malas noticias: la peste de estos días viaja a caballo de esos que se creen impolutos o son simplemente irresponsables por su individualismo extremo.
Irresponsables como los administradores y diseñadores de la cadena de pagos de los bancos, que el viernes poco menos que tiraron por la borda el efecto positivo que venía teniendo la cuarentena en todo el territorio nacional, exponiendo a la población más vulnerable a la posibilidad de un contagio masivo y, quien sabe, tal vez a cosas peores.
Irresponsables los que cobran sueldos abultados para prever lo que en su mezquindad y ceguera no previeron. Imperdonable casi, porque saben -y no de ahora-, que la inmensa mayoría de los viejos, no sólo en Corrientes, pero sobre todo aquí, usa dinero físico para transaccionar, pues por razones distintas se mantienen alejados de las tarjetas y los cajeros automáticos. Así, la debilidad relativa de los adultos mayores creció el viernes. Y ahora habrá que esperar unos 15 días más para calibrar este mal cálculo administrativo-sindical-laboral en términos sanitarios.
Las filas en los bancos, aun de esa gente incluida en el sistema, expone nuestros problemas estructurales. Nos muestra la cara de la miseria: nuestra condición cuasi natural de carencia, de incultura general, la lejanía del firmamento virtual y también la vigencia del deporte nacional de culpar al que menos tiene de su necesidad.
Lo del viernes nos mostró además la sordidez de algunos funcionarios, flojos de boca, que olvidados de su propio devenir, creen poder calificar a las personas en función de su condición económica. Algunos treparon a la soberbia de la descalificación clasista, como quien cree que tener fortuna en Corrientes, Chaco, o incluso en las demás provincias pobres de la región toda, reviste de oro su miserabilidad y, por lo tanto, los exculpa.
También expuso la ruindad de ex funcionarios, que aun pesados por el lastre de la inoperancia que acumularon en sus épocas en la función pública, se creen ahora con entidad suficiente como para dar clases de política y, lo peor, de gestión comunitaria.
Los funcionarios deberían ponerse a trabajar mirando datos, evidencias, modos y procesos exitosos. Deberían pensar, por una vez, en alguien más que en ellos mismos. Y antes de decirse encima, mantener la calma, o al menos tratar repetir su existencia habitual, más reposada, quieta incluso, porque atravesamos un momento álgido de ánimos, como ocurre siempre cuando un pueblo se bate. De mínima, deberían no estorbar y dejar hacer. Pero al que sabe.
Habrá que recordar algo más: la guerra, si es que hay alguna, es contra un virus invisible. Es contra el coronavirus, no entre nosotros. No vale ahondar la crisis, por ejemplo, de la llamada guerra de los médicos, que en los últimos días escaló a una disputa interprovincial entre Chaco y Corrientes, en estrados judiciales, por el manejo de los criterios sanitarios que impone con urgencia la necesidad de controlar la propagación de la pandemia.
Están en juego la vida como valor supremo, la salud general y una serie larga de derechos, como el derecho al trabajo que muchos correntinos ejercen en el Chaco, entre otras cosas, porque allí son mejores las condiciones de sobrevida y desarrollo. Mejores incluso que en su propia tierra.
Nadie duda de las medidas preventivas adoptadas por el gobernador Gustavo Valdés. Nadie, de buena fe, puede desconfiar de su intención de guardián del bienestar general de la población que gobierna. Y esto, entre otras cosas, porque él más que nadie sabe de las deficiencias del sistema sanitario nacional y provincial. Nadie mejor que él sabe que un colapso sería casi una sentencia de muerte para mucha gente.
Lo que está en juego, en todo caso, es revisar el modelo de prevención. Y en eso está, según declaró en las últimas horas: “No hay ningún problema en que (los médicos) vayan a Chaco, pero cuando vienen a Corrientes deben permanecer aislados. No impedimos la circulación, solicitamos a los agentes de salud que en Corrientes permanezcan en su domicilio porque los casos positivos que tenemos de médicos que trabajan en el Chaco dispararon la cuarentena obligatoria de decenas de personas más por tener contacto directo”.
Con el Chaco, y sobre todo con Resistencia, el pueblo correntino tiene más cosas en común que el puente que vino a unir lo que el río separó desde los primeros días de la Creación. Discriminar, señalar e inculpar habla más de quien lo hace, de su inseguridad o de su ignorancia.
Los gobiernos ya lo entendieron. Primero Valdés y después el gobernador del Chaco, Jorge Capitanich, cortaron por lo sano cualquier intento “separatista”. Consultado por El Litoral, en la conferencia online del viernes, Capitanich fue contundente: “No vamos a promover el conflicto con Corrientes, sino la unidad”. “El canal político siempre estuvo abierto con Corrientes, lo que pasa es que en cada jurisdicción se tomó una resolución distinta al decreto de necesidad y urgencia sobre las medidas preventivas del coronavirus, pero lejos de pretender un conflicto interjurisdiccional, queremos para los médicos oriundos de Corrientes el libre ejercicio del derecho y la libertad de trabajo”.
La guerra es contra el virus, no contra el otro. Los poderes constituidos deberían dar el ejemplo, lo mismo que las demás instituciones, públicas y privadas. Incluso el periodismo.
La pandemia, como su nombre lo indica, es un problema planetario, no de los chaqueños, más allá de la pericia o de la idea de pericia con la que uno cree que el Chaco está tratando su crisis, con más de cien casos positivos y siete muertos. Más allá, todavía, de la idea de trabajo conjunto que puedan tener Capitanich y el intendente de Resistencia, Gustavo Martínez, que al parecer se hablan menos que Carlos Vignolo y Arturo Colombi en aquellas épocas fratricidas del radicalismo vernáculo.
Nadie, sano de discernimiento, buscaría contraer una enfermedad que podría matarlo. Por lo tanto, una buena manera de pasar esta larga noche sería informarse para desterrar el miedo.
El pánico al pánico no ayuda. De nada sirve la exageración estigmatizante que viene acompañada de los peligros misteriosos, ligados más al sentido común medieval que al actual. Se podría, en todo caso, seguir las recomendaciones de los especialistas, empezando por la Organización Mundial de la Salud, como incluso hizo el Papa Francisco, y dejar para el fuero íntimo las cuestiones relacionadas con las creencias. Hay por lo menos 500 años de ciencia arbitrada y de cultura humana acumulada como para guardar, al menos por un rato, aquellos saberes extemporáneos, nacidos al contacto del peligro o de la ignorancia. O de la “infodemia”, esa práctica nacida a la sombra del coronavirus y que consiste en difundir noticias falsas o maliciosas sobre la peste para aumentar la angustia en las sociedades.
La pandemia demuestra nuestras falencias. Está claro. Pero también, si queremos, puede exponenciar la fraternidad que contagia al hombre el contacto con la muerte, como dice Blasco Ibáñez.
Tal vez sea hora de empezar a revisar la caladura de los cambios que nos dejará la pandemia, y actuar en consecuencia. Tal vez sea hora de echar mano a la audacia que infunden estas circunstancias extraordinarias para pensar estrategias conjuntas de mitigación, de solidaridad y empatía con los que menos tienen, con los más vulnerables; de intensificar la revisión de ciertas formas anquilosadas, por caso en la administración local. De revisar el tratamiento que reciben, por ejemplo, los médicos, pero también el resto de los trabajadores de los servicios esenciales que demuestran su imprescindibilidad en momentos de crisis. De amonestar la actitud de algunos empresarios, sobre todo de ciertos supermercadistas que amparados en la impunidad del dinero, en la lentitud de la burocracia o en la miopía del ojo estatal, sacan rédito en la remarcación de los productos que perfilan la necesidad.
Quizás sea hora de revisar, no solo el tamaño en el que se distribuye un cronograma de pagos, sino también aquello de particionar semanalmente el mendrugo que como salario reciben en su mayoría los trabajadores del Estado, aquí como en todas partes.
La pandemia cambió la cultura relacional entre las personas. Los gobiernos deberían tomar nota, porque están obligados a estar por delante de los problemas, no a perseguirlos.
Están obligados, por lo menos, a hacer realidad el retórico optimismo de sus partes oficiales.

La peste

La peste” es una de las grandes novelas de Albert Camus, y una de las obras cumbre de la literatura occidental del Siglo XX. Publicada el 10 de junio de 1947, cuenta la historia de unos doctores que descubren el sentido de la solidaridad en su labor humanitaria en la ciudad argelina de Orán, donde azotaba una epidemia.
Se piensa que la obra se basó en el brote de cólera que sufrió esa ciudad en 1849, a pesar de estar ambientada mucho más acá en el tiempo. Se dice además que es una especie de homenaje, pues se sabe que Orán fue diezmada por varias epidemias antes de que Camus publicara la novela. También se hacen muchas otras lecturas, ya en clave política, pero no vienen al caso, más allá de su importancia contextual.
Lo cierto es que el autor afrontó la crónica de una epidemia recordando que “ha habido en el mundo tantas pestes como guerras; y pese a ello, las pestes y las guerras siguen pillando a todo el mundo por sorpresa”.
La contratapa de un ejemplar de Ediciones Americanas, que tengo a la vista, hace hincapié en que la novela narra las consecuencias del aislamiento de toda una ciudad: “Una experiencia demoledora que fuerza a cada uno de los ciudadanos a poner de manifiesto lo mejor y lo peor que llevan dentro: sus miedos, traiciones, individualismo; pero también su coraje, su espíritu de solidaridad y compasión, su disposición a ir más allá de uno mismo para colaborar en el bien de todos”.
“La peste” es siempre una gran lectura. El ejemplar impreso en Panamá al que tuve acceso en algún momento, deja constancia de eso: está marcado en toda su extensión, subrayado y escrito en sus márgenes. Las hojas no impresas del final, amarillentas ya, tienen estas notas:
Tema: la solidaridad social. Circunstancias extraordinarias. Ratas. Escrita en clave de diario. Narrador anónimo. Medidas preventivas. Cierre de la ciudad. Aislados. Economía deprimida. Casi esclavos. Presos en sus propias casas. Caos. Represión. Enseñanzas: pensar en la esperanza. En la vida nueva que surge. En no tener miedo.

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Releer los subrayados y esas viejas anotaciones en birome de color negro y azul, incluso en lápiz, estremecieron un poco ciertas certezas, viejas estructuras personales. Tal vez sea la sensibilidad a flor de piel en estos días de aislamiento preventivo, personal y familiar.
Era viernes por la noche cuando se escribieron estas líneas. Pasaron apenas algunas horas desde que el gobernador Gustavo Valdés confirmara el registro del primer caso positivo de coronavirus en Corrientes. El Caso Cero que vino de Europa. La cifra internacional, mientras tanto, asusta tanto como las muertes en aumento.
El caso es que Corrientes tuvo su primer paciente después de varios días de velar con angustia el trabajo de los médicos y enfermeros, de bioquímicos y demás trabajadores de la salud, de la provincia y el país. Los héroes de este lío. Y fue entonces cuando “La peste” de Camus, de junio del 1947, empezó a llamar desde la biblioteca, espacio que se ha convertido en un gran lugar para miles de hogares de argentinos confinados al aislamiento dispuesto por el presidente Alberto Fernández el jueves por la noche.
Dicen los que saben que “La peste” pesó y mucho en la decisión de conceder a su autor el premio Nobel de Literatura en 1957. La consideran una cumbre de la narrativa del siglo pasado, por ser una amarga y penetrante alegoría de un mundo al que sólo una catástrofe logra rehumanizar.
Los vendedores de libros sostienen que es una novela apasionante y de profunda comprensión del ser humano, atributos que la han convertido en uno de los clásicos indiscutibles de la literatura francesa de todos los tiempos.
Cualquiera que la haya leído puede acordar eso. Y estaría bueno, además, que si este texto genera alguna inquietud, cada uno de sus potenciales lectores pueda certificar por sus propios medios tales pergaminos. Leer el libro es una idea que puede servir para estos días de aislamiento social, preventivo y obligatorio. Una sugerencia, entendiendo que la lectura es un deseo individual, mas no una imposición de terceros. “El verbo leer no soporta el imperativo”, diría Daniel Pennac.

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“La peste”, pese a lo que puede sugerir su nombre, es un libro esencial para estos días. El narrador describe una situación grave, sí, que pone a la ciudad en cuarentena. Está sitiada y rodeada por una estricta vigilancia, dice. Los muros históricos de Orán son el límite que demarca su principio y fin. Y, dentro de ella, se verá contenida toda la podredumbre humana, aunque también toda su gloria. El viraje en el estilo de vida de los habitantes se hace patente. El miedo hace mella enseguida: “Hay los que tienen miedo y los que no lo tienen, pero los más numerosos son los que todavía no han tenido tiempo de tenerlo”. (Parece un texto del jueves por la tarde).
Y agrega: “Las pestes y las guerras generalmente llegan cuando la gente está más desprevenida, esto es, cuando nadie está pensando en ellas”. Cualquier parecido con la realidad, es producto de la circularidad humana.

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Además de las anotaciones al margen y de las pequeñas conclusiones del fondo del libro, hay párrafos subrayadas en el ejemplar que atesoro en mi propia casa. Estos son algunas:
—Una manera cómoda de conocer una ciudad es buscar cómo se trabaja, cómo se ama y cómo se muere en ella.
—Hay ciudades y países donde la gente tiene, de vez en cuando, la sospecha de otras cosas. En general, esto no cambia sus vidas. Solamente ha tenido la sospecha y esa es su ganancia. Oran, por el contrario, es, aparentemente, una ciudad sin sospechas…” (¿Podría Orán ser Corrientes?)
—Continuaban haciendo negocios, preparaban viajes y tenían opiniones. ¿Cómo habrían de pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres, pero nadie será libre mientras haya plagas.
—Faltos de tiempo y de reflexión, en Orán como en otras partes, es obligado amar sin saberlo.
—Esta brutal y prolongada separación les había enseñado que no podían vivir el uno sin el otro, y que, ante esa verdad recién reconocida, la peste era poca cosa.
—Pero al mismo tiempo la peste los dejaba ociosos, reducidos a dar vueltas por nuestra triste ciudad y dedicados, día tras día, a los juegos decepcionantes del recuerdo.
—Era ciertamente un sentimiento de exilio aquel hueco que llevábamos constantemente en nosotros, aquella emoción precisa, el deseo irrazonable de volver atrás o, al contrario, de apresurar la marcha del tiempo, aquellas flechas ardientes de la memoria.
—La prédica volvió más sensible para algunos la idea, vaga, de que estaban condenados, por un crimen desconocido, a un encarcelamiento inimaginable.
—Pero el último cura que haya oído la respiración de un moribundo pensará como yo. Se dedicará a socorrer las miserias antes que a demostrar sus excelencias.

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—He vivido demasiado en los hospitales para creer la idea del castigo colectivo. Pero, ya sabe usted, los cristianos hablan así a veces, sin pensar nunca realmente. Son mejores de lo que parecen.
—¡Usted piensa, entonces, que la peste tiene alguna acción benéfica, que abre los ojos, que hace pensar!
El doctor movió la cabeza con impaciencia.
—Como todas las enfermedades de este mundo. Pero lo que es verdadero de todos los males de este mundo, lo es también de la peste. Esto puede engrandecer a algunos. Sin embargo, cuando se ve la miseria y el sufrimiento que acarrea, hay que ser ciego o cobarde para resignarse a la peste.
—¿Quién le ha enseñado a usted todo eso, doctor?
La respuesta vino inmediatamente.
—La miseria.

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—Quedaba, claro está, la igualdad irreprochable de la muerte, pero de esa nadie quería ni oír hablar.
—No había sitio en el corazón de nadie más que para una vieja y tibia esperanza, esa esperanza que impide a los hombres abandonarse a la muerte y que no es más que la obstinación de seguir viviendo.
—Sabían, ahora, que hay una cosa que se desea siempre y se obtiene a veces: la ternura humana.

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La enfermedad no afecta sólo al que se contagia, sino a aquellos que permanecen sanos y toman dos actitudes diferentes: el más puro egoísmo o la generosidad sin límites. Uno de los personajes principales, lo describe de este modo:
—Esa porquería de enfermedad… hasta los que no la tienen parecen llevarla en el corazón.
“La peste” es el símbolo que utiliza Camus como la metáfora que favorece la conciencia del otro porque es capaz de despertar en muchas personas sentimientos profundos de amor, de solidaridad e interés por los demás que se habían perdido. Se pierden muchas otras cosas también, pero resurge de entre las cenizas un sentimiento de fraternidad en beneficio de las relaciones humanas.
Es entonces cuando Camus lanza una de sus máximas centrales:
—Algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.

Modelos de provincia

“Delante de vos se abren
dos caminos, dos proyectos:
felicidad o desgracia;
el servicio o el provecho;
compartir o amontonar;
el Dios vivo o dioses muertos;
tendrás que elegir, muchacho,
servir al otro, o al dinero.”

“Confesión” / Julián Zini

Aunque esta vez usó más el método de la descripción que el de la conceptualización política, el gobernador Gustavo Valdés no desaprovechó la oportunidad que tuvo hace una semana ante la Asamblea Legislativa y ratificó el perfil con el que pretende coronar su gobierno, que entra en tiempo de descuento, por lo menos por ahora.
Cubierto por una retahíla de anhelos y enancado en un detallado inventario de concreciones de distinta caladura -no del todo determinantes aún-, el gobernador Valdés hizo pie en los acuerdos básicos que necesita una provincia carente como la de Corrientes para sustentar su sobrevida, cuando no su despegue: la educación, el trabajo, la inclusión, la igualdad, la modernización y el consecuente desarrollo, cuyo alumbramiento porfía con la quietud atávica que lo obstruye.
“No somos lo suficientemente ricos para darnos el lujo de no invertir en educación”, dijo, parafraseando a Gandhi, galvanizando de ese modo un sentido común arraigado en Argentina: el de la educación como valor supremo, asunto que se pasea siempre por los discursos y que no obstante retrocede ante los hechos.
Se trata de educar, no hay dudas; pero de educar bien, con calidad y sentido de contexto, lo cual implica definir y sostener un rumbo consecuente con nuestras potencialidades, para evitar -entre otras cosas- la migración forzosa de la gente del interior profundo: de los que tienen para irse y se van y a veces vuelven; de los que saben y se van y nunca vuelven; para evitar la fuga de los mejores, pero también de los desesperados, esos que concentran sus cuerpos y penurias en los cordones periféricos de los centros urbanos, que por ese solo hecho no dan garantía de mejoras.
Esta preocupación es una constante en Valdés. Lo es también aquello de la inclusión; el desarrollo y la modernización; lo de la inserción de la provincia en el mundo con su faceta exportadora; el mejor trato con la gente, sobre todo con la que más necesita; pero también con los sectores más poderosos, empresarios, académicos y productivos, e incluso con el sector político no alineado que acompaña, aunque sin compartir sus modos de materialización de ese catálogo de buenas intenciones que sostiene el Gobernador desde el minuto uno, desde cuando recibió el gobierno con los sueldos al día, sí, pero con el resto de los parámetros sociales relegados a valores insostenibles.
Es titánica la tarea. Y hace tiempo que no hay tiempo. Pero no obstante las urgencias, que parecen acuciar siempre, Valdés supo capitalizar, en estos años de gestión, su visión de diagnóstico, su pelea sorda para desterrar el medioevo cultural que lo rodea y para convertir en un activo la idea de un gobierno distinto con gente que hace 20 años hace lo mismo. Sumó adhesiones también con su discurso aperturista y ciertamente respetuoso de las diferencias. Ese capital se convirtió, el año pasado, elecciones mediante, en un nivel de apoyo institucional y político que no tiene parangón en la historia reciente de Corrientes. Tiene mayorías agravadas en ambas cámaras de la Legislatura, alta ponderación pública y la consideración del pequeño establishment económico de la provincia.
Supo alzar, también, algunas banderas progresistas relacionadas con el debate de nuevos derechos, que sin ponerlo a la vanguardia, lo ubican en ventaja en comparación con ciertos hombres y mujeres que encarnan versiones de un mundo que ya no es, y que persiste en Corrientes por la sombra del pensamiento tripulado a la que son sometidos gruesos sectores vulnerables de la población.
Valdés redondeó en este tiempo un discurso de género, igualdad e inclusión, y navega con solvencia las aguas picadas de los nuevos desafíos sociales, sobre todo el relacionado con el aborto, que pone en contradicción las políticas de salud pública con la moral católica dominante en el país y hegemónica en la provincia.
Pero el Gobernador sabe, más allá de todo, que empieza a acabarse el tiempo que hasta el momento le fue concedido y que ya no alcanza solo con el diagnóstico y mucho menos solo con las palabras bellamente talladas por los profesionales del marketing y la comunicación. Sabe, como estudioso de los procesos que es, que mejor que decir es hacer. Por eso, tal vez, el Gobernador invirtió casi tres horas ante los legisladores, el domingo pasado, para detallar acciones en el marco de un mensaje con varios destinatarios posibles. Ratificó el rumbo, su rumbo, pero consciente de que desatar escollos futuros dependerá más de cuestiones internas que de avatares políticos externos, de la oposición o incluso de la economía, pese a su gravitación crítica.
Para hacer lo que dice, Valdés necesita gestión, gente comprometida y que sea capaz de andar a su ritmo, que por si fuera poco debe ir en aumento para que la reelección sea una opción, como plantean muchos. Pero también requiere de instrumentos, muchos de los cuales aguardan en la Legislatura, cuyo resorte maneja la propia coalición de gobierno. O varios de sus generales.
Radica allí una clave importante para definir el futuro político del Gobernador y el de la provincia. Hace tiempo Valdés viene proponiendo lo que la Legislatura no viene disponiendo. Esa contradicción, manejada todavía dentro de los palacetes oficiales, en algún momento hará eclosión si las diferencias se vuelven insalvables y se convierten en trabas.
La oposición, diezmada por falta de estrategia, fragmentada por mezquindades varias, sin un perfil claro más allá de la defensa de las directrices del gobierno de Alberto Fernández, y sin una propuesta que supere la “sensación de seguridad-estabilidad” que ofrece Encuentro por Corrientes, no tiene poder de fuego. El contralor es menor y los debates no aparecen más que como charlas de café, lo cual tensiona de nuevo sobre la posibilidad de acceso real al poder, que sería importante para una oposición que se precie, como la del PJ, pero que no es lo único. Lo más grave de la ausencia de una oposición real, local-provincial, radica en el empobrecimiento de la calidad final de la democracia.
Este racconto, que no agota las aristas posibles para el análisis, puede abrir la puerta hacia una oportunidad si las diferencias de criterio -que existen en el Gobierno, pese a los silencios que imperan en la vida pública correntina-, se canalizan utilizando lo mejor de las artes de la política. La historia de Corrientes es pródiga en disputas, fratricidas muchas de ellas, que no hicieron más que ahondar la postración.
Los actores del gobierno de Corrientes, que son los mismos desde la crisis de 2001, tienen ante sí la posibilidad de poner a la provincia y a su gente por encima de los intereses personales o sectoriales. De asumir la cuota de responsabilidad que les toca en la administración de la cosa pública, lo que implica suspender, de momento al menos, esa posición de víctima (la culpa de todos los males es siempre de otro, del otro, sobre todo del Gobierno nacional) con la que buscan eximirse de sus errores o excesos.
La hora demanda inteligencia para resolver las cuitas internas entre los que encaran -por ahora desde el discurso y desde algunas acciones germinales- un proyecto de provincia anclado en el progreso y el desarrollo con inclusión, frente a los mesiánicos y sus acólitos que, subsumidos en pensamientos de otro tiempo, cultivan solo la ambición de poder abonada por las viejas glorias de una supuesta reconstrucción, tras la hecatombe del año 99.
El pago de los salarios en tiempo y forma en una provincia cuya actividad principal depende del Estado, es una base necesaria, sin dudas. Pero es solo una base. Tomar esa obligación institucional como un logro de gestión (y de esto ya hace 20 años) y abandonar la tarea verdadera, proactiva en relación al desarrollo provincial, constituye cuanto menos una explícita violación a los mandatos constitucionales que rigen el principio del poder delegado.
Por tanto, es tiempo, desde hace tiempo, de encender las alertas, de levantar un poco la mirada y advertir que en los próximos años se definirá una grieta real entre el progreso y el atraso, entre los planes y las chicanas, entre la expansión y la aldeanía, entre las relaciones asociativas y las cerrazones de la soberbia autoritaria, entre un gobierno de puertas abiertas y otro más bien oscuro, bosquejado en libretas de almacén.
Evitar las confrontaciones en la cúspide del poder y en todo caso profesionalizar la toma de decisiones pensando en el bien común, debería ser una demanda colectiva, pero es, de arranque, obligación de los que gobiernan.
La conducción provincial es más que la de un partido. La provincia debiera significar más que la necesidad obcecada de re-batir un récord personal. Pues mientras algunos cargan las tintas con su verba inflamada, venenosa, los récords que duelen se siguen batiendo a sí mismos, por caso los de la pobreza e indigencia, que ya lisiaron el futuro de varias generaciones desde el 2001 hasta hoy, y que mientras tanto sigue expulsando correntinos a un desarraigo que nos vacía y lastima tanto a los idos como a los quedados.

En el espejo del milagro finlandés

¿Puede Corrientes soñar con el milagro finlandés? ¿Puede de una vez y para siempre alejarse de la queja, de la autoexclusión y de la rosca política que paraliza, y fomentar el desarrollo de políticas duraderas para sustentar un despegue real y efectivo? ¿Puede, una provincia como la nuestra, abandonar su perenne estadío discursivo y pasar a la acción? Puede. Las condiciones naturales de nuestro territorio, su ubicación geopolítica estratégica dentro del Mercosur e incluso la capacidad de trabajo de su gente parecen acercar, siempre, esa posibilidad. Aunque también, muchas veces, los deseos se truncan por factores propios y ajenos, muchos de ellos vinculados con la falta de visión y la mezquindad política.
Por estos días el gobernador Gustavo Valdés encabezó una delegación provincial que visitó, más allá de las escalas técnicas, dos ciudades importantes del norte europeo: Riga, capital de Letonia, y Helsinki, capital de Finlandia.

La meta de este nuevo viaje al exterior (en junio viajó a China) se sustenta en una idea rectora, más allá de las concreciones: buscar mercados para productos locales como la carne, los cereales (con el arroz como nave nodriza) y la madera; y en paralelo acortar distancias y tiempo en materia de planificación e incorporación de tecnología a la producción doméstica.
Otros ya lo hicieron y son eficientes, y por lo tanto no hace falta que Corrientes, provincia en la que está todo por hacerse, pierda tiempo y dinero en sus propias búsquedas. Esa inteligencia parece guiar al gobierno de Valdés que, primero en Letonia, mantuvo una serie de reuniones cuyo saldo, según explicó el propio gobernador, podría resumirse en la adquisición/comparación de experiencia, en la construcción de relaciones políticas y comerciales con potenciales inversores y expertos en el diseño, construcción y operativización de puertos, además de configurar la posibilidad de que en alianza con empresarios y el gobierno letón, Corrientes encuentre canales alternativos para la comercialización de sus productos.

La provincia de Corrientes tiene con Letonia una trayectoria de trabajo conjunto. Ambas jurisdicciones firmaron un convenio de cooperación hace 3 años. Ahora el foco estuvo puesto en la construcción de puertos y en el desarrollo de una logística más ambiciosa que la de acercar nuestros productos/bienes a los mercados tradicionales, como por ejemplo los de Hamburgo o Amsterdam.

“Las experiencias de funcionamiento y gestión del puerto de Riga nos ofrecen múltiples posibilidades para replicar en los nuestros y potenciar la hidrovía Paraná-Paraguay”, dijo al respecto Valdés luego de la reunión que sostuvo con Mihails Kameneckis, un diputado del Ayuntamiento de Riga con experiencia en transporte aéreo, fluvial y terrestre. “Su conocimiento de este campo nos permitirá avanzar en mejoras en las vías de conexión de Corrientes con provincias y países vecinos”, añadió.

En las últimas horas, la comitiva local subió hasta Helsinki, Finlandia, donde vieron una serie de plantas de procesamiento de madera, analizaron potencialidades con referentes de un instituto de tecnología parecido al (ahora desfinanciado) Instituto Nacional de Tecnología Agropeuaria de Argentina, y avanzaron también en la posibilidad de la generación de biocombustibles, material con bajo nivel contaminante que sube su valor, cotidianamente casi, dada su característica amigable con la preservación del ambiente.
En contacto con la prensa correntina, Valdés se mostró sorprendido con la cantidad de productos que, relacionados con la madera, pueden producirse en Corrientes con alto agregado tecnológico. La elaboración de utensilios varios, de impresoras 3D, de bloques de madera para la construcción de casas, edificios, e incluso estadios (o gradas de corsódromos); diseño de indumentaria con la utilización de filamentos de madera que en algunos casos ya está reemplazando al algodón. Habló de un material con base de madera y polímero y otras novedades alentadoras que potenciarían, además, nuestra germinal industria química.

Ahora, ¿cómo relacionar Corrientes con esas realidades europeas altamente tecnificadas?
Valdés habla de generar las bases. Habla de proyectos. De una idea clara de desarrollo proyectada a 10 o 20 años (algo así como un plan “Corrientes 2030”), que una vez fijada, orientaría las inversiones públicas y privadas. Sueña, además, con que esas proyecciones puedan sobrevolar las coyunturas políticas, locales o nacionales. Habla de una provincia de cara al futuro, que no es poco.
Su optimismo se sustenta en estos datos: Corrientes concentra el 40% de la forestación argentina. “Y podemos sumar 2 millones de hectáreas más si aprendemos de empresas con vasta experiencia y el Estado acompaña la inversión privada con estímulos que favorezcan la radicación de industrias generadoras de mano de obra calificada”, escribió en su cuenta de Twitter.

Los árboles en estas tierras están listos para el corte en 10 o 12 años, lo que en Europa demanda entre 50 y 60. Pero no alcanza con lo que hay y la velocidad que aporta la naturaleza. Hay que seguir plantando, pensando más que en períodos de gobierno, en una o dos generaciones, sabiendo que las condiciones naturales achican de manera favorable el recupero de las inversiones.
Corrientes es la primera potencia forestal argentina y la tercera ganadera. Junto al sector privado estamos trabajando para ampliar la producción, industrializarla y mejorar la competitividad. Tenemos potencial”, repite como un mantra el gobernador.

Es cierto que no alcanza con la voluntad. Ni sólo con verbalizar el objetivo. Corrientes corre desde muy atrás y el país afronta un período de crisis económica muy fuerte, que viene, además, con un combo asociado: el cambio de gobierno.
Valdés fue requerido sobre esta cuestión y lo que dijo es que mientras administre el gobierno, la inversión de los correntinos se orientará rumbo a “nuestro desarrollo”. Para lo cual, reconoció, hay que tener una “visión clara”, que para él se materializa en la carne, los cereales, la madera, la energía. Con rutas y puertos.
No entró en la discusión política. No se quedó en la coyuntura que indica que desde el 10 de diciembre ya no estará su amigo Mauricio Macri en la Casa Rosada. Ese día llegará Alberto Fernández. “Nosotros tenemos que tener la visión y el plan para desarrollar la industria y que sea sustentable”. No importa quién corte las cintas, pareció sugerir.

Cada uno podrá juzgar esta cosmovisión, sopesar su nivel de realidad e incluso creer o descreer del discurso de Valdés que, ateniéndose a las generales de la ley, debe cargar con el descrédito que galvaniza la investidura que ostenta, a la luz de tantos indicadores históricos que nos ponen como provincia justamente en la vereda contraria de todo lo que aquí se plantea.

Sea como fuere, no es menor que un gobernante, en su calidad de tal, ponga de relieve esta agenda y la sostenga. No es menor que un gobernante salga y vea y pida ayuda. Que coteje y ofrezca también nuestras riquezas, parado sobre los postes de nuestras fortalezas. No es menor que estemos cambiando la lógica de la discriminación, del aislamiento y de la autosuficiencia. No es menor que, al menos por un momento, un gobernador de Corrientes abra la boca para hablar de proyectos productivos y no de proyectos políticos que, además de ser personales y de empavonarse en una rosca que no lleva más que a la conservación del poder de una casta, atrasa por lo menos 100 años.

Tal vez sea el momento de empezar a mirar el futuro y soñar con el milagro finlandés, ese que en un lapso de 30 años transformó un sistema educativo mediocre e ineficaz en una incubadora de talentos que encabezó rankings mundiales de desempeño estudiantil y cimentó el nacimiento de una economía sofisticada y altamente industrializada.

Falta. Falta mucho. Más aún si el punto de partida es la educación. Falta inversión en ciencia y aggiornar nuestra legislación a los nuevos tiempos. A los nuevos derechos. A las nuevas formas de hacer política. A la igualdad de género. Pero también es cierto que para terminar de hacer una casa primero hay que empezarla. El momento es clave. Valdés lleva dos años en el gobierno y todavía tiene tiempo para sostener este eje de gestión y empezar con las acciones. Es un camino válido para ambicionar algo más que sólo el pago en tiempo y forma de los sueldos estatales. Para trabajar por una mejora real del ingreso, que sea expansivo a toda la comunidad, pues de esa manera es como los países desarrollados acotaron las inequidades y dieron respuestas a las expectativas de crecimiento multidimensional que también nosotros no sólo deseamos, sino que necesitamos y nos merecemos.
Puede que fracasemos otra vez. Pero podríamos acordar que al menos al oído es mejor escuchar esta música que aquella otra que suena como un ruido, monótono y vacío, hace por lo menos dos generaciones. Años largos de empobrecimiento general y migración forzada de talentos.

No se pudo: ganó Alberto

Ganó Alberto Fernández en primera vuelta, pese a la remontada de Mauricio Macri después de la contundente derrota en las Primarias del 11 de agosto. Ganó Alberto Fernández y será el nuevo presidente de los argentinos a partir del 10 de diciembre. Este dato, que corona un estado de situación político y económico más bien difícil, confirma la fortaleza del sistema democrático nacional que, aún con sus falencias, emergió revitalizado como una herramienta válida para dirimir diferencias tan marcadas, tal cual demostraron los resultados.
Ganó Alberto Fernández y eso demanda, a partir de hoy, trabajar en una transición respetuosa y ordenada. Y no se trata de una frase hecha, sino que es un estado de cosas que se sustenta con datos:

1. La Argentina tiene casi 16 millones de pobres (Indec). La inflación llegará a fin de año por lo menos al 59%.
2. A fin de año la economía nacional registrará variaciones negativas profundas, una recesión que tienen muy pocos países en el mundo.
3. El contexto latinoamericano, además, no es el mejor: hay un hartazgo social con las elites políticas cuya manifestación más contundente se está dando en Chile.
4. La corrupción y la desigualdad social, que son males sin ideología, acechan a la Argentina desde hace mucho tiempo, con perjuicios que deben ser revertidos y para lo cual hay que hacer muchos esfuerzos.

Para todo esto se necesita de la política. La remontada de Macri lo demostró en ese plano. El Presidente decidió dejar la virtualidad, salió a la calle y recuperó, al borde del milagro, un enorme acompañamiento en las urnas.
Primero lo vio el peronismo. A sabiendas de sus lados flacos, el PJ buscó y logró una unión que fue salvadora. Se trata de una unión electoral que ahora deberá reformularse, sobre todo cuando pasen a ser una estructura de gobierno. El éxito de Fernández también dependerá de cómo se diriman esas cuitas internas. Y lo mismo pasará en Cambiemos. Macri puede querer ser el líder de la oposición, pero es verdad que cambió el escenario y surgieron otros jugadores. Horacio Rodríguez Larreta, por ejemplo, el gran ganador de ayer en la Ciudad de Buenos Aires. También habrá que ver que hacen el radicalismo y el resto de los socios del PRO.
Es pronto para saberlo, pero son claves a tener en cuenta.
Ahora, ¿por qué ganó Alberto? Podríamos ensayar algunas explicaciones:
1. La promesa de un futuro mejor le ganó a la religión del “alivio”. La empatía con el dolor de la gente derrotó a la declamación desconectada del mundo real, de la pobreza enorme que carcomió los cimientos de miles de familias.
2. El voto bolsillo derrotó al voto clasista. Pudo más el castigo a la inflación no resuelta, al desempleo en aumento, a los salarios a la baja, a las tarifas dolarizadas y a la desigualdad que incuba pobres e indigentes, que los avances arraigados en supuestos valores morales y políticos, republicanos.
3. La consigna, que tanto molesta a algunos, le ganó al marketing y al egoísmo de otros. La promesa de cambiar, corrigiendo errores del pasado, fue más atractiva que la continuidad de un modelo agotado que excluye y hambrea en nombre de supuestos otros activos de difícil verificación en la Argentina de estos años.
4. El recuerdo de algunos años mejores pesó más que los incumplimientos electorales justificados en la pesada herencia y la falta de tiempo.
5. La unión del peronismo, la lectura de la hora política, la conformación por necesidad de un gobierno frentista (aunque sea entre facciones del peronismo), el renunciamiento de Cristina Fernández, la emergencia de una figura con peso propio, más progresista que los que engendró históricamente el PJ y el compromiso de cerrar la grieta que divide y debilita los tejidos sociales más básicos, fueron más atractivos para el 47% del electorado que la división a la que apeló Macri entre un nosotros y ellos.
6. Juntarse dio más resultado que el achique en el que cayó el gobierno de Cambiemos después de haber ganado en 2015, y tras haber creído en un portento solitario y en una sordera sostenida. Macri cayó en su propia trampa, o en la que le tendió su todopoderoso ministro Marcos Peña, que dijo siempre, para el que quería escucharlo, que “la demanda ordena la oferta”. La demanda ordenó la oferta. Con el resultado puesto, esto quiere decir que la gente estaba demandando una fórmula como la de los Fernández.

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La esperanza de la gente de volver a un reparto más equilibrado de la alicaída riqueza nacional se impuso a una política económica restrictiva, aún sabiendo que en aquel modelo emerge como consecuencia la inviabilidad financiera, aunque preferible, tal vez, a la inviabilidad política, social e incluso moral de gobernar siempre para los que más pueden y tienen.
No obstante, la transición será difícil. El país que viene lo será. Porque los Fernández no deben equivocarse. El triunfo de hoy da derechos, pero en el mismo tamaño de las obligaciones. Ya no hay margen para volver al pasado y mucho menos para tomar como herramienta válida las que usó el peor kirchnerismo.
Ya no hay margen para la corrupción, para el prepoteo, para las persecuciones al que piensa distinto. No hay margen para la discriminación política, para el manejo por la billetera (que para ser justos, no es exclusivo del kirchnerismo). Ni siquiera hay margen para sobrar situaciones, porque está visto que el problema del dólar no pudo solucionarse, ni el de la inflación era cuestión de días. La economía está en terapia, pero no es del único enfermo en el país que viene.
Quedó demostrado, con estos resultados, que la política tiene una centralidad que algunos prefirieron no ver. Semejante desprecio aisló a Macri y los suyos. Sobre el final de su gobierno, lo obligó a hacer a las apuradas lo que siempre condenó: desde el cepo al dólar hasta la eliminación del IVA de los alimentos. Pasando por lo dicho: la salida del territorio virtual al territorio real, el de las grandes movilizaciones que, aunque tarde, terminaron fortaleciéndolo.
Las redes sociales, el control de daños alquilado a los medios de comunicación y el relato empalagado de un optimismo hueco, está visto, tuvo su baño de realidad. Nada de eso es posible si en algún lugar no hay política que lo sustente.
Por lo demás, el resultado de ayer parece haber condenado a las consultoras, que fallaron otra vez en masa, como en las elecciones de agosto. Es verdad que antes como ahora acertaron en la ubicación de los candidatos, pero fallaron en ristra en cuanto a las diferencias.
Tal situación no fue menor. Primero porque falló un servicio que se vende con un margen de error que claramente fue mucho más alto, pero sobre todo porque los números alinean percepciones. El desaguisado entre lo previsto y lo sucedido en agosto impactó de lleno en la economía y motivado o no, el movimiento del dólar no hizo más que empobrecer todavía más a las ya pobres arcas del país y al bolsillo de los argentinos.
Semejante error, el de agosto, intentó además hacer creer otras dos cosas:

1. Que cambió la matriz del voto argentino (que la gente podría votar por alguien que estancó y desbarrancó la economía)
2. Y que un gobierno, cualquiera sea (pero sobre todo el de Macri, exhibido con cucarda no peronista) podía llegar a una instancia de reelección después de haber practicado un ajuste impiadoso.
La realidad, al final, se impuso. Y la realidad de agosto no fue buena. Por eso mismo aquí hay un punto de partida para encarar el futuro: el del nuevo gobierno, pero sobre todo el del país.

Con la democracia se elige

Incluido el “urnazo” que marcó el retorno de la democracia en 1983, la de hoy será la novena elección presidencial consecutiva de la República Argentina. Es verdad que hubo turbulencias en el tránsito que nos trajo hasta este presente (entre las presidencias de Fernando De la Rúa y Néstor Kirchner), pero no es menos cierto que las soluciones a las varias inestabilidades que azuzaron la conquista del doctor Raúl Ricardo Alfonsín, se buscaron y se encontraron en el plano de la institucionalidad política, lo que hace posible una conclusión en la que coincide el arco ciudadano mayoritario cuando razona desapasionadamente: la democracia es un valor fortalecido en la Argentina de los últimos 40 años.
Las diferencias políticas-ideológicas-clasistas se zanjan hoy, voto de por medio, en las escuelas. Lejanas e inconcebibles parecen, por eso mismo, a la luz del tiempo transcurrido y los remedios utilizados, los días en que las cosas se arreglaban a balazos o en los cuarteles, como paradas inexorables de un camino al cementerio asfaltado con valiosas vidas de militantes y dirigentes. Y de inocentes también.
La democracia está en vigor frondoso, valorada en positivo por la inmensa mayoría del pueblo argentino, aun con sus falencias. Y cuando esta mañana se abran los centros de votación, a las 8, se confirmará esa lozanía. Pero también se confirmará una demanda que acumula largos años: la de una necesaria-urgente revisión integral del sistema electoral nacional, desde la forma hasta al fondo.
Dicho en términos menos líricos, la vigencia y vigor de la democracia encuentra respaldo en el presente llamado a las urnas. En el devenir normal de los comicios pese a que, desde su puesta en marcha, las condiciones generales de vida de la mayoría de los habitantes del país cayeron en urgencias y penurias, con carencias de todo tipo, acicateadas por la marcha enclenque de la economía.
Pero incluso la gestión de las angustias, en un país como la Argentina, que también fue el país del 2001, encontró un canal alejado de los prepoteos. El país se queja, pero al mismo tiempo evita la violencia.
¿Hay reclamos para hacer? Sí, muchos, empezando por la responsabilidad que debe revestir el accionar de la dirigencia política y del resto de los actores de la democracia.
Argentina carece de muchas cosas, entre ellas de acuerdos básicos para respetar las decisiones que se toman sumando las voluntades individuales o de grupo.
Es por eso necesario hacer un alto y repasar actitudes, pues resulta preocupante la postura radicalizada de algunos que desprecian la voluntad popular cuando ésta los contradice o les exige rectificaciones. Preocupa que quienes deberían ser los garantes de un estado de cosas institucional (en el oficialismo y la oposición, pero también en las iglesias y en las universidades, y aun en los sectores periféricos), exacerben los ánimos al punto de poner en entredicho el modo en que se distribuye el poder en Argentina.
Es por esto que resulta siempre peligroso (esta columna no es original en este punto) que cualquiera pueda decir que la elección de hoy decide si la Argentina continúa en democracia, si enarbola o arría los valores republicanos, si garantiza o restringe las libertades.
Al menos es un exceso atreverse a semejante declaración. Y aunque tal vez ese grito en boca de algunos sólo descubra su verdadera carnadura conceptual, también pone en situación de actualidad lo que supuestamente muchos dicen condenar: la grieta final que coloca a los unos conmigo, y a los otros, a ellos, en contra mío.
Muchos argentinos fueron a las elecciones Primarias del 11 de agosto y allí se expresaron con claridad en una dirección. Esa dirección podría ratificarse hoy, o rectificarse. Ese es justamente el juego de la democracia. No entenderlo de ese modo y, en cambio, actuar embriagados por el mandato enajenado de los caprichos, resulta cuanto menos dañino. Obstaculiza el futuro.
Hay consenso acerca de la dificultad que deberá enfrentar, gane quien gane, para enderezar la situación económica y todos sus derivados negativos. Por eso será importante encauzar la transición y generar una agenda conjunta de cara a la gente, que contenga sus demandas más urgentes, pero también las importantes.
Gane quien gane deberá entender que no es lo mismo la prepotencia que la discusión, la ley que el decreto, la transparencia que la corrupción. Que ya no hay margen para los bolsones de López ni para las discriminaciones antojadizas. Como tampoco hay margen para los tarifazos, la inflación, el desempleo, la miserabilidad de los salarios, la pobreza resultante y la indigencia que le sigue como una estela, yuxtapuestos en un triste cuadro de desigualdad, que al crecer, constituye el verdadero deterioro de la sociedad, germen de las puebladas que están brotando en varios países de la América que nos contiene.
Más de 33,8 millones de argentinos están habilitados para ejercer hoy su derecho a elegir a sus autoridades: presidente, vice y legisladores nacionales que reconfigurarán, desde diciembre, el nuevo mapa político de la Argentina. Son, en exacto, 33.841.837 opiniones personales que desde esta noche se conformarán como una voluntad colectiva. 
Eso es la democracia.
Su soberanía excede el deseo de cada uno.

Soplan vientos de cambio

Ganaron Alberto y Cristina Fernández. Perdió Mauricio Macri. Pesó, con preponderancia, más allá de otros valores no cuantitativos, el rumbo económico desesperante para la mayoría de los argentinos. La crisis que no pueden superar las clases bajas y medias, en el país y en la provincia, donde se sienten aún más las carencias por encima del esfuerzo provincial para paliar sus efectos.
Primó la marcha de la economía, el voto bolsillo. Pero está lejos de ser un cheque en blanco. La ciudadanía, en el amplio territorio nacional, emitió su voto para anticipar tal vez lo que hará en octubre: frenar esta marcha que excluye y divide, porque la promesa de suturar la grieta y combatir la pobreza no dejó nunca de ser una aspiración que la realidad se encargó de desmentir, de manera sistemática.
Ganó Alberto el simulacro de elección en el que terminó convertida la elección primaria, pero dejó una serie de datos que pueden evaluarse puertas adentro de la provincia, que es lo que haremos en esta nota:

Corrientes, aún con la formidable performance electoral de Gustavo Valdés en el mes de junio, hace apenas dos meses, no pudo revertir la tendencia “histórica” del voto peronista nacional de Corrientes. El posible cambio de escenario traerá consigo, más allá de las pertenencias partidarias, los necesarios recálculos políticos, internos y externos, como derivado directo del resultado de ayer.
Llegará el tiempo de revisar las estrategias, que siempre fueron ganadoras en las veredas del oficialismo gobernante en Corrientes, pero que ayer no lograron torcer el rumbo general. De revisar los discursos, sobre todo los más violentos, surgidos, algunos, de la impotencia que genera una derrota. De la impunidad, otros.
Es momento, por tanto, de poner por encima los valores democráticos. Y democracia es respetar al otro, aunque el otro encarne mi disgusto electoral en determinada coyuntura.
Macri ya dio vuelta una Primaria adversa en 2015. Falta mucho. Y todo puede pasar. Pero ese todo no incluye cualquier cosa a cualquier precio. El desatino de los ganadores o perdedores, de acá a octubre o a diciembre, puede ser muy perjudicial si no tiene en cuenta que el resultado de tal o cual decisión impactará en las personas, en la gente, en la ciudadanía. E impactará más en los que menos tienen.
Ganó Alberto y perdió Macri. Pero nadie ganó ni perdió aún. Los que sí perdieron, en efecto, fueron los encuestadores, de nuevo. Quedó en evidencia su coartada de hacer competitivo a alguien que no lo fue. Acertaron sí en un punto: en el segmento de la polarización absoluta. Alberto y Mauricio se repartieron el 80 por ciento de los electores. El 80 por ciento. Nada menos.

¿Qué pasó en Corrientes?
Lo que pasó en Corrientes es una suposición. Al cierre de esta edición, escrutado más del 89 por ciento de las mesas del país, Corrientes permanecía fuera de sistema. Llamativo, además de lamentable y vergonzoso.
Dicho esto, en Corrientes pasó lo de siempre: que todas las elecciones son distintas.
Arriesguémonos pues, a falta de datos:

El ejemplo de la singularidad de cada elección es lo que pasó con el PJ. Fue vapuleado en las provinciales de junio por sus errores en ristra y ahora recuperó espacio electoral, garantizando en el mismo acto la candidatura de José Aragón, caballo de comisario que cobró su lealtad hacia Cristina Kirchner. Lealtad que, hay que decir, se manifestó sin tapujos cuando muchos, hoy aliados, eran acérrimos opositores, arrepentidos del kirchnerismo en su versión corrupta. Ganó por la diferencia de recursos. Por el escaso volumen de algunos o el abultado prontuario de otros candidatos de la interna. Pero ganó por Alberto Fernández. Por Cristina Fernández. Por la boleta larga. Eso debe quedar debidamente documentado.
No obstante, la oportunidad que se le presenta ahora al PJ tiene que ver con la posibilidad de constituirse en contrapeso para la hegemonía que administra -por aciertos propios y yerros ajenos- el gobierno de Corrientes. La esperanza de poder ordenarse y generar un espacio con expectativas, sólo es posible si ganan los Fernández en octubre, primero, y si es que encuentran un sendero de unidad después. Los Fernández hicieron la huella. Está en los dirigentes correntinos demostrar que están a la altura de algo más grande que sus intereses personales o de grupo.
Las divisiones permanentes, aun siendo el partido más votado de los últimos tiempos, aleja sistemáticamente al PJ del poder real en la provincia, más allá del aporte que se hace, siempre y por factores más bien externos, a los procesos nacionales.
Tal vez ahora, con este envión, puedan juntar los pedazos de las disputas fraticidas y encarar un proceso proactivo de reconstrucción, que entre otras cosas destierre las malas prácticas históricas. La amenaza más grande que el peronismo debe despejar tiene que ver con no reincidir en errores del pasado. No hacer lo mismo que en el tercer kirchnerismo. No discriminar más a los que piensan distinto, sean estos personas o provincias.

***

En el oficialismo hubo ganadores y perdedores. Los números (extraoficiales) dicen que su interna la ganó Jorge Vara. Los balances políticos dicen que ganó Ingrid Jetter. Se discute, ante la ausencia de datos oficiales (justo de la provincia mimada del macrismo) si perdió o no el radicalismo, algo que no acostumbra. Parece que perdió en la provincia. Lo de la Capital estaba por verse, pero parece que también. Lo que estaba claro anoche, para algunos, era que perdió Ricardo Colombi, al que lo castigaron por segregar cuando debía unir. Dicen…
Su propia interna la ganó Jorge Vara porque fue/es un buen candidato. Aquilata una muy buena gestión en el Ministerio de la Producción. Pudo sobreponerse a muchas adversidades, incluso más difíciles que las de ayer. Contra todos los pronósticos, en sus inicios consiguió ganarse la confianza del sector productivo, aun de aquellos que descreían de su capacidad general y sospechaban que sólo su sector (el del arroz) iba a ser beneficiado por su administración.
Vara terminó siendo, tal vez, el mejor ministro del colombismo. El mejor ministro de un mal gobierno, que pagó sueldos pero empeoró en casi todos los demás índices. Ayer fue víctima de un error de cálculo. Ganó, pero el sabor era agrio en su boca.
Ingrid Jetter, en paralelo, pudo meterse en la discusión por fuerza y capacidad de trabajo propias, pese a los destratos que tuvo que soportar. Quizás también porque, de todos los candidatos, es la que menos esfuerzo debe hacer para identificarse con la política del presidente Macri, y eso es un activo para mucha gente, sobre todo para el votante no peronista correntino.
Asimismo tiene a su favor, más allá de los altibajos históricos, estructurales, una fuerte identificación de su imagen con la autovía urbana de Corrientes, obra largamente anhelada y que, en ejecución a ritmo sostenido, se convirtió casi casi en un símbolo que será más que eso de cara a octubre. Eso esperamos todos. Ahora más que nunca. Pues si las máquinas que trabajan en la autovía ralentizan sus movimientos, indicará algo más que falta de combustible.
Ingrid Jetter habría hecho una elección contundente, dicen los que saben y pudieron ver los números, porque recibió apoyos varios, de los propios pero también de muchos socios más distantes que empiezan a sentir la fatiga de tener que soportar a los que no asumen que sus roles, por estas horas, tienen que ver con el reposo en la sombra.
Pese al escenario con evidentes vientos de cambio, todavía queda margen de maniobra en uno y otro sector. Porque lo de ayer, como se dijo largamente, no fue definitivo, aunque encienda muchas luces de alerta. Lo de ayer hizo sonreír a unos y dibujó gestos adustos en otros, pero como se trata de política, no achicó en ninguno las posibilidades de generar puentes. Y puentes harán falta si los resultados de las Primarias se confirman en octubre.
Lo de ayer fue un reparo que tomó la mayoría de la ciudadanía al emitir su voto. Un reparo en busca de equilibrio. La necesidad de repartir el poder.
En Corrientes gobierna Valdés, y lo hace bien según se expresó la ciudadanía en junio. Ahora estimó necesario hacer saber que en octubre, tal vez, votará una especie de contralor nacional.
Quedará para el análisis por qué cayó la performance oficialista. Por qué dividió su voto. Quedará también para los próximos días el sopeso de la interna que crece conforme se acerca 2021. Y más allá de la corrección política, lo que no es secreto para nadie es que será la interna radical la que dirimirá gran parte del futuro de Corrientes. Un poco en octubre. Otro tanto en dos años.

Ni pasado ni futuro: puro presente

Las Paso no nos comprarán un pasaje al futuro ni nos mandarán, castigados, de vuelta al pasado. En ambos casos porque es imposible en términos materiales, y porque desde la vereda de la política, estas elecciones (Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) carecen de poder para hacerlo. Y como están planteadas, además, hasta carecen de sentido.
En las elecciones de hoy (salvo algún que otro armado legislativo) ninguno de los que asista a votar podrá elegir casi nada, y mucho menos sortear la ambivalencia discursiva de los fracasos que se dirimirán recién en octubre: aquello del futuro (inasible, inexistente, y que vendría a representar Mauricio Macri como constante promesa) y el pasado (que puede ser un mal recuerdo, pero también experiencia, y que se le enrostra como pesadilla corrupta a Alberto y Cristina Fernández).
En las Primarias de hoy competirán diez fórmulas presidenciales, pero contra sí mismas. O contra el piso mínimo de sufragios que deben conseguir, según manda la ley, para pasar a la segunda instancia (1,5% del padrón electoral), que en Argentina es el derecho de competir en las elecciones generales del 27 de octubre.
Las elecciones de hoy, por tanto, sirven de poco. Entre otras cosas porque el instrumento no se usa para lo que fue creado. Y porque más allá de las quejas por los costos y otras minucias, a algunos tal vez les convenga que las Paso sigan así: sin definir nada.

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Las Primarias se instrumentaron para consagrar y legitimar candidaturas internas. Para resolver por medio del voto las diferencias que no pudieran zanjarse a través de los acuerdos. Para equilibrar oportunidades, porque no es lo mismo la lista Z que la lista A, así sea en el partido de gobierno como entre los caballos de un comisario de pueblo. (Para entender esto no hace falta poner los nombres propios de las listas oficialistas, tanto del Gobierno como de la oposición. Pasa lo mismo en Corrientes como en todo el kilometraje nacional. Las pillerías corporativas están tan vigentes como cuando se pensaron. Y ya hace años de eso).
Las elecciones de hoy, en todo caso, servirán a medias en algunos frentes legislativos. Para explicarlo podríamos tomar el caso de Corrientes:
Las Primarias abiertas sirven para el proceso que están siguiendo en el frente ECO+Juntos por el Cambio: ver cómo se arma la lista final de candidatos a diputados nacionales entre las nóminas que encabezan Jorge Vara (UCR), Ingrid Jetter (PRO) y Emilio Rey (UCR). 
Sirven para eso que están haciendo en el frente Consenso Federal de Roberto Lavagna: para ver cómo se arma la lista entre los hombres y mujeres que siguen a Gabriel Romero o a Juan Almada.
Los comicios de hoy servirán, en paralelo -por esa manía que tiene el peronismo correntino de ir siempre un paso atrás en las estrategias políticas-electorales en relación al radicalismo-, para garantizar la candidatura de José Aragón, que fue de todas las postulaciones perón-kirchneristas inscriptas y bajadas, la única habilitada a llevar adherido el troquel presidencial de Alberto y Cristina Fernández. De interna libre y ecuánime, poco y nada. De equilibrio, poco. De novedoso, nada. (Sigue allí lo que queda del partido de Perón gastando tiempo en traiciones y mezquindades que lo alejan, un poco más cada vez, de la “proeza” de Julio Romero. Ya pasaron 46 años de aquello, y todo indica que esa cuenta seguirá en aumento).

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Pese a todo, esto no quiere decir que el de hoy sea un día perdido. Las Paso servirán para saber qué está pensando la ciudadanía en relación al rumbo del Gobierno, de la economía, pero también de otros asuntos que tallan y mucho, según dicen las encuestas.
Que Mauricio Macri mantenga expectativas de reelección después de todas las chapucerías económicas reconocidas y no reconocidas de su gestión, con consecuencias insondables, habla a las claras de que la variable económica, o solo ésta, ya no alcanza para medir el estado de ánimo de un país como la Argentina. “Ya no es sólo la economía, estúpido”.
Que los Fernández tengan chances de volver al poder después del desquicio del final del tercer kirchnerismo, reafirma el ligamen del humor social vinculado a la economía, pero también a la importancia de la presencia estatal como ordenador social.
(Lo que parece contradictorio, en realidad se complementa).
Que ninguno de los dos frentes mayoritarios se asegure nada aún, habla de los matices. De que Argentina aprende y avanza. Habla de que importan también las formas, la institucionalidad, los nuevos derechos. Importa cómo se acomoda cada candidato ante los temas de la agenda actual que no tienen que ver con la plata: el aborto, la paridad de género, el ambiente, el maltrato animal. Los llamados derechos de tercera y cuarta generación.
Allí, entonces, confluye, como en un combo, la complejidad del sistema social-electoral argentino. No se trata sólo de lo que pueda decir o hacer tal o cual dirigente; del comportamiento hegemónico de determinado medio de comunicación. El voto de hoy, cada uno de los casi 34 millones de sufragios que se contarían esta tarde (esperemos que sin sorpresas y, en la medida de lo posible, sin demoras) se compondrá por partes disímiles de asuntos políticos, económicos y mediáticos. Pero también se ganará en el territorio: acarreando gente como se hizo desde siempre, con la bolsita o la dádiva en efectivo; la promesa de un cargo, de un ascenso. Se ganará en las redes sociales, sean estas reales o virtuales, pero sobre todo en éstas. Se ganará dando respuesta o prometiendo respuestas a los nuevos reclamos. Se ganará militando, boleteando, presionando…
El resultado de los operativos que desplegarán los comandos electorales devendrá en guarismo que se analizará desde mañana hasta el 27 de octubre. Por eso lo de hoy es casi nada. Puro presente. Y no definirá ni la vuelta al pasado ni alcanzará el futuro, que no sabemos cuál es. No sólo eso: por las proyecciones que se hacen, el futuro se vislumbra más bien desalentador. Y no tiene que ver con quién gane o deje de ganar. Ni lo que pasó explica toda la realidad difícil que nos toca. Más bien tiene que ver con asumir de una vez y para siempre que no hay fórmulas mágicas para nada y que las transformaciones sociales llevan tiempo, mucho, por lo que es una irresponsabilidad andar regalando segundos semestres o riquezas que no tendremos si antes no las producimos.
En todo caso, las elecciones de hoy servirán para medir la veracidad de las encuestas.
Las Paso dirán si es verdad que la grieta sigue más lozana y extendida que nunca, alimentada por todos, incluso por los que dicen combatirla. Si es verdad que Macri y Fernández polarizan a más del 80 por ciento del electorado. Si es verdad o mentira la tercera opción de Roberto Lavagna o el poder de daño de José Luis Espert.
Medirá el tamaño de las pérdidas del resto de las fórmulas: las dos de la izquierda y las otras cuatro que se codean para que no quede nada más allá de su posición de extrema y de derecha.
Servirá para limpiar el camino, aún más, de cara a octubre. Pero no se juega ni la vuelta al pasado ni un boleto al futuro, en ambos casos porque, como quedó dicho, es imposible. Y porque del pasado se puede aprender, como al futuro se puede no ir. Porque unos y otros, así como tienen fortalezas, también apilan fracasos. Y el más importante seguirá siendo, más allá de los eslóganes, derrotar a la pobreza que hambrea a un tercio de los argentinos y a uno de cada dos correntinos. Ante esa realidad no cabe la especulación.
Ya no basta con denunciar autoritarismos, porque los hubo y los hay en todos lados. Está de moda hablar del despotismo kirchnerista, pero fue el propio radicalismo el que blanqueó el absolutismo macrista dentro de Cambiemos. María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta confían (y lo dijeron en el diario La Nación de ayer) en que Macri pueda escuchar un poco más y a más gente después de las elecciones (si es que hay después), no sólo a su gurú ecuatoriano Jaime Durán Barba. Veremos.
Ante estas dos variantes de la frustración nacional tampoco cabe seguir apelando a las campañas de miedo que llegan al punto peligroso de la circularidad que deja a unos azuzando el fantasma del fraude, y a otros, en la vereda del despotismo mesiánico. Que no nos guste el resultado no nos da derecho a decir que la democracia está amenazada de muerte. Y si tiene problemas -en tanto artefacto humano imperfecto-, habrá que arreglarla entre todos. Desde Raúl Alfonsín para acá, la democracia costó demasiado como para que alguien pretenda arrogarse su representación. Nadie puede. Ni a título personal ni partidario. Es de todos.

La nueva agenda de Corrientes

El categórico triunfo que el gobernador Gustavo Valdés consiguió el domingo pasado en las elecciones legislativas con las que plebiscitó su gestión, arroja resultados que van más allá de los números, confirmados este viernes por el escrutinio definitivo.
Los guarismos puros y duros indican que el 70% del electorado correntino fue a las urnas: 583.621 sobre los 833.689 que estaban habilitados; y que de ese total, más del 60% le extendió un blindaje de amplio espectro al Gobernador: alrededor de 325 mil voluntades.
Los resultados indican también -como ya se dijo la semana pasada- “que al margen de sus responsabilidades y la mesura que debiera imponerle la investidura totalizadora que ostenta”, Valdés puede saborear como propia esta performance histórica: no sólo logró sumar más votos que cuando ganó la gobernación el 8 de octubre de 2017, sino que apiló una diferencia de más de 40 puntos con la vertiente peronista que salió segunda, el Frente para la Victoria; y que ese aval popular le dará, a partir del 10 de diciembre, dos tercios en ambas cámaras legislativas. En ambas.
¿Qué más significa semejante nivel de apoyo popular? Podríamos explicarlo en estos puntos:

1. Que ante la falta de una oposición real, deberá el propio Valdés generar los anticuerpos para el mal de la autocracia. Lo sabe, y por eso dijo, el lunes, que esta elección “nos obliga a darnos un baño de humildad (para) no avasallar al otro”. “Si nosotros utilizamos los números que nos otorgó la ciudadanía en las cámaras, terminaremos destrozando (todo), y si no hacemos un Estado de mayor calidad democrática, tenderíamos a generar un Estado autocrático. Si nosotros agregamos humildad y escucha, vamos a mejorar la calidad institucional” de Corrientes.

2. Que ahora tiene todos los resortes institucionales formales para desarrollar su gobierno: un Poder Judicial que renació con el proceso que empezó Ricardo Colombi en 2001 y que en general acompaña; y un Poder Legislativo con mayorías especiales para tratar sin necesidad de negociación todos los temas: desde las declaraciones menores, pasando por los empréstitos, hasta llegar -eventualmente- a la necesidad de alguna reforma mayor. Se trata de una suma de poder cuyo uso demanda otra suma similar de compromiso y sensatez republicana.

3. Que el Gobernador fue avalado por la ciudadanía para cumplir lo que postula y que genera adhesiones mayoritarias: el desarrollo y la modernización, la ampliación de derechos, la generación de trabajo de calidad, de infraestructura acorde y la pelea contra la pobreza.

4. Valdés obtuvo el domingo pasado las herramientas que necesitaba para plantear, sin excusas, las condiciones de desarrollo para nuestros recursos naturales, el emprendedurismo, la industrialización y la innovación (que venía siendo demorada en la conciencia y el accionar de varios de los mandantes anteriores).

5. El Gobernador obtuvo los avales legislativos que necesitaba para avanzar con las reformas electorales que viene planteando: la paridad de género en todas las listas y el voto joven en todas las elecciones. Ojalá también le alcance para revisar el sistema electoral arcaico con el que vota Corrientes, y que de una vez por todas aparezca un método más equilibrado, más seguro, más amigable con los votantes, más barato y más ecológico.
(Y ojalá que los socios de ECO, de paso, encuentren otro mecanismo para contarse las costillas, y que ese método de orden interno no sea a costa de todos. Y ojalá que la oposición encuentre al menos algo de orden interno, con el mecanismo que sea).

6. El Gobierno, el más fuerte que se recuerde en la historia reciente de la provincia, fue pertrechado para elevar la mira. Para pasar del pago de sueldos en tiempo y forma a la creación de más sueldos, mejores oportunidades y al fomento de trabajo privado de calidad.

7. Fue dotado para colocar a Corrientes en el radar del mundo, para buscar inversiones y para generar condiciones de despegue. Para avanzar más rápido en la generación de energía, la ampliación de rutas aéreas, de rutas productivas viales y de puertos; para abrir y eficientizar nuestros pasos fronterizos que además fortalecerán todavía más la integración regional. Corrientes debería usufructuar su ubicación estratégica como territorio central y vital del Mercosur.

8. Gustavo Valdés consiguió el domingo un crédito extenso para trabajar al menos en dos bandas: en la diaria, que implica atender la agenda de la pobreza; y en la de mediano y largo plazo, que exige otro tipo de itinerarios, igual de acuciantes e importantes. Se inscriben allí las agendas intelectuales, culturales, turísticas. La tecnología. Los nuevos derechos. El amplio abanico de la producción con alto valor agregado, temas que impactan de lleno en los sectores de la población que, con potencialidades por encima de la media, están pensando más en el autoexilio que en la espera de una alineación interestatal que nunca llega. O que fracasa una y otra vez.

9. El domingo, Valdés fue mandado a la cofa a explorar oportunidades que estén más allá de las urgencias internas. El propio presidente Mauricio Macri advirtió el cambio de envergadura del dirigente correntino y hay quien dice (ya se escribió sobre ello en la prensa nacional) que hasta lo están apuntalando para que sea el interlocutor del PRO con el radicalismo, partido en donde anidan dirigentes que no asumen la contradicción histórica que implica apoyar a un gobierno insensible como el de Cambiemos.

10. Valdés consiguió en las urnas un respaldo que es también una brújula para su gestión. “La provincia no es sólo la economía sino también más instituciones. Y si la sociedad no sabe dónde va, no acompaña, por eso hay que tener una agenda nueva, visión de futuro, mejorar, fortalecer y desarrollar nuevas instituciones para que la gente vaya no sólo por el buen clima político, sino por la calidad de las instituciones”, expresó hace un par de días el consultor Enrique Zuleta Puceiro, hablando por Radio Dos. Hay allí una clave: mayor institucionalidad, que no es mayor burocracia.

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El respaldo está. Que el Gobierno se fortalezca para hacer y no para atropellar será la tarea más difícil que tendrá en adelante Valdés, que además tiene como mandato no escrito evitar cualquier condición de quiebre en el único lugar donde hiberna una amenaza fuerte para su crecimiento: su propio frente interno.
Será crucial, en el corto plazo, ver cómo genera la cobertura de las vacantes. Varios funcionarios fueron promovidos a legisladores y casi todos consiguieron ese salto de seguridad social, razón por la cual el Gobierno tendrá la necesidad de reponer hombres y mujeres. Tal vez sea la ocasión, incluso, para incorporar más mujeres y de ese modo empezar a saldar una de las promesas de campaña.
Por lo pronto, y con respecto al resto de los temas, el Gobernador ya dio algunas señales de hacia dónde quiere ir. En la semana fue a ver al presidente Macri. Volvió para cortar cintas de algunas de las muchas obras que el Gobierno financia en la Capital, como no se hacía desde 2001, y luego retornó a Buenos Aires, donde se reunió con el Presidente de Brasil.
Con Bolsonaro (más allá de lo que representa en lo personal y de los acuerdos o desacuerdos que puedan generar sus postulados ideológicos-políticos) planteó la necesidad de “la integración económica, social y cultural entre nuestras ciudades fronterizas”. Según se informó, ese fue el tema sobre el que dialogaron el Gobernador local y el Presidente carioca en el almuerzo en su honor ofrecido en el Museo del Bicentenario de la Casa Rosada. Es que para Corrientes, como para Argentina, Brasil es mucho más que un vecino rico, un shopping de frontera o un lindo lugar para ir de vacaciones.
De aquí en adelante lo que aparece es el viaje a China, expedición que emprenderán esta semana el Gobernador y una comitiva de funcionarios, legisladores y empresarios para plantear dos intereses puntuales que tienen escala y volumen para la economía local: la exportación de carne y de madera.
He aquí una agenda. Sobre esto es lo que debe acordar, aportar, discutir u oponerse la oposición, mientras encuentran sus propios temas, curan las heridas producidas en el devenir de sus traiciones y se fortalecen saneando sus diferencias democráticamente. Está claro que el ataque por el ataque no da resultados. La hegemonía de ECO no menguará si enfrente sólo hay un puñado de intereses personales disfrazados de partidos. Ya van varias elecciones. Es tiempo de que la oposición tome nota de que el electorado correntino viene votando construcciones colectivas, mas no aventuras de grupúsculos enajenados.
Al oficialismo, en cambio, se lo observará desde el prisma de la deontología. Valdés no puede pedir más. Tiene una provincia -podríamos decir- en orden (más allá de las dificultades de mucha gente para llegar a fin de mes) y un programa de gobierno. Tiene lo necesario. Por cómo lleva a puerto este barco con viento de cola se lo juzgará en dos años. Y en los libros de historia.