Eduardo Ledesma presenta su libro “A corazón abierto” en Caá Catí

Por Paulo Ferreyra. Publicado en el diario El Litoral

Van acercándose los días en los que Caá Catí se vestirá de palabra y música. La Feria del Libro es un hecho cultural donde la venta de libros es casi un accesorio, y los personajes y el lugar cobran un vuelo insólito para quienes se acercan a conocerlo.
Eduardo Ledesma escribió un libro de crónica para dar visibilidad a las personas y al lugar, y “si bien el libro tiene su epicentro en lo que sucedió en la IV Feria del Libro de Caá Catí, está rebalsado con otros personajes y otros lugares”. La feria en sí misma dispara muchas cosas. “Creo que es desconocida en gran parte de la provincia porque no es hija del marketing. Sin hacer alardes y sin mostrar sus pretensiones, año tras año sigue creciendo”, desliza el periodista.
Esta publicación que aún huele a nuevo, muy nuevo, abrirá su fragancia el próximo domingo. El libro es producto de una donación tanto de Leonardo Moglia de la Editorial Moglia como del periodista Eduardo Ledesma, quienes en esta primera edición del libro confieren a la Biblioteca Popular Juan Manuel Rivera toda la potestad. El libro se venderá a un precio módico y todo lo recaudado será para la biblioteca.
Hace apenas un año atrás, en este pueblo de arena, laguna y bajo ese cielo inmenso, Selva Almada leía un texto inédito de un trabajo que todavía no había presentado en Buenos Aires. Este año estará Josefina Licitra, quien presentará su nueva crónica “38 Estrellas. La mayor fuga de una cárcel de mujeres de la historia”.
“La tierra ebria sobre mí y yo en una voluntad azul bajo las aguas poseído por el temblor de las especies”. Ese temblor y esa ebriedad mueven las pulsiones de Eduardo ahora en un libro de crónica. Aquí pone su firma, donde la pantalla blanca del computador no tiene límites y los personajes, los momentos y los lugares del interior de Corrientes quedan por un momento -tan solo por un instante- congelados en las páginas de este libro que tituló “A corazón abierto”.
La invitación va más allá de leer: la invitación es para ir pynandi por la tierra del taragüí y conocer su historia cultural, aquella mezcla de poesía y música.
“El libro se escribió a lo largo de un año. Es un testimonio que me deja satisfecho. En la intimidad del trabajo hay muchas satisfacciones. Esta crónica es una contribución de toda la gente que participó y de Leo Moglia. Nadie cobra nada por esto. Es una donación”.
“En tanto texto, la escritura me permitió jugar en un registro al que no estoy acostumbrado: me permitió jugar con la ficción. Dialogué con personas que ya no están, con el archivo. Estos elementos periodísticos y narrativos me permitieron generar un relato de asuntos verídicos con una carnadura mayor al del lenguaje periodístico”, concluye.
Esta crónica relata la experiencia de un viaje, pero no un viaje cualquiera sino uno “a corazón abierto”. Ya con el título, Eduardo Ledesma nos previene que la crónica no se basará únicamente en la IV Feria del Libro de Caá Catí, sino también en los engranajes, motivaciones y paisajes humanos que la sustentaron”.
“Ledesma maneja con soltura los tiempos de la crónica; los matiza con pasajes ficcionados de testimonios reales que dotan al relato de una tensión propia de otros géneros. Tal entrecruzamiento le permite desarrollar distintos asuntos a la vez sin que se pierda el hilo ni decaiga el interés por la lectura”. Así traza este libro el poeta Rodrigo Galarza.

 

Cómo se siente un tiro

De paseo por las letras, siempre es grato leerlo a Bruno Martínez.

Su libro “Cómo se siente un tiro”, fue una de las compañías a las que recurrí para esconderme del sol y de la lluvia. O para disfrutarlos.

Hay de todo en esas crónicas. Hay pasajes y paisajes. Hay sutilezas y frentazos. Hay lugares transitados ya por otros, pero también descubrimientos. Hay poesía y crudeza. Hay literatura.

Hay política, que es tal vez lo que uno -por motivaciones personales- más disfruta.

La sola crónica sobre el recorrido al y por el apiario de Danilo Polo Legal, “Hablemos de abejas”, para mí, justifica el libro, además de la que le da su título, claro.

Recomiendo este trabajo, editado el año pasado con crónicas sazonadas por el tiempo, reconociéndole el mérito de haber abierto una puerta enorme a los cronistas de la región. De haber proveído un espejo. Un objetivo. Una meta.

Leila Guerriero y Crístian Alarcón discuten sobre crónica

Duelo de autores: ¿De qué @%#!& estamos hablando cuando hablamos de crónica?

Leila Guerriero y Cristian Alarcón, con la moderación de Ezequiel Martínez, brindaron una charla de alto vuelo sobre la realidad de la crónica en el festival Basado en Hechos Reales que tuvo lugar la semana pasada en en el CCK, Buenos Aires.

Vale la pena este video producido por el #FestiBaHR para encaminar la visión sobre la crónica, pero también sobre la narración en el periodismo diario.

 

La fortuna triste del Señor Hallado

“Es cuestión de sentarse en la galería, elegir un punto de mira diferente cada tarde o elegir el de siempre: el resultado es el mismo y a la vez es otro. Sentarse en la galería, así nomás, sin realizar ningún esfuerzo y el cuerpo se vuelve poco a poco pura mirada.

Cristina Iglesia
Mirar el campo, de “Corrientes” (2010)

 

Cuando Felipe Olivera encontró el crucifijo enredado a unas ramas, pensó en un milagro.

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Promediaba la mañana y el sol brillaba fuerte esa primavera de 1739, cuando se dice que el hombre, que peregrinaba a Itatí, se detuvo a descansar en la zona de la desembocadura del arroyo Empedrado, donde originalmente estaba una reducción franciscana luego destruida. Cuentan que en ese lugar del pueblo viejo sintió una presencia que lo llamó a mirar hacia la copa de un árbol donde descubrió la cruz. La luz que agujereaba la fronda daba de lleno en la reliquia.

Don Felipe siguió el camino del norte y al cabo de varios días llegó a Itatí. Contó su experiencia a los sacerdotes de la Virgen, quienes además de bendecir el madero labrado, lo invitaron a construir una capilla para honrar al Cristo. Al encontrado.

El suceso caló hondo entre quienes lo supieron. Los curas de la parroquia todavía relatan por estos días que, en aquellos tiempos, los feligreses acudían al oratorio familiar para venerar al crucifijo, al que se llegaba por un camino rocoso, empedrado con material de la zona.

De tanto rezar, la gente se fue quedando, y así pasaron 87 años hasta que, en 1826, el Señor Hallado presidió la fundación del pueblo nuevo. Un año después construyeron la primera capilla. Y en 1912, el templo neogótico que alberga aún hoy la fe mayoritaria de los 15 mil empedradeños que cada 14 de septiembre le rinden culto en sus fiestas patronales.

Hasta los que se tuvieron que ir, porque sobraban, deponen su orgullo para volver y estar y ejercer su devoción.

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Viajar a Empedrado es viajar en el tiempo más que en el espacio. Apenas 60 kilómetros la separan de la capital de Corrientes, yendo hacia el sur por el camino antiguo que hoy es la Ruta Nacional 12: unos 30 o 40 minutos en automóvil.

Es 14 de septiembre de 2017. Pasaron casi 300 años de aquel hallazgo de Olivera y más de un siglo desde que los curas con hábitos de negro eterno estructuraron la liturgia que sigue repitiéndose hoy, en medio de un gran mercado al aire libre.

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Las fiestas son largas en los pueblos de Corrientes. En casi todos ellos. Son todo un acontecimiento.

Cualquier antropólogo haría dulce de sólo ver como conviven en un mismo territorio (alrededor de una iglesia y una plaza trazada en damero indiano), la fe heredada sin reparos de la gente sencilla, cartelería en inglés y en guaraní, chamamé en yopará, juegos criollos con animales (cuyo mayor atractivo es la carrera de sortija) y unos minions inflables donde se revuelcan sin culpa los más chiquitos. Lo que se dice sincretismo explícito.

Hay mucho comercio que riñe con las normas de la Afip. Comidas de olores y sabores varios. Jugos naturales de dudosa procedencia y conservación por su exposición a los soles ardientes de estas riberas. Bebidas de graduación alcohólica en aumento y música o ruidos. Predominan el reggaetón y la bachata.

Hay caballos enanos con aperos chapeados en alpaca para “la” foto de los niños, en la era de los smartphones. Un guitarrero que trata de entonar para él mismo canciones de misa bajo la sombra tenue de los pinos y gente de los parajes: chinas y gauchos vestidos de gala en honor al crucifijo. Pues de eso se trata últimamente.

Algunas viejitas desarrapadas, abrigadas más de la cuenta por el clima que no se decidía, dejaron por un rato -o por un día o dos- su mundo de animales y verduras para mezclarse con los puebleros. Ahí también hay un ellos y nosotros. Se miran con recelo, al punto del ojeo. Se conocen de siempre, pero igual se tantean. Con la mirada. De lejos. En silencio.

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En las fiestas patronales probablemente ocurran pocas reconciliaciones si es que hubo alguna vez un diferendo. Pero es seguro que aun al cruzarse, eventuales contendientes no harán nada si están bajo el alcance prodigioso de un santo.

Un cura me contó una vez que, para calmar la calentura de una reunión, hizo entrar al galpón a la Virgen de Itatí. Las partes en pugna, ni bien la vieron se cuadraron y persignaron y depusieron las lenguas y los dedos acusatorios.

-¡Un milagro clarito!

Ahora estamos en Empedrado, pero es lo mismo en cualquier pueblo correntino desde hace por lo menos 50 años. Por eso cuesta desatar los nudos del garguero que se tensan con cuentas del pasado. Sobre todo cuando se ven acomodadas desde siempre, en estacas de madera o de fierro, esas pelotas de nylon tipo hule, brillantes y finísimas, con tajadas multicolor, tan livianas y ordinarias como un globo, que se pinchan con las primeras patadas. Tener una de River o de Boca era tocar el cielo con las manos, más antes, cuando los celulares no eran siquiera un sueño. Ni las computadoras lo eran.

Ahora estamos en Empedrado, pero es lo mismo en cualquier pueblo correntino desde hace por lo menos 50 años. Por eso cuesta desatar los nudos del garguero que se tensan con cuentas del pasado. Sobre todo cuando se ven acomodadas desde siempre, en estacas de madera o de fierro, esas pelotas de nylon tipo hule, brillantes y finísimas, con tajadas multicolor, tan livianas y ordinarias como un globo, que se pinchan con las primeras patadas. Tener una de River o de Boca era tocar el cielo con las manos, más antes, cuando los celulares no eran siquiera un sueño. Ni las computadoras lo eran.

***

– ¡Qué cosa! -digo sorprendido.

¿Habrá pensado Felipe Olivera, cuando vio la cruz colgada, que ese lugar sería después la Perla del Paraná?

¿Habrá imaginado que era posible ganarle un espacio al monte y levantar allí una mansión para el solaz de los millonarios argentinos y del mundo?

¿Habrá creído posible el peregrino que ese pueblo daría un gobernador de los mejores que recuerde Corrientes?

¿Y cuál sería su cara, por el contrario, si se enterara de que, con los años, esa tierra entregaría hijos en una larga estela de adioses por las promesas que no se cumplieron, ni se cumplen?

¿Qué pensarían, en todo caso, los hacedores del siglo pasado si vieran que la desidia sostenida ancló el mañana mejor a un presente quedo, corto de horizontes?

Tal vez Felipe Olivera sólo pensó en la fe. Que mueve montañas. O esas barrancas que veía. Que la fe persiste pese a todo.

Si lo pensó efectivamente, le asistía una certeza: Dios es más grande ahí donde no llegan el Estado ni las empresas. Las escuelas o las fábricas.

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Pero Empedrado no siempre fue un rastro. Tuvo una época mejor, inmortalizada en sepia por el alemán Roberto Gersbach: pintor, fotograbador y el primer fotógrafo de academia que se aquerenció por nuestras costas. Junto con Adolfo Mors y Wolfgang Seller constituyó la trilogía de maestros de las artes plásticas correntinas en el siglo XX.

Una placa recuerda a Gersbach en las paredes de su antigua casa en el pueblo de la calle larga, donde vivió con su mujer y sus tres hijos. Algunos de sus descendientes dan testimonio vivo de su legado. Roberto es su propio testimonio muerto. Sus huesos descansan allí, en esas tierras, desde el 17 de diciembre de 1936, como abonando la promesa que le hizo cruzar el mar.

***

Empedrado empezó a escribir su historia casi con la colonización. Hay registros del siglo XVII, cuando los españoles levantaron las reducciones de Nuestra Señora de la Candelaria de Ahomá y de Santiago Sánchez, donde se encontró la cruz.

Después de mucho ir y venir, el cuatro veces gobernador de Corrientes, Pedro Ferré -dueño del sillón en el que todavía se sientan los inquilinos del poder provincial- fue autorizado a realizar la fundación del pueblo en el sitio que hoy se conoce, para lo cual le compró a Dionisio Suárez, a comienzos de 1826, un terreno de 2.500 varas en cuadro para asentar la población y sus ejidos.

El día preciso de la fundación no se conoce, pero la ley del 14 de septiembre de 1826 aprobó los actos de gobierno y al pueblo se lo denominó Capilla del Señor. Y ya no hubo mucho más que decir. Su primera escuela es de 1827. Su puerto fue habilitado al comercio en 1856, y en 1864 abrió la Municipalidad. En 1898 llegó el tren y en 1910 inauguraron la casa modelo de la Mansión de Invierno, un delirio para ricos que duró apenas tres meses.

Algo más duró el progreso que bajó de los barcos y de los vagones. De esos tiempos quedan casas con pretensiones italianizantes o historicistas.

– ¡Es una pena! -rezongo.

Empedrado fue pensado como puerto regional. Sigue teniendo una salida inmejorable al río, pero ya no hay qué llevar o qué traer.

Paradójicamente, la mayoría de los jóvenes con fuerzas y ganas se meten a embarcadizos. Son marineros en buques pesqueros que izan banderas que tal vez ni conocen, porque en su tierra no tienen ni canoas.

Los que no dan la talla de Popeyes, se van a engordar otras pobrezas en los conurbanos más prometedores de la Argentina. Salvo excepciones, es el destino de por lo menos el 33,6% de los correntinos, según el censo de 2010. Aquí no hay lugar para ellos.

– ¿Y el tren?

– El tren salió hace rato. Y le está costando volver.

***

Ni la gobernación de Fernando Piragine Niveyro pudo revertir la tendencia.

Piragine fue empedradeño y uno de los gobernadores más progresistas que conoció Corrientes. Desarrollista por convicción, durante su mandato, que duró sólo 4 años desde 1958 a 1962, se abrieron escuelas y obradores. Hizo caminos, electrificó los campos y muchas ciudades, pavimentó rutas y hasta inauguró el aeropuerto internacional de la provincia, que hoy lleva su nombre.

Pero entre otras tantas acciones, le dio al correntino su dignidad de ser, dicen quienes lo conocieron. Falleció joven, defendiendo al ya depuesto presidente Arturo Frondizi, su amigo. Murió en el Congreso Nacional. Allí mismo, el peso de su cuerpo cayó sobre una banca.

Ese mismo lastre sombrío, al parecer, hundió irremediablemente la prosperidad de Empedrado.

***

– Llovió todita la noche, pero el Señor hizo milagro -me cuenta, ferviente, la chica que atiende un comedor-rotisería-panadería-confitería detrás de la Municipalidad.

Dice que el Señor torció los pronósticos, sopló fuerte y despejó el cielo de nubes. Dejó el viento, que amablemente aplaca el calor húmedo de la siesta.

Las hamacas de la plaza están sobre el agua. El suelo ya no chupa los excesos de la lluvia y el líquido se estanca en las zanjas que dejan las frenadas. Están temporalmente inutilizadas. Por eso trabajan sin descanso, desde el mediodía, las calesitas, las sillas voladoras, el remedo de carrusel en miniatura y otros juegos mecánicos que supieron tener mejor pintura, brillo y hasta mayor seguridad.

Alrededor de la plaza, sobre las veredas que marcan su límite, se acomoda un tolderío mayoritariamente de lona verde, azul y naranja. De lejos parece una fila de acoplados. De camiones.

Hay carritos de comida: asado de tira, pollo, chorizo, chicharrón, arrollado, hamburguesa especial completa 35 pesos, empanadas, sánguche de milanesa y de jamón y queso, chipá mbocá 20 c/u, jugos, gaseosas, vino y cerveza. Ferné.

El tiempo ayuda y como aquí ya nadie volverá al trabajo, se animan a la cerveza. Es jueves. O viernes chico. Y la semana ya está perdida. Son las 3 de la tarde y la cerveza corre entonces como remedio fresco: en latas, botellas o en vasos de plástico que tragan un litro.

Para los postres: churros, pastelitos, alfajores de maicena, helados, turrón de maní, algodón de azúcar, manzanas al caramelo, golosinas. Para los más tradicionales: mate y chipá, que sirve para desayunar, almorzar, merendar y de última, para cenar.

Por momentos el viento se mueve rápido y se arremolina cerca del piso. Desparrama el humo de las parrillas y el olor humano de los que llevan un rato largo transpirando su búsqueda espiritual lejos de las duchas. También desparrama perfumes: mucho desodorante en los hombres y alguna fragancia más fresca y sofisticada en las mujeres, sobre todo las más jóvenes. Recién bañadas, están listas para ver y ser vistas.

Las señoras mayores huelen a florería. Están sentadas a la sombra de un gomero centenario en el centro de la plaza, donde se hará la misa luego de la procesión. En eso, alguien ceba un mate recién hecho, curado con burrito. El aroma es penetrante, inconfundible. Se siente a campo, a patio, a descanso, a charla. A satisfacción.

***

Parece filosóficamente contradictorio, pero es una continuidad histórica y folclórica.

Al borde de las fiestas de los santos crecen negocios de todo tipo. Y empresarios que se dedican a eso: a recorrer en caravana, pueblo por pueblo, como el viejo Víctor, un tío gitano que de tanto en tanto aparecía ofreciendo lo que tenía y lo que no, y acampaba con su clan en las anchas cunetas naturales de las rutas de la zona. Su recuerdo aparece empujado por un rencor infantil…

Camino los contornos de la plaza para ver las novedades. En principio, lo de siempre: las pelotas de tajadas de hule fino, revólveres, ballestas, arcos y flechas, accesorios para princesas, princesas, formas de silicona, peluches, guitarritas, flautas, tamborcitos. Minions, Pepapigs, Gudys y Bozlaiyiars. Cadenitas, muñequeras, relojes y marroquinería al alcance de la cartera de la dama y el bolsillo del caballero. Lentes y la electrónica de amplio espectro: desde los legendarios Tetris hasta calculadoras científicas; desde cargadores portátiles de celulares hasta calentadores de agua de 12 voltios para el auto.

Me detengo en algo que no sé qué es. Tiene una forma rara, como de una pequeña linterna, pero con tres patas, como si hubieran encintado tres desodorantes a bolilla. Tiene cable y puerto USB. Hay de varios colores.

– Es un masajeador -dice el vendedor con una sonrisa burlona por mi ignorancia.

Fue entonces cuando recordé a don Víctor, pues me sentí abriendo la boca, viendo los espejitos que le quería vender a mi abuelo para darle brillo al exhibidor de tablas y chapadur de su panadería.

De paso se comió una porción de pastafrola que estaba para la venta.

– Que Dios se lo pague -le dijo a mi abuela el atrevido, y no lo olvidé nunca.

***

Cuando se encienden las primeras luces ya todo el pueblo habrá cumplido con Dios, por lo que se entrega ahora a quedar bien con el diablo. La plaza es poco menos que un aquelarre. Descansan los juegos para niños y empiezan a trabajar los vendedores de ilusiones. Cumplen más que los políticos, que no es poco.

Los hay de muchas provincias, pero también los negros senegaleses que venden collares y anillos, que son una atracción en sí misma.

Niños y grandes por igual, sobre todo la gente del campo. Nadie disimula la mirada. Los escrutan como a fenómenos y hasta les desconfían, pero no pasa de ahí. Los negros conversan en su español que tropieza con los códigos de la sintaxis y entonces los autóctonos ríen aliviados. Confirman que son seres humanos.

***

Las tiendas de ropa parecen un shopping barato bajo los gazebos asegurados con soga y estacas. Están mejor surtidas que muchos negocios locales del rubro, y tienen precios de liquidación por el final de fiesta, así que hay quien aprovecha. El problema es que estamos recién en la quincena y hay que hacer rendir la plata. Nadie cobró aún.

Los que sí mercan son los empleados de la administración pública, acostumbrados a embolsillar antes de fin de mes y casi todas las semanas cuando está cerca la fecha de las elecciones, como pasa ahora en Corrientes. Hay que incentivar el voto, dicen. Y si de eso se trata, el gobierno de Corrientes que comenzó en 2001 y se juega su continuidad en 2017, no escatima. ¡De más cuida la democracia el gobernador Ricardo Colombi! Casi como si fuera propia.

Entonces se producen las ventas. Aunque primero hay muchas pasadas y después muchos precios comparados.

Si sobra algo, viene lo mejor: la lotería.

– Es la vida en ancas de la suerte -le digo a mis adentros.

– ¿Y quién pa´ sos vos para juzgarlos? -me responden.

Asiento, de nuevo, para mis adentros. Es lo que hay. ¡Claro! Si yo mismo he visto la cara de lo que falta cuando el sistema cierra la puerta y los gobiernos se esconden dentro de su infamia.

Salgo del paso preguntando cómo va y señalo el cartón.

– Un yepoque -me dice la mujer mientras se acomoda para la primera ronda. Es bajita, de rulos y está contenta. Tendrá 40 años. Tiene las uñas pintadas de oscuro.

–¿Cuánto cuesta?

–Treinta pesos.

Paga y le dan un papel despintado por el uso. Tucumán Park, dice a modo de membrete. También le dan un puñado generoso de maíz que sirve para apuntar la jugada, pero también para dar de comer, al menos por un día, a un gallo mediano tirando a grande.

En el centro del toldo, sobre estantes, se acomodan los premios.

–Fue a lo primero que le llegó la inflación -le digo a alguien. Se ríe.

Recuerdo que las loterías de los parques, incluso las de las fiestas patronales, eran un rebusque de verdad hace por lo menos 30 años en mi pueblo, que no queda muy lejos de donde estoy ahora. Una vez la vi jugar a mi madre: quería una frazada de dos plazas que estaba en el estante. Ahora veo helatodos, termolares, una licuadora, alguna juguera y no mucho más. Sí mucha guirnalda.

La escena parece de cuento, pero es tan abrumadoramente real que pone los pelos de punta.

En los apoyabrazos-cartones-maíces, los jugadores y las jugadoras tienen más concentración que un astrónomo de la Nasa descubriendo un planeta. Algunos empinan una lata de cerveza, varios fuman y cavilan, otros miran al niño cantor: un muchachón más bien entrado en años que en otra vida habrá sido locutor. Tiene buena voz y la imposta con tal profesionalismo que da pena que sólo sea para cantar números de lotería.

El bolillero es una evocación de la pobreza, y se ajusta al contexto. Es un bidón de lavandina de 2 litros, color amarillo. En góndola habrá sido un Ayudín.

El locutor lo agita, hace sonar las monedas de madera numeradas. Saca una, dice la cifra y la repite, y luego la pone en orden para controlar cuando alguien diga “basta”. Las monedas son como la falange segada de un dedo.

La mujer de los rulos pega el grito:

–¡Basta!

El chico que reparte el juego se acerca a controlar. Es morocho y tiene las puntas del pelo teñidas de amarillo. Repasa los números con el índice de la mano derecha. En la otra tiene un toco de billetes.

Siempre es así en los parques. Gente que trabaja con la plata, la muestra. Como los cambistas. La exhiben como quien oferta en vidriera. Es como si dijeran: ¡aquí está el objeto del deseo! ¡Vengan a buscarlo pué!

Efectivamente la jugada de la enrulada fue perfecta. Da un brinquito de alegría. Acaba de ganar 100 pesos.

***

El paseo sigue, despreocupado. Hay muchas parejitas jóvenes. Los novios agarran a sus novias como si fueran a escapárseles. Se tocan. Se rozan. Se besan. Se muestran. Muestran. Parece la estudiantina, pero no es.

Me pregunto cuántos de esos jóvenes son ahora o serán en adelante los devotos de Pedro Perlaitá, el soldado pasado a fusil por disputarle la mujer a un superior.

Dicen que después de muerto fue convertido en un “santón correntino”, cuya tumba celeste -por su filiación política- se encuentra en los fondos del cementerio de Empedrado y es visitada con asiduidad. Allí van los estudiantes secundarios a pedir o a agradecer, sobre todo en época de exámenes y de mal-de-amores.

Los que ahora pasean por la plaza perecen ajenos a todo eso. Uno le compra algo a la susodicha, una pavadita. Otro le paga un capricho a la nena que cuidan junto con la otra nena que ya tiene los pechos brotados. Tal vez la niña sea su cuñadita, mandada de espía por los suegros para alejar los peligros del amor urgente. Los novios son adolescentes, pero pueden asumir el costo del soborno por silencio en la rueda de la fortuna. Nombre pretensioso si los hay para una tabla de madera llena de clavos, en círculo, por donde se pasea un arco de caño que en la punta tiene una flecha de plástico recortado que unos días antes fue una botella de gaseosa.

La flecha marca los premios que son muchas cosas, pero ni todas juntas hacen una pequeña fortuna. La nena empuja el arco. Da varias vueltas veloces y de a poco se detiene. Cae sobre la punta de un triángulo de color rojo. No se sabe bien qué contiene, pero la puestera, rápida de reflejos, manda a su hijo de no más de 6 años a que entregue el premio.

– ¿Qué le doy? -consulta.

– Abrí la bolsa y dale una pulsera -ordena, casi sin mover la vista de su teléfono.

La pulsera brilla. Son unas bolitas de plástico agujereadas y ensartadas por una banda elástica que se cierra con un nudo. La niña sobornada acaba de rifar su silencio. Y a juzgar por su rostro, es consciente de que salió perdiendo.

***

La fiesta de Nuestro Señor Hallado empezó hace varios días.

En torno a la novena, rezo importantísimo en el milenario ritual católico, se fueron cumpliendo muchos asuntos públicos. Pero ninguno tan importante como los de este día, que arrancó temprano y con el tiempo amenazante.

El punto central de la mañana contó con la presencia del vicegobernador Gustavo Canteros. Fue la máxima autoridad provincial en asistir a las celebraciones, un poco por protocolo y otro poco porque estos lugares siempre son importantes bulevares cuando avanza una campaña electoral.

– Estar nuevamente en Empedrado, ingresar por esa calle cargada de historia nos trae una síntesis de lo que es Corrientes: naturaleza, historia, cultura, religiosidad -dijo Canteros asumiendo un rol bien diplomático.

Esa calle es la avenida Bartolomé Mitre. Por largos años fue la única asfaltada. Tiene 30 cuadras, que es lo que mide de largo Empedrado, desde la ruta hasta el río.

Además de decir eso, Canteros encabezó el acto cívico central: la celebración del 191º aniversario de la fundación de la localidad. En ese mismo marco y en compañía del intendente Daniel Mierez, entregaron un presente al doctor Elpidio Monzón, un destacado abogado, profesor de Derecho Procesal Penal en la Universidad del Nordeste, fuente de consulta permanente y un orador de los que quedan pocos. Hace rato vive en Capital, pero nunca se fue del todo de su Empedrado natal, que ahora lo declaró ciudadano ilustre, a sus 94 años bien cumplidos y mejor llevados.

Monzón tiene una memoria prodigiosa y puede recitar los actos de gobierno que llevó adelante como funcionario de Piragine Niveyro, muchas de las leyes que dictó o interpretó, partes de la Constitución Nacional o bien, de cabo a rabo, un poema memorable de Osvaldo Sosa Cordero:

– Hola chamigo, ¿qué tal?
– ¡Pero íporante, chamigo!
Es el típico saludo
que usamos los correntinos.

Chamigo quiere decir
literalmente: mi amigo.
Aunque en rigor de verdad
ello se halla enriquecido
de todo cuanto contiene
de fraterno, de afectivo.

El chamigo es algo más
que lo común de un amigo.
Es esa mano que estrecha
con impulso repentino.
Es la voz que en ocasiones
nos hace como de estímulo
dándole fuerza al elogio:
¡Estuviste bien, chamigo!

***

Cuando se secaron los ojos de los familiares del ilustre, la cosa siguió su rutina, es decir, la rutina de la campaña. Corrientes debe elegir gobernador el 8 de octubre. Desde esta mañana del 14 de septiembre faltan menos de 30 días y todos andan apurados. Las encuestas muestran números disímiles pero constantes en la hipótesis del empate técnico. La diferencia entre uno y otro candidato es menor al margen de error.

Competirán tres candidatos, pero en verdad el asunto está polarizado. El candidato del gobierno, Gustavo Valdés, es también el candidato de la continuidad. Por eso los anuncios en ristra.

Canteros es vicegobernador, pero aspira a repetir en el cargo y promete ahora lo que no se pudo, no se supo o no se quiso en los 16 años anteriores: la puesta en valor y refacción de dos instituciones señeras de la localidad: el Teatro Dora y el Club San Martín.

-Me comuniqué con el gobernador Colombi y puedo asegurarles lo que va a ser una realidad muy pronto aquí en Empedrado. Nuestro gobierno asume el compromiso de llevar adelante la restauración de estos edificios tan importantes para la vida de la comunidad -dijo.

Por razones obvias, tampoco se perdió la ocasión el candidato opositor “Camau” Espínola. Estuvo desde temprano en el pueblo, en el ex Hotel de Turismo, que hoy es casi un ex hotel. Como muchas cosas en Empedrado, lo que hoy se ve es lo que fue.

Espínola y los máximos referentes de su frente Podemos Más, presentaron el programa “Corrientes Conectada” que permitirá, según dicen, extender el servicio de internet a toda la provincia.

– El futuro nos espera y debemos estar preparados, por eso hemos generado un programa de conectividad que abarca todo el territorio provincial para garantizar que la gente pueda acceder a internet y simplificar sus actividades laborales y estudiantiles -dijo.

Después presidió un acto partidario y más tarde participó de la procesión por las calles del pueblo. No se lo vio rezar, pero sí canjear un apretón de manos, un beso o una selfi por la posibilidad de un voto. Tal vez fue a pedirle eso al Señor Hallado. Que le preste el gobierno. Total, lo último que se pierde es la esperanza.

***

Los preparativos llevan varios días, pero se intensifican en las horas finales, antes de la procesión. La limpieza y el hermoseado del templo, la contratación del sonido, la invitación a las autoridades y personalidades, la organización de la caminata, de la misa posterior, la distribución de los conjuntos musicales y la selección de los maestros de ceremonia, que debe hacerse con más tacto que la elección de un pontífice.

Pero de todos esos prolegómenos me impacta el cariño que le dispensa una gringa, de pelo largo trenzado, a la cabellera rubia de un alazán que tirará el carretón de carga sobre el que irá la reliquia encontrada por Felipe Olivera, o una réplica. El pelo canela del animal brilla… goza del peinado de la crina que al final quedará como una red.

La carreta de madera barnizada, espléndida, tiene un arco de alambre revestido de flores: rosas púrpuras y gerberas y gipsófilas y algunas hojas y ramas verdes.

– Algo hicieron bien los españoles -me digo a mí mismo, mientras reparo que con sus variaciones, pequeñas o grandes, estas fiestas religiosas-populares se repiten en cada pueblo conquistado hace más de cinco siglos. De hecho, hay otro Señor Hallado, muy parecido en todo, incluso en su historia, que se venera en Santiago del Estero.

Es tan grande la devoción, que la gente reunida en este caso en Empedrado viene de los alrededores de la iglesia, pero también del campo y de otras localidades. Vienen por el Señor Hallado, pero también a ratificar la amistad de ese Cristo con sus propios patronos, a los que visten con lo que tienen para que den su paseo, así sea en una ermita diminuta de machimbre mal cortado.

***

Hay muchas familias entregadas con fervor a sus propios santos y vírgenes. Alargan la procesión del hijo de Dios aparecido.

Al costado del altar montado en el centro de la plaza, donde se hará la misa, hay varias mesas en fila, con manteles blancos, donde luego se apoyarán esas imágenes. Primero entran al templo, después salen y se acomodan entre el gentío. Algunas se llevan de a uno. Las reliquias más grandes, de a dos o de a cuatro, en andas, sujetando las agarraderas de los pasos-procesionales.

En la iglesia hay para ver y sentir. Gente de todas las edades y procedencias. Adultos que se persignan con solemnidad doliente y jóvenes indiferentes que están allí por otros apremios. Uno se acerca al vidrio de un postigo y se acomoda la enorme gorra tipo Alex Caniggia, para recién después ir al encuentro de su chica que está lista, esperando en el atrio, para dar una caminata de seis cuadras, con mucha gente alrededor, escuchando música sacra. Versión local, tirando a cumbia.

Policías vestidos de gala le hacen cordón y guardia al Dios del palo santo. Prefectos lo llevan. Los “canas” de uniforme diario están para actuar entre los mortales.

Algunas maestras se identifican con sus guardapolvos. Están allí para cumplir con su fe. Y cumplen, fuera de horario, con una aplicación que no le ponen a la currícula -sospecho de puro malvado. Me retracto y pido perdón por mis malos pensamientos. Salgo del templo y veo que la gente está esperando. Quieren ver salir la casita de vidrio con la Cruz de Olivera para empezar la procesión. Mientras, alguien reza. El rezo se reproduce fuerte por el equipo de sonido.

Jóvenes y no tanto, apuran la cerveza como si fuera necesario tomar coraje para pechar las tentaciones. Algunos pagueros se encaraman con los puebleros. Se ubican en los márgenes para caminar, despacito, como sus sueños. Otros tantos harán su ofrenda a caballo.

Los jinetes esperan al costado de la iglesia. Son los que cierran la marcha. Hay mucho olor a bosta. De caballos y también de humanos, porque la humedad de la lluvia se levanta con el sol radiante de las 4 de la tarde. Y no es un buen plan, por lo tanto, tener la necesidad de ocupar un baño químico o el que presta la parroquia.

Una cinta de nylon blanco que dice “peligro” en negro y se resalta con vivos rojos, atada a dos caballetes, intenta ser una barrera de contención para los equinos. La espera desespera, pero no queda otra. Un inspector de tránsito se ubica frente a la cinta para evitar adelantamientos.

Una compañera de la Muni se le acerca y le chucea:

– Che… ¡Ninguno tiene casco, eh! ¡A ver si le hacés la multa!

***

La procesión inicia con intenciones que se leen. Presto atención a una que no viene del cielo.

-Te pedimos Señor por la reconciliación del pueblo argentino -dice la señora que habla por micrófono y suena como la voz de un estadio. Recuerdo entonces lo que había dicho un cura alguna vez, refiriéndose a estas cosas:

–El pueblo habla a través de sus fiestas.

Y ahora, al parecer, está hablando de la grieta.

***

Las intenciones se intercalan con cantos que se escuchan como lamento. Como si hiciera falta angustia para hacer más vívida la eucaristía.

Cuando se alegra la cosa, al promediar la caminata, caigo en la cuenta de que la fiesta está siendo animada desde la plaza y que todos pueden seguir ese acontecer gracias a la tecnología. La empresa contratada para la ocasión está funcionando con enlaces satelitales, o de radio, que sirven perfectamente para unificar el sonido. Un lujo de la técnica puesta al servicio de Dios.

Un coro trata de entonar todas las canciones que apenas practicaron. En las misas habituales sólo se necesitan unas cuantas, pero ahora se alarga la peregrinación y hay que sostener bien arriba el ánimo de los clientes de Cristo.

Un trío de mujeres, que serían simpáticas abuelas cuentacuentos, en el costado opuesto al del coro, cantan entusiastas, como en trance. Hacen palmas, se mueven, hacen como que bailan, y además de entonar -o algo por el estilo-, gesticulan como mimos, con la idea, supongo, de contagiar a las personas que por algún impedimento no están en la calle y esperan sentadas que empiece la misa tras la llegada del crucifijo, de los curas, del resto de las imágenes y de los montados.

***

El sol alumbra fuerte todavía, pero por las dudas, en los altos del presbiterio al aire libre que armaron en la plaza, pegado al busto de Pedro Ferré, hay una pantalla gigante y una torre con luces de colores, más de calefón que de biblia, que no obstante sirve para “crear ambiente”. De noche quedan muy lindas esas luces, sobre todo cuando sus haces reflejan los troncos del gomero, de los pinos y cipreses que hay en esta plaza, la segunda viniendo desde la ruta.

También hay dos mujeres que conducen la previa de la celebración eucarística. Una de ellas lleva la batuta. Sobresale por el empeño que le pone a la lectura de esas líneas que le dan un estrellato de ocasión, pero también por la violencia con la que baja el micrófono de la otra cuando se mete a decir lo que no debe, lo que en el libreto dice que le corresponde decir sólo a la de la batuta.

-Una escena llena de codazos entre comadres, digna de un cuento de Luis Landriscina -me digo a mí mismo. Y en eso llega la gente y se anuncia la muerte y se proclama la resurrección.

***

Cambian los maestros de ceremonia, aparecen los curas de la Orden de Clérigos Regulares Teatinos que dirigen la parroquia del Señor Hallado desde 2005. No vino el obispo hoy. El sonidista pone cuatro micrófonos adelante del altar. Suben y se acomodan allí cuatro gauchos: bota y pañuelo negro, bombacha y chaqueta blanca, poncho salteño. Parecen Los Chalchaleros, pero no suenan igual. Siento que cantan para sí mismos:

-Seeeeñor, ten pieeedad, de nosooootros.

Una viejita, con cara de susto, sigue el espectáculo, pero de lejos. Parece escondida debajo de un árbol…

-Gloria a Dios en las alturas y en la Tierra paz a los hombres -dicen “Los Chalchas” de la misa criolla, mientras los chicos juegan sin cuidado por entre la tropilla que no termina de ubicarse.

-Hasta los caballos dejan de ser un peligro… ¿Será otro prodigio del Cristo? -escribo en mi libreta. En ese momento lo creo.

***

Nos vamos con Marcos -el fotógrafo que me acompaña-, por donde nunca vinimos: una calle larga, de tierra, poceada, con barro chirle por la lluvia del día anterior, que nos saca río arriba del pueblo rumbo a la ruta y de ahí a Corrientes Capital. Ahí veo las casas que contó Selva Almada:

Casas particulares de la época de la colonia con galerías sostenidas por postes gruesos, el ladrillo ganado por los yuyos aéreos y las telarañas espesas. Casas de puertas macizas, sin cerradura, aseguradas con una cadena y un candado para mantener afuera a los intrusos.

Las veredas angostas y elevadas de estas casas de 200 años obligan a subir y bajar cuando se intercalan, en la misma cuadra, con casas más nuevas. Estas casas bicentenarias y medio derruidas están habitadas por personas pobres que no pueden darles la vida de patrimonio histórico que merecen. Algunas tienen carteles de venta. El día que se vendan seguramente serán derribadas para construir en su lugar casas modernas o pequeños dormideros para turistas.

***

Pensando en ello me pregunto otra vez lo que no puedo responderme desde niño: desde cuando vi por primera vez una casona de frente gigante, puerta de dos hojas con tableros labrados, ventanales con postigos flacos pero altos, y en la carga del techo, detalles descubiertos con unas columnitas que de grande supe que se llaman balaustres.

¿Qué habrán pensado esas familias? ¿Cómo llegaron a vivir 200, 100 años atrás, en barrios que aún hoy pueblan los suburbios geográficos, pero también los otros márgenes?

Con el pecho hundido y los ojos aguados por el recuerdo, veo otra cruz clavada en un altar de basalto y concreto. Recuerda una batalla perdida. Una de las tantas: Rincón de Vences. Y al cura Brochero. Está frente a la parada del Ferrocarril Urquiza.

Cruzando la calle, el cartel de la vieja estación anuncia a Empedrado. Es una casa de dos aguas. Una escurre hacia un fondo de gomeros, lapachos, pinos y ambaî, cuyas hojas sirven para aflojar catarros. La otra cae hacia adelante y termina en la galería del andén, sostenida todavía sobre postes de quebracho cepillado. El techo es de teja alicantina cubierta de musgo.

En ese tramo los durmientes parecen intactos. Falta piedra en algunos tramos, pero está bien, al menos para saber cómo fue alguna vez.

De lejos, por las vías, se ve un pibe que se acerca. Zapatillas negras gastadas por el uso, buzo azul embarrado a la altura de las rodillas y una camiseta negra y roja. De cerca logro identificarla: es la camiseta alternativa de River. La de la Libertadores del 2015. Alguna vez, en la espalda, tenía pegado un número 19 y el nombre de Teo Gutiérrez.

Emanuel camina tirando piedras que recoge del suelo, de los rieles que ya no sirven. Emanuel tiene 9 años y le gusta el fútbol y ser niño y medirle a los pajaritos con los cascotes de las vías.

– ¿Y el tren?

– ¿Eh?

– ¿Viste un tren alguna vez? -le pregunto.

– Sí. Anteayer vi uno grandote -dice.

Emanuel, pienso, tiene derecho a ver esos trenes que llegan. Sólo esos.

Misa de domingo en Itatí

¡Están todos detenidos! -exclamó en medio de la sacristía de la basílica un hombre de canas, pantalón y camisa, cuando apenas terminaba la celebración de las 9.30.
-¿Puede alguien irrumpir así en un lugar sagrado para arreglar cuestiones de otras dependencias? -me pregunto estando allí, casi sin querer.
Por una fracción de segundo, el silencio incómodo fue más agobiante que el murmullo de las 3 mil personas que estaban yéndose en paz después de haber dado gracias al Señor.
Alguien empezó a reír y dio paso a la carcajada en coro de una media docena de itateños entrados en edad que se libraban de sus estolas bajo las cuales fungieron, minutos antes, de ministros de la Eucaristía. Fue ese el drástico final del trance: un desahogo chistoso para descomprimir la peor semana de un pueblo que cuenta su historia por 4 ó 5 siglos.
Toda el agua de río que ha pasado por sus costas desde entonces hasta hoy, lavó en un santiamén el arraigo preponderante de la fe -aun con sus llagas y miserias-, por la urgencia de los nuevos profetas políticos y mediáticos, locales y de los otros, que blandiendo una bula interesada y coyuntural, renombraron al viejo puerto de Fray Luis Bolaños como la capital narco del norte argentino.
“Están todos detenidos” es el nombre de un premonitorio chamamé del Trío Laurel, escrito hace tanto y confirmado diariamente como universal. ¡Cayeron todos! Y por eso la risa del desahogo bien puede estar negando el llanto.

***
En Itatí apenas son las 9 de la mañana de un domingo pre-otoñal, de sol brillante, intenso pero amable. Muchos turistas-peregrinos estiran las piernas brevemente en la zona de descanso y compras que se levanta justo en el medio del triángulo que conforma, en ese punto de Corrientes, la intersección de las rutas nacional 12 y provincial 20.
Destino final: Basílica Menor de Itatí.
Objetivo: escuchar a los curas que darían misas durante el primer domingo posterior a la hecatombe institucional que empezó visibilizándose desde los púlpitos y acabó en una redada de Gendarmería que dejó al pueblo sin intendente, sin vice, sin comisario e incluso sin un par de agentes locales y otros tantos federales; sin una decena de pobladores comunes y hasta sin un vendedor de la calle. Son ellos, dicen, un par de capos y varios pares de perejiles, supuestamente jefes y soldados narco; efectivamente detenidos; celerísima y públicamente condenados.
Estrategia: ver, escuchar y oler.
Territorio: el centro, la zona turística-religiosa que rodea al portentoso templo que empezó a construirse en 1938, pero también los márgenes. Desde el frigo-negocio barrial que regentea Salvador Lugo, el carnicero y capataz de cuadrilla convertido en intendente, hasta los callejones que se abren como venas en el barrio Yvyraî: ese allá ité donde la noche poriajú, detenida en el tiempo por conjuros de la poesía, cambió las penas de siempre por la alegría de un rato que se edifica sobre el tesoro fácil de la droga.
-Este es el Yvyraî. Como ves, es un barrio de ladrilleros -apunta el baqueano.
-De ladrillos de construcción -aclara y se sonroja.

***
Suena la última campanada, lejano legado del “Nati” que magistralmente describió “Cacho” González Vedoya.
Los peregrinos siguen llegando. La nave central de la basílica está llena de gente. Algunas melodías que se propalan por modernas torres de sonido remedan a los órganos tubulares de las viejas catedrales cristianas. La música se interrumpe con algún anuncio parroquial. Algún feligrés aún trata de acomodarse. Entra a la casa de María: se arrodilla, se persigna, camina unos metros y toca un Cristo de yeso, color carne, descascarado por tanto tacto.
De luto eterno y mohín de angustia desgarrada, la Virgen de los Dolores vigila el paso de los hombres y mujeres. Suena una guitarra, canta un coro. Los creyentes se ponen de pie. Desde el frente del templo avanzan los ministros y el sacerdote paraguayo Derlis Sosa. Dos chicas, apenas púberes, hacen de maestras de ceremonia. Comienza la misa.
La feligresía, una masa variopinta de nativos y foráneos, escucha los relatos bíblicos. Rezan, pero también van y vienen, atienden chicos, hablan con los santos, hacen la señal de la cruz ante cada imagen y se toman fotografías. Cámaras o celulares, no importa: lo trascendente es la constancia de haber estado con la Virgen. Prueba de fe y documento del peregrinaje. Una apoteosis de la “selfi” católica.
Otros, mientras tanto, aprovechan para cumplir necesidades menos espirituales. O para despabilarse con los chorros fríos del agua eterna que brota de las canillas de una de las paredes exteriores del templo. Llevan botellas descartables llenas de esa agua o de otra que consiguen en el atrio de la iglesia. Por unos pocos billetes -jura una mujer- ese líquido será, mientras dure, un manantial bendito.
Al mismo tiempo hay gente que paga o pide. Que ora en silencio, a veces en voz baja, como la madre que desgrana un rosario haciendo dueto con su hija adolescente en lo alto del presbiterio.
-Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre -se dicen entre sí en el último banco de la Recámara de la Virgen. Es un lugar de intimidad, de confesión sin intermediarios.
Es también el testimonio de viejos tiempos. Es la imagen ancestral de las reducciones indígenas venerando a esa figura de nogal y timbó pytá a la espera de sus milagros. Es la práctica de la fe en gerundio. La gente está ahí rezando. Esperando tal vez la confirmación de que la presencia de la Virgen, en ese sacro lugar, no puede ser en vano.

***
Los chicos y chicas, medianos y grandes del Cotolengo Don Orione están adelante. Oyen la misa, interactúan entre ellos, con el sacerdote cuando éste los alude.
Al costado izquierdo de la basílica los curas confiesan. En la nave derecha que diseñó el arquitecto Felipe Bergamini y construyó el ingeniero Pedro Azzano, la imagen peregrina de María. Al lado, San Jorge, San Roque, Nuestra Señora del Rosario. Réplicas duplicadas de San José, que está celebrando su día. En eso el padre Derlis pone el foco sobre “los que caminamos por cualquier lado por situaciones de la vida”.
Acababa de leer “la palabra” desde el ambón de mármol blanco. Los creyentes, desde una pantalla gigante desaprovechada por desajustes técnicos relacionados con el contraste. Dice el padre que “Jesús siempre nos va a esperar”, aunque andemos más o menos “raros”, desviados.
Fue la única referencia al gran tema de conversación en Itatí, del que también participan los peregrinos. Pero no se quedó allí. Terminada la celebración y aún con su alba blanca y casulla morada de domingo de Cuaresma, Derlis Sosa negó que haya un pacto de silencio entre los sacerdotes después de las denuncias hacia los traficantes e incluso tras las supuestas amenazas recibidas.
-Desde hace muchos años se denuncian esas situaciones -aclara el sacerdote, y tiene razón: las primeras homilías que apuntaban al narcotráfico encuentran registros ya en el año 2002.
-Hasta cuándo Itatí deberá cargar con el humillante título de ser un pueblo donde el contrabando y el narcotráfico se dan a todas horas del día -preguntó entonces el padre Juan Ramón Molina.
-La droga es una realidad instalada en nuestros pueblos y parajes -afirmó en diciembre de 2013 el arzobispo de Corrientes, monseñor Andrés Stanovnik.
-Itatí ha tenido el comercio ilegal hace muchos años. Antes era cruzar cigarrillos, pero ahora es la marihuana -le dijo a un diario el ex rector de la Basílica, Omar Cadenini, el año pasado.
-Por eso hay que ayudar a todos, ya que como pastores tenemos que animar al pueblo a que siga caminando. Aunque no nos escuchen la Iglesia va a seguir denunciando todo lo que arruina la vida -remarcó el padre Sosa hace apenas un domingo.

***
A los vecinos de Itatí los está arruinando la droga, está claro. Pero también la claraboya de acceso que es la pobreza, la falta de oportunidades, de trabajo. La inexistencia de un futuro, que encima les cuesta el triple a los que deciden alcanzarlo por la vía del trabajo honesto.
Se cree que por sus costas ingresaron, sólo en el último año, al menos 15 toneladas de marihuana que luego se distribuyeron a 7 provincias argentinas.
La venta de un porro a un menor de 9 años en la Villa Zavaleta, límite de los barrios porteños de Barracas y Nueva Pompeya, dio inicio en mayo de 2014 a la investigación que concluyó el pasado martes 14 de marzo de 2017 con la detención del intendente Natividad “Roger” Terán; su viceintendente Fabio Adrián Aquino; con la del comisario condecorado del pueblo, Diego Ocampo Alvarenga y dos de sus subalternos: el sargento Mario Molina y la cabo Gabriela Quintana. También fueron detenidos Rubén Ferreyra, subcomisario de la Federal; Carlos López, sargento de la Federal, y Fernando Alcaraz, segundo comandante de Gendarmería. La lista la completan un abogado y otras 16 personas.
Están sindicados como integrantes de distinta jerarquía de una banda narco de tres cabezas. Una que operaba desde la cárcel y otras dos que todavía están prófugas, como otros 12 líderes de la red.

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La trama novelesca de la redada sirve en bandeja el menú de la generalización: que haya caído el intendente; anteriormente su hija y su yerno; el viceintendente y unos días antes su reincidente hermano; la hermana de una concejal en funciones; el comisario y dos de sus ayudantes, un abogado, dos federales y un gendarme; que esté prófugo un empleado comunal que además parece que es uno de los dueños del negocio; que hayan caído unos cuantos “perejiles” de la “sociedad civil” y hasta un vendedor ambulante de licuados, facilita a los opinadores el argumento de que en Itatí todos son narcotraficantes.
A juzgar por las condiciones generales de vida de las 6.562 personas censadas en 2010 y que viven en ese municipio de la provincia de Corrientes, son los narcos más pobres del país.
De todas maneras, la prosperidad parece abrazar a algunos: son los depositarios de una pujanza sospechosa que no invierte en ladrillos sino en concesionarias. Es curiosa la densidad de camionetas 4 x 4 que todavía están estacionadas en Itatí esperando que alguien las encienda. E impresionante la flota de vehículos secuestrados en el marco del megaoperativo denominado Sapucay.
En total y según consta en los expedientes judiciales, la banda de Itatí fue desbaratada por el despliegue de 670 gendarmes que concretaron 47 allanamientos, 32 de los cuales se hicieron en Itatí. De allí se secuestraron 26 autos (algunos de alta gama), 21 camionetas, 3 lanchas, 2 camiones y 18 motos. Asimismo, encontraron armas de diferentes calibres: escopetas, rifles, pistolas y revólveres. Nada mal.

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Estos buenos muchachos y chicas operaban desde el barrio Yvyraî (que en guaraní significa “el agua de la arboleda”) y de ahí río abajo hacia Ensenada y arriba hacia Yahapé. Camuflaron fácilmente sus fechorías por las condiciones geográficas sin control y por la fragilidad social de los pobladores.
Más tarde, cuando ya tuvieron dinero suficiente para corromper el resto de las estructuras y llegaron al Estado que les facilitó protección, la banda del tráfico achicó los gastos y maximizó las utilidades.
El Yvyraî, el barrio Pies Juntos y su zona de influencia, el barrio Mangaruguá, constituyen la fortaleza narco de Itatí. Ranchos de palo y chapas de cartón, a veces de zinc. Caminos de polvo que se convierten en barriales aun si escupe un loro, dada la humedad reinante y consecuente en una zona de ribera. Picadas y montes que pueden esconder casi cualquier cosa. Obstáculos naturales de tacuaras, palmas, mangos, lapachos, espinillos, pichanas y enredaderas. Alambrados, pastizales y roca de basalto erosionada. Arena.
Andando por allí, un vehículo se zarandea por la huella seca del sendero. Una niña de no más de 10 años se cruza. Short y remera, pelo suelto, descalza. Trae consigo una bolsa de pan. Alguien atiende a alguien en lo que alguna vez será una vereda. La calle se termina. El majestuoso e insondable río se presenta como siempre lo hizo desde los siglos de los siglos: picado y brillante, marrón de lejos, claro en la costa.
Hay un corte abrupto en la vegetación, en un recodo del monte:
-Es una bajada de lancha. Eso lo mandó a hacer uno de los capos narco -afirma suelto de cuerpo el guía.
Dobla, saluda a algunas personas y responde con evasivas a la pregunta:
-¿Qué andás haciendo por acá?
-Nada, ando de paseo con unos compinches. ¡Nos vemos!

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“Compinche” es una ambigüedad que va desde conocido hasta periodistas en busca de los secretos del contrabando que derivó en tráfico ilegal de estupefacientes. Por eso, quien pregunta desde la costa del Paraná no parece muy convencido. Está pescando y puede que en verdad lo haga, pero también puede ser un chajá o uno de los tantos “matones” de los capos (aunque en realidad asuste más su mediocridad actoral que sus actitudes de tigre agazapado).
El chajá de Itatí no es un ave de zonas bajas y monógamo que vive con su pareja hasta la muerte. Tampoco la muchacha de la leyenda guaraní que lavaba ropa en la orilla y le negó agua a Jesús, por lo que fue convertida luego en un pájaro de graznido en fuga. Se parecen más a los avisadores del indio Yaguaty, según la leyenda uruguaya, listos para advertir la presencia de los blancos. En esta región y en este contexto, blancos son los prefectos y gendarmes, en todas las acepciones de la palabra.
Los matones son en realidad patovicas mal alimentados que no infunden mayor temor salvo que uno fuera mosquito. Si picás, morís. Los identifica su teléfono de la era pre-smart: los famosos Nokia 1100, que al decir de los que saben, “anda hasta abajo del agua”.
El dato no es menor: debe servir para “avisar” alguna “emergencia”, se esté en una zona con cobertura, en el medio del río o en una isla, donde no hay más compañía que la de las alimañas. Esos aparatos deben dar respuestas sin titubeos en esta zona de frontera, donde las telefónicas argentinas y paraguayas se disputan la efectividad de su desidia.

***
El ambiente igual se puso espeso, porque el guía hacía su trabajo y llevó la camioneta hasta el garaje mismo de una de las casas cuya propiedad le atribuyen a uno de los líderes de la banda que cayó en Itatí.
Se trata de un chalet más bien discreto pero que sobresale cual mansión en medio del pobrerío de ese territorio de vegetación y barrancos. Controla desde su patio un envidiable panorama del río, la isla e incluso la costa paraguaya que está a un puñado de minutos andando en una lancha potente. ¿Parece una fortaleza? No. Es un mangrullo con aire acondicionado en el que vive -asegura el lazarillo- uno de los peces gordos cuando no anda nadando en las aguas que fluyen en el jardín frontal de su propiedad o cuando no está a la sombra del calabozo, como es el caso por estas horas.
En eso estábamos cuando un pozo nos volvió a la realidad del momento. Y el temor se apoderó de nosotros: chofer, tres periodistas.
No por las miradas de los vigías a sueldo ni por las voces supuestamente amistosas de los supuestos pescadores que supuestamente pescaban en la costa de la casa que supuestamente es un aguantadero narco. Más bien por la muñeca del chofer que debía salir de allí a paso de hombre, con el vehículo marcha atrás y calculando a ojo las imágenes que le devolvían los espejos retrovisores: de un lado los tejidos, muros y cercos de palo, y del otro, a centímetros de las ruedas, el mismo precipicio. Y no es una metáfora.

***
Tampoco fue una construcción conceptual el descabezamiento institucional de Itatí, que tiene consecuencias en varios niveles. Ese pueblo se quedó realmente sin sus autoridades y si bien los “sobrevivientes” de la razia apelaron a la Constitución y a la ley para dar continuidad administrativa a su Comuna, hoy son presa de presiones de todo tipo.
El Gobierno Nacional encarceló a funcionarios cómplices y en ese hecho histórico que no registra antecedentes inmediatos, sustenta un éxito político: Cambiemos, el sello electoral del presidente Mauricio Macri, es ahora poco menos que el escudo norte de Argentina. Antes allí había un colador, sostiene la nueva partitura oficial.
La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich -que administró los dividendos del logro- marró en varios puntos cruciales su relato de los acontecimientos, pero dejó sin sobresaltos el estigma: Natividad “Roger” Terán es un intendente del Frente para la Victoria. Justo en Itatí, justo en Corrientes, justo en un año electoral.
El Gobierno de Corrientes, en tanto, y su lugarteniente Ricardo Colombi, que en principio dijo no haber visto nada, después viró su discurso hacia aquello de que “algo sabíamos” porque alguien había denunciado, pero Nación nos desprotegió en la frontera. Más adelante fue eso de que “sabíamos, pero no lo de Terán”. Una versión renovada de un viejo hit del colombismo: la culpa siempre será de otro. O de otra.
En la Legislatura, sus aliados políticos e incluso sus legisladores alentaron una intervención al municipio enancados en la falacia lógica que expuso la presidenta de la Comisión de Asuntos Constitucionales, Laura Vischi:
-O acompañan la intervención de Itatí o van a ser cómplices -dijo por radio, y su voz se propaló por los parlantes de la estructura comunicacional oficial. No le hicieron caso.

***
Pese a todo ello, en Itatí transcurren días de “normalidad”:
-Yo tengo 27 años y con todo lo que están diciendo, lo único que hacen es ensuciar al pueblo y a la Virgencita -dice una agente de la Policía de Corrientes que mira televisión mientras hace guardia en la comisaría.
La dependencia está en remodelación y ampliación, por eso tal vez no se toman el tiempo de limpiar las paredes y techos de la recepción, que más parece un nido de arañas y de avispas que una base castrense. Desde el frente, desde esa misma sala de guardia pintada de verde y celeste, mirando en dirección al patio, se puede ver, a lo lejos, el reflejo celeste del Paraná: tajo en la tierra por donde se filtran las lanchas de los pacotilleros de marihuana.
-La verdad es que nosotros no tenemos información de lo que está pasando. Yo no soy de acá, vine porque me trasladaron para empezar la normalización de la dependencia -agrega el comisario mayor Oscar González, interino en Itatí, ya reemplazado.
-¿Pero usted qué opinión tiene de lo sucedido con el comisario Ocampo Alvarenga?
-La verdad que no sólo la comisaría sino toda la institución sintió el impacto de su detención.
-¿Y qué van a hacer ahora?
-Nosotros seguimos trabajando, estamos haciendo operativos. Ayer vinieron los concejales para coordinar tareas.
-Comisario, pero acá actúan como que no pasa nada y hay 25 detenidos…
-La verdad es que no todo lo que dicen es cierto. Pero no todo es mentira.
Es una suerte que al menos lo diga.

***
Queda claro que una cosa es exagerar y otra distinta es mentir. Itatí sigue siendo una capital de fe, pero también es víctima de lo que el gobernador Ricardo Colombi nombra con el genérico de frontera caliente. Un territorio costero desprotegido, como el de Ituzaingó, Itá Ibaté o Paso de la Patria, pero que se extiende en realidad desde Posadas hasta la capital de Corrientes por la zona norte y desde Virasoro a Mocoretá por la zona este. Son en total más de 700 kilómetros lineales de frontera con Paraguay, Brasil y Uruguay que deben controlar -a juzgar por las quejas- efectivos mal formados y peor equipados.
Por ese enorme corredor líquido que debiera ser un límite, antes entraban ropas, vajillas y electrodomésticos. Después pasaban cigarrillos de distintas marcas, primero Ritz y más tarde Rodeo. Más acá en el tiempo la transa viene siendo con Cannabis sativa, pero en el negocio también se cuela algún que otro juguete para grandes y chicos. He allí otro argumento para los que un poco en broma y otro poco en serio trazan los paralelos con el poderío que supo construir Pablo Emilio Escobar Gaviria recorriendo ese mismo camino: primero contrabando, después narcotráfico.
-Nosotros no somos Medellín ni México -se quejó por televisión el gobernador Colombi. Pero no pudo responder con solvencia qué hizo, en 16 años, para que Itatí no sea lo de hoy. No sólo para contener la droga, sino para contener a la gente que lo único que conoce del Gobierno son patrulleros y ambulancias.
Es en ese punto donde se mezclan las cosas y la política muestra su peor cara. Hay argumentos para cualquier cosa. Y contradicciones. Colombi nunca estuvo tan contra las cuerdas como esta semana que pasó. Tuvo casi un destino paralelo al de Itatí.
El doctor Horacio Ricardo, gobernador de Corrientes desde 2001, no puede explicar bien cómo es que no sabía que en Itatí había lo que se descubrió ahora, que además parece ser sólo una parte de lo que hay en la Justicia. Desconoció a Terán pero también a la gente del pueblo.
Justo él, que hizo de la autodeterminación una razón de vida y una bandera proselitista cuando se trataba de los atropellos del kirchnerismo, el lunes, ante Santiago Del Moro, el nuevo divo de la pantalla política argentina, jaqueó la inteligencia de las 2.644 personas que votaron por “Roger” en 2013.
-Se habrán equivocado -dijo como al pasar.
Puestos a pensar en esa línea, ¿no se habrán equivocado también las 286.821 personas que votaron por él en ese entonces, dándole por tercera vez las riendas de la provincia? ¡Claro que no!

***
Itatí está en boca de todos. No por la belleza de sus costas o labios de agua que los originarios llamaron tembeî. Ni por su pasado de piedra y cal borrado por el tiempo y la fuerza de las aguas. Ni por su historia que comienza a mediados del 1300, según afirman ciertas teorías apoyándose en descubrimientos arqueológicos que dan cuenta de la avanzada técnica alfarera que desarrollaron los indios de Yaguarón. Ni por la fe, esa primera virtud que últimamente cotiza en baja. Está en boca de todos por la droga.
Ese todos incluye al presidente Macri, que tocó el tema en una cena televisada con Mirtha Legrand, la jefa inoxidable de los comedores que devino en personificación de la talla moral del periodismo argentino:
Mirtha Legrand: -El tema droga, Mauricio…
Mauricio Macri: –Bueno, el tema droga es otro de los cambios que ha habido en la Argentina. ¿Viste lo de Itatí? Lo de Itatí existía…
ML: -Ah sí, lo de Itatí, no te había entendido. Terrible, ¡es un horror!
MM: -Bueno ¡pero todo el mundo sabía y nadie hacía nada!
ML: -Nadie hacía nada.
MM: -¿Por qué? Porque había complicidad. El cambio trajo esto, la verdad…
ML: -Ahí es donde está la Virgen de Itatí, en Corrientes, que es tan amada.
MM: -Hace años que están estos tipos. Los curas decían, hace cuánto tiempo, este pueblo está tomado por los narcos. Acá había complicidad e inacción…
-Eso nos hace daño -interrumpe Pocho Roch, hablando por teléfono.
Gonzalo del Corazón de Jesús Roch es un hijo importante de la localidad que -como tantos- tuvo que irse un día. Es un vecino ilustre a fuerza de la poesía que hizo volar con las alas de su música, pero también un historiador de nota, un cronista documentado de su lugar y su gente, y dueño de una calidez personal que, por religiosa, a veces parece mística.
-Hay muchas personas que vienen, se meten en esas cosas y nos corrompen. Pero en Itatí hay mucha gente buena que no tiene la culpa de que un grupo de bandidos se haya apoderado de sus calles -agrega.

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Ciertamente, bandidos hay en todos lados. Y en el pequeño pueblo de la Virgen hoy todos se desconfían. Se miran cautos y aún más, observan con recelo cuando un poblador dialoga con la visita. Parecen una masa de espías, aunque eso no sea más que otra de las tantas exageraciones. Puro prejuicio.
-Ojalá que cambie la situación -ruega una señora que hace 35 años trabaja en la secretaría de la Basílica.
-Siempre escuchamos a los padres denunciar este flagelo. Queremos que no nos metan a todos en la misma bolsa. Toda esta situación nos cayó muy mal, pero por otro lado sirvió para destapar lo que estaba ocurriendo -argumenta.
-Queremos que la droga no siga avanzando sobre los jóvenes, porque es un gran riesgo. Mis hijos se tuvieron que ir por falta de oportunidades. Los otros se quedan. Y hay también chicos sin mamá y sin papá por culpa de la droga. Pidió reservar su nombre, para no ser como el mosquito. El temor es un catalizador del silencio.
Juliana sí quiere hablar. Es una enfermera jubilada que ahora dedica su tiempo a servir a la Virgen.
-Escuchamos lo que pasa, pero no vemos nada -dice.
-Antes yo creo que pasaba la droga, pero ahora se queda por acá. Los chicos fuman a cualquier hora -agrega, recordando haber visto lo que antes negó.
Es un sentido común local: ver a los chicos enfermos, pero no a los mafiosos que los enferman.
Igualmente confía en las fuerzas de seguridad, pero duda de que a Salvador Lugo -carnicero, jefe de jornaleros, hombre de iglesia, esposo de Mirta, padre, abuelo, concejal liberal y ahora también intendente interino- lo dejen hacer lo que debe.
-No tiene formación para ser intendente. Ojalá que lo asesoren bien -pide después de juzgar a su vecino con la severidad de los pueblos chicos.
Casi en la misma línea, los radicales acusan a los peronistas de narcotraficantes en el peor de los casos, y de cómplices en el mejor de ellos. Estos otros se defienden:
-Esperá que pase el tiempo. Acá hay políticos radicales que están metidos -dice un camporista, joven militante de una organización política que para una parte importante de los argentinos tiene menos prestigio que un gitano vendiendo autos. Igual ordena anotar un nombre que ojalá que la Justicia ya lo tenga.
-Ese es narco, oló. Y lo protegen.

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Terán iba a ser el candidato del PJ para intentar su reelección. Como tal vez no pueda, ahora dicen que una de sus hijas podría ser la heredera de su capital político. O lo que queda de él.
-Necesitamos que se defina esta situación. Que “Roger” nos diga qué hacer -pidió un concejal peronista que cuando ocurre esta charla llevaba tres días sin dormir. Al menos es lo que dice para acercar un tanto de dramatismo a la situación de por sí dramática que viven por estas horas.
-Vamos a ganar. Yo creo que Terán no tiene nada que ver. No voy a poner las manos en el fuego por él si no lo conociera -afirmó Germán Fernández, otro edil pejotista. Dice también que la gente banca al jefe comunal detenido y comprometido por unas escuchas que lo exponen como un facilitador.
Prueba de esa afirmación, de valor relativo, la da un hombre de jean y remera, de unos 50 años, pelo largo semicanoso recogido con gomita, que sugiere a los peregrinos dónde ir a almorzar.
Se acerca e invita a pasar por una parrilla. Ya es de siesta y el hambre arrecia. Pero se aleja raudo tras la pregunta:
-¿Qué te parece toda esta situación que están viviendo?
-Es todo verso, hermano. Es todo política. Terán es un perejil –dice casi gritando.
Natividad Terán fue 12 años concejal y luego intendente, después de César Torres, otro de los caudillos políticos del pueblo que conserva dosis respetables de intención de voto.
-Si se larga Torres capaz que gana –advierte un partidario.
-Si Terán elige bien también podemos ganar nosotros -intercambia un funcionario, que agrega un dato inquietante pero lamentablemente conocido:
-Tenemos nuestros votos. Y después están los paraguayos. Estaban cobrando 150 por cabeza, pero hay que traerlos y llevarlos -se queja.

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De la Basílica salen cánticos, gentes y olores. El padre Sergio Ochoa, en la tercera misa matinal del domingo, pide repetir un estribillo. Sin coro, sin música, a capela:
Déjame nacer de nuevo
Déjame nacer de nuevo
Déjame nacer de nuevo, Señor.
No importa la edad que tenga
Tú no la tienes en cuenta.
Déjame nacer de nuevo, Señor.
La gente canta, como en trance. Alguien mira hacia arriba, esperando quizás la luz de una anunciación. De los óculos de la cúpula entra luz clara de sol, como también se filtra el agua cuando llueve, dejando sus marcas como lágrimas. Hay banderas argentinas y papales, algunas manchas de humedad que el color marfil de las paredes no puede contener.
Testigos de miles de meditaciones diarias, desde 1950 cuando fue inaugurado este monumento del renacentismo tardío, son sus vitrales con pasajes bíblicos, sus puertas talladas, sus relieves en piedra, sus mármoles de carrara y travertinos, sus mosaicos marmolados que disimulan la suciedad que se acumula por el ir y venir de los fieles que llegan de todos los cuadrantes en todos los climas.
La ropa es casual en la mayoría. Algunos visten sus mejores galas, más bien sencillas de la gente sencilla que ante la Virgen de timbó colorado se inclina a buscar refugio o consuelo, o a dejar ofrendas o gratitudes.
La fila india de más mujeres que hombres que cumplen el rito de la comunión se replica después, una vez cumplida la misión espiritual, en la fila de puestos de santos, baratijas y “caratijas” varias.
Itatí es vecino de Paraguay y de este país heredó su organización de comercios callejeros, aunque con los años el Estado nacional-provincial-municipal practicó una serie de intervenciones para mejorarlos. Igual sigue siendo una hilera de puestos con productos para la venta y cantidades oscilantes de basura esparcida por los pisos. De ellos surgen aromas que van desde el penetrante olor de la creolina hasta los más amables petricores. En el medio: humo de asado en tira, de pollo a la parrilla, de cigarro, cigarrillos y hasta de sahumerios. De los porros, ¡ni las colillas un domingo a la mañana!
El agua corre despacio, servida, buscando en la perezosa velocidad de la gravedad su encuentro con el río. Lleva desechos y el sueño de que esa misma agua podrida se vaya para siempre y lave las heridas que la droga infligió a un pueblo pobre pero pretendidamente digno en el que viven también algunos facinerosos.
Los empresarios itateños, comerciantes al borde de la formalidad, constituyen la resistencia de carne y hueso a los años de desidia y de pobreza estructural en una provincia pobre de la región más pobre del país. Aun así, abrigan esperanzas cultivadas en la fe. Y esperan.

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A la hora de partir, queda un minuto para pensar. No en el trabajo ni en el sabor del pacú regado con cerveza que dejaron su espinazo y un vaso vacío como rastros sobre la mesa del restaurante de uno de los hoteles del pueblo. En ese fluir surgen preguntas.
¿Cuál será la bendición de Itatí, la capital mariana más antigua del Río de la Plata? ¿Qué sobrevive hoy de todo lo que supo ser y tener, de cuando era parte de la provincia de Santa Ana? ¿Qué se hizo del centro cultural guaraní que tiene reportes desde al menos un siglo antes de la fundación de Corrientes, en 1588?
¿Y cuál será -por el contrario- la maldición de vivir todavía hoy como en las viejas reducciones, sin otra certeza de prosperidad que la que ofrece la plata hedionda de marihuana? ¿Por qué la cultura de la ilegalidad? ¿Por qué el Estado ausente o corrupto? ¿Por qué la negación? Si en Itatí saben de sobra que los pecados se absuelven cuando son confesados…

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Antes del regreso, paso por la santería y compro un rosario. Abrigo la esperanza de que mi madre rece como siempre, pero esta vez con cuentas de madera de la zona de Itatí.
La señora que cobra indica que justo en ese momento hay un sacerdote bendiciendo esos elementos que objetivan el poder de la oración. Dudo, pero voy.
Al lugar se accede por el patio interno que queda entre la Basílica y la vieja iglesia. Es un salón grande, con algunas imágenes y la bandera que en octubre de 2012 llevó hasta allí la presidenta Cristina Kirchner. Es una de las siete banderas patrias que se enarbolaron en las Islas Malvinas en 1966 durante el “Operativo Cóndor”.
Miro, sigo dudando, pero me acerco y recibo un chorro de agua y la señal de la cruz. Me persigno con vergüenza “progre” pero afirmado en la enorme tradición católica de mi familia.
-Que Dios te bendiga -me dijo el cura.
-Y a Boquita, que juega a las 7 -vociferó como un hincha. Y me puso a reír.
Días más tarde volvería a escuchar la frase. Hablaba con Pocho Roch sobre Itatí, cómo no. Sobre historia y religión. Sobre la droga.
-Esto pasa en todo el país -dijo con su voz en queja.
-La mía es una opinión muy dolorosa. Somos un centro religioso de importancia nacional y continental y nos enlodan. Y nosotros no tenemos la culpa.
El viejo Roch habla de la culpa pública. Del mirar sin ver. Del estar sin hacer. De la impericia o la complicidad. Habla de Itatí y del 90 por ciento de la gente que es gente de bien.
Su sabiduría es inmensa y él la comparte generoso.
-Gracias Pocho -le digo.
-Que Dios te bendiga -me dijo con su voz jesuita. Y me puso a llorar.

Salcedo Ramos: “La crónica debería explorar esos ámbitos donde se decide la suerte de todos”

El colombiano Alberto Salcedo Ramos, uno de los mejores periodistas narrativos de Latinoamérica, repasó algunos conceptos vitales de la crónica periodística, antes de su llegada a Buenos Aires para dar clases en un máster del diario La Nación y previo al taller narrativo que dictará en mayo en Nicaragua.

http://www.telam.com.ar/notas/201603/139927-periodismo-cronica-alberto-salcedo-ramos.html

Morir en la mierda

El 9 de marzo de 2015, Gastón Arispe Huaman murió.

Tenía 13 años y estaba comenzando el colegio secundario. Si hubiera alguna forma de describir la muerte con eufemismos indolentes, diríamos que murió de una manera insignificante o trivial. Pero ninguna muerte es insignificante o trivial. Tampoco la de Gastón Arispe Huaman, que tenía 13 años cuando volvía de su segundo día de clase en una escuela pública de la Ciudad de Buenos Aires. Si hubiera alguna forma de describir la muerte sin eufemismos indolentes, diríamos que a Gastón Arispe Huaman lo mató la trivialidad con que el poder trata a los que considera insignificantes.

 

http://elpais.com/elpais/2016/03/12/contrapuntos/1457800264_145780.html