Soplan vientos de cambio

Ganaron Alberto y Cristina Fernández. Perdió Mauricio Macri. Pesó, con preponderancia, más allá de otros valores no cuantitativos, el rumbo económico desesperante para la mayoría de los argentinos. La crisis que no pueden superar las clases bajas y medias, en el país y en la provincia, donde se sienten aún más las carencias por encima del esfuerzo provincial para paliar sus efectos.
Primó la marcha de la economía, el voto bolsillo. Pero está lejos de ser un cheque en blanco. La ciudadanía, en el amplio territorio nacional, emitió su voto para anticipar tal vez lo que hará en octubre: frenar esta marcha que excluye y divide, porque la promesa de suturar la grieta y combatir la pobreza no dejó nunca de ser una aspiración que la realidad se encargó de desmentir, de manera sistemática.
Ganó Alberto el simulacro de elección en el que terminó convertida la elección primaria, pero dejó una serie de datos que pueden evaluarse puertas adentro de la provincia, que es lo que haremos en esta nota:

Corrientes, aún con la formidable performance electoral de Gustavo Valdés en el mes de junio, hace apenas dos meses, no pudo revertir la tendencia “histórica” del voto peronista nacional de Corrientes. El posible cambio de escenario traerá consigo, más allá de las pertenencias partidarias, los necesarios recálculos políticos, internos y externos, como derivado directo del resultado de ayer.
Llegará el tiempo de revisar las estrategias, que siempre fueron ganadoras en las veredas del oficialismo gobernante en Corrientes, pero que ayer no lograron torcer el rumbo general. De revisar los discursos, sobre todo los más violentos, surgidos, algunos, de la impotencia que genera una derrota. De la impunidad, otros.
Es momento, por tanto, de poner por encima los valores democráticos. Y democracia es respetar al otro, aunque el otro encarne mi disgusto electoral en determinada coyuntura.
Macri ya dio vuelta una Primaria adversa en 2015. Falta mucho. Y todo puede pasar. Pero ese todo no incluye cualquier cosa a cualquier precio. El desatino de los ganadores o perdedores, de acá a octubre o a diciembre, puede ser muy perjudicial si no tiene en cuenta que el resultado de tal o cual decisión impactará en las personas, en la gente, en la ciudadanía. E impactará más en los que menos tienen.
Ganó Alberto y perdió Macri. Pero nadie ganó ni perdió aún. Los que sí perdieron, en efecto, fueron los encuestadores, de nuevo. Quedó en evidencia su coartada de hacer competitivo a alguien que no lo fue. Acertaron sí en un punto: en el segmento de la polarización absoluta. Alberto y Mauricio se repartieron el 80 por ciento de los electores. El 80 por ciento. Nada menos.

¿Qué pasó en Corrientes?
Lo que pasó en Corrientes es una suposición. Al cierre de esta edición, escrutado más del 89 por ciento de las mesas del país, Corrientes permanecía fuera de sistema. Llamativo, además de lamentable y vergonzoso.
Dicho esto, en Corrientes pasó lo de siempre: que todas las elecciones son distintas.
Arriesguémonos pues, a falta de datos:

El ejemplo de la singularidad de cada elección es lo que pasó con el PJ. Fue vapuleado en las provinciales de junio por sus errores en ristra y ahora recuperó espacio electoral, garantizando en el mismo acto la candidatura de José Aragón, caballo de comisario que cobró su lealtad hacia Cristina Kirchner. Lealtad que, hay que decir, se manifestó sin tapujos cuando muchos, hoy aliados, eran acérrimos opositores, arrepentidos del kirchnerismo en su versión corrupta. Ganó por la diferencia de recursos. Por el escaso volumen de algunos o el abultado prontuario de otros candidatos de la interna. Pero ganó por Alberto Fernández. Por Cristina Fernández. Por la boleta larga. Eso debe quedar debidamente documentado.
No obstante, la oportunidad que se le presenta ahora al PJ tiene que ver con la posibilidad de constituirse en contrapeso para la hegemonía que administra -por aciertos propios y yerros ajenos- el gobierno de Corrientes. La esperanza de poder ordenarse y generar un espacio con expectativas, sólo es posible si ganan los Fernández en octubre, primero, y si es que encuentran un sendero de unidad después. Los Fernández hicieron la huella. Está en los dirigentes correntinos demostrar que están a la altura de algo más grande que sus intereses personales o de grupo.
Las divisiones permanentes, aun siendo el partido más votado de los últimos tiempos, aleja sistemáticamente al PJ del poder real en la provincia, más allá del aporte que se hace, siempre y por factores más bien externos, a los procesos nacionales.
Tal vez ahora, con este envión, puedan juntar los pedazos de las disputas fraticidas y encarar un proceso proactivo de reconstrucción, que entre otras cosas destierre las malas prácticas históricas. La amenaza más grande que el peronismo debe despejar tiene que ver con no reincidir en errores del pasado. No hacer lo mismo que en el tercer kirchnerismo. No discriminar más a los que piensan distinto, sean estos personas o provincias.

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En el oficialismo hubo ganadores y perdedores. Los números (extraoficiales) dicen que su interna la ganó Jorge Vara. Los balances políticos dicen que ganó Ingrid Jetter. Se discute, ante la ausencia de datos oficiales (justo de la provincia mimada del macrismo) si perdió o no el radicalismo, algo que no acostumbra. Parece que perdió en la provincia. Lo de la Capital estaba por verse, pero parece que también. Lo que estaba claro anoche, para algunos, era que perdió Ricardo Colombi, al que lo castigaron por segregar cuando debía unir. Dicen…
Su propia interna la ganó Jorge Vara porque fue/es un buen candidato. Aquilata una muy buena gestión en el Ministerio de la Producción. Pudo sobreponerse a muchas adversidades, incluso más difíciles que las de ayer. Contra todos los pronósticos, en sus inicios consiguió ganarse la confianza del sector productivo, aun de aquellos que descreían de su capacidad general y sospechaban que sólo su sector (el del arroz) iba a ser beneficiado por su administración.
Vara terminó siendo, tal vez, el mejor ministro del colombismo. El mejor ministro de un mal gobierno, que pagó sueldos pero empeoró en casi todos los demás índices. Ayer fue víctima de un error de cálculo. Ganó, pero el sabor era agrio en su boca.
Ingrid Jetter, en paralelo, pudo meterse en la discusión por fuerza y capacidad de trabajo propias, pese a los destratos que tuvo que soportar. Quizás también porque, de todos los candidatos, es la que menos esfuerzo debe hacer para identificarse con la política del presidente Macri, y eso es un activo para mucha gente, sobre todo para el votante no peronista correntino.
Asimismo tiene a su favor, más allá de los altibajos históricos, estructurales, una fuerte identificación de su imagen con la autovía urbana de Corrientes, obra largamente anhelada y que, en ejecución a ritmo sostenido, se convirtió casi casi en un símbolo que será más que eso de cara a octubre. Eso esperamos todos. Ahora más que nunca. Pues si las máquinas que trabajan en la autovía ralentizan sus movimientos, indicará algo más que falta de combustible.
Ingrid Jetter habría hecho una elección contundente, dicen los que saben y pudieron ver los números, porque recibió apoyos varios, de los propios pero también de muchos socios más distantes que empiezan a sentir la fatiga de tener que soportar a los que no asumen que sus roles, por estas horas, tienen que ver con el reposo en la sombra.
Pese al escenario con evidentes vientos de cambio, todavía queda margen de maniobra en uno y otro sector. Porque lo de ayer, como se dijo largamente, no fue definitivo, aunque encienda muchas luces de alerta. Lo de ayer hizo sonreír a unos y dibujó gestos adustos en otros, pero como se trata de política, no achicó en ninguno las posibilidades de generar puentes. Y puentes harán falta si los resultados de las Primarias se confirman en octubre.
Lo de ayer fue un reparo que tomó la mayoría de la ciudadanía al emitir su voto. Un reparo en busca de equilibrio. La necesidad de repartir el poder.
En Corrientes gobierna Valdés, y lo hace bien según se expresó la ciudadanía en junio. Ahora estimó necesario hacer saber que en octubre, tal vez, votará una especie de contralor nacional.
Quedará para el análisis por qué cayó la performance oficialista. Por qué dividió su voto. Quedará también para los próximos días el sopeso de la interna que crece conforme se acerca 2021. Y más allá de la corrección política, lo que no es secreto para nadie es que será la interna radical la que dirimirá gran parte del futuro de Corrientes. Un poco en octubre. Otro tanto en dos años.

La nueva agenda de Corrientes

El categórico triunfo que el gobernador Gustavo Valdés consiguió el domingo pasado en las elecciones legislativas con las que plebiscitó su gestión, arroja resultados que van más allá de los números, confirmados este viernes por el escrutinio definitivo.
Los guarismos puros y duros indican que el 70% del electorado correntino fue a las urnas: 583.621 sobre los 833.689 que estaban habilitados; y que de ese total, más del 60% le extendió un blindaje de amplio espectro al Gobernador: alrededor de 325 mil voluntades.
Los resultados indican también -como ya se dijo la semana pasada- “que al margen de sus responsabilidades y la mesura que debiera imponerle la investidura totalizadora que ostenta”, Valdés puede saborear como propia esta performance histórica: no sólo logró sumar más votos que cuando ganó la gobernación el 8 de octubre de 2017, sino que apiló una diferencia de más de 40 puntos con la vertiente peronista que salió segunda, el Frente para la Victoria; y que ese aval popular le dará, a partir del 10 de diciembre, dos tercios en ambas cámaras legislativas. En ambas.
¿Qué más significa semejante nivel de apoyo popular? Podríamos explicarlo en estos puntos:

1. Que ante la falta de una oposición real, deberá el propio Valdés generar los anticuerpos para el mal de la autocracia. Lo sabe, y por eso dijo, el lunes, que esta elección “nos obliga a darnos un baño de humildad (para) no avasallar al otro”. “Si nosotros utilizamos los números que nos otorgó la ciudadanía en las cámaras, terminaremos destrozando (todo), y si no hacemos un Estado de mayor calidad democrática, tenderíamos a generar un Estado autocrático. Si nosotros agregamos humildad y escucha, vamos a mejorar la calidad institucional” de Corrientes.

2. Que ahora tiene todos los resortes institucionales formales para desarrollar su gobierno: un Poder Judicial que renació con el proceso que empezó Ricardo Colombi en 2001 y que en general acompaña; y un Poder Legislativo con mayorías especiales para tratar sin necesidad de negociación todos los temas: desde las declaraciones menores, pasando por los empréstitos, hasta llegar -eventualmente- a la necesidad de alguna reforma mayor. Se trata de una suma de poder cuyo uso demanda otra suma similar de compromiso y sensatez republicana.

3. Que el Gobernador fue avalado por la ciudadanía para cumplir lo que postula y que genera adhesiones mayoritarias: el desarrollo y la modernización, la ampliación de derechos, la generación de trabajo de calidad, de infraestructura acorde y la pelea contra la pobreza.

4. Valdés obtuvo el domingo pasado las herramientas que necesitaba para plantear, sin excusas, las condiciones de desarrollo para nuestros recursos naturales, el emprendedurismo, la industrialización y la innovación (que venía siendo demorada en la conciencia y el accionar de varios de los mandantes anteriores).

5. El Gobernador obtuvo los avales legislativos que necesitaba para avanzar con las reformas electorales que viene planteando: la paridad de género en todas las listas y el voto joven en todas las elecciones. Ojalá también le alcance para revisar el sistema electoral arcaico con el que vota Corrientes, y que de una vez por todas aparezca un método más equilibrado, más seguro, más amigable con los votantes, más barato y más ecológico.
(Y ojalá que los socios de ECO, de paso, encuentren otro mecanismo para contarse las costillas, y que ese método de orden interno no sea a costa de todos. Y ojalá que la oposición encuentre al menos algo de orden interno, con el mecanismo que sea).

6. El Gobierno, el más fuerte que se recuerde en la historia reciente de la provincia, fue pertrechado para elevar la mira. Para pasar del pago de sueldos en tiempo y forma a la creación de más sueldos, mejores oportunidades y al fomento de trabajo privado de calidad.

7. Fue dotado para colocar a Corrientes en el radar del mundo, para buscar inversiones y para generar condiciones de despegue. Para avanzar más rápido en la generación de energía, la ampliación de rutas aéreas, de rutas productivas viales y de puertos; para abrir y eficientizar nuestros pasos fronterizos que además fortalecerán todavía más la integración regional. Corrientes debería usufructuar su ubicación estratégica como territorio central y vital del Mercosur.

8. Gustavo Valdés consiguió el domingo un crédito extenso para trabajar al menos en dos bandas: en la diaria, que implica atender la agenda de la pobreza; y en la de mediano y largo plazo, que exige otro tipo de itinerarios, igual de acuciantes e importantes. Se inscriben allí las agendas intelectuales, culturales, turísticas. La tecnología. Los nuevos derechos. El amplio abanico de la producción con alto valor agregado, temas que impactan de lleno en los sectores de la población que, con potencialidades por encima de la media, están pensando más en el autoexilio que en la espera de una alineación interestatal que nunca llega. O que fracasa una y otra vez.

9. El domingo, Valdés fue mandado a la cofa a explorar oportunidades que estén más allá de las urgencias internas. El propio presidente Mauricio Macri advirtió el cambio de envergadura del dirigente correntino y hay quien dice (ya se escribió sobre ello en la prensa nacional) que hasta lo están apuntalando para que sea el interlocutor del PRO con el radicalismo, partido en donde anidan dirigentes que no asumen la contradicción histórica que implica apoyar a un gobierno insensible como el de Cambiemos.

10. Valdés consiguió en las urnas un respaldo que es también una brújula para su gestión. “La provincia no es sólo la economía sino también más instituciones. Y si la sociedad no sabe dónde va, no acompaña, por eso hay que tener una agenda nueva, visión de futuro, mejorar, fortalecer y desarrollar nuevas instituciones para que la gente vaya no sólo por el buen clima político, sino por la calidad de las instituciones”, expresó hace un par de días el consultor Enrique Zuleta Puceiro, hablando por Radio Dos. Hay allí una clave: mayor institucionalidad, que no es mayor burocracia.

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El respaldo está. Que el Gobierno se fortalezca para hacer y no para atropellar será la tarea más difícil que tendrá en adelante Valdés, que además tiene como mandato no escrito evitar cualquier condición de quiebre en el único lugar donde hiberna una amenaza fuerte para su crecimiento: su propio frente interno.
Será crucial, en el corto plazo, ver cómo genera la cobertura de las vacantes. Varios funcionarios fueron promovidos a legisladores y casi todos consiguieron ese salto de seguridad social, razón por la cual el Gobierno tendrá la necesidad de reponer hombres y mujeres. Tal vez sea la ocasión, incluso, para incorporar más mujeres y de ese modo empezar a saldar una de las promesas de campaña.
Por lo pronto, y con respecto al resto de los temas, el Gobernador ya dio algunas señales de hacia dónde quiere ir. En la semana fue a ver al presidente Macri. Volvió para cortar cintas de algunas de las muchas obras que el Gobierno financia en la Capital, como no se hacía desde 2001, y luego retornó a Buenos Aires, donde se reunió con el Presidente de Brasil.
Con Bolsonaro (más allá de lo que representa en lo personal y de los acuerdos o desacuerdos que puedan generar sus postulados ideológicos-políticos) planteó la necesidad de “la integración económica, social y cultural entre nuestras ciudades fronterizas”. Según se informó, ese fue el tema sobre el que dialogaron el Gobernador local y el Presidente carioca en el almuerzo en su honor ofrecido en el Museo del Bicentenario de la Casa Rosada. Es que para Corrientes, como para Argentina, Brasil es mucho más que un vecino rico, un shopping de frontera o un lindo lugar para ir de vacaciones.
De aquí en adelante lo que aparece es el viaje a China, expedición que emprenderán esta semana el Gobernador y una comitiva de funcionarios, legisladores y empresarios para plantear dos intereses puntuales que tienen escala y volumen para la economía local: la exportación de carne y de madera.
He aquí una agenda. Sobre esto es lo que debe acordar, aportar, discutir u oponerse la oposición, mientras encuentran sus propios temas, curan las heridas producidas en el devenir de sus traiciones y se fortalecen saneando sus diferencias democráticamente. Está claro que el ataque por el ataque no da resultados. La hegemonía de ECO no menguará si enfrente sólo hay un puñado de intereses personales disfrazados de partidos. Ya van varias elecciones. Es tiempo de que la oposición tome nota de que el electorado correntino viene votando construcciones colectivas, mas no aventuras de grupúsculos enajenados.
Al oficialismo, en cambio, se lo observará desde el prisma de la deontología. Valdés no puede pedir más. Tiene una provincia -podríamos decir- en orden (más allá de las dificultades de mucha gente para llegar a fin de mes) y un programa de gobierno. Tiene lo necesario. Por cómo lleva a puerto este barco con viento de cola se lo juzgará en dos años. Y en los libros de historia.

Dejen de extorsionarnos

Hay una cualidad constitutiva que tiene el radicalismo y que lo define propositivamente: la capacidad de debate como producto del pensamiento crítico. La Convención Nacional del pasado lunes en Parque Norte, deliberación que terminó en la aprobación de un documento con el que la UCR ratificó su pertenencia a Cambiemos, fue una prueba de aquel distintivo característico. Debate de ideas, sopeso de criterios, cálculo de diferencias, enojos, insultos, pero al final un voto democrático, autosuficiente, que asume la posibilidad de error, la eventualidad del fracaso político (o electoral) pero como consecuencia, en todo caso, de una idea rectora: “vencer al populismo”.
—¿Por qué?
Porque en el radicalismo -en tanto partido de ADN republicano- las adhesiones a determinadas estrategias políticas nunca son incondicionales. Es decir, representa la exacta oposición a un nutriente que suele abonar los campos populistas, pero que repugna al protagonista de un partido democrático y de una sociedad democrática, que vendría a ser el ciudadano: ese sujeto político que participa de la vida pública y que está en contra de los excesos autocráticos.
Pues bien: el tiempo dirá qué pasará en octubre, pero el vigor del partido radical, la hondura de su debate interno genera envidia republicana: envidia entre aquellos que aún en la disidencia responden al estímulo de la democracia y reaccionan ante cualquier forma de autoritarismo.
Es pronto para saber si el radicalismo tomó el camino correcto. Si será escuchado por un partido como el PRO, poco afecto a deliberaciones horizontales de este tipo, reacio a las elecciones internas (miremos la Nación, confirmemos analizando lo que pasa en Corrientes), y ni qué hablar de los acuerdos de cúpula, como propuso Alfredo Cornejo en la Convención. Al PRO se le ha brotado la piel cada vez que alguien le pidió algo distinto a lo que está acostumbrado a digitar el Presidente con su raquítico entorno, más afecto al marketing que a la política.
Dicen algunos, sobre todo los que flotan con el helio que infla los globos amarillos, que no hay PRO sin Macri y mucho menos Cambiemos sin Macri. Eso es lo que enerva al radicalismo, a una parte al menos. A aquellos que no pueden sostener con la mirada altiva el doble estándar que implica criticar por autoritario al kirchnerismo y al mismo tiempo aceptar el capricho del PRO, que aún no resuelve si Cambiemos admitirá que la candidatura presidencial se decida en una elección primaria.
¿Cuál es -en este marco- la fe que mueve al radicalismo? ¿Por qué cree que esta vez será distinto? Si Macri no está acostumbrado a escuchar, ¿por qué lo haría ahora? ¿Y si no lo hace? ¿Romperán? ¿O seguirán doblados a la pobre caricia con la que se justifican algunos? ¿A la supuesta fortaleza de la alianza parlamentaria?
Si vuelven a ganar las elecciones y la situación (sobre todo económica) no cambia sino que se acentúa (ir más rápido en la misma dirección, como promete Macri), ¿qué pasará con el radicalismo y su propia historia, que solía estar lejos de la furia empobrecedora del liberalismo insensible, especulador e inescrupuloso? ¿Cómo remontarán los alfonsinistas el haberse opuesto a los mandatos de don Raúl Ricardo, del padre de la democracia?
Encrucijada difícil.
¿Y qué pasará con Corrientes si gana la oposición? El gobernador Gustavo Valdés ya marcó las diferencias, tal vez en clave proselitista. “No podemos permitir que nos discriminen ni nos castiguen por pensar distinto”, dijo en el cierre de campaña para las elecciones de hoy, evocando la Era K. Imposible no coincidir. Pero Valdés tiene responsabilidades más allá de su gusto político personal y ello implica también hacer cumplir en Corrientes lo que pide para el país.
“No podemos permitir que nos discriminen ni nos castiguen por pensar distinto”. Claro que no. La coherencia allí es el mejor antídoto para exorcizar la bipolaridad de algunos que ven la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio.
Igual, hay esperanzas. La alineación Nación-Provincia-Municipios dejó la vara bastante baja y a Valdés, bastante comprometido. Pero el Gobernador, lejos de amedrentarse, le puso el pecho a la situación, se cargó el proceso electoral al hombro, el peso de algunas candidaturas, y puso en juego su propio capital político (que es muy alto, según todas las mediciones públicas y privadas) para tratar de entregarle al macrismo un alivio en el penoso derrotero electoral que ha cumplido hasta hoy. Pero si la cosa sigue adversa, nadie duda de la capacidad de Valdés para una rápida relectura del mapa político. A favor tiene su vitalidad, su inteligencia y su baúl personal vacío de lastre y de tosquedades silvestres. Cosas -todas- que estimulan el pragmatismo amigo del futuro y de una carrera que se proyecta por encima de 2021. Veremos.

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Lo que dejó la Convención de la UCR, además, es la vigencia de la política como mecanismo de transformación.
La jugada de Cristina Fernández de correrse y de nombrar a Alberto Fernández, es una jugada que deja en manos de la política algo que en la Argentina de hoy ya no puede resolverse ni con personalismos ni sólo con astucia. El radicalismo parece entender eso a la perfección. Y a una jugada política devolvió con otra jugada política, con más institucionalidad. Resta saber si lo que fue una necesidad de la hora para el kirchnerismo, es una conducta vital para el radicalismo. Resta saber si la cosa no acabó en Parque Norte.
La institucionalidad política, asimismo, suele ser motivo de discursos para la Coalición Cívica. No se le nota tanta acción, pero le brotan los discursos en ese sentido. El massismo también leyó el momento y aprovechó para sacarle el jugo a una puesta en escena democrática que delegó la decisión en su líder, que hasta ahora no sabe qué hacer. Roberto Lavagna sigue sin caer, mientras el Peronismo Federal sigue cayendo. Hay que esperar. Como habrá que esperar también la reacción del PRO, que en su corta historia exhibe sólo misales de adoración a Macri. Tal vez, y dado que atravesamos otro momento, la respuesta sea distinta.
Por lo demás, la democracia argentina le deberá a los radicales -una vez más- la luz que alumbra el camino. Lo que pasó el lunes en la Convención de Parque Norte (aquella muestra condensada de convivencia interna en la disidencia) es tal vez la evidencia de que los argentinos podemos ejercer la política sin caer en los extremismos destructivos. “Nos acercamos o nos alejamos de nuestros valores históricos, pero damos la cara y nos haremos cargo si nos equivocamos”. Ese parece ser el mensaje radical.
El lunes pasado hubo debate. Política. Se discutió: se ganó y se perdió, pero se discutió, lo cual es un ejercicio sano y sanador que muchos radicales olvidaron que existe, sobre todo por estas pampas.
Hay que agradecer a la Convención Nacional de la UCR sus conceptos republicanos y aplicarlos siempre, no sólo cuando conviene. En Corrientes, por ejemplo, hace tiempo que sus sucesivos gobiernos radicales dejaron a un lado la caja de herramientas radicales. Responden a un líder, que demanda silencio y obediencia. Eso mismo que Cornejo y otros, el lunes, marcaron como las deficiencias de Macri. Pues son esos, y no otros, los atributos de las personalidades populistas.
“Dejen de extorsionarnos” lanzó entonces el gobernador de Mendoza y presidente del Comité Nacional de la Unión Cívica Radical. “Dejen de extorsionarnos y decir que cada crítica de la UCR por tarifas aumenta el Riesgo País y dispara el dólar. Dejen de extorsionarnos con eso de que no podemos hablar en público sobre nuestras diferencias”, remató.
Eso mismo podrían esgrimir aquí, en Corrientes, muchas voces disidentes. “Dejen de extorsionarnos”, porque eso es lo que los convierte en lo que critican, dirían, a modo de síntesis, esas voces supuestas…

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Cornejo habló de errores, de achiques y, por lo tanto, en términos electorales, pidió ratificar la alianza pero ampliarla, como se hizo en Corrientes desde 2001.
Cornejo pidió cambiar el nombre, de ser necesario: “Eso no importa”, dijo, dado que Cambiemos se convirtió en un oxímoron en sí mismo: Cambiemos no ha cambiado nada de lo que vino a cambiar. Más bien empeoró lo que ya estaba.
Por eso mismo en Corrientes ya se hizo el cambio y hoy se pondrá a prueba, en las legislativas. ECO ya olvidó deliberadamente su pertenencia a Cambiemos. Y no está mal, pues nadie está obligado a declarar en su propia contra.
Cornejo pidió “tolerancia, respetarnos más”. “Tenemos ideas sensatas, no estupideces para proponerles”, bramó, y se lanzó a construir puentes de plata con los peronistas republicanos. De nuevo allí marcó un rumbo: a sus elementos internos, sobre todo a los más fundamentalistas, les dijo que en el peronismo también hay republicanos. Que no todo se agota en la grieta, ni en la lógica binaria de Twitter.
Cornejo reconoció que “tenemos probabilidades ciertas de salir derrotados en las elecciones de octubre”, por lo que pidió redoblar los esfuerzos. “El populismo no los sacará de la pobreza”, les dijo a los pobres. Podríamos aportarle una idea al gobernador mendocino: tampoco lo hizo el programa de Cambiemos, más bien todo lo contrario.
Por eso tal vez haya que cambiar. Parte del radicalismo ya advirtió que ha llegado el momento.

Cristina conmoción

La decisión de alta política con la que Cristina Fernández de Kirchner sacudió ayer la modorra nacional constituyó una conmoción. Hasta los propios se sorprendieron. Los extraños se desconcertaron y los anti se dividieron en dos grupos. Los unos escupen fuego como dragón enojado y los otros aún no reaccionan, aplastados por el impacto de la noticia.

—¿Qué noticia?
Esa que motoriza la decisión de Cristina Fernández de correrse a un costado, de anunciar que será candidata a vice de Alberto Fernández y que competirá en las elecciones Primarias.
Tanto impacto causó la jugada (el tiempo dirá si fue táctica o estratégica), que el movimiento parece darle la razón a Alejandro Grimson, autor del libro “¿Qué es el peronismo?”.

—¿‏Por qué le da la razón?
Porque Grimson, un antropólogo social e investigador del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), viene diciendo hace tiempo que “el peronismo no deja de conmover la política argentina”.

—¿Y qué tiene que ver con la decisión de Cristina Fernández de Kirchner?
Eso justamente: que conmovió el tablero político nacional, les guste o no les guste a algunos o a muchos.

“De pronto surgió una perspectiva”, escribió ayer la filósofa Esther Díaz. “Una lección de gubernamentalidad. Un ejercicio de la política, no un mandato del márquetin. Sentido de la oportunidad, astucia razonada, conexión con los problemas reales, renunciamientos necesarios. Somos testigos de un gesto político notable, de un acontecimiento”, sentenció.
Tal “acontecimiento”, tiene reminiscencias históricas: Fernández-Fernández suena similar a Perón-Perón; Alberto al gobierno, Cristina al poder es igual a lo dicho y hecho por Perón y Cámpora. Hay otras referencias menos románticas, más dramáticas y un poco más alejadas de la realidad de este supuesto “renunciamiento” de Cristina, que acerca el recuerdo de Evita.
Pero más allá de la comparación en clave histórica, aprobatoria o condenatoria (pues hay para todo) este “acontecimiento” ya desdibujó varias otras candidaturas que ensuciaban el camino al acuerdo de un armado opositor competitivo. Además, dejó en falsa escuadra la estrategia del “populismo-venezualismo” de Cambiemos. Comprometió aún más al radicalismo que, dividido como está, no sabe si creer o no el golpe de efecto, si llamar o no a los peronistas para armar un frente alternativo, o si seguir o no en Cambiemos. (El gobernador mendocino Alfredo Cornejo dijo ayer, en Clarín, que tras la jugada de CFK, su propuesta para sumar peronistas a Cambiemos “está más vigente que nunca”).
El “acontecimiento”, en tanto tal, también, puso en modo de recálculo a los operadores internacionales y los organismos de crédito.
Sucede que Alberto Fernández puede encolumnar gobernadores, puede contener a otros referentes del peronismo de centro, federal, racional o como se llame; puede sumar a las clases populares, a los trabajadores y a sus líderes a los que ya envió señales de afecto y puede dialogar con aquellos que no lo harían con Cristina (ni ella con aquellos). Es que el hombre representa, desde las veredas del “márquetin”, como diría Esther Díaz, una figura más educada, o al menos más moderada que CFK. Alberto Fernández vendría a ser una figura de esas que le gustan al establishment comunicacional-institucional de la Nación, pues entre otras cosas encarna un antídoto para los fantasmas de la cesación de pagos y el aislamiento internacional. Es un constructor, dicen. Un componedor.
Ayer, igual, el desconcierto del establishment comunicacional-institucional de la Nación fue tal, que abordaron el acontecimiento con calificativos desdeñosos, ayudados con carpetas de servicios varios.
Extravagancia dijo uno; títere acotó otro. Alberto es un mentiroso, un doble agente, bramó una señora. Un verdadero panqueque sin personalidad, analizó alguien en Corrientes, para este cronista.
Ella es ella, más que nunca: pues nunca antes alguien renunció a los honores pero no a la lucha, se bajó un escalón y desde allí digitó quien estará en el de arriba. Genial, ironizó alguien más. Sustentan en esa movida la figura de la marioneta. (Además de actuar con los manuales de la infantilería política, quienes apuntan eso en realidad todavía resisten la inteligencia de una mujer como Cristina: la atacan y la niegan, creyendo que así se exorcizan de ella y del alcance de su expertise política).
“Es la admisión de que con ella sola no alcanza”, llegó a decir un radical correntino que pidió reserva tras la conversación con quien esto escribe. “El anuncio encierra el reconocimiento de que el cristinismo había achicado al kirchnerismo”, analizó un colega en la metrópoli. “Esta decisión implica nestorizarse para tratar de ampliar su base en busca de la recuperación del poder”. Etc., etc..

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Sergio Massa fue el primero en ver la luz al final del camino:
“Tenemos la responsabilidad de construir una gran coalición opositora y una nueva mayoría para los argentinos, para derrotar a un gobierno que destruyó a la clase media argentina”.
“Creemos que es importantísimo construir no solamente un nuevo gobierno y una nueva mayoría sino un nuevo peronismo”, afirmó minutos después de que la ex presidenta anunciara su decisión a través de un video de Twitter.

Massa trazó así el objetivo: ganarle a Macri.

En la misma línea se leen las capitulaciones de Agustín Rossi y Felipe Solá. Se esperan más. Daniel Scioli optó por la idea de una gran Paso. Los gobernadores peronistas, varios de ellos, se mostraron “contentos”.

Ahora queda el trabajo. Para todos.

Queda el armado de un vehículo electoral amplio y competitivo mientras se generan los planes y proyectos para lo que viene: una Argentina con enormes carencias y dificultades. Una Argentina en la que será necesario fortalecer los mecanismos de gobernabilidad. Y esta será una necesidad para los Fernández eventualmente, como para los Macri o los Massa, los Lavagna o los Schiaretti. Para el que gane.
Queda además, mientras tanto, llegar a las Paso, después a octubre y tratar de que el país resista entero para encarar el proceso que comenzará el 10 de diciembre.

Queda por delante frenar el deterioro diario de la Argentina, de su gente.

Es allí donde radica la importancia de las señales que envíe el Gobierno a partir de este nuevo escenario. O de las que envíe Mauricio Macri. O el radicalismo en su calidad de socio-sostén territorial del fracaso de Cambiemos. Es que “Macri sólo le ganaba a Cristina, y capaz ahora no le gana a Alberto”, dijo ayer el histórico dirigente Julio Bárbaro. Antes era peronista; ahora es un inclasificable por la cantidad de boletos que se le ven en los bolsillos.
Además dijo otra cosa. Habló de conmoción: de una conmoción que sacudió a gobernadores, intendentes y dirigentes de todo arco político nacional. Y eso tal vez genere todavía más bronca entre los que minimizan la jugada y la descalifican, porque los globos y el ritual de fiesta de quince con música de Gilda nunca moverá las estructuras políticas de la Nación como movió un video con voz en off de CFK, transmitido por Twitter.
Por eso los berrinches en los referentes más desbocados e irresponsables del macrismo que, ante la falta de argumentos, azuzan el miedo, insultan. Fracasan también allí, en la reacción ante una jugada política que pone fichas nuevas en el juego cuyo resultado se conocerá recién el mes de octubre.

—¿Qué hay además, mientras tanto?
La pequeñez de aquellos que recuerdan los días en los que Fernández y Fernández tenían visiones distintas de la política, del gobierno, del país. Opinar distinto lo hizo distinto a Fernández. Y ahora la hace distinta a Fernández.
No obstante ello, al traer esos recuerdos, los odiadores de clase, los fanáticos y los interesados beneficiarios del statu qúo actual no ven que el “peronismo jamás será atrapado en una frase”. Desconocen que para explicarlo es necesario “escapar del análisis unidimensional y desplazarce a un abordaje multidimensional”, como dice Grimson. No alcanza con el enojo.

¿Por qué?
Porque “el peronismo nació y se configuró como un espejo invertido del antiperonismo”, y ambos corren a la par desde hace más siete décadas.
Y el antiperonismo, y su primo hermano el macrismo, son hoy los jefe de campaña de un espacio en formación que puede, si sabe, liquidar el pleito en una pasada.

Fernández-Fernández: la fórmula que rompe el escenario político nacional

La decisión de alta política con la que Cristina Fernández de Kirchner sacudió este sábado la modorra nacional (eso de correrse a un costado, de anunciar que será candidata a vice de Alberto Fernández y que competirá en las elecciones Primarias) parece darle la razón a Alejandro Grimson, autor de “¿Qué es el peronismo?”.
¿‏Por qué? Porque Grimson, un antropólogo e investigador de Clacso, dijo siempre, o viene diciendo en el último tiempo, que “el peronismo no deja de conmover la política argentina”.
¿Y qué es lo que pasó con la decisión de Cristina Fernández de Kirchner?
Eso justamente: conmovió el tablero político nacional; ya desdibujó varias otras candidaturas que ensuciaban el camino al acuerdo de un armado opositor; dejó en falsa escuadra la estrategia del “populismo-venezualismo” de Cambiemos; y puso en modo de recálculo a los operadores internacionales y los organismos de crédito.
Alberto Fernández puede encolumnar gobernadores, puede contener a otros referentes del peronismo de centro, federal, o como se llame; es además una figura educada de las que le gustan al establishment comunicacional-institucional de la Nación y encarna un antídoto para los fantasmas de la cesación de pagos y el aislamiento internacional.
Sergio Massa fue el primero en ver la luz al final del camino: “Me parece que hay una comprensión de que el escenario de la grieta es un escenario que lastima a la Argentina, y que la Argentina debe salir de la grieta. Creo que el enorme desafío que tenemos es construir una nueva mayoría y ganarle al gobierno”, afirmó hace instantes en radio Mitre, luego de que la ex presidenta anunciara su decisión a través de un video de Twitter.
Massa trazó así el objetivo: ganarle a Macri.
Ahora queda el trabajo. Queda el armado de un vehículo electoral competitivo mientras se generan los planes y proyectos para lo que viene: una Argentina con enormes carencias y dificultades. Queda además llegar a las Paso, después a octubre y tratar de que el país esté entero para encarar el proceso que comenzará el 10 de diciembre.
En la misma línea se leen las capitulaciones de Agustín Rossi y Felipe Solá. Se esperan más.
Por lo demás, ya se está viendo los pataleos de ahogado en los referentes más debocados e irresponsables del macrismo que, ante la falta de argumentos, azuzan el miedo. Fracasan también allí, en la reacción ante una jugada estratégica que pone fichas nuevas en el juego cuyo resultado se conocerá recién el mes de octubre.
¿Qué hay además, mientras tanto?
El chiquitaje de aquellos que recuerdan los días en los que Fernández y Fernández tenían visiones distintas de la política. Desconocen los odiadores de clase, que el “peronismo jamás será atrapado en una frase”, y que para explicarlo es necesario “escapar del análisis unidimensional para desplazarnos a un abordaje multidimensional”, como dice Grimson.
¿Por qué?
Porque “el peronismo nació y se configuró como un espejo invertido del antiperonismo”. Ambos corren a la par desde hace siete décadas.

(Análisis en desarrollo)

La falta de política repercute en la economía

Hoy hablamos con Daniel Collinet acerca de la política y de su repercusión en la economía, sobre la caída en la imagen del presidente Mauricio Macri y sobre la marcha general de la política nacional en comparación con la provincial. Esta es una de las columnas que semanalmente tengo (los días lunes) en el programa “No está todo dicho”, dado el año electoral y las necesidades básicas insatisfechas de desenmarañar la complejidad extrema del sistema y los procesos políticos correntinos.
Gracias Daniel por el espacio, que espero sirva para que entre todos nos ayudemos a pensar lo que nos pasa y por qué nos pasa.

Mirá el video aquí:‼️👇

EDUARDO LEDESMA 28/04

El contexto político en este año electoral y todo el análisis de Eduardo Ledesma como cada semana en No Está Todo Dicho

Posted by No Esta Todo Dicho on Tuesday, April 30, 2019

Política, economía y elecciones

Hoy hablamos con Daniel Collinet acerca de la economía, del plan oficial de control de precios, o de alivio, que tiene mucho de kirchnerismo y de electoral. También hablamos de las implicancias en la provincia. Esta es una de las columnas que semanalmente tengo (los días lunes) en el programa “No está todo dicho”, dado el año electoral y las necesidades básicas insatisfechas de desenmarañar la complejidad extrema del sistema y los procesos políticos correntinos.
Gracias Daniel por el espacio, que espero sirva para que entre todos nos ayudemos a pensar lo que nos pasa y por qué nos pasa.

Mirá el video aquí:‼️👇

EDUARDO LEDESMA 22/04

Política, economía y su influencias en las próximas elecciones. Eduardo Ledesma y todo su análisis en NETD TV

Posted by No Esta Todo Dicho on Tuesday, April 23, 2019

 

La oportunidad de Valdés

 

INFOGRAFIA: AUGUSTO VILAR / DIARIO EL LITORAL. FUENTE: ELABORACION PROPIA SOBRE LA BASE DE DATOS DEL INDEC Y DEL OBSERVATORIO DE LA UCA

Corrientes es la ciudad/provincia más pobre del país. Sin atenuantes. Lo dijo el Indec en su último informe y el dato impactó de lleno en el Gobierno que, hasta entonces, hasta la formulación estadística de esa realidad, corría solo una apacible carrera hacia las elecciones del 2 de junio, o rumbo a la hegemonía, o, si miramos bien, hacia la antesala de la suma del poder público.

Nadie en la administración provincial, lícitamente, esperaba que el mayor de los reveses desde que Gustavo Valdés es el inquilino de la casona de Salta y 25 de Mayo, llegara desde el propio Gobierno nacional. Del fuego amigo. Del planeta mayor en la alineación cósmica que nos iba a sacar del ostracismo, o de la “postración”, para usar un término que usó el propio Gobernador.

Fue duro, y se notó en las reacciones.

Fue duro que nos digan que uno de cada dos correntinos es pobre. Y que uno y medio de cada diez no alcanza siquiera a comer seguido. Porque aquí hay un dato: más de 150 mil correntinos son indigentes. Son los que están en el precipicio. Los que bailan en la sombra, diría alguien, con puñal poético.

Pero más allá de la dureza de esta situación, la verdad es que nadie de buena voluntad puede/debe sorprenderse. Los hipócritas, que los hay en ristra, obvio que lo harán. Pues como dice el doctor Fernando Abelenda, “la nuestra es una sociedad que se nutre de contradicciones: por un lado reivindica los valores cristianos y, por otro, exhibe niveles de injusticia social y de pobreza indignantes”. Amén.

Veamos:
El dato de la pobreza, que empeoró en el segundo semestre de 2018, ni es entera responsabilidad de Valdés ni es una novedad exótica. La estructura de la pobreza de Corrientes es dura, larga, vieja. Si hay responsabilidades allí, hay que buscarlas al menos desde principios del siglo pasado. Por eso mismo hay oportunidades. Muchas. Porque a Valdés no se le pide la derrota del flagelo (ojalá pueda hacerlo), sino que ponga el barco en esa dirección. Que atienda la materialidad de la carencia, pero también, y sobre todo, lo inmaterial de la falta, el arco institucional por ejemplo, para dotar a la gente de condiciones de dignidad hace tiempo perdidas por falta de horizontes.

Valdés tiene la oportunidad de mejorar las cosas, que no es lo mismo que maquillar un índice y mentir o mentirse. Constituiría ello, de hacerlo, una variante doble entre la negación y la mutación en el otro, en lo que hasta hace 5 minutos se criticaba. Porque hacer un propio índice de pobreza para mejorar los guarismos (como sugirió el ministro de Hacienda, Marcelo Rivas Piasentini), no es otra cosa que lo que hizo a comienzos de 2007, en la Nación, el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno.

Y criticar la forma de medición del Indec no sólo es muy parecido a lo que hacía el kirchnerismo, sino que es, además, impactar de lleno tal vez en una de las pocas acciones que Mauricio Macri hizo bien desde que es presidente: dotar de solvencia técnica y confiabilidad política y simbólica a los números nacionales del Instituto de Estadísticas.

Valdés tiene la oportunidad de evitar convertirse en lo que criticó, porque tiene en sus manos la concreción de una cantidad de proyectos que podrían generar trabajo de calidad que impactarán de verdad en los índices. Es la forma de salir. No lo son, él lo sabe, ni el plus ni el “plus-cito”, como dijo. Dibujar un guarismo nuevo, condescendiente, no será más que el muro que algunos dictadores construyeron, décadas atrás, para tapar la vista hacia los pobres.

Valdés tiene una oportunidad. Dejar de negar. Cambiar para siempre el negacionismo de sus antecesores.

Tiene la oportunidad de hacer, que es una oportunidad reservada para pocos. Oportunidad que muchos desaprovechan, además, y no es sólo un juego de palabras. Es la necesidad de conferir acción política al discurso político.

Valdés tiene la oportunidad de salir de la zona de su confort, que vendría a ser el trabajo por y para los empleados públicos, y encarar con paso firme y rápido lo que pregona: una proyección de desarrollo que incluya también a la poca/mucha población que no depende directamente del Estado en Corrientes. Porque pobres también, y sobre todo, hay en este segmento.

Los empleados públicos, para decirlo abiertamente, no son los únicos que viven en Corrientes. Y tampoco son los únicos pobres.

Más aún: si el Gobierno publicita con pompas e insistencia la universalidad de su plan alimentario escolar, no es porque le guste el derroche de dinero que no hay, sino porque sabe que los chicos lo necesitan. Necesitan comer, primero, para saciar el hambre, y luego alimentarse para poder estudiar. Así de lejos queda nuestra línea de largada.

Valdés tiene la oportunidad de reconocer incluso que los sueldos que se pagan, por más que se paguen religiosamente, son sueldos de pobreza. Y además se pagan en negro. Porque al reconocer esa situación, de nuevo, se puede mejorar.
De hecho, cualquiera que mire los cronogramas de pago sabe que los primeros tramos del Gobierno están por debajo de la línea de pobreza. La cosa es más grave si miramos los sueldos de Capital. Solo los funcionarios cobran por encima de esa línea en el Municipio. Y esos también son empleados del Estado. Esos y los de los restantes 73 distritos.

Valdés tiene la oportunidad de zanjar las supuestas diferencias estadísticas entre la ciudad y el campo. Primero porque en las ciudades vive la mayor parte de la población provincial y segundo porque, o no se conoce la realidad o se está mirando otra provincia: pero en el campo correntino la pobreza no solo está, sino que es un integrante más de las familias desde los tiempos de la creación.

Valdés tiene la oportunidad -y eso sí es para aplaudir, porque ya lo mencionó públicamente el viernes- de sanear la situación de las estadísticas locales.

Desde que murió Telva Gallesio, en 2013, la Dirección de Estadísticas de Corrientes fue una bola sin manija. Muchos de los profesionales de esa repartición trataban de hacer lo que podían, sin objetivos ni rumbo. Hace tiempo que tienen problemas salariales y, por si fuera poco, recién antes de irse echado por Valdés, el ex ministro Vaz Torres produjo el nombramiento de un director que, por lo que se ve, aún no le encuentra el agujero al mate.

Las estadísticas provinciales que importan están publicadas sólo hasta 2014, desde entonces casi no sabemos nada de Corrientes, y lo que sabemos lo sabemos por la Nación.

Pues bien: Valdés tiene la oportunidad de sanear la Dirección de Estadísticas, limpiar los rastros de cualquier interna política si es que la hay, y retomar la elaboración profesional de datos por al menos tres razones:

a. Porque hay gente capacitada para hacerlo y porque esos datos ya eran profesionales. Basta con darles objetivos y reeditar los mejores procesos de producción de ese valioso conocimiento cifrado, estadístico.
b. Porque su gobierno -el de Valdés, pero también cualquier otro- necesita instrumentos de navegación para tomar decisiones, lo que además demuestra lo importante que es tener un yacimiento de información pública confiable y permanente, sin bombas de activación remota.
c. Y porque también el ciudadano necesita saber dónde está parado para tomar sus propias decisiones. Es una base necesaria, primera, si en verdad queremos que el sector privado también colabore con el desarrollo provincial.

En fin. Valdés tiene la oportunidad de hacer un buen gobierno. Y todavía está a tiempo, aun por encima de las cuestiones económicas del país que impactan directamente en el ritmo de su plan de acción. (Era allí, en todo caso. En el fracaso económico había y hay un flanco enorme para asestar la crítica a Macri, no en las estadísticas).

Valdés tiene la oportunidad de hacer un gran gobierno, para lo cual necesita, de movida, el acompañamiento de todos los sectores políticos y sociales. Condición necesaria de Valdés si quiere un gobierno abierto, y del resto, si la intención es no quedarse sólo en la crítica.

La oposición, que en Corrientes es poco menos que el peso de su propio nombre, debería tomar nota de su responsabilidad, que no es hacer leña del árbol caído, porque también debe pagar, eventualmente, su cuota parte de este estado de cosas.

La oposición, más que hacer gráficos comparativos y compungirse y arroparse con los disfraces de la campaña electoral, debería ayudar a encontrar la salida, a generar mecanismos de control, que está visto que son indispensables más allá de la coyuntura. Entre otras cosas para evitar los excesos.

Así, y ahora que despertó de su luna de miel con este dato doliente de la realidad, el Gobernador tiene la oportunidad de sacarse las últimas ataduras políticas/partidarias y poner en fila a su equipo de gobierno. De expulsar a los soñolientos y seguir con los ya despabilados o con los no aburguesados después de tantos años de quietud.

Es aquí y ahora, antes de entrar en tiempo de descuento.

Esta es su oportunidad.

Es una cruzada, sí. Pero no está solo. Lo acompañarán los sectores más ricos y la clase media todavía no pobre de pobreza absoluta, porque ambos sectores quieren estar mejor. Y resistirán: de eso no hay dudas.

Tampoco hay dudas en el acompañamiento de los pobres, porque los pobres lisos y llanos, además de ser muchos, harán todo lo que esté a su alcance para ayudarse a sí mismos a salir del infierno. Sólo necesitan que se les tire una soga. Y que quede claro: no trabajarán por ser radicales ni por ser valdesistas. Sencillamente lo harán porque los pobres no tienen tantas oportunidades, y perder una es mucho más que eso. Mucho más.

Sin elecciones

La Argentina, últimamente, no es noticia: eso es, para los argentinos, una gran noticia. Y nos sorprende: ya hace semanas, incluso meses que la Argentina no produce sorpresas, que todo se desarrolla en la dirección y al ritmo previsibles. En medio de crímenes diversos, que los medios relatan con regodeo y babita, se constata la obstinada degradación de las condiciones económicas y sociales, la obstinada acumulación de causas judiciales contra Cristina Fernández de Kirchner, sus socios y amigos y familia, la obstinada preparación de las elecciones que, desde marzo a noviembre, mantendrán al país ocupado o como si.

La forma de estas elecciones ya es un disparate y es, también, el síntoma más claro de un liderazgo roto. Los gobernadores provinciales que buscan su reelección desconfían de sus supuestos jefes nacionales y no quieren que les hagan perder votos, así que, para distanciarse, convocaron sus elecciones en fechas distintas de las presidenciales —y distintas entre sí—. Será un festival: desde el próximo domingo 10 de marzo hasta el domingo 16 de junio solo habrá tres fines de semana en que no se elegirá a algún gobernador. Son los que corresponden a tres feriados nacionales —el 24 de marzo, el 1 de mayo, el 25 de mayo— pero el Domingo de Resurrección sí habrá voto en San Luis.

Esa avalancha arrolladora de elecciones deberá conducir hacia el gran estallido final: el 11 de agosto se harán esas “primarias abiertas” cuya función real no entiende nadie, el 27 de octubre la primera vuelta de las presidenciales y las legislativas nacionales, y el 24 de noviembre, el balotaje que decidirá el próximo presidente o presidenta o presidento de la República Argentina. Será el Día de la Resignación, un gran momento del rechazo: elecciones que no van a decidir quién debe ser el presidente sino quien no debe serlo.

Hay dos candidatos excluyentes: Mauricio Macri, Cristina Fernández de Kirchner. Todas las encuestas muestran que más de la mitad de los argentinos no quiere votar a Macri. Y que más de la mitad —otros, los mismos— de los argentinos no quiere votar a Fernández. Más allá de odios particulares o prejuicios varios, no hay duda de que los dos se ganaron ese rechazo con cuidadosas gestiones de gobierno.

Tras ocho años de presidencia definida por la intolerancia y la soberbia, Fernández entregó un país con 29 por ciento de personas pobres, un déficit fiscal incontenible y un 125 por ciento de inflación en sus tres últimos años a un sucesor que hizo campaña diciendo que nada era más fácil que bajar la inflación, que no entendía por qué no lo habían hecho.

Que no entendía estaba claro. Ahora, tras tres años definidos por los errores y rectificaciones y más errores y menos rectificaciones, el gobierno del sucesor Mauricio Macri acumula una inflación de casi el 160 por ciento. En ese lapso la deuda externa aumentó más del 30 por ciento, el PBI bajó más del 15 por ciento, el precio de los servicios se triplicó y la cantidad de pobres creció en un 15 por ciento. La obsesión de sus publicistas es buscar alguna cifra positiva —y no la encuentran—.

En síntesis: está claro que los dos fracasaron tristemente en sus intentos de mejorar el país que recibieron de sus predecesores; que los dos lo empeoraron y empeoraron, sobre todo, las vidas de los que más apoyo necesitan. Y, sin embargo, las mismas encuestas también dicen que un tercio de los argentinos quiere votar por cada uno de ellos y que, por eso, su próximo presidente será Cristina Fernández o Mauricio Macri.

O, dicho de otra manera: si todo sigue su curso, los argentinos elegirán para gobernarlos a una persona que cuenta con el rechazo de más de la mitad, porque su otra opción despierta más rechazos todavía: el mal menor elevado a estrategia de Estado.

Los dos candidatos, por supuesto, juegan con esa situación. El mayor mérito que exhibe cada uno de ellos es no ser el otro. Las encuestas dicen que Macri tendría menos intención de voto que Fernández pero que, ya en la segunda vuelta, Fernández provocaría más rechazos y entonces él le ganaría. Macri necesita a Fernández para poder ser el mal menor. Es la misma política que usaron, durante años, Cristina y Néstor Kirchner: hacían todo lo posible por conservar a Macri como rival porque muchos los votaban a ellos para impedir que ganara él. Y ahora él hace lo mismo con ella, y la Argentina lleva más de una década entrampada en esta treta de pelea de barrio, en este barro inútil.

(Pero el precio que pagó Macri para recuperar a su enemiga útil fue muy alto: solo el fracaso de sus políticas económicas consigue mejorar la imagen de Fernández, que terminó su gobierno muy desprestigiada y, desde entonces, se siguió desprestigiando más y más con revelaciones sobre sus tan variadas corruptelas. Hay quienes se sorprenden de que los argentinos quieran que los gobierne una señora con tantas y tan fundamentadas causas criminales. Pero la corrupción despierta una indignación variable y funcional: es el reproche más vehemente cuando un sector social rechaza la política de un candidato o un gobernante, pero se olvida cuando esa política les parece deseable o encomiable).

Así está, ahora, la Argentina: entre dos variaciones del fracaso, dos pasados que luchan por no pasar del todo. No hay ninguna razón —ellos no la ofrecen— para creer que ahora van a hacer bien lo que ya hicieron tan mal, pero las tentativas de producir opciones nuevas no prosperan. Es cierto que, en su mayoría, las llevan adelante jóvenes viejos del “peronismo civilizado” —con perdón— como Sergio Massa y Juan Manuel Urtubey, caudillos locales cuarentones guapetones bien trajeados que se parecen demasiado a una mezcla de los dos malos conocidos. Y que ahora, informados de su inviabilidad por las encuestas, están tratando de inventar algún otro candidato, como el ex ministro de Economía de Duhalde, Roberto Lavagna. No parece que vaya a despegar, no suscita entusiasmos ni tiene por qué.

Así que lo más probable es que se imponga el mal menor, que siempre es mal pero nunca menor. En las últimas décadas, la Argentina se ha especializado en innovar: busca incansable —y encuentra, solvente— formas nuevas de la degradación. Esta, la de un país que se resigna a reelegir a uno de dos fracasados porque no tiene la audacia o la imaginación o la consecuencia necesarias para buscar otras salidas, es una nueva cumbre: la promesa de otros cuatro años perdidos.

Quedan todavía unas semanas; quizás en ellas pase algo y la Argentina recupere su poder de sorpresa. No parece. Mientras tanto, la política del menos malo es la mejor forma de seguir fomentando el descrédito de la política, de confirmarla como un juego ajeno, inútil, casi innecesario —y abrir la puerta a vaya a saber qué apóstoles y espadachines—. Bolsonaros y trumpitos se restriegan las manos. Para contrarrestarlos deberían aparecer opciones nuevas: no personas sino proyectos, debates, la búsqueda común de una idea de país. Llevamos décadas sin hacerlo; ya no está claro que sepamos cómo.