En el espejo del milagro finlandés

¿Puede Corrientes soñar con el milagro finlandés? ¿Puede de una vez y para siempre alejarse de la queja, de la autoexclusión y de la rosca política que paraliza, y fomentar el desarrollo de políticas duraderas para sustentar un despegue real y efectivo? ¿Puede, una provincia como la nuestra, abandonar su perenne estadío discursivo y pasar a la acción? Puede. Las condiciones naturales de nuestro territorio, su ubicación geopolítica estratégica dentro del Mercosur e incluso la capacidad de trabajo de su gente parecen acercar, siempre, esa posibilidad. Aunque también, muchas veces, los deseos se truncan por factores propios y ajenos, muchos de ellos vinculados con la falta de visión y la mezquindad política.
Por estos días el gobernador Gustavo Valdés encabezó una delegación provincial que visitó, más allá de las escalas técnicas, dos ciudades importantes del norte europeo: Riga, capital de Letonia, y Helsinki, capital de Finlandia.

La meta de este nuevo viaje al exterior (en junio viajó a China) se sustenta en una idea rectora, más allá de las concreciones: buscar mercados para productos locales como la carne, los cereales (con el arroz como nave nodriza) y la madera; y en paralelo acortar distancias y tiempo en materia de planificación e incorporación de tecnología a la producción doméstica.
Otros ya lo hicieron y son eficientes, y por lo tanto no hace falta que Corrientes, provincia en la que está todo por hacerse, pierda tiempo y dinero en sus propias búsquedas. Esa inteligencia parece guiar al gobierno de Valdés que, primero en Letonia, mantuvo una serie de reuniones cuyo saldo, según explicó el propio gobernador, podría resumirse en la adquisición/comparación de experiencia, en la construcción de relaciones políticas y comerciales con potenciales inversores y expertos en el diseño, construcción y operativización de puertos, además de configurar la posibilidad de que en alianza con empresarios y el gobierno letón, Corrientes encuentre canales alternativos para la comercialización de sus productos.

La provincia de Corrientes tiene con Letonia una trayectoria de trabajo conjunto. Ambas jurisdicciones firmaron un convenio de cooperación hace 3 años. Ahora el foco estuvo puesto en la construcción de puertos y en el desarrollo de una logística más ambiciosa que la de acercar nuestros productos/bienes a los mercados tradicionales, como por ejemplo los de Hamburgo o Amsterdam.

“Las experiencias de funcionamiento y gestión del puerto de Riga nos ofrecen múltiples posibilidades para replicar en los nuestros y potenciar la hidrovía Paraná-Paraguay”, dijo al respecto Valdés luego de la reunión que sostuvo con Mihails Kameneckis, un diputado del Ayuntamiento de Riga con experiencia en transporte aéreo, fluvial y terrestre. “Su conocimiento de este campo nos permitirá avanzar en mejoras en las vías de conexión de Corrientes con provincias y países vecinos”, añadió.

En las últimas horas, la comitiva local subió hasta Helsinki, Finlandia, donde vieron una serie de plantas de procesamiento de madera, analizaron potencialidades con referentes de un instituto de tecnología parecido al (ahora desfinanciado) Instituto Nacional de Tecnología Agropeuaria de Argentina, y avanzaron también en la posibilidad de la generación de biocombustibles, material con bajo nivel contaminante que sube su valor, cotidianamente casi, dada su característica amigable con la preservación del ambiente.
En contacto con la prensa correntina, Valdés se mostró sorprendido con la cantidad de productos que, relacionados con la madera, pueden producirse en Corrientes con alto agregado tecnológico. La elaboración de utensilios varios, de impresoras 3D, de bloques de madera para la construcción de casas, edificios, e incluso estadios (o gradas de corsódromos); diseño de indumentaria con la utilización de filamentos de madera que en algunos casos ya está reemplazando al algodón. Habló de un material con base de madera y polímero y otras novedades alentadoras que potenciarían, además, nuestra germinal industria química.

Ahora, ¿cómo relacionar Corrientes con esas realidades europeas altamente tecnificadas?
Valdés habla de generar las bases. Habla de proyectos. De una idea clara de desarrollo proyectada a 10 o 20 años (algo así como un plan “Corrientes 2030”), que una vez fijada, orientaría las inversiones públicas y privadas. Sueña, además, con que esas proyecciones puedan sobrevolar las coyunturas políticas, locales o nacionales. Habla de una provincia de cara al futuro, que no es poco.
Su optimismo se sustenta en estos datos: Corrientes concentra el 40% de la forestación argentina. “Y podemos sumar 2 millones de hectáreas más si aprendemos de empresas con vasta experiencia y el Estado acompaña la inversión privada con estímulos que favorezcan la radicación de industrias generadoras de mano de obra calificada”, escribió en su cuenta de Twitter.

Los árboles en estas tierras están listos para el corte en 10 o 12 años, lo que en Europa demanda entre 50 y 60. Pero no alcanza con lo que hay y la velocidad que aporta la naturaleza. Hay que seguir plantando, pensando más que en períodos de gobierno, en una o dos generaciones, sabiendo que las condiciones naturales achican de manera favorable el recupero de las inversiones.
Corrientes es la primera potencia forestal argentina y la tercera ganadera. Junto al sector privado estamos trabajando para ampliar la producción, industrializarla y mejorar la competitividad. Tenemos potencial”, repite como un mantra el gobernador.

Es cierto que no alcanza con la voluntad. Ni sólo con verbalizar el objetivo. Corrientes corre desde muy atrás y el país afronta un período de crisis económica muy fuerte, que viene, además, con un combo asociado: el cambio de gobierno.
Valdés fue requerido sobre esta cuestión y lo que dijo es que mientras administre el gobierno, la inversión de los correntinos se orientará rumbo a “nuestro desarrollo”. Para lo cual, reconoció, hay que tener una “visión clara”, que para él se materializa en la carne, los cereales, la madera, la energía. Con rutas y puertos.
No entró en la discusión política. No se quedó en la coyuntura que indica que desde el 10 de diciembre ya no estará su amigo Mauricio Macri en la Casa Rosada. Ese día llegará Alberto Fernández. “Nosotros tenemos que tener la visión y el plan para desarrollar la industria y que sea sustentable”. No importa quién corte las cintas, pareció sugerir.

Cada uno podrá juzgar esta cosmovisión, sopesar su nivel de realidad e incluso creer o descreer del discurso de Valdés que, ateniéndose a las generales de la ley, debe cargar con el descrédito que galvaniza la investidura que ostenta, a la luz de tantos indicadores históricos que nos ponen como provincia justamente en la vereda contraria de todo lo que aquí se plantea.

Sea como fuere, no es menor que un gobernante, en su calidad de tal, ponga de relieve esta agenda y la sostenga. No es menor que un gobernante salga y vea y pida ayuda. Que coteje y ofrezca también nuestras riquezas, parado sobre los postes de nuestras fortalezas. No es menor que estemos cambiando la lógica de la discriminación, del aislamiento y de la autosuficiencia. No es menor que, al menos por un momento, un gobernador de Corrientes abra la boca para hablar de proyectos productivos y no de proyectos políticos que, además de ser personales y de empavonarse en una rosca que no lleva más que a la conservación del poder de una casta, atrasa por lo menos 100 años.

Tal vez sea el momento de empezar a mirar el futuro y soñar con el milagro finlandés, ese que en un lapso de 30 años transformó un sistema educativo mediocre e ineficaz en una incubadora de talentos que encabezó rankings mundiales de desempeño estudiantil y cimentó el nacimiento de una economía sofisticada y altamente industrializada.

Falta. Falta mucho. Más aún si el punto de partida es la educación. Falta inversión en ciencia y aggiornar nuestra legislación a los nuevos tiempos. A los nuevos derechos. A las nuevas formas de hacer política. A la igualdad de género. Pero también es cierto que para terminar de hacer una casa primero hay que empezarla. El momento es clave. Valdés lleva dos años en el gobierno y todavía tiene tiempo para sostener este eje de gestión y empezar con las acciones. Es un camino válido para ambicionar algo más que sólo el pago en tiempo y forma de los sueldos estatales. Para trabajar por una mejora real del ingreso, que sea expansivo a toda la comunidad, pues de esa manera es como los países desarrollados acotaron las inequidades y dieron respuestas a las expectativas de crecimiento multidimensional que también nosotros no sólo deseamos, sino que necesitamos y nos merecemos.
Puede que fracasemos otra vez. Pero podríamos acordar que al menos al oído es mejor escuchar esta música que aquella otra que suena como un ruido, monótono y vacío, hace por lo menos dos generaciones. Años largos de empobrecimiento general y migración forzada de talentos.

No se pudo: ganó Alberto

Ganó Alberto Fernández en primera vuelta, pese a la remontada de Mauricio Macri después de la contundente derrota en las Primarias del 11 de agosto. Ganó Alberto Fernández y será el nuevo presidente de los argentinos a partir del 10 de diciembre. Este dato, que corona un estado de situación político y económico más bien difícil, confirma la fortaleza del sistema democrático nacional que, aún con sus falencias, emergió revitalizado como una herramienta válida para dirimir diferencias tan marcadas, tal cual demostraron los resultados.
Ganó Alberto Fernández y eso demanda, a partir de hoy, trabajar en una transición respetuosa y ordenada. Y no se trata de una frase hecha, sino que es un estado de cosas que se sustenta con datos:

1. La Argentina tiene casi 16 millones de pobres (Indec). La inflación llegará a fin de año por lo menos al 59%.
2. A fin de año la economía nacional registrará variaciones negativas profundas, una recesión que tienen muy pocos países en el mundo.
3. El contexto latinoamericano, además, no es el mejor: hay un hartazgo social con las elites políticas cuya manifestación más contundente se está dando en Chile.
4. La corrupción y la desigualdad social, que son males sin ideología, acechan a la Argentina desde hace mucho tiempo, con perjuicios que deben ser revertidos y para lo cual hay que hacer muchos esfuerzos.

Para todo esto se necesita de la política. La remontada de Macri lo demostró en ese plano. El Presidente decidió dejar la virtualidad, salió a la calle y recuperó, al borde del milagro, un enorme acompañamiento en las urnas.
Primero lo vio el peronismo. A sabiendas de sus lados flacos, el PJ buscó y logró una unión que fue salvadora. Se trata de una unión electoral que ahora deberá reformularse, sobre todo cuando pasen a ser una estructura de gobierno. El éxito de Fernández también dependerá de cómo se diriman esas cuitas internas. Y lo mismo pasará en Cambiemos. Macri puede querer ser el líder de la oposición, pero es verdad que cambió el escenario y surgieron otros jugadores. Horacio Rodríguez Larreta, por ejemplo, el gran ganador de ayer en la Ciudad de Buenos Aires. También habrá que ver que hacen el radicalismo y el resto de los socios del PRO.
Es pronto para saberlo, pero son claves a tener en cuenta.
Ahora, ¿por qué ganó Alberto? Podríamos ensayar algunas explicaciones:
1. La promesa de un futuro mejor le ganó a la religión del “alivio”. La empatía con el dolor de la gente derrotó a la declamación desconectada del mundo real, de la pobreza enorme que carcomió los cimientos de miles de familias.
2. El voto bolsillo derrotó al voto clasista. Pudo más el castigo a la inflación no resuelta, al desempleo en aumento, a los salarios a la baja, a las tarifas dolarizadas y a la desigualdad que incuba pobres e indigentes, que los avances arraigados en supuestos valores morales y políticos, republicanos.
3. La consigna, que tanto molesta a algunos, le ganó al marketing y al egoísmo de otros. La promesa de cambiar, corrigiendo errores del pasado, fue más atractiva que la continuidad de un modelo agotado que excluye y hambrea en nombre de supuestos otros activos de difícil verificación en la Argentina de estos años.
4. El recuerdo de algunos años mejores pesó más que los incumplimientos electorales justificados en la pesada herencia y la falta de tiempo.
5. La unión del peronismo, la lectura de la hora política, la conformación por necesidad de un gobierno frentista (aunque sea entre facciones del peronismo), el renunciamiento de Cristina Fernández, la emergencia de una figura con peso propio, más progresista que los que engendró históricamente el PJ y el compromiso de cerrar la grieta que divide y debilita los tejidos sociales más básicos, fueron más atractivos para el 47% del electorado que la división a la que apeló Macri entre un nosotros y ellos.
6. Juntarse dio más resultado que el achique en el que cayó el gobierno de Cambiemos después de haber ganado en 2015, y tras haber creído en un portento solitario y en una sordera sostenida. Macri cayó en su propia trampa, o en la que le tendió su todopoderoso ministro Marcos Peña, que dijo siempre, para el que quería escucharlo, que “la demanda ordena la oferta”. La demanda ordenó la oferta. Con el resultado puesto, esto quiere decir que la gente estaba demandando una fórmula como la de los Fernández.

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La esperanza de la gente de volver a un reparto más equilibrado de la alicaída riqueza nacional se impuso a una política económica restrictiva, aún sabiendo que en aquel modelo emerge como consecuencia la inviabilidad financiera, aunque preferible, tal vez, a la inviabilidad política, social e incluso moral de gobernar siempre para los que más pueden y tienen.
No obstante, la transición será difícil. El país que viene lo será. Porque los Fernández no deben equivocarse. El triunfo de hoy da derechos, pero en el mismo tamaño de las obligaciones. Ya no hay margen para volver al pasado y mucho menos para tomar como herramienta válida las que usó el peor kirchnerismo.
Ya no hay margen para la corrupción, para el prepoteo, para las persecuciones al que piensa distinto. No hay margen para la discriminación política, para el manejo por la billetera (que para ser justos, no es exclusivo del kirchnerismo). Ni siquiera hay margen para sobrar situaciones, porque está visto que el problema del dólar no pudo solucionarse, ni el de la inflación era cuestión de días. La economía está en terapia, pero no es del único enfermo en el país que viene.
Quedó demostrado, con estos resultados, que la política tiene una centralidad que algunos prefirieron no ver. Semejante desprecio aisló a Macri y los suyos. Sobre el final de su gobierno, lo obligó a hacer a las apuradas lo que siempre condenó: desde el cepo al dólar hasta la eliminación del IVA de los alimentos. Pasando por lo dicho: la salida del territorio virtual al territorio real, el de las grandes movilizaciones que, aunque tarde, terminaron fortaleciéndolo.
Las redes sociales, el control de daños alquilado a los medios de comunicación y el relato empalagado de un optimismo hueco, está visto, tuvo su baño de realidad. Nada de eso es posible si en algún lugar no hay política que lo sustente.
Por lo demás, el resultado de ayer parece haber condenado a las consultoras, que fallaron otra vez en masa, como en las elecciones de agosto. Es verdad que antes como ahora acertaron en la ubicación de los candidatos, pero fallaron en ristra en cuanto a las diferencias.
Tal situación no fue menor. Primero porque falló un servicio que se vende con un margen de error que claramente fue mucho más alto, pero sobre todo porque los números alinean percepciones. El desaguisado entre lo previsto y lo sucedido en agosto impactó de lleno en la economía y motivado o no, el movimiento del dólar no hizo más que empobrecer todavía más a las ya pobres arcas del país y al bolsillo de los argentinos.
Semejante error, el de agosto, intentó además hacer creer otras dos cosas:

1. Que cambió la matriz del voto argentino (que la gente podría votar por alguien que estancó y desbarrancó la economía)
2. Y que un gobierno, cualquiera sea (pero sobre todo el de Macri, exhibido con cucarda no peronista) podía llegar a una instancia de reelección después de haber practicado un ajuste impiadoso.
La realidad, al final, se impuso. Y la realidad de agosto no fue buena. Por eso mismo aquí hay un punto de partida para encarar el futuro: el del nuevo gobierno, pero sobre todo el del país.

Con la democracia se elige

Incluido el “urnazo” que marcó el retorno de la democracia en 1983, la de hoy será la novena elección presidencial consecutiva de la República Argentina. Es verdad que hubo turbulencias en el tránsito que nos trajo hasta este presente (entre las presidencias de Fernando De la Rúa y Néstor Kirchner), pero no es menos cierto que las soluciones a las varias inestabilidades que azuzaron la conquista del doctor Raúl Ricardo Alfonsín, se buscaron y se encontraron en el plano de la institucionalidad política, lo que hace posible una conclusión en la que coincide el arco ciudadano mayoritario cuando razona desapasionadamente: la democracia es un valor fortalecido en la Argentina de los últimos 40 años.
Las diferencias políticas-ideológicas-clasistas se zanjan hoy, voto de por medio, en las escuelas. Lejanas e inconcebibles parecen, por eso mismo, a la luz del tiempo transcurrido y los remedios utilizados, los días en que las cosas se arreglaban a balazos o en los cuarteles, como paradas inexorables de un camino al cementerio asfaltado con valiosas vidas de militantes y dirigentes. Y de inocentes también.
La democracia está en vigor frondoso, valorada en positivo por la inmensa mayoría del pueblo argentino, aun con sus falencias. Y cuando esta mañana se abran los centros de votación, a las 8, se confirmará esa lozanía. Pero también se confirmará una demanda que acumula largos años: la de una necesaria-urgente revisión integral del sistema electoral nacional, desde la forma hasta al fondo.
Dicho en términos menos líricos, la vigencia y vigor de la democracia encuentra respaldo en el presente llamado a las urnas. En el devenir normal de los comicios pese a que, desde su puesta en marcha, las condiciones generales de vida de la mayoría de los habitantes del país cayeron en urgencias y penurias, con carencias de todo tipo, acicateadas por la marcha enclenque de la economía.
Pero incluso la gestión de las angustias, en un país como la Argentina, que también fue el país del 2001, encontró un canal alejado de los prepoteos. El país se queja, pero al mismo tiempo evita la violencia.
¿Hay reclamos para hacer? Sí, muchos, empezando por la responsabilidad que debe revestir el accionar de la dirigencia política y del resto de los actores de la democracia.
Argentina carece de muchas cosas, entre ellas de acuerdos básicos para respetar las decisiones que se toman sumando las voluntades individuales o de grupo.
Es por eso necesario hacer un alto y repasar actitudes, pues resulta preocupante la postura radicalizada de algunos que desprecian la voluntad popular cuando ésta los contradice o les exige rectificaciones. Preocupa que quienes deberían ser los garantes de un estado de cosas institucional (en el oficialismo y la oposición, pero también en las iglesias y en las universidades, y aun en los sectores periféricos), exacerben los ánimos al punto de poner en entredicho el modo en que se distribuye el poder en Argentina.
Es por esto que resulta siempre peligroso (esta columna no es original en este punto) que cualquiera pueda decir que la elección de hoy decide si la Argentina continúa en democracia, si enarbola o arría los valores republicanos, si garantiza o restringe las libertades.
Al menos es un exceso atreverse a semejante declaración. Y aunque tal vez ese grito en boca de algunos sólo descubra su verdadera carnadura conceptual, también pone en situación de actualidad lo que supuestamente muchos dicen condenar: la grieta final que coloca a los unos conmigo, y a los otros, a ellos, en contra mío.
Muchos argentinos fueron a las elecciones Primarias del 11 de agosto y allí se expresaron con claridad en una dirección. Esa dirección podría ratificarse hoy, o rectificarse. Ese es justamente el juego de la democracia. No entenderlo de ese modo y, en cambio, actuar embriagados por el mandato enajenado de los caprichos, resulta cuanto menos dañino. Obstaculiza el futuro.
Hay consenso acerca de la dificultad que deberá enfrentar, gane quien gane, para enderezar la situación económica y todos sus derivados negativos. Por eso será importante encauzar la transición y generar una agenda conjunta de cara a la gente, que contenga sus demandas más urgentes, pero también las importantes.
Gane quien gane deberá entender que no es lo mismo la prepotencia que la discusión, la ley que el decreto, la transparencia que la corrupción. Que ya no hay margen para los bolsones de López ni para las discriminaciones antojadizas. Como tampoco hay margen para los tarifazos, la inflación, el desempleo, la miserabilidad de los salarios, la pobreza resultante y la indigencia que le sigue como una estela, yuxtapuestos en un triste cuadro de desigualdad, que al crecer, constituye el verdadero deterioro de la sociedad, germen de las puebladas que están brotando en varios países de la América que nos contiene.
Más de 33,8 millones de argentinos están habilitados para ejercer hoy su derecho a elegir a sus autoridades: presidente, vice y legisladores nacionales que reconfigurarán, desde diciembre, el nuevo mapa político de la Argentina. Son, en exacto, 33.841.837 opiniones personales que desde esta noche se conformarán como una voluntad colectiva. 
Eso es la democracia.
Su soberanía excede el deseo de cada uno.

Soplan vientos de cambio

Ganaron Alberto y Cristina Fernández. Perdió Mauricio Macri. Pesó, con preponderancia, más allá de otros valores no cuantitativos, el rumbo económico desesperante para la mayoría de los argentinos. La crisis que no pueden superar las clases bajas y medias, en el país y en la provincia, donde se sienten aún más las carencias por encima del esfuerzo provincial para paliar sus efectos.
Primó la marcha de la economía, el voto bolsillo. Pero está lejos de ser un cheque en blanco. La ciudadanía, en el amplio territorio nacional, emitió su voto para anticipar tal vez lo que hará en octubre: frenar esta marcha que excluye y divide, porque la promesa de suturar la grieta y combatir la pobreza no dejó nunca de ser una aspiración que la realidad se encargó de desmentir, de manera sistemática.
Ganó Alberto el simulacro de elección en el que terminó convertida la elección primaria, pero dejó una serie de datos que pueden evaluarse puertas adentro de la provincia, que es lo que haremos en esta nota:

Corrientes, aún con la formidable performance electoral de Gustavo Valdés en el mes de junio, hace apenas dos meses, no pudo revertir la tendencia “histórica” del voto peronista nacional de Corrientes. El posible cambio de escenario traerá consigo, más allá de las pertenencias partidarias, los necesarios recálculos políticos, internos y externos, como derivado directo del resultado de ayer.
Llegará el tiempo de revisar las estrategias, que siempre fueron ganadoras en las veredas del oficialismo gobernante en Corrientes, pero que ayer no lograron torcer el rumbo general. De revisar los discursos, sobre todo los más violentos, surgidos, algunos, de la impotencia que genera una derrota. De la impunidad, otros.
Es momento, por tanto, de poner por encima los valores democráticos. Y democracia es respetar al otro, aunque el otro encarne mi disgusto electoral en determinada coyuntura.
Macri ya dio vuelta una Primaria adversa en 2015. Falta mucho. Y todo puede pasar. Pero ese todo no incluye cualquier cosa a cualquier precio. El desatino de los ganadores o perdedores, de acá a octubre o a diciembre, puede ser muy perjudicial si no tiene en cuenta que el resultado de tal o cual decisión impactará en las personas, en la gente, en la ciudadanía. E impactará más en los que menos tienen.
Ganó Alberto y perdió Macri. Pero nadie ganó ni perdió aún. Los que sí perdieron, en efecto, fueron los encuestadores, de nuevo. Quedó en evidencia su coartada de hacer competitivo a alguien que no lo fue. Acertaron sí en un punto: en el segmento de la polarización absoluta. Alberto y Mauricio se repartieron el 80 por ciento de los electores. El 80 por ciento. Nada menos.

¿Qué pasó en Corrientes?
Lo que pasó en Corrientes es una suposición. Al cierre de esta edición, escrutado más del 89 por ciento de las mesas del país, Corrientes permanecía fuera de sistema. Llamativo, además de lamentable y vergonzoso.
Dicho esto, en Corrientes pasó lo de siempre: que todas las elecciones son distintas.
Arriesguémonos pues, a falta de datos:

El ejemplo de la singularidad de cada elección es lo que pasó con el PJ. Fue vapuleado en las provinciales de junio por sus errores en ristra y ahora recuperó espacio electoral, garantizando en el mismo acto la candidatura de José Aragón, caballo de comisario que cobró su lealtad hacia Cristina Kirchner. Lealtad que, hay que decir, se manifestó sin tapujos cuando muchos, hoy aliados, eran acérrimos opositores, arrepentidos del kirchnerismo en su versión corrupta. Ganó por la diferencia de recursos. Por el escaso volumen de algunos o el abultado prontuario de otros candidatos de la interna. Pero ganó por Alberto Fernández. Por Cristina Fernández. Por la boleta larga. Eso debe quedar debidamente documentado.
No obstante, la oportunidad que se le presenta ahora al PJ tiene que ver con la posibilidad de constituirse en contrapeso para la hegemonía que administra -por aciertos propios y yerros ajenos- el gobierno de Corrientes. La esperanza de poder ordenarse y generar un espacio con expectativas, sólo es posible si ganan los Fernández en octubre, primero, y si es que encuentran un sendero de unidad después. Los Fernández hicieron la huella. Está en los dirigentes correntinos demostrar que están a la altura de algo más grande que sus intereses personales o de grupo.
Las divisiones permanentes, aun siendo el partido más votado de los últimos tiempos, aleja sistemáticamente al PJ del poder real en la provincia, más allá del aporte que se hace, siempre y por factores más bien externos, a los procesos nacionales.
Tal vez ahora, con este envión, puedan juntar los pedazos de las disputas fraticidas y encarar un proceso proactivo de reconstrucción, que entre otras cosas destierre las malas prácticas históricas. La amenaza más grande que el peronismo debe despejar tiene que ver con no reincidir en errores del pasado. No hacer lo mismo que en el tercer kirchnerismo. No discriminar más a los que piensan distinto, sean estos personas o provincias.

***

En el oficialismo hubo ganadores y perdedores. Los números (extraoficiales) dicen que su interna la ganó Jorge Vara. Los balances políticos dicen que ganó Ingrid Jetter. Se discute, ante la ausencia de datos oficiales (justo de la provincia mimada del macrismo) si perdió o no el radicalismo, algo que no acostumbra. Parece que perdió en la provincia. Lo de la Capital estaba por verse, pero parece que también. Lo que estaba claro anoche, para algunos, era que perdió Ricardo Colombi, al que lo castigaron por segregar cuando debía unir. Dicen…
Su propia interna la ganó Jorge Vara porque fue/es un buen candidato. Aquilata una muy buena gestión en el Ministerio de la Producción. Pudo sobreponerse a muchas adversidades, incluso más difíciles que las de ayer. Contra todos los pronósticos, en sus inicios consiguió ganarse la confianza del sector productivo, aun de aquellos que descreían de su capacidad general y sospechaban que sólo su sector (el del arroz) iba a ser beneficiado por su administración.
Vara terminó siendo, tal vez, el mejor ministro del colombismo. El mejor ministro de un mal gobierno, que pagó sueldos pero empeoró en casi todos los demás índices. Ayer fue víctima de un error de cálculo. Ganó, pero el sabor era agrio en su boca.
Ingrid Jetter, en paralelo, pudo meterse en la discusión por fuerza y capacidad de trabajo propias, pese a los destratos que tuvo que soportar. Quizás también porque, de todos los candidatos, es la que menos esfuerzo debe hacer para identificarse con la política del presidente Macri, y eso es un activo para mucha gente, sobre todo para el votante no peronista correntino.
Asimismo tiene a su favor, más allá de los altibajos históricos, estructurales, una fuerte identificación de su imagen con la autovía urbana de Corrientes, obra largamente anhelada y que, en ejecución a ritmo sostenido, se convirtió casi casi en un símbolo que será más que eso de cara a octubre. Eso esperamos todos. Ahora más que nunca. Pues si las máquinas que trabajan en la autovía ralentizan sus movimientos, indicará algo más que falta de combustible.
Ingrid Jetter habría hecho una elección contundente, dicen los que saben y pudieron ver los números, porque recibió apoyos varios, de los propios pero también de muchos socios más distantes que empiezan a sentir la fatiga de tener que soportar a los que no asumen que sus roles, por estas horas, tienen que ver con el reposo en la sombra.
Pese al escenario con evidentes vientos de cambio, todavía queda margen de maniobra en uno y otro sector. Porque lo de ayer, como se dijo largamente, no fue definitivo, aunque encienda muchas luces de alerta. Lo de ayer hizo sonreír a unos y dibujó gestos adustos en otros, pero como se trata de política, no achicó en ninguno las posibilidades de generar puentes. Y puentes harán falta si los resultados de las Primarias se confirman en octubre.
Lo de ayer fue un reparo que tomó la mayoría de la ciudadanía al emitir su voto. Un reparo en busca de equilibrio. La necesidad de repartir el poder.
En Corrientes gobierna Valdés, y lo hace bien según se expresó la ciudadanía en junio. Ahora estimó necesario hacer saber que en octubre, tal vez, votará una especie de contralor nacional.
Quedará para el análisis por qué cayó la performance oficialista. Por qué dividió su voto. Quedará también para los próximos días el sopeso de la interna que crece conforme se acerca 2021. Y más allá de la corrección política, lo que no es secreto para nadie es que será la interna radical la que dirimirá gran parte del futuro de Corrientes. Un poco en octubre. Otro tanto en dos años.

Ni pasado ni futuro: puro presente

Las Paso no nos comprarán un pasaje al futuro ni nos mandarán, castigados, de vuelta al pasado. En ambos casos porque es imposible en términos materiales, y porque desde la vereda de la política, estas elecciones (Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) carecen de poder para hacerlo. Y como están planteadas, además, hasta carecen de sentido.
En las elecciones de hoy (salvo algún que otro armado legislativo) ninguno de los que asista a votar podrá elegir casi nada, y mucho menos sortear la ambivalencia discursiva de los fracasos que se dirimirán recién en octubre: aquello del futuro (inasible, inexistente, y que vendría a representar Mauricio Macri como constante promesa) y el pasado (que puede ser un mal recuerdo, pero también experiencia, y que se le enrostra como pesadilla corrupta a Alberto y Cristina Fernández).
En las Primarias de hoy competirán diez fórmulas presidenciales, pero contra sí mismas. O contra el piso mínimo de sufragios que deben conseguir, según manda la ley, para pasar a la segunda instancia (1,5% del padrón electoral), que en Argentina es el derecho de competir en las elecciones generales del 27 de octubre.
Las elecciones de hoy, por tanto, sirven de poco. Entre otras cosas porque el instrumento no se usa para lo que fue creado. Y porque más allá de las quejas por los costos y otras minucias, a algunos tal vez les convenga que las Paso sigan así: sin definir nada.

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Las Primarias se instrumentaron para consagrar y legitimar candidaturas internas. Para resolver por medio del voto las diferencias que no pudieran zanjarse a través de los acuerdos. Para equilibrar oportunidades, porque no es lo mismo la lista Z que la lista A, así sea en el partido de gobierno como entre los caballos de un comisario de pueblo. (Para entender esto no hace falta poner los nombres propios de las listas oficialistas, tanto del Gobierno como de la oposición. Pasa lo mismo en Corrientes como en todo el kilometraje nacional. Las pillerías corporativas están tan vigentes como cuando se pensaron. Y ya hace años de eso).
Las elecciones de hoy, en todo caso, servirán a medias en algunos frentes legislativos. Para explicarlo podríamos tomar el caso de Corrientes:
Las Primarias abiertas sirven para el proceso que están siguiendo en el frente ECO+Juntos por el Cambio: ver cómo se arma la lista final de candidatos a diputados nacionales entre las nóminas que encabezan Jorge Vara (UCR), Ingrid Jetter (PRO) y Emilio Rey (UCR). 
Sirven para eso que están haciendo en el frente Consenso Federal de Roberto Lavagna: para ver cómo se arma la lista entre los hombres y mujeres que siguen a Gabriel Romero o a Juan Almada.
Los comicios de hoy servirán, en paralelo -por esa manía que tiene el peronismo correntino de ir siempre un paso atrás en las estrategias políticas-electorales en relación al radicalismo-, para garantizar la candidatura de José Aragón, que fue de todas las postulaciones perón-kirchneristas inscriptas y bajadas, la única habilitada a llevar adherido el troquel presidencial de Alberto y Cristina Fernández. De interna libre y ecuánime, poco y nada. De equilibrio, poco. De novedoso, nada. (Sigue allí lo que queda del partido de Perón gastando tiempo en traiciones y mezquindades que lo alejan, un poco más cada vez, de la “proeza” de Julio Romero. Ya pasaron 46 años de aquello, y todo indica que esa cuenta seguirá en aumento).

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Pese a todo, esto no quiere decir que el de hoy sea un día perdido. Las Paso servirán para saber qué está pensando la ciudadanía en relación al rumbo del Gobierno, de la economía, pero también de otros asuntos que tallan y mucho, según dicen las encuestas.
Que Mauricio Macri mantenga expectativas de reelección después de todas las chapucerías económicas reconocidas y no reconocidas de su gestión, con consecuencias insondables, habla a las claras de que la variable económica, o solo ésta, ya no alcanza para medir el estado de ánimo de un país como la Argentina. “Ya no es sólo la economía, estúpido”.
Que los Fernández tengan chances de volver al poder después del desquicio del final del tercer kirchnerismo, reafirma el ligamen del humor social vinculado a la economía, pero también a la importancia de la presencia estatal como ordenador social.
(Lo que parece contradictorio, en realidad se complementa).
Que ninguno de los dos frentes mayoritarios se asegure nada aún, habla de los matices. De que Argentina aprende y avanza. Habla de que importan también las formas, la institucionalidad, los nuevos derechos. Importa cómo se acomoda cada candidato ante los temas de la agenda actual que no tienen que ver con la plata: el aborto, la paridad de género, el ambiente, el maltrato animal. Los llamados derechos de tercera y cuarta generación.
Allí, entonces, confluye, como en un combo, la complejidad del sistema social-electoral argentino. No se trata sólo de lo que pueda decir o hacer tal o cual dirigente; del comportamiento hegemónico de determinado medio de comunicación. El voto de hoy, cada uno de los casi 34 millones de sufragios que se contarían esta tarde (esperemos que sin sorpresas y, en la medida de lo posible, sin demoras) se compondrá por partes disímiles de asuntos políticos, económicos y mediáticos. Pero también se ganará en el territorio: acarreando gente como se hizo desde siempre, con la bolsita o la dádiva en efectivo; la promesa de un cargo, de un ascenso. Se ganará en las redes sociales, sean estas reales o virtuales, pero sobre todo en éstas. Se ganará dando respuesta o prometiendo respuestas a los nuevos reclamos. Se ganará militando, boleteando, presionando…
El resultado de los operativos que desplegarán los comandos electorales devendrá en guarismo que se analizará desde mañana hasta el 27 de octubre. Por eso lo de hoy es casi nada. Puro presente. Y no definirá ni la vuelta al pasado ni alcanzará el futuro, que no sabemos cuál es. No sólo eso: por las proyecciones que se hacen, el futuro se vislumbra más bien desalentador. Y no tiene que ver con quién gane o deje de ganar. Ni lo que pasó explica toda la realidad difícil que nos toca. Más bien tiene que ver con asumir de una vez y para siempre que no hay fórmulas mágicas para nada y que las transformaciones sociales llevan tiempo, mucho, por lo que es una irresponsabilidad andar regalando segundos semestres o riquezas que no tendremos si antes no las producimos.
En todo caso, las elecciones de hoy servirán para medir la veracidad de las encuestas.
Las Paso dirán si es verdad que la grieta sigue más lozana y extendida que nunca, alimentada por todos, incluso por los que dicen combatirla. Si es verdad que Macri y Fernández polarizan a más del 80 por ciento del electorado. Si es verdad o mentira la tercera opción de Roberto Lavagna o el poder de daño de José Luis Espert.
Medirá el tamaño de las pérdidas del resto de las fórmulas: las dos de la izquierda y las otras cuatro que se codean para que no quede nada más allá de su posición de extrema y de derecha.
Servirá para limpiar el camino, aún más, de cara a octubre. Pero no se juega ni la vuelta al pasado ni un boleto al futuro, en ambos casos porque, como quedó dicho, es imposible. Y porque del pasado se puede aprender, como al futuro se puede no ir. Porque unos y otros, así como tienen fortalezas, también apilan fracasos. Y el más importante seguirá siendo, más allá de los eslóganes, derrotar a la pobreza que hambrea a un tercio de los argentinos y a uno de cada dos correntinos. Ante esa realidad no cabe la especulación.
Ya no basta con denunciar autoritarismos, porque los hubo y los hay en todos lados. Está de moda hablar del despotismo kirchnerista, pero fue el propio radicalismo el que blanqueó el absolutismo macrista dentro de Cambiemos. María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta confían (y lo dijeron en el diario La Nación de ayer) en que Macri pueda escuchar un poco más y a más gente después de las elecciones (si es que hay después), no sólo a su gurú ecuatoriano Jaime Durán Barba. Veremos.
Ante estas dos variantes de la frustración nacional tampoco cabe seguir apelando a las campañas de miedo que llegan al punto peligroso de la circularidad que deja a unos azuzando el fantasma del fraude, y a otros, en la vereda del despotismo mesiánico. Que no nos guste el resultado no nos da derecho a decir que la democracia está amenazada de muerte. Y si tiene problemas -en tanto artefacto humano imperfecto-, habrá que arreglarla entre todos. Desde Raúl Alfonsín para acá, la democracia costó demasiado como para que alguien pretenda arrogarse su representación. Nadie puede. Ni a título personal ni partidario. Es de todos.

Cristina conmoción

La decisión de alta política con la que Cristina Fernández de Kirchner sacudió ayer la modorra nacional constituyó una conmoción. Hasta los propios se sorprendieron. Los extraños se desconcertaron y los anti se dividieron en dos grupos. Los unos escupen fuego como dragón enojado y los otros aún no reaccionan, aplastados por el impacto de la noticia.

—¿Qué noticia?
Esa que motoriza la decisión de Cristina Fernández de correrse a un costado, de anunciar que será candidata a vice de Alberto Fernández y que competirá en las elecciones Primarias.
Tanto impacto causó la jugada (el tiempo dirá si fue táctica o estratégica), que el movimiento parece darle la razón a Alejandro Grimson, autor del libro “¿Qué es el peronismo?”.

—¿‏Por qué le da la razón?
Porque Grimson, un antropólogo social e investigador del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), viene diciendo hace tiempo que “el peronismo no deja de conmover la política argentina”.

—¿Y qué tiene que ver con la decisión de Cristina Fernández de Kirchner?
Eso justamente: que conmovió el tablero político nacional, les guste o no les guste a algunos o a muchos.

“De pronto surgió una perspectiva”, escribió ayer la filósofa Esther Díaz. “Una lección de gubernamentalidad. Un ejercicio de la política, no un mandato del márquetin. Sentido de la oportunidad, astucia razonada, conexión con los problemas reales, renunciamientos necesarios. Somos testigos de un gesto político notable, de un acontecimiento”, sentenció.
Tal “acontecimiento”, tiene reminiscencias históricas: Fernández-Fernández suena similar a Perón-Perón; Alberto al gobierno, Cristina al poder es igual a lo dicho y hecho por Perón y Cámpora. Hay otras referencias menos románticas, más dramáticas y un poco más alejadas de la realidad de este supuesto “renunciamiento” de Cristina, que acerca el recuerdo de Evita.
Pero más allá de la comparación en clave histórica, aprobatoria o condenatoria (pues hay para todo) este “acontecimiento” ya desdibujó varias otras candidaturas que ensuciaban el camino al acuerdo de un armado opositor competitivo. Además, dejó en falsa escuadra la estrategia del “populismo-venezualismo” de Cambiemos. Comprometió aún más al radicalismo que, dividido como está, no sabe si creer o no el golpe de efecto, si llamar o no a los peronistas para armar un frente alternativo, o si seguir o no en Cambiemos. (El gobernador mendocino Alfredo Cornejo dijo ayer, en Clarín, que tras la jugada de CFK, su propuesta para sumar peronistas a Cambiemos “está más vigente que nunca”).
El “acontecimiento”, en tanto tal, también, puso en modo de recálculo a los operadores internacionales y los organismos de crédito.
Sucede que Alberto Fernández puede encolumnar gobernadores, puede contener a otros referentes del peronismo de centro, federal, racional o como se llame; puede sumar a las clases populares, a los trabajadores y a sus líderes a los que ya envió señales de afecto y puede dialogar con aquellos que no lo harían con Cristina (ni ella con aquellos). Es que el hombre representa, desde las veredas del “márquetin”, como diría Esther Díaz, una figura más educada, o al menos más moderada que CFK. Alberto Fernández vendría a ser una figura de esas que le gustan al establishment comunicacional-institucional de la Nación, pues entre otras cosas encarna un antídoto para los fantasmas de la cesación de pagos y el aislamiento internacional. Es un constructor, dicen. Un componedor.
Ayer, igual, el desconcierto del establishment comunicacional-institucional de la Nación fue tal, que abordaron el acontecimiento con calificativos desdeñosos, ayudados con carpetas de servicios varios.
Extravagancia dijo uno; títere acotó otro. Alberto es un mentiroso, un doble agente, bramó una señora. Un verdadero panqueque sin personalidad, analizó alguien en Corrientes, para este cronista.
Ella es ella, más que nunca: pues nunca antes alguien renunció a los honores pero no a la lucha, se bajó un escalón y desde allí digitó quien estará en el de arriba. Genial, ironizó alguien más. Sustentan en esa movida la figura de la marioneta. (Además de actuar con los manuales de la infantilería política, quienes apuntan eso en realidad todavía resisten la inteligencia de una mujer como Cristina: la atacan y la niegan, creyendo que así se exorcizan de ella y del alcance de su expertise política).
“Es la admisión de que con ella sola no alcanza”, llegó a decir un radical correntino que pidió reserva tras la conversación con quien esto escribe. “El anuncio encierra el reconocimiento de que el cristinismo había achicado al kirchnerismo”, analizó un colega en la metrópoli. “Esta decisión implica nestorizarse para tratar de ampliar su base en busca de la recuperación del poder”. Etc., etc..

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Sergio Massa fue el primero en ver la luz al final del camino:
“Tenemos la responsabilidad de construir una gran coalición opositora y una nueva mayoría para los argentinos, para derrotar a un gobierno que destruyó a la clase media argentina”.
“Creemos que es importantísimo construir no solamente un nuevo gobierno y una nueva mayoría sino un nuevo peronismo”, afirmó minutos después de que la ex presidenta anunciara su decisión a través de un video de Twitter.

Massa trazó así el objetivo: ganarle a Macri.

En la misma línea se leen las capitulaciones de Agustín Rossi y Felipe Solá. Se esperan más. Daniel Scioli optó por la idea de una gran Paso. Los gobernadores peronistas, varios de ellos, se mostraron “contentos”.

Ahora queda el trabajo. Para todos.

Queda el armado de un vehículo electoral amplio y competitivo mientras se generan los planes y proyectos para lo que viene: una Argentina con enormes carencias y dificultades. Una Argentina en la que será necesario fortalecer los mecanismos de gobernabilidad. Y esta será una necesidad para los Fernández eventualmente, como para los Macri o los Massa, los Lavagna o los Schiaretti. Para el que gane.
Queda además, mientras tanto, llegar a las Paso, después a octubre y tratar de que el país resista entero para encarar el proceso que comenzará el 10 de diciembre.

Queda por delante frenar el deterioro diario de la Argentina, de su gente.

Es allí donde radica la importancia de las señales que envíe el Gobierno a partir de este nuevo escenario. O de las que envíe Mauricio Macri. O el radicalismo en su calidad de socio-sostén territorial del fracaso de Cambiemos. Es que “Macri sólo le ganaba a Cristina, y capaz ahora no le gana a Alberto”, dijo ayer el histórico dirigente Julio Bárbaro. Antes era peronista; ahora es un inclasificable por la cantidad de boletos que se le ven en los bolsillos.
Además dijo otra cosa. Habló de conmoción: de una conmoción que sacudió a gobernadores, intendentes y dirigentes de todo arco político nacional. Y eso tal vez genere todavía más bronca entre los que minimizan la jugada y la descalifican, porque los globos y el ritual de fiesta de quince con música de Gilda nunca moverá las estructuras políticas de la Nación como movió un video con voz en off de CFK, transmitido por Twitter.
Por eso los berrinches en los referentes más desbocados e irresponsables del macrismo que, ante la falta de argumentos, azuzan el miedo, insultan. Fracasan también allí, en la reacción ante una jugada política que pone fichas nuevas en el juego cuyo resultado se conocerá recién el mes de octubre.

—¿Qué hay además, mientras tanto?
La pequeñez de aquellos que recuerdan los días en los que Fernández y Fernández tenían visiones distintas de la política, del gobierno, del país. Opinar distinto lo hizo distinto a Fernández. Y ahora la hace distinta a Fernández.
No obstante ello, al traer esos recuerdos, los odiadores de clase, los fanáticos y los interesados beneficiarios del statu qúo actual no ven que el “peronismo jamás será atrapado en una frase”. Desconocen que para explicarlo es necesario “escapar del análisis unidimensional y desplazarce a un abordaje multidimensional”, como dice Grimson. No alcanza con el enojo.

¿Por qué?
Porque “el peronismo nació y se configuró como un espejo invertido del antiperonismo”, y ambos corren a la par desde hace más siete décadas.
Y el antiperonismo, y su primo hermano el macrismo, son hoy los jefe de campaña de un espacio en formación que puede, si sabe, liquidar el pleito en una pasada.

Fernández-Fernández: la fórmula que rompe el escenario político nacional

La decisión de alta política con la que Cristina Fernández de Kirchner sacudió este sábado la modorra nacional (eso de correrse a un costado, de anunciar que será candidata a vice de Alberto Fernández y que competirá en las elecciones Primarias) parece darle la razón a Alejandro Grimson, autor de “¿Qué es el peronismo?”.
¿‏Por qué? Porque Grimson, un antropólogo e investigador de Clacso, dijo siempre, o viene diciendo en el último tiempo, que “el peronismo no deja de conmover la política argentina”.
¿Y qué es lo que pasó con la decisión de Cristina Fernández de Kirchner?
Eso justamente: conmovió el tablero político nacional; ya desdibujó varias otras candidaturas que ensuciaban el camino al acuerdo de un armado opositor; dejó en falsa escuadra la estrategia del “populismo-venezualismo” de Cambiemos; y puso en modo de recálculo a los operadores internacionales y los organismos de crédito.
Alberto Fernández puede encolumnar gobernadores, puede contener a otros referentes del peronismo de centro, federal, o como se llame; es además una figura educada de las que le gustan al establishment comunicacional-institucional de la Nación y encarna un antídoto para los fantasmas de la cesación de pagos y el aislamiento internacional.
Sergio Massa fue el primero en ver la luz al final del camino: “Me parece que hay una comprensión de que el escenario de la grieta es un escenario que lastima a la Argentina, y que la Argentina debe salir de la grieta. Creo que el enorme desafío que tenemos es construir una nueva mayoría y ganarle al gobierno”, afirmó hace instantes en radio Mitre, luego de que la ex presidenta anunciara su decisión a través de un video de Twitter.
Massa trazó así el objetivo: ganarle a Macri.
Ahora queda el trabajo. Queda el armado de un vehículo electoral competitivo mientras se generan los planes y proyectos para lo que viene: una Argentina con enormes carencias y dificultades. Queda además llegar a las Paso, después a octubre y tratar de que el país esté entero para encarar el proceso que comenzará el 10 de diciembre.
En la misma línea se leen las capitulaciones de Agustín Rossi y Felipe Solá. Se esperan más.
Por lo demás, ya se está viendo los pataleos de ahogado en los referentes más debocados e irresponsables del macrismo que, ante la falta de argumentos, azuzan el miedo. Fracasan también allí, en la reacción ante una jugada estratégica que pone fichas nuevas en el juego cuyo resultado se conocerá recién el mes de octubre.
¿Qué hay además, mientras tanto?
El chiquitaje de aquellos que recuerdan los días en los que Fernández y Fernández tenían visiones distintas de la política. Desconocen los odiadores de clase, que el “peronismo jamás será atrapado en una frase”, y que para explicarlo es necesario “escapar del análisis unidimensional para desplazarnos a un abordaje multidimensional”, como dice Grimson.
¿Por qué?
Porque “el peronismo nació y se configuró como un espejo invertido del antiperonismo”. Ambos corren a la par desde hace siete décadas.

(Análisis en desarrollo)