El peligro de las autocracias

“Este oficio surgió para fortalecer un sistema que creció a la par suya: la democracia. Pero hoy nuestras democracias no garantizan el acceso a derechos a la mayoría, y nos toca revelarlo”.
Cristian Alarcón
“Periodismo, instrucciones de uso”

Salidos a duras penas y con heridas del laberinto filoso que nos puso por delante el 2020 -que será recordado como el año de la peste-, ingresamos a un 2021 que promete una vorágine tan intensa y desafiante como su antecesor, lo que vuelve a poner sobre la mesa el asunto del futuro para la humanidad y sus instituciones; para nosotros mismos.
La pandemia de coronavirus no da tregua. Se burla e insufla olas aun por encima de los esfuerzos de la ciencia, que en tiempo récord aportó con éxito varias presentaciones de vacuna. Pero mientras el mundo unifica acciones en ese sentido, la política menos democrática gana la escena y monta un peligroso espectáculo desde los Estados Unidos, hasta ayer una de las mayores democracias del globo.

La crisis sin precedentes que observamos desde todos los rincones del planeta tuvo uno de sus puntos culminantes el miércoles, cuando un grupo de partidarios de Donald Trump irrumpió en el Capitolio para protestar contra los legisladores que certificaron la victoria de Joe Biden en las elecciones del 3 de noviembre pasado. Los manifestantes se enfrentaron con la policía, tomaron el estrado del recinto y ocuparon la rotonda dentro del edificio del Capitolio. Hubo muertos, heridos y detenidos.

El asalto ocurrió después de que Trump instara a sus partidarios a mantener el apoyo para rectificar los resultados de las elecciones presidenciales de 2020.

Desde entonces hasta hoy pasó de todo. Algunos de sus propios partidarios tildaron a Trump de “desequilibrado”. La política promete que el Congreso tomará “medidas” si el presidente “no deja el cargo de manera inminente y voluntaria”. La Cámara de Representantes, que ya enjuició políticamente a Trump en diciembre de 2019 por cargos de abuso de poder y obstrucción del Congreso, amaga de nuevo con llevarlo a juicio. Hace dos años el Senado votó para absolverlo de los cargos. Ahora dicen que irán a exonerarlo e inhabilitarlo de por vida. Precedente, que le dicen, para que nadie más se atreva a tanto.

Solo tres presidentes estadounidenses han sido sometidos a juicio político, incluido Trump. Pero ninguno fue dos veces al banquillo en una sola gestión, lo que en este caso sería una novedad absoluta.

Mientras tanto, Donald Trump ya confirmó que no asistirá a la ceremonia de asunción de Joe Biden. Si cumple su promesa, será el cuarto presidente norteamericano en faltar a la asunción de su sucesor. El cuarto. (En Argentina tenemos fresco el desaire de Cristina Fernández a Mauricio Macri. Fue el alimento semanal para las granjas de trolls todavía activas en el mundo de la virtualidad. Ellos hicieron la síntesis: CFK es igual a Trump).

Pero la cosa no terminó allí: legisladores demócratas pidieron garantías a los militares para que el saliente mandatario no quiera iniciar una guerra o algo todavía peor.

Desde el punto de vista simbólico, la cosa no es menos dramática. Durante los hechos de barbarie antidemocrática, los partidarios del presidente ondearon la bandera confederada (tela roja, cruz azul, bordes y estrellas blancas) utilizada originalmente por los estados sureños que se separaron de la Unión y lucharon contra la abolición de la esclavitud en la Guerra Civil norteamericana, entre 1861 y 1865. Fueron derrotados, pero desde entonces la enseña se usa, entre otras cosas, para reivindicar la opresión, la esclavitud y la supremacía blanca, que no es otra cosa que la autopercepción de superioridad de una pequeña elite que se considera dueña de todo y, más aún, heredera del alma americana.

Se trata a todas luces de un hecho de gravedad extrema, que si bien ocurre lejos, podría tener implicancias para el resto del mundo o atolondrar su funcionamiento.

En Argentina, la crisis política de los Estados Unidos se usó toda la semana como un espejo para ensalzar o defenestrar actitudes que, de uno y otro lado, demuestran más puntos en común que diferencias. He allí lo peligroso. Tanto o más como los discursos que se escuchan masificados e irresponsables.

De todos modos, y por encima de la posición que tenga cada uno al respecto de lo que ve y escucha y de las herramientas intelectuales con las que tamiza la realidad que se le presenta, la evidencia muestra que la vida se volvió más difícil en todas partes, acicateada por las ausencias que dejan las víctimas, por los vaivenes emocionales que se encadenan a las pérdidas y por el confinamiento estirado como producto de la pandemia; por la economía en rojo y por una angustia que se profundiza por lo incierto del porvenir.

Es el contexto en el que Argentina ingresa a este año de definiciones.

Ni hablemos de la cuestión local, de Corrientes y la elección de su próximo gobernador, en el marco de una disputa que amaga siempre con romperse desde adentro, como producto de una interna no resuelta en el seno del oficialismo, entre otras cosas, por el manejo del poder.

En todo caso, allá como acá, la lupa debe estar puesta sobre la democracia. Es la visión autocrática del manejo del poder lo que mueve las alocadas acciones de Trump. Nuestro país tiene también sobrados ejemplos. Y la provincia ni hablar.

Por eso importa la democracia y su calidad. Sus efectos sobre la ciudadanía, porque allá y acá, en todas partes, lo cierto cede ante los efectos. La verdad sucumbe ante lo impactante. Lo colectivo se rinde ante lo propio. Hay distancias largas y perniciosas entre lo que se dice y lo que se hace, y eso tensiona sobre los tejidos sociales, sobre los contratos que deben mediar entre los mandantes y los mandatarios.

La oportunidad que nos presenta esta crisis es que ante lo dinamitado de los caminos de siempre (lo cual incluye al periodismo, claro), podemos emprender la búsqueda de caminos alternativos para retomar la discusión política, para que hablemos de proyectos, de modelos, del futuro, y no solo de cargos o de contrataciones reñidas con la ley, o del tamaño de la cuenta bancaria con que saldrá el mandamás de turno por sus servicios prestados a él y a sus amigos.

Hablar más de política tal vez sea un camino. Es una propuesta.

Quien esto escribe desconoce los pormenores de la institucionalidad norteamericana, pero no los pormayores estructurales del régimen democrático. Y si bien está radicado lejos de los entretejidos de la política nacional (que de vez en vez parece más porteña que nacional), está, como todos, habilitado a la observación y a una decodificación. A ver y sopesar resultados. Y como cualquier correntino en ejercicio de su ciudadanía, tiene al alcance de sus sentidos la posibilidad de una observación y conclusión del proceso que se inició en la provincia hace exactamente 20 años.

Es ante ese devenir y sus logros -más bien escasos o ya exiguos a estas alturas- que cabe una petición: la elaboración de políticas públicas que puedan superar el pago de los salarios como única fortaleza real, objetiva y continua del Gobierno, y como única demanda ciudadana en una provincia en la que, por si fuera poco, el Gobierno parece regir absolutamente todo: desde el trabajo hasta el ocio; desde la salud hasta las recetas de cocina por televisión.

Tal vez, después de la peste, o como reacción a ella, sea el momento de abandonar los discursos románticos sobre la pobreza y hacer algo alguna vez para mitigarla, porque la pandemia la reprodujo incluso más rápido que las políticas erradas o indolentes del peor de los gobernantes.

Tal vez sea momento de dejar de lado los prejuicios sobre los que más tienen y en todo caso ayudar a que puedan invertir su dinero en vez de atesorarlo, fugarlo o ponerlo en situación cría en los corrales de la timba financiera que pagamos entre todos.

Trabajar sobre los aspectos centrales de la soberanía de los individuos y los derechos sociales, sin primacías pero con responsabilidad; propender a la expansión de derechos políticos y la redistribución de recursos económicos en áreas claves como salud o educación. La pandemia nos dejó desnudos también en estos dos asuntos. Nos mostró en el mismo acto su esencialidad y su profunda precariedad.
Ante todo o por todo, entonces, tal vez sea el momento de revisar las cosas a fondo. Revisar los sistemas electorales arcaicos y, ya que estamos, dejemos de hablar de los nuevos derechos para llevarlos a la práctica. La paridad, por ejemplo. O el voto joven, pues en Corrientes, como señaló hace poco una senadora nacional, una niña de 10 o 12 años puede ser obligada a parir un hijo, pero a los 16 no puede elegir un concejal. Tan incongruente es nuestro sistema que los chicos y chicas de 16 en adelante pueden votar por su presidente, pero no pueden elegir a su gobernador.

Tal vez sea el momento de salir de las cavernas y abandonar el miedo a los cavernarios. Dejar de mirar para atrás y asumir el compromiso de ir hacia adelante. Pero en serio. Estar a la altura de la historia tiene que poder ser negocio para todos.

Crujidos radicales

La provincia se juega mucho el año que viene, en el marco de una crisis que se presenta como problema para los que gobiernan y como posibilidad para los que no.

La oposición local tomó nota y empezó a trabajar. Esto quiere decir que los legisladores peronistas jugaron sus cartas para activar un mecanismo de presión e incorporar muchas de las múltiples necesidades de Corrientes en el presupuesto nacional, instrumento que tuvo su primera sanción el jueves en la Cámara de Diputados.

El Gobierno de la Nación hizo lo propio y habilitó una bolsa grande de plata para darle material proselitista a los propios, y material institucional al extraño. En este caso el extraño sería el gobernador Gustavo Valdés, con quien el presidente Alberto Fernández mantiene una relación de cercanía madura, aceitada sobre un concepto de federalismo. Mantener la equidistancia facilitaría las cosas si es que tienen que convivir más allá de 2021, lo cual implicaría la reelección de Valdés.

Esa posibilidad, que en principio debería ser un problema para la oposición (que hace tres elecciones queda en la puerta, pero sin poder entrar al palacio de Salta y 25 de Mayo), parece ser más un problema del radicalismo, que hace crujir su interna por asuntos no resueltos, más allá de los números, que siempre fueron un ordenador político en la era del colombismo.
Sucede que los números ahora acompañan a Valdés, y Ricardo Colombi parece no convencerse ante esa evidencia amarga, entonces apela a lo que sabe y que tiene aprendido de sus viejos libros gordos de chicanas y zancadillas.

Y si bien en público se desmienten las intencionalidades, o se las minimizan, vale hacer un racconto para dejar constancia, al menos, de un problema político que ya tiene algunos síntomas y que mal gestionado podría agravarse. Veamos los puntos más importantes de lo que hasta ahora es sólo una puesta en escena:

Acto 1

Esta semana se trató y se aprobó el presupuesto nacional en la Cámara de Diputados. Allí obtuvo su primera sanción con 139 votos a favor, 15 en contra y 90 abstenciones.

Los diputados correntinos se dividieron en dos bloques. Por un lado están los que aprobaron, es decir los tres peronistas (“Pitín” Aragón, Nancy Sand y Jorge Romero) y las dos del PRO (Ingrid Jetter y Sofía Brambilla); y por el otro están los que se abstuvieron, es decir los dos radicales (Estela Regidor y Jorge Vara).

Parece el mundo del revés, pero no lo es. Es el mundo de la política.

—¿Cómo se entiende?

—Así:

El Gobernador pidió a los legisladores correntinos de ECO-Juntos por el Cambio que “acompañen” el proyecto, entre otras cosas porque sus voces fueron escuchadas y el presupuesto prevé la afectación de unos 116.000 millones de pesos en obras. El asunto es que sólo las diputadas macristas lo hicieron.

Regidor y Vara, radicales ellos, se abstuvieron de votar en general, aunque votaron en particular los artículos que beneficiaban a Corrientes. En ese mismo acto desoyeron el pedido del Gobernador, alegando conducta partidaria, pues siguieron la bajada de línea del radicalismo nacional que les ordenó abstenerse.

Aquí hay que tener presente que una cosa es la estrategia nacional de la UCR, y otra la estrategia provincial de cara a las elecciones provinciales del año que viene, cosa que se diferencia todavía más de la estrategia del gobierno provincial, que tiene más responsabilidades, de cara a la gente, que la de pelear espacios o negocios.

En esa línea se manifestó el viernes el secretario general, Carlos Vignolo, quien hablando por radio dijo que Regidor y Vara “tomaron una decisión equivocada”.

Para agregar, solo decir que Vara fue siempre ministro de Ricardo Colombi, hasta que fue electo diputado ya en épocas de Valdés. Y Regidor fue siempre un comodín versátil que a veces cubre necesidades electorales, a veces necesidades administrativas y siempre responde a los requerimientos políticos del ex gobernador. Siempre. Es infalible. Por lo tanto, si siguió un mandato partidario, ese no partió de la ciudad de Buenos Aires sino de la calle Buenos Aires. El tiempo dirá por qué o para qué lo hizo de ese modo.

Acto 2

Si bien responde a una disposición nacional fundamentada en los impedimentos de la pandemia, la conducción de UCR Corrientes decidió prorrogar todos sus mandatos partidarios hasta por lo menos mediados del año que viene. Hay quien dice, no obstante, que ciertos sectores influyentes del partido intentarían alargar la prórroga hasta diciembre de 2021. He allí la clave.

En el resto de los distritos esa decisión tiene un peso determinado, pero en Corrientes, y pongamos por caso, en Santiago del Estero, que también elige gobernador en 2021, esta decisión es un tanto más trascendente porque los procesos electorales son más grandes y determinantes. Se juegan las gobernaciones e intendencias, además de la integración de los parlamentos.

Los mandatos de las autoridades de la UCR Corrientes caducan el 16 de diciembre, pero ante la imposibilidad de realizar convenciones y asambleas, el Consejo Nacional habilitó una extensión de los mismos.

En Corrientes, la decisión de prorrogar mandatos surgió tras la reunión de la Mesa Ejecutiva del Comité Central de la UCR realizada el pasado jueves 22 de octubre. Esa mesa está integrada por Ricardo Colombi, Héctor Lopez, Graciela Insaurralde, Graciela Rodríguez, Norberto Ast, Manuel Aguirre y Susana Nugara, entre otros.

En tal reunión, Colombi expuso la necesidad de considerar la prórroga dada la imposibilidad material de realizar procesos electorales en este contexto pandémico, ya que su concreción implicará el desplazamiento y aglomeración de personas. Es lo que pasará, de hecho, en las elecciones generales, pero para Colombi el riesgo de contagio está en la interna. (¿?)

Lo que no se dice de esa argucia es que tales autoridades tendrán responsabilidades en 2021, por caso la de fiscalizar los procesos y armar las listas de candidatos. (Por suerte lo tienen a Colombi, que se ofrece gratis a realizar esas tareas). De todos modos todavía no está dicha la última palabra. La decisión final debería surgir de la Convención Provincial. Allí necesitarían unos 70 votos para imponer una decisión al respecto.

Acto 3

La semana pasada ocurrió también un escarceo en la Cámara Baja de la Provincia. Diputados peronistas enrolados en el Frente de Todos solicitaron preferencia para agilizar el tratamiento de dos leyes clave para la sociedad en su conjunto, pero ambos fueron rechazados. Se trata de los proyectos de paridad de género y voto joven.

El diputado José Mórtola fue quien primero pidió preferencia para los proyectos de paridad de género, incluyendo el enviado por el gobernador Gustavo Valdés. Tras la votación, su petición fue desestimada. Más adelante, el diputado César Acevedo solicitó la preferencia para las iniciativas de voto joven, que también fueron rechazadas.

Es verdad que el PJ está en su derecho y casi en obligación de insistir con estos temas, aunque cuando puertas adentro tuvo que responder por la paridad, por ejemplo en la disputa entre Rubén Bassi y Patricia Rindel, no quiso hacerlo o no pudo. Y entonces recibió la ayuda solícita del oficialismo radical en el Senado, que con notable coherencia avaló al varón por sobre la mujer y terminó la discusión.

Tal vez no sea este el caso, pero desde entonces ya nadie puede mirar con ingenuidad los amagues opositores para poner en evidencia la supuesta negativa oficialista de tratar estos asuntos, porque negar espacios a la mujer o a los más jóvenes, no generan impacto directo en los generales de las sombras, sino que comprometen más la palabra del Gobernador, más allá de colocar a la provincia entre las más atrasadas en cuanto a la “real igualdad de derechos” que exige la propia Constitución.

Cada vez que es consultado por el tema, Valdés pide que en vez de reclamarle a él, se les reclame a los legisladores por su actitud de negativa constante. Tal vez tenga razón. El ministro Vignolo, que también respondió sobre esto el viernes en una entrevista en Radio Dos, intentó bajar los decibeles. Dijo que cuando estén dadas las condiciones, la Legislatura avanzará en ambas cuestiones.

Pero el tiempo es ahora, y él lo sabe, o debería saberlo. Demorar el debate implicaría votar otra vez, el año próximo, en las mismas condiciones de siempre, desoyendo fuertes demandas sociales, cambios culturales ya dados en el mundo con evidencias de sobra y las propias promesas formuladas por Gustavo Valdés hace casi 4 años.

También lo saben quienes frenan estas iniciativas, y tal vez por eso lo hagan: porque pescan en río revuelto, y mientras haya pesca, se demora la jubilación de varios pescadores. De todos modos tendrán que tener cuidado, porque el proceso de cambio ya empezó y hace tiempo que escapa de su control.

Peste, política y posverdad

La verdad fue otra vez víctima de la posverdad, abonada por intenciones políticas que traccionan detrás de la pandemia. Y si bien no es nueva la costumbre de tomar el todo por la parte para documentar el parecer propio en desmedro del ajeno, los daños se proyectan mayores cuando está en juego la salud, la vida y, por tanto, el futuro.

¿Qué pasó? Pasó que un delegado de la Organización Mundial de la Salud, que aconseja sobre covid-19 en Europa, pidió a los países que “dejen de utilizar el bloqueo como método de control principal” para frenar el virus.

El pedido va en línea con la posición del organismo, que desde marzo advierte sobre los efectos negativos de los confinamientos masivos y prolongados y pide minimizarlos, con la aclaración de que estas medidas “son necesarias para suprimir rápidamente el virus”, pero que “deben tener una duración limitada” porque generan efectos socioeconómicos iguales o peores que la peste.

El tema es que las declaraciones del delegado, David Nabarro, volvieron a poner en debate la utilidad de las cuarentenas e hicieron tambalear la posición de la OMS. El cuadro se completó cuando intereses partidarios volvieron a tomar la parte por el todo, apalancados en esas declaraciones. Incluso el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, utilizó esas palabras para asegurar que la OMS le dio la razón y para pedirles a los gobernadores demócratas que “abran sus estados”.

Pero también en Argentina se sintió el efecto media-verdad, según escribió José Giménez, haciendo un racconto aclarativo para chequeado.com. A raíz de las declaraciones del delegado especial, en Argentina “La OMS” fue tendencia en Twitter. El argumento se utilizó además para cuestionar las medidas de aislamiento aplicadas desde marzo por Alberto Fernández y para respaldar las acciones que terminaron en una manifestación ciudadana el pasado 12 de octubre.

Las críticas, que no cabían en marzo, caben ahora por los resultados. La cuarentena es una medida extrema para frenar la propagación, pero acarrea costos altos. Se la tomó para ganar tiempo y de ese modo preparar el sistema de salud, pero desde el primer momento, más allá de ciertas actitudes triunfalistas tempranas, se dejó dicho que tales decisiones no acabarán con la epidemia.

En su chequeo, Giménez recordó que la OMS recomendó acciones para detener la propagación: ampliar el sistema; localizar los casos sospechosos; aumentar la capacidad de los test, y adaptar y equipar instalaciones destinadas a tratar y a aislar a los pacientes.

En la Argentina se avanzó bien en algunos ítems; poco y nada en otros. En Corrientes la cosa estuvo más pareja, con un alto nivel de cumplimiento de esas recomendaciones: se creó un sistema sanitario paralelo para atender, tratar y aislar pacientes, se informó una buena capacidad y número de testeo por habitante y hasta el último mes, al menos, la Provincia informó que tenía controlado el nexo de contagios. Y esto más allá de las múltiples versiones que circulan por el territorio de la virtualidad y que indican lo contrario, a caballo de algunos datos que surgen de usinas de distintos niveles de credibilidad e intencionalidad, con acceso a información confidencial, que echan raíces allí donde la oficialidad llega tarde o calla.

Esto ocurre aquí como en todas partes, porque a la salud y a la economía se les abalanzó la política que tensiona desde los atriles del proselitismo en puertas, con base de sustentación en otra recomendación que parece no tener una respuesta clara: la planificación de una transición gradual para salir de esta situación y reimpulsar la actividad anclada en la famosa “nueva normalidad”, que implica drásticos cambios culturales, además de contención sanitaria.

Es allí donde se inserta la más certera crítica contra el aislamiento, porque demostró no ser una solución sostenible. En ese sentido, Nora Bär escribió el viernes en La Nación que una de las primeras equivocaciones tal vez haya sido seguir la idea de “aplanar la curva”, en vez de “aplastarla”, estrategia que mostró su efectividad en Córdoba, por ejemplo, o en Corrientes misma, pero que fue insuficiente cuando volvió la movilidad.

Pero, además de esos aspectos técnicos, “hay dos factores cruciales que incidieron en los resultados actuales: la falta de un trabajo interdisciplinario sostenido entre médicos y científicos, incluso con los de campos no afines a la medicina; y la visión de que la pandemia es un hecho meramente biológico, dejando de lado aspectos sociológicos y culturales determinantes”.

Entonces, como vimos, usar la parte por el todo, además de ser engañoso, no es válido como opción, y menos en sistemas deteriorados como el de la Argentina, por caso también el de Corrientes, que debió montar en paralelo un nuevo sistema porque no existía ninguno en condiciones de soportar las exigencias de la pandemia.

El deterioro es una de las herencias de las que habla con cierta desvergüenza el peronismo bonaerense o nacional, que pocas veces acepta el tamaño de su responsabilidad que deviene de la cantidad de años en el gobierno; pero también es una herencia de la que no puede hablar el gobernador Gustavo Valdés, pues más bien es un lastre solapado que le vino del enquistado colombismo, como la pandemia, pero que emergió gracias a ella.

Acá, como en el país, y también como en todas partes, la cuarentena sirvió para preparar hospitales y para aletargar lo que está pasando ahora: las olas de contagios con números de muertos que empiezan a preocupar pero que hubieran sido peores sin la preparación previa necesaria. Lo dicen en el Gobierno de la Nación, pero también aquí en Corrientes, en ambas veredas de esa ancha avenida que a veces suele mostrarse como grieta. En ambos búnkers muestran, aunque en privado, que la gente murió menos en el comparativo marzo-agosto/2019-2020, incluso menos por afecciones respiratorias. Suena fuerte decirlo así, pero es sobre la base de esas evidencias que se tomaron medidas de acción pública. Debería ser siempre así, por lo demás.

Pero más allá de la carrera por la peor estadística -que parece motivar a algunos-, se trata aquí y ahora de construir sobre los objetivos comunes, de salvar vidas, de recuperar la economía; se trata, sobre todo, de la verdad como cimiento para edificar soluciones necesarias y urgentes, y sociedades duraderas que puedan convivir aun en sus diferencias.

Quiere decir esto que saber la verdad de la pobreza, por ejemplo, nos abre la posibilidad de abordarla adecuadamente, contenerla, morigerarla, erradicarla. Se trata de un ejercicio que puede hacerse con cualquier otra cosa: con la pandemia, con la economía, o con la corrupción. Los resultados podrían ser sorprendentes.

Quiere decir que hay que respetar el derecho al trabajo, a la circulación, a la opinión, a la queja política, pero siempre. No solo cuando me conviene. Hacer respetar la libertad de uno, pero también la del otro, que incluye respetar a un “todos” que, en épocas de pandemia, asienta en la salud de la población.

Tal situación, en todo caso, lleva a plantear la necesidad de la responsabilidad individual, sin que ello implique bajar los controles o relajarlos, porque en países como los nuestros -y en provincias como las nuestras- hay factores que exceden el voluntarismo y que determinan conductas.

Es muy fácil criticar la movilidad o la falta de cumplimiento de ciertas normas, sobre todo las que implican costos económicos, sin mostrar en el mismo acto los altísimos niveles de informalidad laboral-salarial, de desempleo, de pobreza estructural y el raquitismo cultural derivado de la falta de educación, que es transversal a los estratos sociales y rangos etarios.

Los resultados conductuales de hoy, demuestran una decadencia en aumento en cuanto a valores de forma y fondo, e incluso demuestran enormes niveles de prepotencia pública, a veces insuflada por malos ejemplos que bajan desde la oficialidad: un contrato social que se deteriora todavía más cuando el Gobierno parece encubrir más que disciplinar, o dar el ejemplo.

Allí surge la importancia de la coherencia y de la verdad, que utiliza el vehículo de los hechos, de las pruebas, que se comunica echando mano a la información disponible, lo cual es contrario a su ocultamiento, y que a su vez debe ser lo más democrática posible.

A la mentira se la conjura con datos, con pruebas, no acallando voces o creyendo que el Estado es el único vocero posible o el único contralor válido. Entre otras cosas, porque hay evidencias de sobra, aquí y en todas partes, de las maniobras de censura en la que terminan cayendo muchos gobiernos mientras maquillan en el plano discursivo una aparente custodia de la libertad de expresión, que no es privilegio de medios o periodistas, sino un músculo de la democracia.

Para que sean creíbles, en todo caso, estos valores deben sostenerse siempre, no cuando queda a mano de alguien porque ilustra su sesgo de pertenencia. Si eso pasa, no estamos más que actuando como aquellos a los que criticamos.

Adoptamos una suerte de “tribalismo moral”, al decir de Eduardo Levy Yevati, en el que hay un “nosotros” y un “ellos”, pero que se parecen. “Asumimos que la gente como uno comparte nuestra visión; si no la comparte, lo más probable es que no sea como uno, y por lo tanto, mejor no escucharla”. La conclusión de eso es una tribu compacta, cerrada. Cuando, además, tal situación está mediada por el odio, o por un cierto resentimiento, el otro se convierte en alguien al que hay que eliminar. Muy peligroso.

Los nuevos pobres de una vieja pandemia

Según proyecciones elaboradas sobre la última medición del Indec, la pobreza en Argentina alcanzó un 47 % en el segundo trimestre de 2020. En promedio, todo el semestre estuvo en el orden de los 41 puntos, número escandaloso pero naturalizado que golpea a los más jóvenes: al 56 % de las chicas y chicos que viven en hogares con múltiples carencias. Son alrededor de 6,1 millones de afectados. Nombres y apellidos. Futuros condicionados.

La mayor tasa de pobreza se registró en Concordia (52,2 %) y la menor, en la Ciudad de Buenos Aires (17,3 %). Pero en términos absolutos, la mayor cantidad está en el conurbano bonaerense: son 5,8 millones de personas.

Este presente se explica de muchas maneras, aunque sea injustificable o constituya una deuda de la Argentina y de su democracia.

La pobreza se consolidó hace décadas, pero cobró impulso luego de dos años de recesión e inflación, y luego del duro impacto en los ingresos y en el empleo como consecuencia de la pandemia.

Corrientes y la región no escapan al problema, más bien todo lo contrario, pues a las cuestiones de coyuntura debe sumarse, siempre, la estructura de su pobreza desatendida, o no atendida con la fuerza que requiere torcer su curva degradante, inveterada.

En Corrientes la pobreza alcanzó el 41,2 % y se ubica en el tercer lugar de la región. El Chaco registra el mayor índice en el NEA (48,7 %). Le sigue Formosa (42,4 %) y cierra Misiones (38,1 %).

Estos números dicen también que en Argentina hay 18,5 millones de pobres y 4,7 millones de indigentes. Que en un año quedaron bajo la línea de pobreza 2,6 millones de argentinos y bajo la línea de indigencia, 1,3 millón. Nuevos pobres para una doliente colección humana con serios problemas para su desarrollo.

Según algunos analistas, es la peor tasa de pobreza desde 2004, cuando afectó a cerca de un 45 % de personas. Eran momentos en que la Argentina salía de la peor crisis económica en su historia.

***

Comparado con el desahucio planetario endilgado al coronavirus, hablar de crisis anteriores -aun en un país tapizado de crisis como la Argentina-, parece un cuento para chicos. La rígida cuarentena que se decidió como camino preventivo para morigerar-retrasar los efectos de la pandemia, destruyó en Argentina unos 4 millones de empleos. Los más afectados fueron cuentapropistas y asalariados informales, aunque el trabajo de calidad también cayó. Todo, pese al Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), el Programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción (ATP), la prohibición de despidos y la doble indemnización decretada por el Gobierno.

La licuación de salarios por inflación, además de la rebaja de ingresos que sufrieron miles de trabajadores en medio de la pandemia, perfilan lo que podría llamarse la profundidad de la pobreza: otra brecha que nos permite ver cuán pobres son los pobres, que en su mayoría -y dada la ayuda estatal- recibe en promedio la mitad de lo que se requiere para esquivar la degradante cucarda que se cuelgan sin remedio los pobres en la Argentina: casi uno de cada dos.

Pero hay más (que no son los indigentes, ni los jubilados). Se trata de aquellos que aun con trabajo formal y establecido, aun con trabajo de calidad, ya sea en el Estado o en el sector privado, cobran menos de lo que vale una canasta alimentaria. Esa es una situación que agrava los cuadros y que no se revierte con el mero uso de un efecto discursivo. O de una ayuda.

Agrava los cuadros porque esa transferencia de ingresos (que tanto molesta a los “exitosos” del sistema, que detestan los “vagos” a su alrededor) no resuelve la pobreza estructural sino que solo sirve de contención en medio de las crisis. Hay, por tanto, un alivio, pero también una mayor dependencia de las arcas públicas. Dinero que sirve para sortear la emergencia, pero no para mejorar las oportunidades ni la calidad de los empleos. Aquí hay otra mala noticia: la mayor dependencia del Estado alcanza también a los “exitosos” que se quejan (con altas dosis de hipocresía) de la dependencia de los otros, cosa que, además, no es privativa de la pandemia.

***

Pero debajo de la superficie hay otros problemas asociados a la pobreza que van midiendo una degradación más silenciosa, aunque a la vez más dañina. Se trata del proceso de descenso social que en el último año empujó al fondo a una mayor cantidad de hogares argentinos que siempre se jactó de la movilidad social, pero ascendente.

Según informes publicados en los últimos días (Moiguer Compañía de Estrategia – Diario La Nación) con el derrumbe de la economía, el peso de la clase media en la sociedad argentina se redujo y, por primera vez en décadas, su participación cayó por debajo de del tercio. Esto quiere decir que la clase baja infló su participación en la pirámide social argentina hasta alcanzar al 64 % de los hogares, frente al 50 % que representaba en 2019.

“El salto, sin embargo, no se sintió tanto en el número de argentinos que pueden ser identificados como de la ‘clase baja extrema’, que se incrementó en cinco puntos -pasando del 20 % al 25 %- sino más bien por la consolidación de la llamada ‘clase baja’, que tuvo un aumento de nueve puntos (del 30 % al 39 %)”, dice el informe.

***

“Las clases medias fueron históricamente consideradas un rasgo particular de la estructura social argentina respecto del contexto latinoamericano y un factor esencial en el modelo de integración social”, dicen Inés González Bombal y Maristella Svampa en un estudio comparativo sobre movilidad. “Sin embargo, en las últimas décadas la Argentina ha conocido un gran aumento de las nuevas y viejas formas de pobreza, de precariedad laboral y, más recientemente, tasas de desempleo nunca alcanzadas en el pasado”. Esta inflexión estructural revela una creciente polarización entre los “ganadores” y los “perdedores” del modelo, con una virulencia nunca vista, lo que echó por tierra la representación de una “clase media fuerte y culturalmente homogénea” y sus esquemas de armonización con los modelos económicos implementados en el tiempo.

Los modelos cambiaron. Los valores también. Y “la dimensión colectiva que tomó el proceso movilidad social descendente arrojó del lado de los ‘perdedores’ a vastos grupos sociales, entre los cuales se incluyen empleados y profesionales del sector público, sobre todo provinciales, “antes protegidos, ahora empobrecidos”, en gran parte como consecuencia de las reformas encaradas por el Estado y el devenir de la economía que tributa en los altares del mercado. La ruptura de esos lazos culturales está a la vista. Fundamentan discusiones acaloradas entre los que pretenden una reconstrucción desde la realidad apremiante del hoy, y los que ven el presente filtrado por el color sepia de un pasado monolítico, supuesto, efectivo a los efectos moralizantes, pero difíciles de verificar e imposibles de recrear.
***

El diagnóstico no es bueno. Ni la proyección. Y no lo será nunca si seguimos en la misma, como sugirió Einstein; si seguimos variando recetas que ya fracasaron una y otra vez, y que tienen a la pobreza como instrumento de la política: de la peor de ellas.

Tal vez el punto fundante que nos plantea la pandemia pueda habilitar, en todo caso, una redefinición de urgencias: generar otros pactos y que esos pactos miren el futuro con los elementos de la complejidad actual. Volver al pasado no es una opción. No debería serlo, al menos, y no deberían permitirlo los que miran la vida desde la tabla de los resultados.

Y dados los números, tal vez sea necesario -además de urgente- sustentar mayor cantidad de políticas públicas que perfeccionen las herramientas que atienden a las infancias. Rediscutir los alcances de una real igualdad de oportunidades. Sostener con hechos la inclusión de la mujer en la agenda pública y política. Tomarse en serio la protección del ambiente y, en todo caso, retomar la agenda de la región, que era ya una agenda hace 60 años, para, entre otras cosas, hacer valer nuestras demandas en función de nuestras potencialidades, y dejar de ser solo los mendigos solitarios del poder central por una reparación que no llega y que por tanto nos incapacita.

Tal vez llegó el momento de entender que el poder por sí solo no engendra sabiduría. Que es necesario incluir para pensar. O mirar, por ejemplo, estrategias como las que plantea la Universidad del Nordeste en su regionalización, en su implementación de planes encadenados en las provincias en las que está presente, su postura de gestión y autogestión ante la realidad virtual que aceleró la pandemia, su producido de conocimientos y su generación de profesionales, acciones que en conjunto siguen siendo la puerta más grande y segura hacia la consecución de un capital preparado para exorcizar las impericias que, al abundar, robustecen el estado de cosas.

Paridad, voto y veto

Acabo de mandar nuevamente a la Legislatura dos proyectos de ley claves para Corrientes: voto joven y paridad de género. Debemos garantizar a los jóvenes la posibilidad de elegir a sus representantes y asegurar la igualdad entre mujeres y hombres en política”, avisó el viernes 3 de julio, por Twitter, el gobernador Gustavo Valdés.
La utilización del adverbio “nuevamente” no es ingenua ni producto de la impericia en el manejo del lenguaje. Remite a un hecho reiterado, simbólico y concreto, no resuelto por obstáculos políticos que se suceden, pero no se declaran.

***
El camino de Valdés a la gobernación fue tapizado por promesas de inclusión y desarrollo. Ya en el poder, pidió que se lo juzgue por indicadores de lastre atávico, como el de la pobreza. En el mismo acto, empezó a transitar el camino de construcción de su propio liderazgo poniendo en discusión temas centrales de una agenda más progresista y desusada en una provincia aletargada por el conservadurismo que se meció, por muchos años (pero sobre todo desde 2001 en adelante), bajo la brisa tranquilizadora del pago de los sueldos. En rigor, el mecanizado sometimiento del salario estatal, que ante la falta de mejores oportunidades, allegó una paralizante opresión con efectos sociales y culturales insondables, a la vista de quien lo quiera ver.
En 2019, no obstante, el gobernador Valdés pasó a los hechos. Encolumnó detrás de su figura al frente político que lo sustenta y encaró una campaña para las elecciones de medio término blandiendo las banderas que plantó en el instante de asumir: la obra pública; los procesos de modernización e inclusión con trabajo; y el pedido a los legisladores para aprobar las leyes de voto joven y de paridad de género. Se comprometió con las políticas de igualdad de derechos; de contención para la comunidad Lgbtq+ y las acciones de ataque contra la violencia de género.
En junio ganó las elecciones y el gobernador obtuvo los avales legislativos que necesitaba para avanzar con las reformas, las declamadas y las necesarias para el gobierno. Y las que demanda la sociedad en su conjunto, que se impone con su agenda aún cuando los líderes tengan otras.
Valdés y los suyos lograron una diferencia de más de 40 puntos en las elecciones de 2019 y consiguieron, a partir del 10 de diciembre, no sólo mayoría sino dos tercios en ambas cámaras legislativas. Así y todo, los proyectos oficiales tropezaron contra una llamativa, férrea y silente quietud. El discurso se dió contra la evidencia. Y donde no se requerían las mayorías de otros, también hubo tropiezos. Lo que se dice no es igual a lo que se mantiene: un gabinete lleno de varones, veteranos en la función, incapaces ante la inclusión.

***
Pues bien: los proyectos murieron intoxicados con el polvo de los cajones legislativos y por eso, hace casi un mes, el mandatario volvió a enviarlos. A un año calendario de las elecciones generales de 2021, Valdés insistió “nuevamente” con sus proyectos. Los expedientes ingresaron el viernes 3 de julio por la Cámara de Diputados.
Hablando por radio en esos días, a prudente distancia de una interna que fluye en napas de profundidades variables, Valdés respondió a la pregunta más obvia de todas:
—Si el gobierno tiene mayoría en la Legislatura, ¿por qué no avanzan los proyectos enviados por el gobierno?
—No sé por qué tienen miedo a debatir la ley. (En todo caso) que los legisladores y legisladoras digan de cara a las mujeres que no quieren el proyecto de paridad y que les digan a los jóvenes de 16 años que no tienen derecho a voto —dijo Gustavo Valdés.
—Las mujeres tienen que exigir sus derechos. Y no a un hombre, sino a una Legislatura: todos cumplen el mismo rol ahí adentro —añadió.
Usar la frase “no a un hombre”, tampoco fue casual, como el “nuevamente” del trino inicial.
El “hombre” es el senador Ricardo Colombi: inspector que habilita o frena el avance de las leyes en la Legislatura y que, por lo que se vio, apuró el reenvío oficial luego de que el jueves 2 de julio pasado, sin que se le mueva un músculo de la cara, presidiera una conferencia virtual con mujeres tras la cual hizo decir que “con otros senadores estamos trabajando en un proyecto para que la paridad de género se dé en los tres poderes del Estado”. El expediente ingresó el miércoles último, y el jueves, en plenario, el Senado lo mandó a comisión.
—Son los desafíos que se vienen —dijo Colombi, escupiendo altas dosis de cinismo, recién enterado de una demanda que antecede a su voluntad de patriarca. —Esperemos que en el transcurso de este año lo podamos aprobar —anunció luego, ya en su rol de presidente de la UCR, en el cierre de la conferencia online “Estrategias para una sociedad más igualitaria”.
Del webinario otrora impensado para alguien plantado en las antípodas de cualquier virtualidad, participaron, entre otras, varias legisladoras que en privado todavía se quejan de los maltratos o ninguneos proferidos por el ahora “comprensivo y progresista” legislador, que por efecto de alguna magia efectiva decidió abrir los ojos y visibilizar a un colectivo como el de las mujeres, a las que trató casi siempre con distancia y reiterado desdén.
Aún así, a la luz del momento histórico, no deja de ser una buena noticia que Valdés y Colombi estén pensando lo mismo en cuanto a la inclusión y a la igualdad. Tal vez ahora sí avance el proyecto, pues depende de ellos el resorte legislativo.
La oposición -mínima y fragmentada- no talla en esta discusión. Varios de sus miembros ya adelantaron votos favorables, pero no es garantía. El PJ no estuvo a la altura cuando tuvo que demostrar que es verdadero su apoyo a la paridad. Patricia Rindel tiene mucho para decir al respecto. O Rubén Bassi, senador peronista que sopló el escaño de una mujer con votos radicales: sí, con el aval de los mismos que ahora parecen convertidos a la religión del igualitarismo. Una circularidad asombrosa.

***
Tampoco fue casual este movimiento de piezas, en medio de la pandemia por coronavirus. No fue casual por cuestiones del momento histórico y político, por el atraso provincial en varias materias de debate candente, y por las acciones del propio Estado nacional. Sucede que el mismo viernes 3 de julio, el presidente Alberto Fernández, tras presentar el “Plan nacional de acción contra las violencias por motivos de género”, marcó un rumbo para enfrentar una problemática que no excluye a Corrientes.
El plan nacional tiene un presupuesto de 18.000 millones de pesos y responde a otro número escalofriante: hasta el 30 de junio se registraron 162 femicidios –81 durante el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio-, de acuerdo con el relevamiento del Observatorio “Ahora que sí nos ven”: el promedio fue de un femicidio cada 27 horas.
En Corrientes la cosa es igual de preocupante: hasta junio y con la cuarentena de fondo, se registró un caso de violencia familiar cada 30 horas, según la Inspectoría de Justicia de Paz del Superior Tribunal de Justicia.
Ante semejante presente, hablar de contención a las demandas de género o de paridad sólo en clave electoral parece por lo menos poco. Es un derecho que se reclama, no una dádiva que se espera.

***
Corrientes está muy lejos de una “real inclusión” como manda la Constitución, y esta no es una apreciación sólo geográfica. Por ello resulta necesario que la intención se convierta en acción, y que el derecho esté por encima de la especulación proselitista, juego que practican al borde de la fascinación algunos referentes caudillescos de este firmamento político aldeano.
Los derechos inclusivos son fundamentales para cambiar realidades. Servirían para mejorar, ya que estamos en épocas de pandemia, los determinantes sociales de la salud.
Haber manejado con (relativo y todavía parcial) éxito la pandemia en la provincia, no fortalece la integralidad del sistema sanitario. Hablar de coronavirus en vez de los enfermos por siniestralidad vial, cardiopatías, desnutrición, chagas, dengue, o aborto, por ejemplo, no elimina la realidad que subyace al efecto totalizador de la peste. Para decirlo claro: silenciar no es erradicar.
Negar el aborto no disminuye la cantidad de interrupciones de embarazo que se siguen haciendo en la clandestinidad y que condena a muerte a muchas chicas desesperadas.
Corrientes tiene un código postal, al decir de la sanitarista Carolina Centeno, que determina también nuestra forma de vivir y de morir. Afecta más a las mujeres, sobre todo a las más pobres poco educadas, que son muchas en nuestro contexto. Esa es la conclusión de años de política negadora, internista, fratricida, excluyente, que convierte en tabú ciertos temas que queman como el fuego en cualquier sociedad del Siglo XXI.
Hay malas noticias: nada mata tanto como la costumbre.
También hay buenas noticias: tenemos una oportunidad para empezar a revertir el cuadro, ahora que internet llegó a ciertas cavernas.
¿Tenemos una nueva oportunidad?

Cooperar para vivir

Para el diario El Litoral
Si es verdad que en estos largos días de cuarentena aprendimos que “nadie se salva solo”, entonces hemos aprendido también que la cooperación humana es la tecnología mejor acabada para ponernos de nuevo de cara al sol, cuando todo pase.
Ejemplos a lo largo y ancho del planeta confirman el diagnóstico vuelto sentencia. Y la buena noticia, para hacer frente a los escépticos, es que la cooperación también resultó en Argentina, con efectos que están a la vista.
La cooperación entre los tres niveles de Estado en el Area Metropolitana de Buenos Aires no sólo dio resultados en términos sanitarios (más allá del desfase de los últimos días en los barrios hacinados y marginales ubicados en la porción de tierra más rica del país) sino que también aportó un sedante de magnitud insospechada para la grieta política, repeliendo incluso el intento de quienes, fuera del reparto de la consideración ciudadana, intentan a toda hora y por cualquier orificio sembrar un poco de cizaña para envenenar la magra cosecha de estos días.
La cooperación que dio resultados en todo el mundo, dio también sus frutos en Argentina. ¿Eso molesta? ¿A quién? ¿Por qué?
Atravesamos como humanidad -no ya como nación, o como naciones- una situación crítica por pandemia. Es cierto que sus efectos no encuentran parangón en la historia mediana del globo, pero las bases de lo bien hecho se volverán sólidas si sabemos aprovecharlas.

 

***

La cooperación del Estado con los científicos, médicos, infectólogos, fue el primer modelo en el que nos pusimos de acuerdo como sociedad. Nadie, o pocas personas a estas alturas, dudan de la importancia que tuvo para el manejo de la pandemia que el gobierno de Alberto Fernández se respalde en la ciencia, en sus expertos, en los estudiosos que dedican sus vidas al diseño de políticas y estrategias sanitarias.
La cooperación del Estado con los científicos y los CEO (de muchas empresas nacionales) hizo que la Argentina pueda desarrollar tecnología y aparatología médica, además de insumos y reactivos que nos permitirán estar mejor preparados si es que el coronavirus decide golpearnos todavía más de lo que lo ha hecho hasta el momento.
El Estado, las empresas, el conocimiento industrial y la mano de obra calificada, que procede -por ejemplo- de las universidades, como la de los estudiantes de la Universidad del Nordeste, permitieron, por decir algo, el ensamble de respiradores mecánicos para asistir al hospital de campaña de Corrientes, pero también, a futuro, a los institutos u hospitales que lo requieran.
La cooperación del Estado con los empresarios, en el plano de los productos y servicios, hizo posible muchas otras inversiones necesarias, pero al mismo tiempo mostró los agujeros que eran invisibles en el trajinar cotidiano de la vieja normalidad.
Se trata del conocimiento, más que nunca, en la era del conocimiento. Pero en este caso, se trata del saber al servicio de las políticas públicas implementadas bajo el régimen de la evidencia y no bajo el yugo de los caprichos personales, lo que supone un antes y un después, de mínima, en la toma de decisiones de Estado. Y de muchas empresas.

***

Por supuesto que hay desafíos, falencias. Hay carencias estructurales. Hay dudas. Por supuesto que hay algunos desconfiados que azuzan con denuncias, y sus razones tendrán. Nunca fue fácil la cosa, nunca del todo transparente. Y nada hace suponer que de repente lo será, en medio de una pandemia, cuando el Estado, a través del gobierno, muchas veces coquetea con la fuerza absoluta que surge de la excepción. Cuando más bien se reviste de poderes que lo alejan del deber ser de la rendición de cuentas. Pasa aquí como en las sociedades más avanzadas. No es un consuelo, pero pasa.
No obstante, habrá un “antes y después”, previenen hasta el cansancio médicos, psiquiatras y analistas, docentes, gremialistas, economistas y políticos de toda caladura.
Ojalá el después, en todo caso, sea un poco mejor que el antes. Que muchas de las acciones apuradas por el coronavirus se queden para contener otros problemas que nos aquejan. Que las campañas sanitarias sirvan, por ejemplo, para atacar al dengue, que es otro de los males que nos zumban en clave de epidemia desde hace bastante tiempo.
Habrá un antes y un después -dicen a coro los expertos- en cuanto a la forma de vida, a la forma de manifestar los afectos, a la forma de realizar los trabajos, muchos de los cuales no tendrán más remedio que adaptarse. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), entre abril y junio se perderán 195 millones de empleos en el mundo. Los sectores más afectados con pérdidas de mano de obra son el hotelero, el de producción de alimentos, el gastronómico, el inmobiliario, las actividades administrativas, las fábricas y los servicios de reparación, los comercios, el área de los negocios y el sector artístico.
Otra mala noticia, publicada ayer por Daniel Santa Cruz en La Nación: la Argentina reúne el 41% de sus empleos dentro de este grupo de riesgo, de acuerdo al mismo informe de la OIT.

***

Habrá un antes y un después en la forma de educar.
La educación, tal vez como ninguno de los otros estamentos, pone al desnudo las asimetrías y brechas, tecnológicas y de aprendizaje. He allí un enorme desafío.
El cambio de mentalidad asociado al cambio de ritmo en el paso de lo analógico y semianalógico a lo digital, por influjo de una crisis sanitaria, insufló la transformación digital, el teletrabajo, la inteligencia artificial. Dispersó la productividad, pero al mismo tiempo dejó más pobres a los pobres y más excluidos a los que ya lo estaban.
La brecha digital es mucho más que eso en provincias y regiones como las que habitamos nosotros. Es eso, pero sobre todo es la pobreza, la falta de trabajo, de viviendas dignas, de infraestructura básica.
Semejante brecha en semejante zona acentúa todavía más las diferencias. Las familias, incluso las que tienen algún recurso tecnológico, sucumbieron ante la cuarentena, que también es asimétrica. En todo caso no hay una sola cuarentena. Las hay a distinto precio.
Las familias sucumbieron ante la falta de aparatos y de servicios de internet y energía suficientes para atender las demandas de todos los miembros del núcleo en el mismo momento, que por trabajo o por estudio, intentan de ese modo hacer sus propios esfuerzos para vincularse con un afuera que cada vez queda más lejos. Ya en una familia tipo se manifestaron esos problemas, y las familias tipo, está claro, son mucho más numerosas en las provincias del Norte. No hay espacio para todos en el mismo momento, y así es difícil pensar, aprender. Avanzar.
Las otras familias, en las que la realidad virtual está lejos de ser siquiera una realidad, volvieron a ser castigadas, ahora en simultáneo por la brecha tecnológica, educativa, por la pandemia y por la economía que se paró como protección ante el virus. El combo es demasiado dañino.
En cuadros como esos es donde anidan los militantes anticuarentena que se mueven por el parámetro único de la economía. Son los que denunció hace unos días el doctor Pedro Cahn, director de la Fundación Huésped y uno de los integrantes del comité de expertos que asesora al Gobierno. “Odio la cuarentena, no la amo. Pero más odio a la morbilidad y mortalidad”, lanzó. Pidió, en todo caso, “que alguien me explique cuál es la alternativa”.
Es muy complejo todo, pero al mismo tiempo esperanzador.
Si la crisis del coronavirus logró sacar -en parte al menos- lo mejor de nosotros, en aspectos cooperativos de proyección positiva, sería bueno que esa voluntad sobreviva cuando acabe la amenaza.
Hasta aquí vimos los efectos multiplicadores de la cooperación como artefacto tecnológico para el avance humano. El coraje de los trabajadores de la salud, el espíritu de solidaridad y compasión de muchos voluntarios y voluntarias, su disposición a ir más allá de sí mismos para colaborar en el bien de todos. También vimos experiencias demoledoras que forzaron a muchos ciudadanos a poner de manifiesto lo peor que llevan dentro: sus miedos, broncas, odios. Afloraron las “conductas regresivas” y muchos se pusieron como niños, como dijo la doctora Nadia Vaschuk Semper en la entrevista #ELP de la semana pasada.
Pero “algo se aprende en medio de las plagas”, nos dijo Camus en “La peste”: “Que hay en los hombres (y mujeres) más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Ojalá sea una mayoría la que pueda quedarse con esta mirada.

Coronavirus: una larga noche sin sueño

“La pobre humanidad, loca de miedo, huía en todas direcciones al escuchar el galope de la Peste, la Guerra, el Hambre y la Muerte”.

Los cuatro jinetes del Apocalipsis
Vicente Blasco Ibáñez

 

Acaso el Mundo, hoy enfermo de coronavirus y amodorrado por una noche sin sueño cada vez más larga, ya demostró lo que algunos se resisten a aceptar todavía: que nadie se salva solo. Es verdad también, y cualquiera podría alegar que siempre pasó: que en todos los tiempos y circunstancias hubo quienes pensaron en la salvación como una mercancía de uso personal, tal vez familiar, incluso comarcal, pero no más que eso. Malas noticias: la peste de estos días viaja a caballo de esos que se creen impolutos o son simplemente irresponsables por su individualismo extremo.
Irresponsables como los administradores y diseñadores de la cadena de pagos de los bancos, que el viernes poco menos que tiraron por la borda el efecto positivo que venía teniendo la cuarentena en todo el territorio nacional, exponiendo a la población más vulnerable a la posibilidad de un contagio masivo y, quien sabe, tal vez a cosas peores.
Irresponsables los que cobran sueldos abultados para prever lo que en su mezquindad y ceguera no previeron. Imperdonable casi, porque saben -y no de ahora-, que la inmensa mayoría de los viejos, no sólo en Corrientes, pero sobre todo aquí, usa dinero físico para transaccionar, pues por razones distintas se mantienen alejados de las tarjetas y los cajeros automáticos. Así, la debilidad relativa de los adultos mayores creció el viernes. Y ahora habrá que esperar unos 15 días más para calibrar este mal cálculo administrativo-sindical-laboral en términos sanitarios.
Las filas en los bancos, aun de esa gente incluida en el sistema, expone nuestros problemas estructurales. Nos muestra la cara de la miseria: nuestra condición cuasi natural de carencia, de incultura general, la lejanía del firmamento virtual y también la vigencia del deporte nacional de culpar al que menos tiene de su necesidad.
Lo del viernes nos mostró además la sordidez de algunos funcionarios, flojos de boca, que olvidados de su propio devenir, creen poder calificar a las personas en función de su condición económica. Algunos treparon a la soberbia de la descalificación clasista, como quien cree que tener fortuna en Corrientes, Chaco, o incluso en las demás provincias pobres de la región toda, reviste de oro su miserabilidad y, por lo tanto, los exculpa.
También expuso la ruindad de ex funcionarios, que aun pesados por el lastre de la inoperancia que acumularon en sus épocas en la función pública, se creen ahora con entidad suficiente como para dar clases de política y, lo peor, de gestión comunitaria.
Los funcionarios deberían ponerse a trabajar mirando datos, evidencias, modos y procesos exitosos. Deberían pensar, por una vez, en alguien más que en ellos mismos. Y antes de decirse encima, mantener la calma, o al menos tratar repetir su existencia habitual, más reposada, quieta incluso, porque atravesamos un momento álgido de ánimos, como ocurre siempre cuando un pueblo se bate. De mínima, deberían no estorbar y dejar hacer. Pero al que sabe.
Habrá que recordar algo más: la guerra, si es que hay alguna, es contra un virus invisible. Es contra el coronavirus, no entre nosotros. No vale ahondar la crisis, por ejemplo, de la llamada guerra de los médicos, que en los últimos días escaló a una disputa interprovincial entre Chaco y Corrientes, en estrados judiciales, por el manejo de los criterios sanitarios que impone con urgencia la necesidad de controlar la propagación de la pandemia.
Están en juego la vida como valor supremo, la salud general y una serie larga de derechos, como el derecho al trabajo que muchos correntinos ejercen en el Chaco, entre otras cosas, porque allí son mejores las condiciones de sobrevida y desarrollo. Mejores incluso que en su propia tierra.
Nadie duda de las medidas preventivas adoptadas por el gobernador Gustavo Valdés. Nadie, de buena fe, puede desconfiar de su intención de guardián del bienestar general de la población que gobierna. Y esto, entre otras cosas, porque él más que nadie sabe de las deficiencias del sistema sanitario nacional y provincial. Nadie mejor que él sabe que un colapso sería casi una sentencia de muerte para mucha gente.
Lo que está en juego, en todo caso, es revisar el modelo de prevención. Y en eso está, según declaró en las últimas horas: “No hay ningún problema en que (los médicos) vayan a Chaco, pero cuando vienen a Corrientes deben permanecer aislados. No impedimos la circulación, solicitamos a los agentes de salud que en Corrientes permanezcan en su domicilio porque los casos positivos que tenemos de médicos que trabajan en el Chaco dispararon la cuarentena obligatoria de decenas de personas más por tener contacto directo”.
Con el Chaco, y sobre todo con Resistencia, el pueblo correntino tiene más cosas en común que el puente que vino a unir lo que el río separó desde los primeros días de la Creación. Discriminar, señalar e inculpar habla más de quien lo hace, de su inseguridad o de su ignorancia.
Los gobiernos ya lo entendieron. Primero Valdés y después el gobernador del Chaco, Jorge Capitanich, cortaron por lo sano cualquier intento “separatista”. Consultado por El Litoral, en la conferencia online del viernes, Capitanich fue contundente: “No vamos a promover el conflicto con Corrientes, sino la unidad”. “El canal político siempre estuvo abierto con Corrientes, lo que pasa es que en cada jurisdicción se tomó una resolución distinta al decreto de necesidad y urgencia sobre las medidas preventivas del coronavirus, pero lejos de pretender un conflicto interjurisdiccional, queremos para los médicos oriundos de Corrientes el libre ejercicio del derecho y la libertad de trabajo”.
La guerra es contra el virus, no contra el otro. Los poderes constituidos deberían dar el ejemplo, lo mismo que las demás instituciones, públicas y privadas. Incluso el periodismo.
La pandemia, como su nombre lo indica, es un problema planetario, no de los chaqueños, más allá de la pericia o de la idea de pericia con la que uno cree que el Chaco está tratando su crisis, con más de cien casos positivos y siete muertos. Más allá, todavía, de la idea de trabajo conjunto que puedan tener Capitanich y el intendente de Resistencia, Gustavo Martínez, que al parecer se hablan menos que Carlos Vignolo y Arturo Colombi en aquellas épocas fratricidas del radicalismo vernáculo.
Nadie, sano de discernimiento, buscaría contraer una enfermedad que podría matarlo. Por lo tanto, una buena manera de pasar esta larga noche sería informarse para desterrar el miedo.
El pánico al pánico no ayuda. De nada sirve la exageración estigmatizante que viene acompañada de los peligros misteriosos, ligados más al sentido común medieval que al actual. Se podría, en todo caso, seguir las recomendaciones de los especialistas, empezando por la Organización Mundial de la Salud, como incluso hizo el Papa Francisco, y dejar para el fuero íntimo las cuestiones relacionadas con las creencias. Hay por lo menos 500 años de ciencia arbitrada y de cultura humana acumulada como para guardar, al menos por un rato, aquellos saberes extemporáneos, nacidos al contacto del peligro o de la ignorancia. O de la “infodemia”, esa práctica nacida a la sombra del coronavirus y que consiste en difundir noticias falsas o maliciosas sobre la peste para aumentar la angustia en las sociedades.
La pandemia demuestra nuestras falencias. Está claro. Pero también, si queremos, puede exponenciar la fraternidad que contagia al hombre el contacto con la muerte, como dice Blasco Ibáñez.
Tal vez sea hora de empezar a revisar la caladura de los cambios que nos dejará la pandemia, y actuar en consecuencia. Tal vez sea hora de echar mano a la audacia que infunden estas circunstancias extraordinarias para pensar estrategias conjuntas de mitigación, de solidaridad y empatía con los que menos tienen, con los más vulnerables; de intensificar la revisión de ciertas formas anquilosadas, por caso en la administración local. De revisar el tratamiento que reciben, por ejemplo, los médicos, pero también el resto de los trabajadores de los servicios esenciales que demuestran su imprescindibilidad en momentos de crisis. De amonestar la actitud de algunos empresarios, sobre todo de ciertos supermercadistas que amparados en la impunidad del dinero, en la lentitud de la burocracia o en la miopía del ojo estatal, sacan rédito en la remarcación de los productos que perfilan la necesidad.
Quizás sea hora de revisar, no solo el tamaño en el que se distribuye un cronograma de pagos, sino también aquello de particionar semanalmente el mendrugo que como salario reciben en su mayoría los trabajadores del Estado, aquí como en todas partes.
La pandemia cambió la cultura relacional entre las personas. Los gobiernos deberían tomar nota, porque están obligados a estar por delante de los problemas, no a perseguirlos.
Están obligados, por lo menos, a hacer realidad el retórico optimismo de sus partes oficiales.

La peste

La peste” es una de las grandes novelas de Albert Camus, y una de las obras cumbre de la literatura occidental del Siglo XX. Publicada el 10 de junio de 1947, cuenta la historia de unos doctores que descubren el sentido de la solidaridad en su labor humanitaria en la ciudad argelina de Orán, donde azotaba una epidemia.
Se piensa que la obra se basó en el brote de cólera que sufrió esa ciudad en 1849, a pesar de estar ambientada mucho más acá en el tiempo. Se dice además que es una especie de homenaje, pues se sabe que Orán fue diezmada por varias epidemias antes de que Camus publicara la novela. También se hacen muchas otras lecturas, ya en clave política, pero no vienen al caso, más allá de su importancia contextual.
Lo cierto es que el autor afrontó la crónica de una epidemia recordando que “ha habido en el mundo tantas pestes como guerras; y pese a ello, las pestes y las guerras siguen pillando a todo el mundo por sorpresa”.
La contratapa de un ejemplar de Ediciones Americanas, que tengo a la vista, hace hincapié en que la novela narra las consecuencias del aislamiento de toda una ciudad: “Una experiencia demoledora que fuerza a cada uno de los ciudadanos a poner de manifiesto lo mejor y lo peor que llevan dentro: sus miedos, traiciones, individualismo; pero también su coraje, su espíritu de solidaridad y compasión, su disposición a ir más allá de uno mismo para colaborar en el bien de todos”.
“La peste” es siempre una gran lectura. El ejemplar impreso en Panamá al que tuve acceso en algún momento, deja constancia de eso: está marcado en toda su extensión, subrayado y escrito en sus márgenes. Las hojas no impresas del final, amarillentas ya, tienen estas notas:
Tema: la solidaridad social. Circunstancias extraordinarias. Ratas. Escrita en clave de diario. Narrador anónimo. Medidas preventivas. Cierre de la ciudad. Aislados. Economía deprimida. Casi esclavos. Presos en sus propias casas. Caos. Represión. Enseñanzas: pensar en la esperanza. En la vida nueva que surge. En no tener miedo.

***
Releer los subrayados y esas viejas anotaciones en birome de color negro y azul, incluso en lápiz, estremecieron un poco ciertas certezas, viejas estructuras personales. Tal vez sea la sensibilidad a flor de piel en estos días de aislamiento preventivo, personal y familiar.
Era viernes por la noche cuando se escribieron estas líneas. Pasaron apenas algunas horas desde que el gobernador Gustavo Valdés confirmara el registro del primer caso positivo de coronavirus en Corrientes. El Caso Cero que vino de Europa. La cifra internacional, mientras tanto, asusta tanto como las muertes en aumento.
El caso es que Corrientes tuvo su primer paciente después de varios días de velar con angustia el trabajo de los médicos y enfermeros, de bioquímicos y demás trabajadores de la salud, de la provincia y el país. Los héroes de este lío. Y fue entonces cuando “La peste” de Camus, de junio del 1947, empezó a llamar desde la biblioteca, espacio que se ha convertido en un gran lugar para miles de hogares de argentinos confinados al aislamiento dispuesto por el presidente Alberto Fernández el jueves por la noche.
Dicen los que saben que “La peste” pesó y mucho en la decisión de conceder a su autor el premio Nobel de Literatura en 1957. La consideran una cumbre de la narrativa del siglo pasado, por ser una amarga y penetrante alegoría de un mundo al que sólo una catástrofe logra rehumanizar.
Los vendedores de libros sostienen que es una novela apasionante y de profunda comprensión del ser humano, atributos que la han convertido en uno de los clásicos indiscutibles de la literatura francesa de todos los tiempos.
Cualquiera que la haya leído puede acordar eso. Y estaría bueno, además, que si este texto genera alguna inquietud, cada uno de sus potenciales lectores pueda certificar por sus propios medios tales pergaminos. Leer el libro es una idea que puede servir para estos días de aislamiento social, preventivo y obligatorio. Una sugerencia, entendiendo que la lectura es un deseo individual, mas no una imposición de terceros. “El verbo leer no soporta el imperativo”, diría Daniel Pennac.

***
“La peste”, pese a lo que puede sugerir su nombre, es un libro esencial para estos días. El narrador describe una situación grave, sí, que pone a la ciudad en cuarentena. Está sitiada y rodeada por una estricta vigilancia, dice. Los muros históricos de Orán son el límite que demarca su principio y fin. Y, dentro de ella, se verá contenida toda la podredumbre humana, aunque también toda su gloria. El viraje en el estilo de vida de los habitantes se hace patente. El miedo hace mella enseguida: “Hay los que tienen miedo y los que no lo tienen, pero los más numerosos son los que todavía no han tenido tiempo de tenerlo”. (Parece un texto del jueves por la tarde).
Y agrega: “Las pestes y las guerras generalmente llegan cuando la gente está más desprevenida, esto es, cuando nadie está pensando en ellas”. Cualquier parecido con la realidad, es producto de la circularidad humana.

***
Además de las anotaciones al margen y de las pequeñas conclusiones del fondo del libro, hay párrafos subrayadas en el ejemplar que atesoro en mi propia casa. Estos son algunas:
—Una manera cómoda de conocer una ciudad es buscar cómo se trabaja, cómo se ama y cómo se muere en ella.
—Hay ciudades y países donde la gente tiene, de vez en cuando, la sospecha de otras cosas. En general, esto no cambia sus vidas. Solamente ha tenido la sospecha y esa es su ganancia. Oran, por el contrario, es, aparentemente, una ciudad sin sospechas…” (¿Podría Orán ser Corrientes?)
—Continuaban haciendo negocios, preparaban viajes y tenían opiniones. ¿Cómo habrían de pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres, pero nadie será libre mientras haya plagas.
—Faltos de tiempo y de reflexión, en Orán como en otras partes, es obligado amar sin saberlo.
—Esta brutal y prolongada separación les había enseñado que no podían vivir el uno sin el otro, y que, ante esa verdad recién reconocida, la peste era poca cosa.
—Pero al mismo tiempo la peste los dejaba ociosos, reducidos a dar vueltas por nuestra triste ciudad y dedicados, día tras día, a los juegos decepcionantes del recuerdo.
—Era ciertamente un sentimiento de exilio aquel hueco que llevábamos constantemente en nosotros, aquella emoción precisa, el deseo irrazonable de volver atrás o, al contrario, de apresurar la marcha del tiempo, aquellas flechas ardientes de la memoria.
—La prédica volvió más sensible para algunos la idea, vaga, de que estaban condenados, por un crimen desconocido, a un encarcelamiento inimaginable.
—Pero el último cura que haya oído la respiración de un moribundo pensará como yo. Se dedicará a socorrer las miserias antes que a demostrar sus excelencias.

***
—He vivido demasiado en los hospitales para creer la idea del castigo colectivo. Pero, ya sabe usted, los cristianos hablan así a veces, sin pensar nunca realmente. Son mejores de lo que parecen.
—¡Usted piensa, entonces, que la peste tiene alguna acción benéfica, que abre los ojos, que hace pensar!
El doctor movió la cabeza con impaciencia.
—Como todas las enfermedades de este mundo. Pero lo que es verdadero de todos los males de este mundo, lo es también de la peste. Esto puede engrandecer a algunos. Sin embargo, cuando se ve la miseria y el sufrimiento que acarrea, hay que ser ciego o cobarde para resignarse a la peste.
—¿Quién le ha enseñado a usted todo eso, doctor?
La respuesta vino inmediatamente.
—La miseria.

***
—Quedaba, claro está, la igualdad irreprochable de la muerte, pero de esa nadie quería ni oír hablar.
—No había sitio en el corazón de nadie más que para una vieja y tibia esperanza, esa esperanza que impide a los hombres abandonarse a la muerte y que no es más que la obstinación de seguir viviendo.
—Sabían, ahora, que hay una cosa que se desea siempre y se obtiene a veces: la ternura humana.

***
La enfermedad no afecta sólo al que se contagia, sino a aquellos que permanecen sanos y toman dos actitudes diferentes: el más puro egoísmo o la generosidad sin límites. Uno de los personajes principales, lo describe de este modo:
—Esa porquería de enfermedad… hasta los que no la tienen parecen llevarla en el corazón.
“La peste” es el símbolo que utiliza Camus como la metáfora que favorece la conciencia del otro porque es capaz de despertar en muchas personas sentimientos profundos de amor, de solidaridad e interés por los demás que se habían perdido. Se pierden muchas otras cosas también, pero resurge de entre las cenizas un sentimiento de fraternidad en beneficio de las relaciones humanas.
Es entonces cuando Camus lanza una de sus máximas centrales:
—Algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.

Modelos de provincia

“Delante de vos se abren
dos caminos, dos proyectos:
felicidad o desgracia;
el servicio o el provecho;
compartir o amontonar;
el Dios vivo o dioses muertos;
tendrás que elegir, muchacho,
servir al otro, o al dinero.”

“Confesión” / Julián Zini

Aunque esta vez usó más el método de la descripción que el de la conceptualización política, el gobernador Gustavo Valdés no desaprovechó la oportunidad que tuvo hace una semana ante la Asamblea Legislativa y ratificó el perfil con el que pretende coronar su gobierno, que entra en tiempo de descuento, por lo menos por ahora.
Cubierto por una retahíla de anhelos y enancado en un detallado inventario de concreciones de distinta caladura -no del todo determinantes aún-, el gobernador Valdés hizo pie en los acuerdos básicos que necesita una provincia carente como la de Corrientes para sustentar su sobrevida, cuando no su despegue: la educación, el trabajo, la inclusión, la igualdad, la modernización y el consecuente desarrollo, cuyo alumbramiento porfía con la quietud atávica que lo obstruye.
“No somos lo suficientemente ricos para darnos el lujo de no invertir en educación”, dijo, parafraseando a Gandhi, galvanizando de ese modo un sentido común arraigado en Argentina: el de la educación como valor supremo, asunto que se pasea siempre por los discursos y que no obstante retrocede ante los hechos.
Se trata de educar, no hay dudas; pero de educar bien, con calidad y sentido de contexto, lo cual implica definir y sostener un rumbo consecuente con nuestras potencialidades, para evitar -entre otras cosas- la migración forzosa de la gente del interior profundo: de los que tienen para irse y se van y a veces vuelven; de los que saben y se van y nunca vuelven; para evitar la fuga de los mejores, pero también de los desesperados, esos que concentran sus cuerpos y penurias en los cordones periféricos de los centros urbanos, que por ese solo hecho no dan garantía de mejoras.
Esta preocupación es una constante en Valdés. Lo es también aquello de la inclusión; el desarrollo y la modernización; lo de la inserción de la provincia en el mundo con su faceta exportadora; el mejor trato con la gente, sobre todo con la que más necesita; pero también con los sectores más poderosos, empresarios, académicos y productivos, e incluso con el sector político no alineado que acompaña, aunque sin compartir sus modos de materialización de ese catálogo de buenas intenciones que sostiene el Gobernador desde el minuto uno, desde cuando recibió el gobierno con los sueldos al día, sí, pero con el resto de los parámetros sociales relegados a valores insostenibles.
Es titánica la tarea. Y hace tiempo que no hay tiempo. Pero no obstante las urgencias, que parecen acuciar siempre, Valdés supo capitalizar, en estos años de gestión, su visión de diagnóstico, su pelea sorda para desterrar el medioevo cultural que lo rodea y para convertir en un activo la idea de un gobierno distinto con gente que hace 20 años hace lo mismo. Sumó adhesiones también con su discurso aperturista y ciertamente respetuoso de las diferencias. Ese capital se convirtió, el año pasado, elecciones mediante, en un nivel de apoyo institucional y político que no tiene parangón en la historia reciente de Corrientes. Tiene mayorías agravadas en ambas cámaras de la Legislatura, alta ponderación pública y la consideración del pequeño establishment económico de la provincia.
Supo alzar, también, algunas banderas progresistas relacionadas con el debate de nuevos derechos, que sin ponerlo a la vanguardia, lo ubican en ventaja en comparación con ciertos hombres y mujeres que encarnan versiones de un mundo que ya no es, y que persiste en Corrientes por la sombra del pensamiento tripulado a la que son sometidos gruesos sectores vulnerables de la población.
Valdés redondeó en este tiempo un discurso de género, igualdad e inclusión, y navega con solvencia las aguas picadas de los nuevos desafíos sociales, sobre todo el relacionado con el aborto, que pone en contradicción las políticas de salud pública con la moral católica dominante en el país y hegemónica en la provincia.
Pero el Gobernador sabe, más allá de todo, que empieza a acabarse el tiempo que hasta el momento le fue concedido y que ya no alcanza solo con el diagnóstico y mucho menos solo con las palabras bellamente talladas por los profesionales del marketing y la comunicación. Sabe, como estudioso de los procesos que es, que mejor que decir es hacer. Por eso, tal vez, el Gobernador invirtió casi tres horas ante los legisladores, el domingo pasado, para detallar acciones en el marco de un mensaje con varios destinatarios posibles. Ratificó el rumbo, su rumbo, pero consciente de que desatar escollos futuros dependerá más de cuestiones internas que de avatares políticos externos, de la oposición o incluso de la economía, pese a su gravitación crítica.
Para hacer lo que dice, Valdés necesita gestión, gente comprometida y que sea capaz de andar a su ritmo, que por si fuera poco debe ir en aumento para que la reelección sea una opción, como plantean muchos. Pero también requiere de instrumentos, muchos de los cuales aguardan en la Legislatura, cuyo resorte maneja la propia coalición de gobierno. O varios de sus generales.
Radica allí una clave importante para definir el futuro político del Gobernador y el de la provincia. Hace tiempo Valdés viene proponiendo lo que la Legislatura no viene disponiendo. Esa contradicción, manejada todavía dentro de los palacetes oficiales, en algún momento hará eclosión si las diferencias se vuelven insalvables y se convierten en trabas.
La oposición, diezmada por falta de estrategia, fragmentada por mezquindades varias, sin un perfil claro más allá de la defensa de las directrices del gobierno de Alberto Fernández, y sin una propuesta que supere la “sensación de seguridad-estabilidad” que ofrece Encuentro por Corrientes, no tiene poder de fuego. El contralor es menor y los debates no aparecen más que como charlas de café, lo cual tensiona de nuevo sobre la posibilidad de acceso real al poder, que sería importante para una oposición que se precie, como la del PJ, pero que no es lo único. Lo más grave de la ausencia de una oposición real, local-provincial, radica en el empobrecimiento de la calidad final de la democracia.
Este racconto, que no agota las aristas posibles para el análisis, puede abrir la puerta hacia una oportunidad si las diferencias de criterio -que existen en el Gobierno, pese a los silencios que imperan en la vida pública correntina-, se canalizan utilizando lo mejor de las artes de la política. La historia de Corrientes es pródiga en disputas, fratricidas muchas de ellas, que no hicieron más que ahondar la postración.
Los actores del gobierno de Corrientes, que son los mismos desde la crisis de 2001, tienen ante sí la posibilidad de poner a la provincia y a su gente por encima de los intereses personales o sectoriales. De asumir la cuota de responsabilidad que les toca en la administración de la cosa pública, lo que implica suspender, de momento al menos, esa posición de víctima (la culpa de todos los males es siempre de otro, del otro, sobre todo del Gobierno nacional) con la que buscan eximirse de sus errores o excesos.
La hora demanda inteligencia para resolver las cuitas internas entre los que encaran -por ahora desde el discurso y desde algunas acciones germinales- un proyecto de provincia anclado en el progreso y el desarrollo con inclusión, frente a los mesiánicos y sus acólitos que, subsumidos en pensamientos de otro tiempo, cultivan solo la ambición de poder abonada por las viejas glorias de una supuesta reconstrucción, tras la hecatombe del año 99.
El pago de los salarios en tiempo y forma en una provincia cuya actividad principal depende del Estado, es una base necesaria, sin dudas. Pero es solo una base. Tomar esa obligación institucional como un logro de gestión (y de esto ya hace 20 años) y abandonar la tarea verdadera, proactiva en relación al desarrollo provincial, constituye cuanto menos una explícita violación a los mandatos constitucionales que rigen el principio del poder delegado.
Por tanto, es tiempo, desde hace tiempo, de encender las alertas, de levantar un poco la mirada y advertir que en los próximos años se definirá una grieta real entre el progreso y el atraso, entre los planes y las chicanas, entre la expansión y la aldeanía, entre las relaciones asociativas y las cerrazones de la soberbia autoritaria, entre un gobierno de puertas abiertas y otro más bien oscuro, bosquejado en libretas de almacén.
Evitar las confrontaciones en la cúspide del poder y en todo caso profesionalizar la toma de decisiones pensando en el bien común, debería ser una demanda colectiva, pero es, de arranque, obligación de los que gobiernan.
La conducción provincial es más que la de un partido. La provincia debiera significar más que la necesidad obcecada de re-batir un récord personal. Pues mientras algunos cargan las tintas con su verba inflamada, venenosa, los récords que duelen se siguen batiendo a sí mismos, por caso los de la pobreza e indigencia, que ya lisiaron el futuro de varias generaciones desde el 2001 hasta hoy, y que mientras tanto sigue expulsando correntinos a un desarraigo que nos vacía y lastima tanto a los idos como a los quedados.

Gustavo Valdés: “Tenemos que darle un changüí al Presidente para que trate de hallar el rumbo económico que no supimos encontrar nosotros”

Esta entrevista, parte de un ciclo que El Litoral y E. L. editaron en formato digital durante todo el año, tuvo su cierre en el Teatro Vera con el gobernador Gustavo Valdés. Coincidió además con la culminación de su segundo año de gestión, por lo cual la oportunidad fue más que propicia para esbozar un balance y proyectar lo que viene, pasando por la coyuntura nacional y provincial. La que aquí reproducimos es parte de la charla, que se puede ver integralmente en video en esta misma plataforma.

—¿Cómo le va, Gobernador? ¿Cuál es su balance de estos 2 años de gestión?
—El primer año fue adaptación, de luna de miel. La verdad es que no es fácil hacerte cargo de un gobierno. Tomar las riendas de un Estado, que es omnipresente en toda la provincia, realmente es complicado.
Y darle una impronta y que el Estado se pueda mover, lleva su tiempo; pero creo que estamos encaminados. Estos dos años que vienen creo que le vamos a dar un dinamismo que ya va teniendo, el ritmo que queremos. Espero que ayude la cuestión nacional y que no tengamos vientos de frente, por lo menos.

—A mitad de este año ganó con más del 60% de los votos y una diferencia de más del 40% en relación al PJ. Eso lo convierte en el gobernador más poderoso, al menos desde el retorno de lo democracia. ¿Qué responsabilidades asume ante tanto acompañamiento?
—Pero el poderoso no termino siendo yo. El poderoso termina siendo el conjunto. A medida que nosotros vamos entendiendo hacia dónde tenemos que ir, creo que nos estamos encaminando todos, porque si no termina siendo como que el poder radica en una sola persona, y yo no soy partidario de que el poder lo maneje una sola persona durante todos los tiempos, durante todo el tiempo.

—Pero es el gobierno más poderoso que se recuerde…
—El gobierno. Me parece que tener mayoría en Diputados, en Senadores, te va dando la posibilidad de que puedas hacer lo que uno va creyendo. Pero uno también tiene que ir articulando con diputados y senadores, enriqueciendo las normas, las leyes, las ideas. Eso me parece que es positivo para todos, con una dirección ya definida hacia dónde quiere ir la gente, acompañando al gobierno y el gobierno acompañando a la gente.

—Igual, tiene una cuota de responsabilidad…
—Seguro, no lo discuto, pero es la primera que vez hay una mayoría clara, una mayoría de dos tercios en ambas cámaras, que no sale a correr, a modificar, a cambiar, a pedir superpoderes, a salir a intervenir instituciones, municipios, a trabajar con ese tipo de cuestiones. Creo que a nosotros esa confianza de los ciudadanos nos sirve para afirmar la identidad de vivir en paz, en armonía y fortalecer las instituciones. Ese es un logro que lo hemos conseguido todos.

—Hace pocos días usted se reunió con el Presidente la Nación. Después del encuentro, ustedes los gobernadores radicales (Valdés, Morales y Suárez) fueron muy importantes a la hora de empezar a dar señales, desde el punto de vista democrático, para permitir el tratamiento de la Ley de Emergencia Social. Fue reconocido incluso por el propio Alberto Fernández y la sociedad.
—Cada vez que el Presidente convoque a los gobernadores o al gobernador de Corrientes uno tiene que concurrir, escuchar, dialogar, porque me parece que es lo sano: la democracia, y no tiene que tener nada malo, ya que es una reunión de institucionalidad.
Yo creo que lo democrático es siempre respetar la voluntad popular, y respetar la voluntad popular es dejar que la voluntad popular se plasme a pleno en el cuerpo y después uno va a tener una discusión si te da la fuerza, si no te da la fuerza. Si no te da la fuerza, tenés que comenzar tachando la generala doble, como en definitiva terminó ocurriendo.

—Pero no obstruir el Congreso, como se pretendió.
—No obstruir el Congreso de la Nación. Entonces me parece que era saludable que nosotros salgamos a respaldar la asunción de diputados oficialistas, en este caso, y que con el juego de la democracia, con toda la voluntad plasmada, pueda jugar libremente el Congreso de la Nación, con los claros y oscuros. Hay un gobierno que necesita y tenía apremio para tratar una norma. Ojalá que todos los argentinos podamos pensar y actuar de esta manera, que podamos tener instituciones más sanas, que sean más saludables y que pueda haber debate. Eso me parece que es prudente para todos.

—Para hacer el balance lo invito a hacer un repaso desde su discurso de asunción. En marzo de 2017 usted proponía un ataque frontal a la pobreza y dos procesos centrales: modernización y crecimiento.
—Hay dos cosas: yo analizo el empleo público en cuanto a niveles de salario. Nosotros estamos en un promedio de salario de $28.000, por encima del promedio de salario del sector privado y eso genera un aporte. Por supuesto que cuando uno ve y tiene devaluación, y mide en dólares, uno mide la pobreza y, generalmente, los números terminan subiendo; pero este ciclo nosotros lo vimos en Argentina.
La pobreza se tiene que medir de manera multidimensional: no es lo mismo una persona que cobra 20.000 o 30.000 pesos en Corrientes a otra que cobra lo mismo pero en el centro en la ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, la pobreza te mide de igual forma. Pero hay que trabajar mucho y ayudar. Uno puede largar un plan social y enmascarar la pobreza. Pero la pobreza se tiene que resolver generando inversiones, generando trabajo con empresas privadas que puedan llegar a tomar trabajadores y que puedan tener sueldos importantes con aportes y en blanco.

—En su discurso de marzo del 2017 también hay un paralelismo que me parece importante, porque habló casi en los mismos términos que el presidente Fernández en su asunción. Dijo: “Asumimos el compromiso del erradicar la pobreza y acompañar a los desposeídos, sabemos que la única manera de solucionar los problemas es reconociéndolos”.
—Bueno pero eso es un problema de cómo mirás el vaso. Nosotros tenemos pobres y es una verdad de perogrullo: tenemos pobres, Estados Unidos tiene pobres, China tiene pobres; pero hay veces que es conveniente decirlo y hay veces que es mejor hablar de lo positivo que tiene una provincia, es una toma de decisiones. Pero en todo el mundo existen pobres, ojalá que no existiera ni uno más, que podamos llegar a una sociedad o apuntar, como una utopía, a decir: “yo quiero hacer desaparecer a los pobres”. Pero hay que trabajar todos los días y hay que tener inversiones que te conduzcan hacia ese destino. Eso es lo que tratamos de hacer siempre.

—En ese discurso habló de incluir a las mujeres y a los más vulnerables, a los vecinos en todas las direcciones, mencionó especialmente a la Capital y hoy se está viendo un poco eso. Otro punto que me parece fundamental de ese discurso es que mencionó incluir “a los que están y a los que se fueron”. Durante el siglo XX y los primeros 20 años del siglo XXI, 1 de cada 3, o 1 de 4 de los nacidos se fueron de la provincia. ¿Se puede revertir esta tendencia?
—El correntino es embarcadizo, va a la fuerza de seguridad, vamos a todos lados. Históricamente, Corrientes tuvo un rol fundamental, que es, por ejemplo, los docentes en el Chaco, los en Formosa, en Misiones. Los trabajadores, los profesionales que se fueron afincando en distintos lugares.
Pero (siempre le decía a la gobernadora Vidal y se lo puedo decir a cualquier gobernador de la provincia de Buenos Aires o de la Capital Federal) mientras siga habiendo desigualdad de oportunidades, más oportunidades en Buenos Aires, y que no hayan oportunidades para la provincia, los correntinos vamos a seguir yendo a la Capital Federal y al Gran Buenos Aires. Siempre que no haya posibilidades, si no cambia la matriz, no va a cambiar esa migración. Si vos tenés una tarifa de luz baja, una tarifa de agua baja, y si vas tener un sueldo muy superior en Buenos Aires, con que consigas un trabajo, tu condición de vida cambia. Es como irte a otro país. Entonces, vos tenés una migración interna que termina generando un país macrocefálico y ese tipo de país no le hace bien al argentino. Esto es lo que tenemos que revertir con oportunidades en el interior, con federalismo, que es lo que terminó devolviendo Mauricio Macri a las provincias. Pasa que la Argentina es complicada, el presidente que más le devolvió el federalismo económico a las provincias fue Macri. Y hoy comenzamos a revertir nuevamente este proceso, porque todas estas leyes que se mandaron al Congreso de la Nación son nuevamente el concentrar recursos para la Nación y estamos desandando el camino que trazó el anterior presidente. Estamos volviendo al unitarismo fiscal y lo estoy diciendo hoy, a diez días de haber asumido el nuevo presidente.

—Al asumir, cuando habló de modernización, dijo: “El mundo está creando inteligencia artificial y nosotros todavía luchamos con la deserción escolar”. “Modernización no es comprar computadoras, es cambiar nuestras cabezas y pensar de otra manera”.
—Bueno, es todo un desafío. La cuarta revolución en el mundo es la inteligencia artificial y si no tenemos conectividad, nos vamos a perder grandes posibilidades en el mundo. Por eso, invertir en conectividad es lo que estamos comenzando a hacer desde el Estado. Es fundamental para no perder la batalla contra las empresas privadas.

—También mencionó… vamos a hacer un repasito rápido: la ganadería, la exportación, el arroz, los cítricos, la horticultura, la yerba, el té, la miel, el turismo, el Iberá, la expansión de las redes del aeropuerto; se habla de nuevas pistas, más allá del Piragine Niveyro. ¿Cómo está eso?
—Bueno, las pistas… inauguramos la de Ituzaingó, la recuperamos, pues estaba fuera de servicio completamente. La de Carlos Pellegrini la estamos haciendo, estamos buscando en Concepción hacer la otra pista. El aeropuerto de Paso de los Libres lo estamos trabajando, como también el que hemos conseguido en el aeropuerto de Monte Caseros. Son pistas que hemos recuperado, en las que hoy tenemos cinco lugares donde mejorar. En muchos casos van a ser turísticas, en muchos casos van a ser comerciales.

—También habló de la Ley de Educación, del Código Penal. Recientemente hubo avances en esos ordenamientos. La regulación dominial, un banco de tierra, fondo de desarrollo rural, plan hídrico….
—El plan hídrico lo estamos avanzando en la medida que podemos. Tenemos el plan de una obra muy grande que tiene que ver con la Ex Vía, una obra esperada largamente. Esperamos realizarla con Eduardo Tassano, con fondos que son propios de la Provincia. Terminamos el Canal 5, que es el que pasa por debajo del aeropuerto. Estamos avanzando en la canalización del barrio Cremonte para tener salida por el Canal 5 y que no salga por otros desagotes. Después, bueno, tenemos que ir avanzando por esos planes, vamos a ver qué posibilidades tenemos y vamos a seguir trabajando en eso.
Y después tenemos la modernización del Estado, que tiene que ver con el Banco Provincia nuevo, que ya lo estamos terminando. Después, estamos trabajando en el Ioscor e IPS; aumentamos dos pisos más de lo que estaba previsto, porque soportaron las estructuras. En la medida que podamos, vamos a trasladar Catastro, y el Registro de la Propiedad Inmueble, edificios que eran absolutamente necesarios y también Personas Jurídicas.

—Pero ahí se va a generar un nuevo centro… y puede generar problemas la falta de infraestructura vial.
—El centro hoy ya es inaccesible.

—Claro, pero se puede pensar en extender la costanera sur, para poder dar salida al flujo vehicular de esa nueva zona…
—Es una obra cara, esta es una cuestión de plata. El plan lo tengo, me falta solamente la plata. En definitiva. la pobreza termina siendo pobreza por falta de plata. Por eso me parece que hay otras obras que son más urgentes; por ejemplo, el ingreso desde San Luis del Palmar, desde Laguna Brava, hasta la rotonda de la Virgen; que es una obra que lo tenemos que hacer porque es el lugar más transitado de la ciudad, más transitado que el puente.

—Sé que es importante, pero no me quiero detener en la política salarial, porque es una cosa que se habla todos los días. Sí mencionar que usted garantizó la política salarial de este año y el próximo.
—Exactamente, porque tenemos solvencia fiscal, financiera, y la provincia básicamente está bien comparado con otras provincias. Nosotros sabemos que tal vez no haya tanta ayuda del Gobierno nacional, lamentablemente, para que la Provincia de Corrientes ande bien. Pero tenemos que hablarlo, debemos tranquilizar a mucha gente. Porque por ahí dicen: “y ahora qué va a pasar, ahora que tenemos este gobierno que viene y no tenemos las posibilidades que antes”.

—En ese punto no va a pasar nada.
—No va pasar. Nosotros estamos garantizando pagar los sueldos. Bueno, de hecho, anunciamos el pago de un bono $6.000 para enero, que es el mes más largo del año.

—Mencionó antes que a partir de 2020 va empezar otra sinergia, otra velocidad en el gobierno, y uno tiene la sensación de que hay ministros que no le siguen la velocidad en la que ya está hoy el gobierno.
—Bueno, tienen que apurar el paso, tienen que acelerar. Hay ministerios que tienen dificultades en la estructuración del Presupuesto. En este Presupuesto nos sentamos a ver con detenimiento tratando de delinear en gran medida la obra pública y ordenarla. El Ministerio de Obras Públicas está funcionando mejor, lo reagrupamos y le estamos dando presupuesto.
Entonces, vos decís, “si no le das presupuesto, es imposible que el ministro pueda avanzar con velocidad”; por ende, tratamos de distribuir lo mejor posible. Este es el primer presupuesto (el de 2020) que de alguna manera comienza a avanzar con lo que nosotros creemos que tenemos que hacer.

—Vamos a conceptualizar un poco. Un informe del Banco Mundial dice que Corrientes es una de las provincias con menos posibilidades de habitabilidad. ¿Qué ve usted en cuanto a las posibilidades de revertir esto, en cuánto tiempo? ¿Por dónde empezar?
—Tenemos que tratar nuestras ventajas, sino otra vez estamos mirando nuestras desventajas. Si nosotros fuéramos una provincia petrolera, podríamos hacer como Dubái: poner islas sobre el río Paraná y arriba de la isla de arena construir un rascacielos, hacer un edificio. Pero estamos hablando de recursos. Tenemos que aprovechar al máximo nuestros recursos y hacer más eficientes los recursos que invertimos en el Estado, ese es un ejercicio que venimos haciendo.
No queda otra posibilidad, tener los caminos en condiciones que necesitamos seguir mejorando, porque falta mucho, tener inversión en lo que es puertos, tratar de generar nuevas rutas, de ayudar a los productores que se radiquen y que mejoren su calidad productiva. Esto es lo central, lo demás tiene que ser un acompañamiento de la sociedad, pero sabiendo que lo central termina siendo la producción y la generación de riquezas. No hay otra manera. Todo lo demás termina siendo una mentira.

—Hay un recambio generacional en los elencos políticos. Usted mismo encarna uno de ellos: la Provincia. Pero en el resto de las líneas, ¿están generando recambio generacional?
—Hay que mejorar, pero se está generando. También hay que ver si la política se renueva o renueva su stock de dirigentes, pero uno nuevo no quiere decir que es uno mejor que uno que ya tiene experiencia. La experiencia es fundamental e importante, y cuenta. Las sociedades sabias no son las sociedades que tiran la experiencia por la ventana, las sociedades sabias son las que se nutren de la sabiduría de la experiencia.
Entonces hay que combinar. Creo que las personas jóvenes tienen mucho más fuerza, que realmente poseen mucho más potencial para dinamizar la política, pero el que tiene la experiencia y la sabiduría debe conducir la fuerza joven por el lugar correcto. Entonces, así, nosotros equilibramos.

—Claro, acá como que hay cierta quietud…
—Tenemos nuevos cuadros y otros que ascendieron con el paso del tiempo, por decirlo de alguna manera. Es decir, hay un recambio generacional también en cuanto a la experiencia, pero al no haber un cambio de gobierno, lo que hay es trabajo y mayor experiencia en cada uno de los equipos técnicos y se va sumando por debajo a las nuevas líneas gente más joven que va aprendiendo y va evolucionando. Esa es la forma que nosotros tenemos y vamos mejorando nuestros equipos técnicos. Yo creo que de igual forma podemos avanzar en la capacitación también. Hay que trabajar.

—Siguiendo este punto ¿cómo toma decisiones el Gobernador? ¿A quién consulta usted en su mesa chica?
—La decisión del poder es siempre una sola. Las decisiones del gobernador las toma el gobernador. Uno puede tener dos o tres sugerencias, pero la decisión y el camino siempre la toma el gobernador. Ahora: hay decisiones que son políticas, que hacen al partido o al rumbo, en las que uno puedo escuchar, ver, trabajar. Por ahí tomar una decisión política juntos, que es sobre todo referida a la política o a la marcha, o escuchar a los socios.
Me parece que eso tiene que ser una virtud: poder escuchar a todos, pero la decisión del gobierno la toma el uno solo. Las decisiones políticas creo que las terminamos tomando entre unos cuantos.

—¿Se inscribe más cerca de la tradición desarrollista del Piragine o del pragmatismo colombista?
—Creo que hay que hacer las dos cosas. Me parece que uno tiene que ver el problema y estar orientado a la resolución, no importa si la idea es de izquierda o de derecha. Aprendimos en China que hay un dicho que dice: “No importa si el gato es blanco o negro, lo importante es que el gato cace ratones”. En definitiva, uno hace política no para un sector; sino que hace política para que el ser humano esté mejor y eso es importante.

—En relación a los aportes para cerrar la grieta. La grieta es un hecho político y social que vive la Argentina y también Corrientes. ¿Ahora, cuánto más está dispuesto a hacer para cerrar esa herida?
—Uno es el gobernador de los correntinos, de todos. Entonces cuando hay un necesitado, no importa de qué partido sea: lo tenés que resolver. Creo que esa es una forma y un aporte a resolver la grieta. La descalificación al opositor porque lo querés descalificar me parece que no construye. Tenemos que bajar un poco los decibeles de la pelea y que la política se siente a pensar en planes estratégicos y que todos juntos podamos tener una propuesta de una sociedad en un trabajo conjunto.

—¿Qué errores le endilga al macrismo por la derrota electoral?
—Yo creo que le faltó contacto con la ciudadanía, faltó política. Hay cosas que se resuelven haciendo política. Hubo funcionarios que tuvieron un contacto fluido (Marina Klemensiewicz; Rogelio Frigerio), y otros a los que realmente les costaba el contacto con el ciudadano. Y a veces se toman decisiones desde Buenos Aires y se pierde contacto con la ciudadano. La política en la Capital Federal, en el Conurbano y en Buenos Aires es de una manera, y en el interior de la Argentina es de otro.

—¿Y la economía?
—La economía también, pero la economía decime quién la resolvió, decime que la resolvió Carlos Saúl Menem o Raúl Alfonsín, o Eduardo Duhalde. O decime que la resolvió Néstor Kirchner, o Cristina, o Macri. El que resuelva la cuestión económica de la Argentina y que vuelva la Argentina de los años 30, yo creo que va a ser votado por mucho tiempo. El problema es que nosotros no queremos hacer lo que tenemos que hacer para que la economía crezca.

—¿Qué es?
—Equilibrar los gastos del Estado e invertir en desarrollo y crecimiento, es lo que no queremos hacer, nos queremos mentir de que estamos en otra Argentina y permanentemente hacemos cosas que son populistas, hacemos cosas que suenan bien a los oídos y queremos agradar a la gente para ganar la elección a 2 años o 4 años. Nosotros tenemos que hacer una política que nos sirva en el tiempo, 20 años adelante y ahí vamos a crecer, no hay solución mágica.

—La sociedad exige también ajustes en los gastos del Estado, los gastos políticos…
—¿Cuál es el gasto político?

—El Gobierno, los legisladores, las dietas, los cupos, los jueces.
—El Estado tiene tres poderes. Nosotros tenemos el el Poder Legislativo que gasta el 2,5%, aproximadamente, en Argentina; el Poder Judicial gasta otros 3 o 4 puntos y el 94% se invierte en el Poder Ejecutivo. Entonces, la desproporción de presupuesto que tiene el Poder Ejecutivo respecto al Legislativo y Judicial es enorme. Sin embargo, se termina achacando a las representaciones menores presupuestariamente. Pero nosotros tenemos que tener racionalidad dentro del Poder Ejecutivo, si no tenemos racionalidad, no vamos a resolver las cosas. El Estado para resolver tiene que tener racionalidad. Entonces, cuando más agrandamos el Estado, necesitamos cargar más impuestos para los que producen, y al cargar más impuestos sobre los que producen, los que producen cada vez lo hacen menos, y cada vez hay más pobres y para salir de la pobreza los ponemos en el Estado, y el Estado, como necesita pagar mejores sueldos y salir de la pobreza, vuelve a cargar impuestos sobre los que producen. Entonces, eso es lo que tenemos que resolver alguna vez, aunque sea antipático, pero no lo hacemos.

—¿Y por qué no lo hacemos?
—Porque viene el populismo y tenemos que hacer lo que le gusta a la gente y todos sabemos lo que está ocurriendo, todos sabemos las consecuencias, aplicamos políticas que ya fracasaron en Argentina, pero que son simpáticas.

—Bueno, pero el ajuste también hambreó a mucha gente, el 40% de la gente es pobre.
—En dólares…

—Es inviable igual, sea un número más, un número menos…
—Lo único que sirve es la inversión. Nosotros no podemos tener funcionarios públicos nacionales que cobran 400.000 o 500.000 pesos y funcionarios municipales que trabajan por 2.000 o 3.000 pesos, con planes sociales. Esto termina siendo un problema central, que en algún momento se tiene que resolver.

—Dada la actualidad de la oposición en Corrientes, una oposición fragmentada producto del voto popular, y también de sus propias responsabilidades, los escarceos que más suenan desde el punto de vista político son los escasos de la coalición del gobierno ¿Cómo se maneja esa interna?
—Bueno es lo que ocurre cuando uno tiene muchos votos y muchos partidos, pero uno incluso puede tener diferencias de visiones dentro de los mismos partidos políticos y uno las tiene que tomar como sugerencias. Si uno toma todo el tiempo como un ataque el pensar diferente, el tener otra opinión, es complicado. Nosotros somos un partido político centenario, el radicalismo, que ha tenido divisiones en su tiempo, que ha tenido puntos de vista distintos. Ahora tenemos que conjugar con una serie de partidos políticos trabajando y armonizando, pero es el arte de construir entre todos la sociedad del futuro. Creo que en esto radica el buen arte de la política.

—¿Qué espera para este año y para el que falta todavía?
—Espero que el año que viene sea un año mejor para todos y encontremos el camino del desarrollo y el crecimiento, y que hagamos una apuesta para que a los argentinos nos vaya bien, para que al gobierno de Alberto Fernández le vaya bien, porque si le va bien el gobierno nacional, le va bien al gobierno provincial. Esto lo tenemos que entender, tenemos que darle un changüí como decimos nosotros las correntinos para que encare una senda y que trate de encontrar el rumbo que tal vez nosotros no supimos encontrar en lo económico, aunque concertamos en muchos otros rubros y que son positivos. Y esperemos que en los dos años que nos quedan a nosotros, encontremos el camino y que Corrientes esté un poco mejor. La vamos a comparar con otras provincias y la van a ver mucho mejor.

—La última: ¿De cuántos años es el proyecto político del gobernador Valdés?
—Mi proyecto político es el que me dé la gente. Si la gente quiere me va a dar dos años, si el ciudadano quiere vamos a tener la posibilidad de ir por más, pero depende del tiempo de gobierno. Pero no tenemos que hablar de estas cosas si nosotros no tenemos la posibilidad de evaluación. Primero, tenemos que trabajar y después, en todo caso, tenemos que proponer. Pero primero hay que trabajar porque si no, uno parece que está pensando en 2 años, y nosotros tenemos que trabajar pensando en 20, no en 2. Cuando nosotros pensamos en 2 años, en 4 años, equivocamos el camino.

 

Corrientes pro vida: “Que los cambios por el aborto se debatan en la Legislatura”

—¿El 2020 va a ser el año de la reforma electoral, del voto joven?
—Yo propuse el tema del voto joven, del voto de la mujer también. Ese es un debate horizontal y que va a todos los sectores, mujeres de nuestro partido, de otro partido, hombres que quieren votar, hombres que no quieren votar. Yo creo que la política es la que tiene que generar los cambios en la sociedad y hoy la mujer tiene un rol central y la Legislatura tiene que comprender que ese rol central tiene que estar reconocido y garantizado por ley.
La participación de las mujeres es necesaria y cometemos un error al no tener obligación. Hay muchas mujeres capaces, lo digo haciendo una autocrítica. Creo que es un proceso que se va a ir dando con el transcurso del tiempo, pero hay que ir poniendo el asunto sobre la mesa.

—También está sobre la mesa la Educación Sexual Integral y el nuevo protocolo de aborto. La provincia tiene una postura tomada al respecto: es una provincia pro vida. ¿Va a cambiar la posición de Corrientes con respecto a estos temas?
—Nosotros lo tenemos por ley, por lo que esto hay que debatirlo por ley. Tenemos una ley que dice que Corrientes es pro vida. Que se debata en la Cámara.

—¿Propone que la Legislatura aborde el tema?
—Que debatan los representantes de la gente cuál es el protocolo, qué vamos a hacer y que se escuche a la Iglesia Católica -que tiene muchos fieles-, pero que también se escuche a los evangelistas, que se escuche a la izquierda. Esto tiene que ser un debate que se tiene que dar, no con una sola oposición, sino escuchando a todos y consensuando. La mejor manera de consensuar no es con un decreto, sino es justamente que la Legislatura que sancionó la ley Corrientes pro vida vuelva a discutirla. Me parece que tienen que ser los legítimos representantes de la gente.

—¿Y la Educación Sexual Integral? ¿Cómo repensamos la educación, en general, más allá de eso?
—Es complicado no tener la educación sexual como lo es no tener una materia inclusiva. Debemos revisar esto, como también que todos los sectores puedan tener que ver con tránsito, en todas las materias educativas, todo el tiempo. Porque un tránsito desordenado nos genera un agujero en las cuentas públicas, porque tenemos que hacer inversiones permanentes en salud, en el Hospital Escuela.
Me parece que es fundamental que repensemos la educación. Incluir robótica, modernizar, que todas las escuelas tengan internet, que puedan brindar a sus alumnos esa posibilidad fundamental. Hoy es más importante tener conectado un celular, un ordenador a la red, donde está el 90% del conocimiento humano, que tener una biblioteca llena de libros; porque la red es como tener una biblioteca virtual al alcance de la mano. Entonces, creo que tenemos que aportar sin descartar. Y, entre otras cosas, tenemos que leer más.

—Es importante lo que está diciendo. ¿Cuándo ponemos la línea de largada?
—La línea final sería en conectividad…

—Está bien, pero eso es infraestructura.
—Bueno. El contenido lo estamos trabajando hace dos años.