No se pudo: ganó Alberto

Ganó Alberto Fernández en primera vuelta, pese a la remontada de Mauricio Macri después de la contundente derrota en las Primarias del 11 de agosto. Ganó Alberto Fernández y será el nuevo presidente de los argentinos a partir del 10 de diciembre. Este dato, que corona un estado de situación político y económico más bien difícil, confirma la fortaleza del sistema democrático nacional que, aún con sus falencias, emergió revitalizado como una herramienta válida para dirimir diferencias tan marcadas, tal cual demostraron los resultados.
Ganó Alberto Fernández y eso demanda, a partir de hoy, trabajar en una transición respetuosa y ordenada. Y no se trata de una frase hecha, sino que es un estado de cosas que se sustenta con datos:

1. La Argentina tiene casi 16 millones de pobres (Indec). La inflación llegará a fin de año por lo menos al 59%.
2. A fin de año la economía nacional registrará variaciones negativas profundas, una recesión que tienen muy pocos países en el mundo.
3. El contexto latinoamericano, además, no es el mejor: hay un hartazgo social con las elites políticas cuya manifestación más contundente se está dando en Chile.
4. La corrupción y la desigualdad social, que son males sin ideología, acechan a la Argentina desde hace mucho tiempo, con perjuicios que deben ser revertidos y para lo cual hay que hacer muchos esfuerzos.

Para todo esto se necesita de la política. La remontada de Macri lo demostró en ese plano. El Presidente decidió dejar la virtualidad, salió a la calle y recuperó, al borde del milagro, un enorme acompañamiento en las urnas.
Primero lo vio el peronismo. A sabiendas de sus lados flacos, el PJ buscó y logró una unión que fue salvadora. Se trata de una unión electoral que ahora deberá reformularse, sobre todo cuando pasen a ser una estructura de gobierno. El éxito de Fernández también dependerá de cómo se diriman esas cuitas internas. Y lo mismo pasará en Cambiemos. Macri puede querer ser el líder de la oposición, pero es verdad que cambió el escenario y surgieron otros jugadores. Horacio Rodríguez Larreta, por ejemplo, el gran ganador de ayer en la Ciudad de Buenos Aires. También habrá que ver que hacen el radicalismo y el resto de los socios del PRO.
Es pronto para saberlo, pero son claves a tener en cuenta.
Ahora, ¿por qué ganó Alberto? Podríamos ensayar algunas explicaciones:
1. La promesa de un futuro mejor le ganó a la religión del “alivio”. La empatía con el dolor de la gente derrotó a la declamación desconectada del mundo real, de la pobreza enorme que carcomió los cimientos de miles de familias.
2. El voto bolsillo derrotó al voto clasista. Pudo más el castigo a la inflación no resuelta, al desempleo en aumento, a los salarios a la baja, a las tarifas dolarizadas y a la desigualdad que incuba pobres e indigentes, que los avances arraigados en supuestos valores morales y políticos, republicanos.
3. La consigna, que tanto molesta a algunos, le ganó al marketing y al egoísmo de otros. La promesa de cambiar, corrigiendo errores del pasado, fue más atractiva que la continuidad de un modelo agotado que excluye y hambrea en nombre de supuestos otros activos de difícil verificación en la Argentina de estos años.
4. El recuerdo de algunos años mejores pesó más que los incumplimientos electorales justificados en la pesada herencia y la falta de tiempo.
5. La unión del peronismo, la lectura de la hora política, la conformación por necesidad de un gobierno frentista (aunque sea entre facciones del peronismo), el renunciamiento de Cristina Fernández, la emergencia de una figura con peso propio, más progresista que los que engendró históricamente el PJ y el compromiso de cerrar la grieta que divide y debilita los tejidos sociales más básicos, fueron más atractivos para el 47% del electorado que la división a la que apeló Macri entre un nosotros y ellos.
6. Juntarse dio más resultado que el achique en el que cayó el gobierno de Cambiemos después de haber ganado en 2015, y tras haber creído en un portento solitario y en una sordera sostenida. Macri cayó en su propia trampa, o en la que le tendió su todopoderoso ministro Marcos Peña, que dijo siempre, para el que quería escucharlo, que “la demanda ordena la oferta”. La demanda ordenó la oferta. Con el resultado puesto, esto quiere decir que la gente estaba demandando una fórmula como la de los Fernández.

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La esperanza de la gente de volver a un reparto más equilibrado de la alicaída riqueza nacional se impuso a una política económica restrictiva, aún sabiendo que en aquel modelo emerge como consecuencia la inviabilidad financiera, aunque preferible, tal vez, a la inviabilidad política, social e incluso moral de gobernar siempre para los que más pueden y tienen.
No obstante, la transición será difícil. El país que viene lo será. Porque los Fernández no deben equivocarse. El triunfo de hoy da derechos, pero en el mismo tamaño de las obligaciones. Ya no hay margen para volver al pasado y mucho menos para tomar como herramienta válida las que usó el peor kirchnerismo.
Ya no hay margen para la corrupción, para el prepoteo, para las persecuciones al que piensa distinto. No hay margen para la discriminación política, para el manejo por la billetera (que para ser justos, no es exclusivo del kirchnerismo). Ni siquiera hay margen para sobrar situaciones, porque está visto que el problema del dólar no pudo solucionarse, ni el de la inflación era cuestión de días. La economía está en terapia, pero no es del único enfermo en el país que viene.
Quedó demostrado, con estos resultados, que la política tiene una centralidad que algunos prefirieron no ver. Semejante desprecio aisló a Macri y los suyos. Sobre el final de su gobierno, lo obligó a hacer a las apuradas lo que siempre condenó: desde el cepo al dólar hasta la eliminación del IVA de los alimentos. Pasando por lo dicho: la salida del territorio virtual al territorio real, el de las grandes movilizaciones que, aunque tarde, terminaron fortaleciéndolo.
Las redes sociales, el control de daños alquilado a los medios de comunicación y el relato empalagado de un optimismo hueco, está visto, tuvo su baño de realidad. Nada de eso es posible si en algún lugar no hay política que lo sustente.
Por lo demás, el resultado de ayer parece haber condenado a las consultoras, que fallaron otra vez en masa, como en las elecciones de agosto. Es verdad que antes como ahora acertaron en la ubicación de los candidatos, pero fallaron en ristra en cuanto a las diferencias.
Tal situación no fue menor. Primero porque falló un servicio que se vende con un margen de error que claramente fue mucho más alto, pero sobre todo porque los números alinean percepciones. El desaguisado entre lo previsto y lo sucedido en agosto impactó de lleno en la economía y motivado o no, el movimiento del dólar no hizo más que empobrecer todavía más a las ya pobres arcas del país y al bolsillo de los argentinos.
Semejante error, el de agosto, intentó además hacer creer otras dos cosas:

1. Que cambió la matriz del voto argentino (que la gente podría votar por alguien que estancó y desbarrancó la economía)
2. Y que un gobierno, cualquiera sea (pero sobre todo el de Macri, exhibido con cucarda no peronista) podía llegar a una instancia de reelección después de haber practicado un ajuste impiadoso.
La realidad, al final, se impuso. Y la realidad de agosto no fue buena. Por eso mismo aquí hay un punto de partida para encarar el futuro: el del nuevo gobierno, pero sobre todo el del país.

Con la democracia se elige

Incluido el “urnazo” que marcó el retorno de la democracia en 1983, la de hoy será la novena elección presidencial consecutiva de la República Argentina. Es verdad que hubo turbulencias en el tránsito que nos trajo hasta este presente (entre las presidencias de Fernando De la Rúa y Néstor Kirchner), pero no es menos cierto que las soluciones a las varias inestabilidades que azuzaron la conquista del doctor Raúl Ricardo Alfonsín, se buscaron y se encontraron en el plano de la institucionalidad política, lo que hace posible una conclusión en la que coincide el arco ciudadano mayoritario cuando razona desapasionadamente: la democracia es un valor fortalecido en la Argentina de los últimos 40 años.
Las diferencias políticas-ideológicas-clasistas se zanjan hoy, voto de por medio, en las escuelas. Lejanas e inconcebibles parecen, por eso mismo, a la luz del tiempo transcurrido y los remedios utilizados, los días en que las cosas se arreglaban a balazos o en los cuarteles, como paradas inexorables de un camino al cementerio asfaltado con valiosas vidas de militantes y dirigentes. Y de inocentes también.
La democracia está en vigor frondoso, valorada en positivo por la inmensa mayoría del pueblo argentino, aun con sus falencias. Y cuando esta mañana se abran los centros de votación, a las 8, se confirmará esa lozanía. Pero también se confirmará una demanda que acumula largos años: la de una necesaria-urgente revisión integral del sistema electoral nacional, desde la forma hasta al fondo.
Dicho en términos menos líricos, la vigencia y vigor de la democracia encuentra respaldo en el presente llamado a las urnas. En el devenir normal de los comicios pese a que, desde su puesta en marcha, las condiciones generales de vida de la mayoría de los habitantes del país cayeron en urgencias y penurias, con carencias de todo tipo, acicateadas por la marcha enclenque de la economía.
Pero incluso la gestión de las angustias, en un país como la Argentina, que también fue el país del 2001, encontró un canal alejado de los prepoteos. El país se queja, pero al mismo tiempo evita la violencia.
¿Hay reclamos para hacer? Sí, muchos, empezando por la responsabilidad que debe revestir el accionar de la dirigencia política y del resto de los actores de la democracia.
Argentina carece de muchas cosas, entre ellas de acuerdos básicos para respetar las decisiones que se toman sumando las voluntades individuales o de grupo.
Es por eso necesario hacer un alto y repasar actitudes, pues resulta preocupante la postura radicalizada de algunos que desprecian la voluntad popular cuando ésta los contradice o les exige rectificaciones. Preocupa que quienes deberían ser los garantes de un estado de cosas institucional (en el oficialismo y la oposición, pero también en las iglesias y en las universidades, y aun en los sectores periféricos), exacerben los ánimos al punto de poner en entredicho el modo en que se distribuye el poder en Argentina.
Es por esto que resulta siempre peligroso (esta columna no es original en este punto) que cualquiera pueda decir que la elección de hoy decide si la Argentina continúa en democracia, si enarbola o arría los valores republicanos, si garantiza o restringe las libertades.
Al menos es un exceso atreverse a semejante declaración. Y aunque tal vez ese grito en boca de algunos sólo descubra su verdadera carnadura conceptual, también pone en situación de actualidad lo que supuestamente muchos dicen condenar: la grieta final que coloca a los unos conmigo, y a los otros, a ellos, en contra mío.
Muchos argentinos fueron a las elecciones Primarias del 11 de agosto y allí se expresaron con claridad en una dirección. Esa dirección podría ratificarse hoy, o rectificarse. Ese es justamente el juego de la democracia. No entenderlo de ese modo y, en cambio, actuar embriagados por el mandato enajenado de los caprichos, resulta cuanto menos dañino. Obstaculiza el futuro.
Hay consenso acerca de la dificultad que deberá enfrentar, gane quien gane, para enderezar la situación económica y todos sus derivados negativos. Por eso será importante encauzar la transición y generar una agenda conjunta de cara a la gente, que contenga sus demandas más urgentes, pero también las importantes.
Gane quien gane deberá entender que no es lo mismo la prepotencia que la discusión, la ley que el decreto, la transparencia que la corrupción. Que ya no hay margen para los bolsones de López ni para las discriminaciones antojadizas. Como tampoco hay margen para los tarifazos, la inflación, el desempleo, la miserabilidad de los salarios, la pobreza resultante y la indigencia que le sigue como una estela, yuxtapuestos en un triste cuadro de desigualdad, que al crecer, constituye el verdadero deterioro de la sociedad, germen de las puebladas que están brotando en varios países de la América que nos contiene.
Más de 33,8 millones de argentinos están habilitados para ejercer hoy su derecho a elegir a sus autoridades: presidente, vice y legisladores nacionales que reconfigurarán, desde diciembre, el nuevo mapa político de la Argentina. Son, en exacto, 33.841.837 opiniones personales que desde esta noche se conformarán como una voluntad colectiva. 
Eso es la democracia.
Su soberanía excede el deseo de cada uno.

Abrasado por la pobreza, Chaco elige gobernador

Vilma T. es docente. También es emprendedora. Vive en el noroeste chaqueño, en uno de los tantos pueblitos que crecen a la vera de la Ruta Nacional 16 que comunica al Chaco con Salta, pasando por Santiago del Estero. Su voz suena como la vida de esas pampas, jalonadas de espinillos y quebrachos: como un hilo a punto de cortarse. Suena ensordinada por el cansancio de la espera agónica y ancestral del futuro mejor que se promete y no llega.

—¿Quien va ganar este domingo?

—Acá va a ganar “Coqui”.

—¿Por qué?

—Por una ilusión. Porque hay mucha pobreza estructural. Porque no se invierte en educación. Porque mientras se siga sosteniendo una dependencia emocional, económica y de todo tipo de la gente con sus punteros, la libertad se reduce a lo mínimo. Y eso mínimo puede ser Capitanich.

“Aquí hay una red tendida para manejar los votos en función de las primerísimas necesidades que la población tiene sin satisfacer -agrega la mujer, madre de dos chicas-. Acá hay intendentes que impugnaron el voto electrónico no por una cuestión económica ni técnica; impugnaron porque ellos mandan a la gente con la boleta en el bolsillo. Y la gente tiene miedo: aún cree que si cambian de parecer, los patrones se pueden enterar. Creo que esta es una muestra de lo que pasa en gran parte de la provincia, y en la mayoría de las provincias pobres. Es muy triste.

Esa voz se arrastra con dolor, como algunas canciones de Zitto Segovia: marca cultural y de origen de una geografía caliente, muchas veces desértica y otras tantas anegadas por la furia de la inundación. Suena como el Chaco: un viejo territorio nacional luego provincia que este domingo elegirá gobernador. Y sin vértigo, como el tranco de sus paisanos, es muy probable que reelijan a Jorge Milton Capitanich, al “Coqui”, que de lograr esta hazaña empezará a perfilar un récord personal de permanencia en el poder de la provincia que no tiene antecedentes en la historia institucional local.

¿Pero por qué Capitanich encarna una esperanza renovada? La respuesta es compleja, como la sociedad de este confín norteño. A pesar de estar marcada por la pobreza casi mayoritaria, la sociedad chaqueña (y especialmente la resistenciana) es mucho más heterogénea que la de las otras provincias del NEA. Está atravesada por la cuestión indígena, por las migraciones tardías, de cuando estaba finalizando su período como territorio nacional. Tiene además una intensa y diversa actividad artística y cultural, así como un registro sostenido y en extensión tanto del evangelismo como del feminismo, en una puja por el debate público y político… En esa complejidad, es posible que Capitanich –pese a su marcado catolicismo–, condense mejor la necesidad de respuestas progresistas que puede darlas él, como su entorno. 

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Así, la parada en la estación Chaco del derrotero electoral que culminaría el 27 de octubre, se anuncia para hoy en las plataformas de todos los sentidos. Pega en la piel el calor y el polvo de la seca que sobrevino al desastre de la inundación, la peor en 30 años y que de marzo a junio inutilizó más de 2 millones de hectáreas de campo habitado y cultivado. A la vista lastiman las tolderías donde se acurruca la miseria: en el interior provincial, como producto de los castigos naturales y los desaciertos dirigenciales; pero también en los cordones que atan a Barranqueras y Resistencia, ciudades unidas por caceríos y comercios en ristra y que ofician de capital y de entrada a la provincia por la ruta que se postra ante el puente General Belgrano, viaducto que une el Chaco con Corrientes por encima del río Paraná.

El gusto a poco de la campaña (por la austeridad económica y de propuestas) se mezcla con los olores del desaliento y al mismo tiempo de la esperanza. 

En esa contradicción, que viaja a caballo de la crisis económica nacional –y que se siente más en los márgenes de la región NEA-, irán a votar hoy los 941.935 chaqueños habilitados para sufragar en esta elección general que ungirá gobernador, vice y 16 diputados, además de intendente, vice y concejales en 60 de las 69 comunas del distrito provincial. Resistencia, por caso, postergó la definición de su jefe comunal para el 10 de noviembre, en el marco de una batalla que tiene vida propia.

Hoy se abrirán 3.111 mesas, 695 de las cuales usarán el sistema de boleta electrónica, a razón de 83 mil pesos por máquina. 

Las fórmulas habilitadas son diez y todas están encabezadas por varones. Todas. Las que tienen más chances son dos: la que lidera el intendente de Resistencia, Jorge Milton Capitanich, secundado por la diputada nacional Analía Rach Quiroga (Frente Chaqueño); y la del ex intendente de Sáenz Peña, Carim Peche, a quién acompaña el ex gobernador Roy Nikisch (Chaco Somos Todos).

Otras tres fórmulas dan la nota de color a una elección que llegó hasta aquí dando tumbos en tonos más bien oscuros: son la del Frente Integrador, de Juan Carlos Bacileff Ivanoff; la del Frente por la Educación y el Trabajo, de Eduardo Aguilar; y la del Movimiento Izquierda, Justicia y Dignidad, de Raúl Castells. 

El primero fue vice de Capitanich y ahora podría restarle votos, sobre todo los más conservadores dentro del peronismo y entre aquellos que sin ser filomacristas, ven con buenos ojos el discurso y la política de mano dura que propone el candidato, a quien algunos con sorna y otros con desdén le otorgan el estatus de una réplica de Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, aunque en escala germinal y de menor alcance. 

Aguilar, en tanto, es otro desprendimiento del riñón coquista. Fue su ministro de Economía, senador fiel y hasta un bosquejo de sucesor, hasta que la magia se rompió. Tanto se rompió que armó un espacio propio, desprendido del proyecto madre que sigue liderando el ex jefe de gabinete de Cristina Fernández. 

Y lo de Castells puede leerse como una prueba de vida y lucha de un dirigente que, cuando estuvo en Buenos Aires, supo apilar minutos de aire en radio y televisión, y páginas en los diarios, a veces en las secciones políticas y otras tantas en las policiales. Radicado ahora en Sáenz Peña, cada tanto aparece y ahora retornó emponchado con una candidatura a gobernador.

En la cosecha de estos hombres están cifradas muchas de las esperanzas de Carim Peche de forzar la segunda vuelta.

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—¿Quien va a ganar hoy?

—En mi barrio, Villa Prosperidad, para las elecciones pasadas, Peppo tenía todo arreglado. Coqui apenas puso una mesita en una plaza. ¿Y sabés que pasó?

—No.

—Arrasó Capitanich. 

—¿Entonces?

—Capaz que gane, pero ojalá que el que gane haga algo.

Quien dice esto es Leo, un maestro mayor de obras cuyas credenciales están acreditadas para el dueño del coqueto chalet de la calle Ameghino que lo tiene haciendo algunas mejoras con alto nivel de detalle. Están acreditadas más allá de la política:

—Mi jefe parece que va a volver a votar a Macri. Pero bueno… no se —dice, y se despide.   

Para votar a Macri tendrá que esperar al 27 de octubre, porque la de hoy en el Chaco es una elección provincial. 

A estos comicios llegan diez fórmulas luego de sortear varias modificaciones en el calendario electoral. Hay quien lo llama “manoseo al calendario”. El punto más álgido fue la suspensión de las primarias provinciales, asunto que llegó incluso a la justicia, pero que subsanó el tiempo a falta de política y de sentido común.

La administración actual es del peronista Oscar Domingo Peppo, un correntino que antaño cruzó el río y ya en tierra siguió remando hasta convertirse en gobernador. 

Peppo cerrará el tercer mandato consecutivo del peronismo en el Chaco (provincia que alguna vez se llamó Presidente Perón). La cuenta podría estirarse si las previsiones se cumplen y gana Capitanich. El peronismo chaqueño lo da por hecho, y por lo tanto ni piensa en el 10 de noviembre, fecha prevista para una eventual segunda vuelta. Carim Peche, sin embargo, se aferra a esa posibilidad. 

Peche es un destacado dirigente del radicalismo con estructura territorial-política en Presidencia Roque Sáenz Peña, donde votan más de 82 mil electores. Pero la tiene difícil no solo porque a la provincia la gobierna el PJ, sino porque en ella los Fernández, Alberto y Cristina, continúan con altos niveles de intención de voto. Y Mauricio Macri, que apadrina su espacio político-electoral, vino lastrando la campaña al punto que el mismo Peche intenta provincializar al máximo la discusión para salvar sus activos.

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—¿Por qué volverían a votar por Capitanich?

—El liderazgo de Capitanich, sumado a dos exitosos períodos de gobierno entre 2007 y 2015 que supusieron la transformación de infraestructura más grande de la historia provincial, lo ubican en la mejor posición frente al electorado —le dijo a La Nación Jorge Lestani, ex vicario parroquial de la Catedral de Resistencia.

—Lo volverán a votar por el recuerdo de la gente de su buena gestión —coincide Néstor Avalle, periodista, ex director de la AFSCA y ex funcionario del gobierno provincial chaqueño—. Coqui es como Cristina. Les dijeron de todo, pero al final la gente los rehabilita, sobre todo por el contraste que generan sus respectivas gestiones con los desastres actuales.

—Sus dos primeros gobiernos fueron buenos. Se desarrolló la provincia. Puso en marcha los acueductos, rutas, desarrolló infraestructura e incluso como intendente promovió un fuerte desarrollo urbanístico. Si gana, será porque la gente lo ve como un buen gestor en contextos de crisis, de perfil progresista, que entre otras cosas plantea la paridad de género en el armado de su gabinete —dijo Leticia Valle Lisboa, de la consultora Valle Lisboa y Asociados. 

No quiso hablar de números, pero mencionó que en el caso de una segunda vuelta, se sustentaría en la tracción de Peche en Sáenz Peña, su localidad, y en la buena imagen de Nikisch en todo el éjido provincial. Incluso en la idea de que Bacileff Ivanoff podría restarle a Capitanich el voto del peronismo duro.

No hacen mella en la ciudadanía, según las consultorías realizadas, ni los modos a veces desbocados de Capitanich ni los asuntos relacionados con la corrupción, sobre todo del gobierno en curso. A Peppo lo sindican como responsable de uno de los gobiernos más corruptos de la historia del Chaco. De hecho, su ex secretario General de la Gobernación, Horacio Rey, está preso por asuntos vinculados al lavado de dinero.

Por lo demás, la fuerza de los planteos de carácter moral o político se desvanecen ante la imposibilidad de la oposición de estructurar, más allá de la autopercepción de honestidad e idoneidad, una épica superadora, consistente y subordinada a los mandatos y discusiones actuales. No se perciben recambios, escasea la paridad de género y ni siquiera articulan una línea discursiva coherente. Y cuando Peche y los suyos plantean bajar las tarifas, el gobierno nacional que los cobija hace todo lo contrario. 

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—¿Entonces vuelve Coqui?

—Parece que sí —dice José B., empleado estatal desencantado con la actualidad del país al que apostó hace cuatro años.

Volvería Capitanich. Dejó dos veces el gobierno, pero volverá, torciendo la lógica barnizada de traiciones que suele ser moneda corriente en la política regional y nacional. Dicen que Gildo Insfrán, en Formosa, emboscó a Vicente Joga, y nunca más abandonó el poder. En Misiones otro tanto, pero lo de Chaco se parece más a la historia reciente de Corrientes.

Peppo se ocupó de blindarse con los medios y de presionar a los intendentes, y a partir de allí montó un relato que la realidad de su gestión no confirma. Además, dicen, fue siempre ajeno al cariño de la gente. Le pasó a Arturo Colombi en Corrientes, entre 2005 y 2009. Recibió el gobierno -en comodato-, de manos de su primo Ricardo. Pero Arturo se sintió empoderado y quiso construir su espacio personal. En esa empresa ganó los medios, pero perdió la calle. Y como el territorio fue siempre de Ricardo Colombi, la gente le devolvió al poder hasta un tercer mandato. 

Capitanich parece seguir el derrotero de los radicales correntinos. De hecho hasta tomó prestado un discurso de Alfonsín para arengar a sus masas. (Un homenaje que los memes convirtieron en robo).

Dueño de un carisma con el que sueñan dirigentes como Peppo, si vuelve, Coqui volverá arropado por Alberto y Cristina, pero también por la necesidad de la gente que le prende velas al recuerdo de las viejas glorias, de cuando había dinero, obras y trabajo. Futuro.

Encuestas en mano, dicen, Domingo Peppo declinó su candidatura el 23 de agosto tras una reunión con Alberto Fernández. Habría aceptado como compensación dirigir la embajada Argentina en Paraguay o de administrar la represa de Yacyretá, en caso de que Alberto gane. Está en veremos eso, como su futuro político. Por ahora, después de meses largos de una interna subterránea primero y abierta después, Peppo se dedica, a prudente distancia, de hacer campaña por Coqui.

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A Peppo lo tildan de traidor. De haber acordado con Macri. De haber acompañado todas las leyes que le pidió. Pero no es lo más grave; tampoco el único peronista que lo hizo. A Peppo le quitaron la boleta larga en las primarias, y después le arrebataron la candidatura porque el kirchnerismo nunca le perdonó que a poco de asumir haya jubilado a la “compañera Cristina”.

—Cristina Kirchner es una dirigente más —dijo en junio de 2017, y selló su destino para siempre, además de confirmar que el análisis y la proyección política están lejos de ser su fuerte. 

—Es probable que el costo que paga el gobernador Peppo es haber tenido que acordar muchas veces con el gobierno nacional políticas que han sido muy cuestionadas, a cambio de garantizar la gobernabilidad en el Chaco. La reforma jubilatoria, los pagos a los fondos buitres, etc.. Ese proceso fue creando la división que se plasmó en la última elección —graficó Avalle.

La situación fue zanjada, al menos en la superficie. Los dardos envenenados de ambos dirigentes, incluso los insultos que se filtraron y se conocieron como producto de grabaciones clandestinas, se escondieron detrás de la máscara de la unidad y el consenso.

Real o ficticio, esta unidad puede que garantice el triunfo de Capitanich en primera vuelta. Para lograrlo debe obtener el 45% de los votos o 40% con una diferencia de 10% en relación a su inmediato competidor. Es el mismo régimen que el presidencial.

Parece posible por la unidad, por las facilidades que genera comandar el portento del Estado (aunque sea raquítico), pero también por la inserción territorial. El PJ gobierna en 54 de los 69 municipios chaqueños. 

Hay quien dice que la elección está definida porque el tercio más pobre de la población vota siempre al peronismo. Porque el tercio más rico y concentrado en 16 manzanas del punto cero resistenciano, y en los centros de los conglomerados urbanos más poblados del interior, votará al radicalismo y afines. Y porque el otro tercio definirá su voto en función de condiciones futuras más promisorias que las actuales, promesa que parece encarnar Capitanich, según los datos surgidos de las Paso nacionales, en la que Capitanich también fue candidato a senador.

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—¿Qué provincia encontrará el que gane este domingo?

—No se encontrará con nada distinto a la realidad nacional. Cuentas medianamente equilibradas, pero realidades sociales inmersas en una crisis brutal. Salarios postergados, la salud en situación crítica, numerosos problemas de estrategias de desarrollo, y, más lejos en el tiempo, los resabios de las inundaciones de meses atrás que dejaron tremendamente postergados a los productores de gran parte del interior provincial —agrega el ex cura Lestani.

—En el plano social hay índices elevados de pobreza e indigencia, y en educación en la última prueba Pisa salimos número 24 —dijo Carim Peche, el candidato de la oposición.

En salud faltan insumos y persiste precarización laboral. Algunos estudiosos mencionan como muestra lo que pasa con los beneficiarios del Plan Expertos, que cobran asignaciones de alrededor de 6 mil pesos.

—El comercio atraviesa una larga y profunda crisis, agónica diría. Con CAME registramos 21 meses consecutivos de caída de ventas en comercios y pymes, más que los números que marca el Indec. La situación es complicada y visible, fácil de comprobar. Por lo tanto la elección nos genera una expectativa moderada. Va a definir más la elección nacional del 27, aunque tampoco esperamos grandes cambios este año. Tal vez a partir de marzo de 2020 —dijo a La Nación Martín Giménez, presidente de la Cámara de Comercio de Resistencia.

—El problema más serio es que el 63% de las personas es pobre en el gran Resistencia (con una salvedad, el Indec habla del 46,9%), lo que demuestra que ya no alcanza el empleo público. El desafío es reactivar el sector privado. Alentar al sector productivo a que invierta —añadió.

La cuestión salarial es un “oasis”. Chaco paga salarios buenos en relación al NEA, lo que no hace más que confirmar la situación de vulnerabilidad en que se encuentra la región toda. Ni sumadas las pobrezas de la zona más pobre del país, alcanza para hacer una gran pobreza.

—Tenemos un profundo cuadro recesivo, combinado con una inflación altísima, destrucción del mercado interno, aumentos en la matriz de costos, imposibilidad de trasladar al precio de nuestros productos el aumento de costos (dado que el mercado ya no resiste), tarifas dolarizadas y precios de venta pesificados y planchados y una presión impositiva enorme, asfixiante –dice Andrés Irigoyen, titular de la Unión Industrial del Chaco.

—Entre otras cosas, además, tenemos una caída considerable del empleo, en especial del empleo de base industrial, pues convivimos con dos realidades: a nuestros trabajadores no les alcanza el sueldo, y tan cierto como eso es que nosotros tampoco podemos seguir pagando aumentos.

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Vecinos, referentes de la economía popular y de la agricultura familiar, además de dirigentes de las comunidades originarias e incluso de las colectividades extranjeras que viven en el Chaco también fueron consultados para esta nota. La conclusión general se revela unánime: quien gane hoy encontrará una situación económica complicada y una situación social todavía peor. 

Chaco, como las demás provincias pobres de Argentina, necesita inversión sostenida y abultada para poder generar condiciones de igualdad con el resto de las regiones más pudientes. “Aquí, aunque se haga mucho, siempre será poco, porque partimos desde muy atrás”, repiten como mantra los dirigentes de uno y otro sector.

Las cuentas públicas buscan su equilibrio al límite del estallido económico, lo que condiciona la actividad. Periodistas chaqueños vienen afirmando que la próxima administración tendrá que «reperfilar» pasivos, adquiridos para hacer caja y mantener a flote el gobierno de Peppo. Actores sociales piden potenciar la producción, la economía popular y la agricultura familiar, reflotar la industria y el desarrollo de las economías regionales. Y consensos sociales que le garanticen entendimientos mínimos en el medio de una realidad extremadamente complicada.

—¿Cómo empezar?

Carim Peche plantea terminar con la corrupción y el despilfarro en el Estado. “Hoy tenemos las empresas públicas de energía y agua quebradas por la mala administración política. Por lo tanto, nuestro eje rector con Roy Nikisch es austeridad, transparencia, honestidad, orden, seguridad; gobernar con valores, recuperando la cultura del trabajo y la familia. Nosotros convocamos a todos los ciudadanos de bien”, dice. 

El jueves por la tarde, en el cierre de campaña, que fue un abrazo simbólico a la plaza 25 de Mayo, la principal de Resistencia, Peche ratificó su línea de acción:

—Vamos a bajar la luz, terminar con los piquetes, garantizar salud, empleo, educación, vivienda y seguridad. Por eso les pedimos a los ciudadanos del Chaco que nos den la oportunidad de mostrar que se puede gobernar de otra manera. Quienes están del otro lado ya tuvieron su oportunidad y miren lo que hicieron con nuestra provincia, nada funciona bien —enfatizó.

—Capitanich, ¿qué haría ahora que ya no hizo antes?

Es tal vez la pregunta recurrente que debe responder el candidato en su rol de favorito. Y la respondió. “El pueblo chaqueño sabe muy bien de lo que fuimos capaces de hacer y lo mucho que podemos hacer aún con restricciones, limitaciones y con todas las vicisitudes que nos esperan en los próximos años”, dijo en el cierre de campaña.

—Hoy estoy ante un gran desafío que me pone la historia. Quiero afrontarlo poniéndome al servicio de cada uno para poner nuevamente a la Argentina y al Chaco de pie, con la misma dedicación, con el mismo compromiso y la misma responsabilidad, pero con más experiencia y creatividad para encontrar las soluciones que nuestro pueblo demanda.

Se cuela allí su velada pretensión de algún día ser presidenciable.

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Apenas pasado el mediodía del jueves, decenas de obreros armaban el escenario en una de las cabeceras de la cancha de básquet descubierta del Club Don Orione, en Barranqueras. El sol caía a flechazos. Algunos militantes, bien temprano, ya habían colgado sus trapos: los más grandes con las caras de Néstor y Cristina.

La “misa” se repite desde 2007. Capitanich cerró allí aquella campaña que lo depositó por primera vez en el sillón de Obligado y desde entonces nunca cambió de lugar. Nadie se animaría. En 2017 Peppo suspendió esa liturgia y perdió la elección de medio término a manos de Aída Ayala. El tributo de ir hasta ese club parece menor para todo lo que está en juego.

 

Soplan vientos de cambio

Ganaron Alberto y Cristina Fernández. Perdió Mauricio Macri. Pesó, con preponderancia, más allá de otros valores no cuantitativos, el rumbo económico desesperante para la mayoría de los argentinos. La crisis que no pueden superar las clases bajas y medias, en el país y en la provincia, donde se sienten aún más las carencias por encima del esfuerzo provincial para paliar sus efectos.
Primó la marcha de la economía, el voto bolsillo. Pero está lejos de ser un cheque en blanco. La ciudadanía, en el amplio territorio nacional, emitió su voto para anticipar tal vez lo que hará en octubre: frenar esta marcha que excluye y divide, porque la promesa de suturar la grieta y combatir la pobreza no dejó nunca de ser una aspiración que la realidad se encargó de desmentir, de manera sistemática.
Ganó Alberto el simulacro de elección en el que terminó convertida la elección primaria, pero dejó una serie de datos que pueden evaluarse puertas adentro de la provincia, que es lo que haremos en esta nota:

Corrientes, aún con la formidable performance electoral de Gustavo Valdés en el mes de junio, hace apenas dos meses, no pudo revertir la tendencia “histórica” del voto peronista nacional de Corrientes. El posible cambio de escenario traerá consigo, más allá de las pertenencias partidarias, los necesarios recálculos políticos, internos y externos, como derivado directo del resultado de ayer.
Llegará el tiempo de revisar las estrategias, que siempre fueron ganadoras en las veredas del oficialismo gobernante en Corrientes, pero que ayer no lograron torcer el rumbo general. De revisar los discursos, sobre todo los más violentos, surgidos, algunos, de la impotencia que genera una derrota. De la impunidad, otros.
Es momento, por tanto, de poner por encima los valores democráticos. Y democracia es respetar al otro, aunque el otro encarne mi disgusto electoral en determinada coyuntura.
Macri ya dio vuelta una Primaria adversa en 2015. Falta mucho. Y todo puede pasar. Pero ese todo no incluye cualquier cosa a cualquier precio. El desatino de los ganadores o perdedores, de acá a octubre o a diciembre, puede ser muy perjudicial si no tiene en cuenta que el resultado de tal o cual decisión impactará en las personas, en la gente, en la ciudadanía. E impactará más en los que menos tienen.
Ganó Alberto y perdió Macri. Pero nadie ganó ni perdió aún. Los que sí perdieron, en efecto, fueron los encuestadores, de nuevo. Quedó en evidencia su coartada de hacer competitivo a alguien que no lo fue. Acertaron sí en un punto: en el segmento de la polarización absoluta. Alberto y Mauricio se repartieron el 80 por ciento de los electores. El 80 por ciento. Nada menos.

¿Qué pasó en Corrientes?
Lo que pasó en Corrientes es una suposición. Al cierre de esta edición, escrutado más del 89 por ciento de las mesas del país, Corrientes permanecía fuera de sistema. Llamativo, además de lamentable y vergonzoso.
Dicho esto, en Corrientes pasó lo de siempre: que todas las elecciones son distintas.
Arriesguémonos pues, a falta de datos:

El ejemplo de la singularidad de cada elección es lo que pasó con el PJ. Fue vapuleado en las provinciales de junio por sus errores en ristra y ahora recuperó espacio electoral, garantizando en el mismo acto la candidatura de José Aragón, caballo de comisario que cobró su lealtad hacia Cristina Kirchner. Lealtad que, hay que decir, se manifestó sin tapujos cuando muchos, hoy aliados, eran acérrimos opositores, arrepentidos del kirchnerismo en su versión corrupta. Ganó por la diferencia de recursos. Por el escaso volumen de algunos o el abultado prontuario de otros candidatos de la interna. Pero ganó por Alberto Fernández. Por Cristina Fernández. Por la boleta larga. Eso debe quedar debidamente documentado.
No obstante, la oportunidad que se le presenta ahora al PJ tiene que ver con la posibilidad de constituirse en contrapeso para la hegemonía que administra -por aciertos propios y yerros ajenos- el gobierno de Corrientes. La esperanza de poder ordenarse y generar un espacio con expectativas, sólo es posible si ganan los Fernández en octubre, primero, y si es que encuentran un sendero de unidad después. Los Fernández hicieron la huella. Está en los dirigentes correntinos demostrar que están a la altura de algo más grande que sus intereses personales o de grupo.
Las divisiones permanentes, aun siendo el partido más votado de los últimos tiempos, aleja sistemáticamente al PJ del poder real en la provincia, más allá del aporte que se hace, siempre y por factores más bien externos, a los procesos nacionales.
Tal vez ahora, con este envión, puedan juntar los pedazos de las disputas fraticidas y encarar un proceso proactivo de reconstrucción, que entre otras cosas destierre las malas prácticas históricas. La amenaza más grande que el peronismo debe despejar tiene que ver con no reincidir en errores del pasado. No hacer lo mismo que en el tercer kirchnerismo. No discriminar más a los que piensan distinto, sean estos personas o provincias.

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En el oficialismo hubo ganadores y perdedores. Los números (extraoficiales) dicen que su interna la ganó Jorge Vara. Los balances políticos dicen que ganó Ingrid Jetter. Se discute, ante la ausencia de datos oficiales (justo de la provincia mimada del macrismo) si perdió o no el radicalismo, algo que no acostumbra. Parece que perdió en la provincia. Lo de la Capital estaba por verse, pero parece que también. Lo que estaba claro anoche, para algunos, era que perdió Ricardo Colombi, al que lo castigaron por segregar cuando debía unir. Dicen…
Su propia interna la ganó Jorge Vara porque fue/es un buen candidato. Aquilata una muy buena gestión en el Ministerio de la Producción. Pudo sobreponerse a muchas adversidades, incluso más difíciles que las de ayer. Contra todos los pronósticos, en sus inicios consiguió ganarse la confianza del sector productivo, aun de aquellos que descreían de su capacidad general y sospechaban que sólo su sector (el del arroz) iba a ser beneficiado por su administración.
Vara terminó siendo, tal vez, el mejor ministro del colombismo. El mejor ministro de un mal gobierno, que pagó sueldos pero empeoró en casi todos los demás índices. Ayer fue víctima de un error de cálculo. Ganó, pero el sabor era agrio en su boca.
Ingrid Jetter, en paralelo, pudo meterse en la discusión por fuerza y capacidad de trabajo propias, pese a los destratos que tuvo que soportar. Quizás también porque, de todos los candidatos, es la que menos esfuerzo debe hacer para identificarse con la política del presidente Macri, y eso es un activo para mucha gente, sobre todo para el votante no peronista correntino.
Asimismo tiene a su favor, más allá de los altibajos históricos, estructurales, una fuerte identificación de su imagen con la autovía urbana de Corrientes, obra largamente anhelada y que, en ejecución a ritmo sostenido, se convirtió casi casi en un símbolo que será más que eso de cara a octubre. Eso esperamos todos. Ahora más que nunca. Pues si las máquinas que trabajan en la autovía ralentizan sus movimientos, indicará algo más que falta de combustible.
Ingrid Jetter habría hecho una elección contundente, dicen los que saben y pudieron ver los números, porque recibió apoyos varios, de los propios pero también de muchos socios más distantes que empiezan a sentir la fatiga de tener que soportar a los que no asumen que sus roles, por estas horas, tienen que ver con el reposo en la sombra.
Pese al escenario con evidentes vientos de cambio, todavía queda margen de maniobra en uno y otro sector. Porque lo de ayer, como se dijo largamente, no fue definitivo, aunque encienda muchas luces de alerta. Lo de ayer hizo sonreír a unos y dibujó gestos adustos en otros, pero como se trata de política, no achicó en ninguno las posibilidades de generar puentes. Y puentes harán falta si los resultados de las Primarias se confirman en octubre.
Lo de ayer fue un reparo que tomó la mayoría de la ciudadanía al emitir su voto. Un reparo en busca de equilibrio. La necesidad de repartir el poder.
En Corrientes gobierna Valdés, y lo hace bien según se expresó la ciudadanía en junio. Ahora estimó necesario hacer saber que en octubre, tal vez, votará una especie de contralor nacional.
Quedará para el análisis por qué cayó la performance oficialista. Por qué dividió su voto. Quedará también para los próximos días el sopeso de la interna que crece conforme se acerca 2021. Y más allá de la corrección política, lo que no es secreto para nadie es que será la interna radical la que dirimirá gran parte del futuro de Corrientes. Un poco en octubre. Otro tanto en dos años.

Ni pasado ni futuro: puro presente

Las Paso no nos comprarán un pasaje al futuro ni nos mandarán, castigados, de vuelta al pasado. En ambos casos porque es imposible en términos materiales, y porque desde la vereda de la política, estas elecciones (Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) carecen de poder para hacerlo. Y como están planteadas, además, hasta carecen de sentido.
En las elecciones de hoy (salvo algún que otro armado legislativo) ninguno de los que asista a votar podrá elegir casi nada, y mucho menos sortear la ambivalencia discursiva de los fracasos que se dirimirán recién en octubre: aquello del futuro (inasible, inexistente, y que vendría a representar Mauricio Macri como constante promesa) y el pasado (que puede ser un mal recuerdo, pero también experiencia, y que se le enrostra como pesadilla corrupta a Alberto y Cristina Fernández).
En las Primarias de hoy competirán diez fórmulas presidenciales, pero contra sí mismas. O contra el piso mínimo de sufragios que deben conseguir, según manda la ley, para pasar a la segunda instancia (1,5% del padrón electoral), que en Argentina es el derecho de competir en las elecciones generales del 27 de octubre.
Las elecciones de hoy, por tanto, sirven de poco. Entre otras cosas porque el instrumento no se usa para lo que fue creado. Y porque más allá de las quejas por los costos y otras minucias, a algunos tal vez les convenga que las Paso sigan así: sin definir nada.

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Las Primarias se instrumentaron para consagrar y legitimar candidaturas internas. Para resolver por medio del voto las diferencias que no pudieran zanjarse a través de los acuerdos. Para equilibrar oportunidades, porque no es lo mismo la lista Z que la lista A, así sea en el partido de gobierno como entre los caballos de un comisario de pueblo. (Para entender esto no hace falta poner los nombres propios de las listas oficialistas, tanto del Gobierno como de la oposición. Pasa lo mismo en Corrientes como en todo el kilometraje nacional. Las pillerías corporativas están tan vigentes como cuando se pensaron. Y ya hace años de eso).
Las elecciones de hoy, en todo caso, servirán a medias en algunos frentes legislativos. Para explicarlo podríamos tomar el caso de Corrientes:
Las Primarias abiertas sirven para el proceso que están siguiendo en el frente ECO+Juntos por el Cambio: ver cómo se arma la lista final de candidatos a diputados nacionales entre las nóminas que encabezan Jorge Vara (UCR), Ingrid Jetter (PRO) y Emilio Rey (UCR). 
Sirven para eso que están haciendo en el frente Consenso Federal de Roberto Lavagna: para ver cómo se arma la lista entre los hombres y mujeres que siguen a Gabriel Romero o a Juan Almada.
Los comicios de hoy servirán, en paralelo -por esa manía que tiene el peronismo correntino de ir siempre un paso atrás en las estrategias políticas-electorales en relación al radicalismo-, para garantizar la candidatura de José Aragón, que fue de todas las postulaciones perón-kirchneristas inscriptas y bajadas, la única habilitada a llevar adherido el troquel presidencial de Alberto y Cristina Fernández. De interna libre y ecuánime, poco y nada. De equilibrio, poco. De novedoso, nada. (Sigue allí lo que queda del partido de Perón gastando tiempo en traiciones y mezquindades que lo alejan, un poco más cada vez, de la “proeza” de Julio Romero. Ya pasaron 46 años de aquello, y todo indica que esa cuenta seguirá en aumento).

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Pese a todo, esto no quiere decir que el de hoy sea un día perdido. Las Paso servirán para saber qué está pensando la ciudadanía en relación al rumbo del Gobierno, de la economía, pero también de otros asuntos que tallan y mucho, según dicen las encuestas.
Que Mauricio Macri mantenga expectativas de reelección después de todas las chapucerías económicas reconocidas y no reconocidas de su gestión, con consecuencias insondables, habla a las claras de que la variable económica, o solo ésta, ya no alcanza para medir el estado de ánimo de un país como la Argentina. “Ya no es sólo la economía, estúpido”.
Que los Fernández tengan chances de volver al poder después del desquicio del final del tercer kirchnerismo, reafirma el ligamen del humor social vinculado a la economía, pero también a la importancia de la presencia estatal como ordenador social.
(Lo que parece contradictorio, en realidad se complementa).
Que ninguno de los dos frentes mayoritarios se asegure nada aún, habla de los matices. De que Argentina aprende y avanza. Habla de que importan también las formas, la institucionalidad, los nuevos derechos. Importa cómo se acomoda cada candidato ante los temas de la agenda actual que no tienen que ver con la plata: el aborto, la paridad de género, el ambiente, el maltrato animal. Los llamados derechos de tercera y cuarta generación.
Allí, entonces, confluye, como en un combo, la complejidad del sistema social-electoral argentino. No se trata sólo de lo que pueda decir o hacer tal o cual dirigente; del comportamiento hegemónico de determinado medio de comunicación. El voto de hoy, cada uno de los casi 34 millones de sufragios que se contarían esta tarde (esperemos que sin sorpresas y, en la medida de lo posible, sin demoras) se compondrá por partes disímiles de asuntos políticos, económicos y mediáticos. Pero también se ganará en el territorio: acarreando gente como se hizo desde siempre, con la bolsita o la dádiva en efectivo; la promesa de un cargo, de un ascenso. Se ganará en las redes sociales, sean estas reales o virtuales, pero sobre todo en éstas. Se ganará dando respuesta o prometiendo respuestas a los nuevos reclamos. Se ganará militando, boleteando, presionando…
El resultado de los operativos que desplegarán los comandos electorales devendrá en guarismo que se analizará desde mañana hasta el 27 de octubre. Por eso lo de hoy es casi nada. Puro presente. Y no definirá ni la vuelta al pasado ni alcanzará el futuro, que no sabemos cuál es. No sólo eso: por las proyecciones que se hacen, el futuro se vislumbra más bien desalentador. Y no tiene que ver con quién gane o deje de ganar. Ni lo que pasó explica toda la realidad difícil que nos toca. Más bien tiene que ver con asumir de una vez y para siempre que no hay fórmulas mágicas para nada y que las transformaciones sociales llevan tiempo, mucho, por lo que es una irresponsabilidad andar regalando segundos semestres o riquezas que no tendremos si antes no las producimos.
En todo caso, las elecciones de hoy servirán para medir la veracidad de las encuestas.
Las Paso dirán si es verdad que la grieta sigue más lozana y extendida que nunca, alimentada por todos, incluso por los que dicen combatirla. Si es verdad que Macri y Fernández polarizan a más del 80 por ciento del electorado. Si es verdad o mentira la tercera opción de Roberto Lavagna o el poder de daño de José Luis Espert.
Medirá el tamaño de las pérdidas del resto de las fórmulas: las dos de la izquierda y las otras cuatro que se codean para que no quede nada más allá de su posición de extrema y de derecha.
Servirá para limpiar el camino, aún más, de cara a octubre. Pero no se juega ni la vuelta al pasado ni un boleto al futuro, en ambos casos porque, como quedó dicho, es imposible. Y porque del pasado se puede aprender, como al futuro se puede no ir. Porque unos y otros, así como tienen fortalezas, también apilan fracasos. Y el más importante seguirá siendo, más allá de los eslóganes, derrotar a la pobreza que hambrea a un tercio de los argentinos y a uno de cada dos correntinos. Ante esa realidad no cabe la especulación.
Ya no basta con denunciar autoritarismos, porque los hubo y los hay en todos lados. Está de moda hablar del despotismo kirchnerista, pero fue el propio radicalismo el que blanqueó el absolutismo macrista dentro de Cambiemos. María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta confían (y lo dijeron en el diario La Nación de ayer) en que Macri pueda escuchar un poco más y a más gente después de las elecciones (si es que hay después), no sólo a su gurú ecuatoriano Jaime Durán Barba. Veremos.
Ante estas dos variantes de la frustración nacional tampoco cabe seguir apelando a las campañas de miedo que llegan al punto peligroso de la circularidad que deja a unos azuzando el fantasma del fraude, y a otros, en la vereda del despotismo mesiánico. Que no nos guste el resultado no nos da derecho a decir que la democracia está amenazada de muerte. Y si tiene problemas -en tanto artefacto humano imperfecto-, habrá que arreglarla entre todos. Desde Raúl Alfonsín para acá, la democracia costó demasiado como para que alguien pretenda arrogarse su representación. Nadie puede. Ni a título personal ni partidario. Es de todos.

La nueva agenda de Corrientes

El categórico triunfo que el gobernador Gustavo Valdés consiguió el domingo pasado en las elecciones legislativas con las que plebiscitó su gestión, arroja resultados que van más allá de los números, confirmados este viernes por el escrutinio definitivo.
Los guarismos puros y duros indican que el 70% del electorado correntino fue a las urnas: 583.621 sobre los 833.689 que estaban habilitados; y que de ese total, más del 60% le extendió un blindaje de amplio espectro al Gobernador: alrededor de 325 mil voluntades.
Los resultados indican también -como ya se dijo la semana pasada- “que al margen de sus responsabilidades y la mesura que debiera imponerle la investidura totalizadora que ostenta”, Valdés puede saborear como propia esta performance histórica: no sólo logró sumar más votos que cuando ganó la gobernación el 8 de octubre de 2017, sino que apiló una diferencia de más de 40 puntos con la vertiente peronista que salió segunda, el Frente para la Victoria; y que ese aval popular le dará, a partir del 10 de diciembre, dos tercios en ambas cámaras legislativas. En ambas.
¿Qué más significa semejante nivel de apoyo popular? Podríamos explicarlo en estos puntos:

1. Que ante la falta de una oposición real, deberá el propio Valdés generar los anticuerpos para el mal de la autocracia. Lo sabe, y por eso dijo, el lunes, que esta elección “nos obliga a darnos un baño de humildad (para) no avasallar al otro”. “Si nosotros utilizamos los números que nos otorgó la ciudadanía en las cámaras, terminaremos destrozando (todo), y si no hacemos un Estado de mayor calidad democrática, tenderíamos a generar un Estado autocrático. Si nosotros agregamos humildad y escucha, vamos a mejorar la calidad institucional” de Corrientes.

2. Que ahora tiene todos los resortes institucionales formales para desarrollar su gobierno: un Poder Judicial que renació con el proceso que empezó Ricardo Colombi en 2001 y que en general acompaña; y un Poder Legislativo con mayorías especiales para tratar sin necesidad de negociación todos los temas: desde las declaraciones menores, pasando por los empréstitos, hasta llegar -eventualmente- a la necesidad de alguna reforma mayor. Se trata de una suma de poder cuyo uso demanda otra suma similar de compromiso y sensatez republicana.

3. Que el Gobernador fue avalado por la ciudadanía para cumplir lo que postula y que genera adhesiones mayoritarias: el desarrollo y la modernización, la ampliación de derechos, la generación de trabajo de calidad, de infraestructura acorde y la pelea contra la pobreza.

4. Valdés obtuvo el domingo pasado las herramientas que necesitaba para plantear, sin excusas, las condiciones de desarrollo para nuestros recursos naturales, el emprendedurismo, la industrialización y la innovación (que venía siendo demorada en la conciencia y el accionar de varios de los mandantes anteriores).

5. El Gobernador obtuvo los avales legislativos que necesitaba para avanzar con las reformas electorales que viene planteando: la paridad de género en todas las listas y el voto joven en todas las elecciones. Ojalá también le alcance para revisar el sistema electoral arcaico con el que vota Corrientes, y que de una vez por todas aparezca un método más equilibrado, más seguro, más amigable con los votantes, más barato y más ecológico.
(Y ojalá que los socios de ECO, de paso, encuentren otro mecanismo para contarse las costillas, y que ese método de orden interno no sea a costa de todos. Y ojalá que la oposición encuentre al menos algo de orden interno, con el mecanismo que sea).

6. El Gobierno, el más fuerte que se recuerde en la historia reciente de la provincia, fue pertrechado para elevar la mira. Para pasar del pago de sueldos en tiempo y forma a la creación de más sueldos, mejores oportunidades y al fomento de trabajo privado de calidad.

7. Fue dotado para colocar a Corrientes en el radar del mundo, para buscar inversiones y para generar condiciones de despegue. Para avanzar más rápido en la generación de energía, la ampliación de rutas aéreas, de rutas productivas viales y de puertos; para abrir y eficientizar nuestros pasos fronterizos que además fortalecerán todavía más la integración regional. Corrientes debería usufructuar su ubicación estratégica como territorio central y vital del Mercosur.

8. Gustavo Valdés consiguió el domingo un crédito extenso para trabajar al menos en dos bandas: en la diaria, que implica atender la agenda de la pobreza; y en la de mediano y largo plazo, que exige otro tipo de itinerarios, igual de acuciantes e importantes. Se inscriben allí las agendas intelectuales, culturales, turísticas. La tecnología. Los nuevos derechos. El amplio abanico de la producción con alto valor agregado, temas que impactan de lleno en los sectores de la población que, con potencialidades por encima de la media, están pensando más en el autoexilio que en la espera de una alineación interestatal que nunca llega. O que fracasa una y otra vez.

9. El domingo, Valdés fue mandado a la cofa a explorar oportunidades que estén más allá de las urgencias internas. El propio presidente Mauricio Macri advirtió el cambio de envergadura del dirigente correntino y hay quien dice (ya se escribió sobre ello en la prensa nacional) que hasta lo están apuntalando para que sea el interlocutor del PRO con el radicalismo, partido en donde anidan dirigentes que no asumen la contradicción histórica que implica apoyar a un gobierno insensible como el de Cambiemos.

10. Valdés consiguió en las urnas un respaldo que es también una brújula para su gestión. “La provincia no es sólo la economía sino también más instituciones. Y si la sociedad no sabe dónde va, no acompaña, por eso hay que tener una agenda nueva, visión de futuro, mejorar, fortalecer y desarrollar nuevas instituciones para que la gente vaya no sólo por el buen clima político, sino por la calidad de las instituciones”, expresó hace un par de días el consultor Enrique Zuleta Puceiro, hablando por Radio Dos. Hay allí una clave: mayor institucionalidad, que no es mayor burocracia.

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El respaldo está. Que el Gobierno se fortalezca para hacer y no para atropellar será la tarea más difícil que tendrá en adelante Valdés, que además tiene como mandato no escrito evitar cualquier condición de quiebre en el único lugar donde hiberna una amenaza fuerte para su crecimiento: su propio frente interno.
Será crucial, en el corto plazo, ver cómo genera la cobertura de las vacantes. Varios funcionarios fueron promovidos a legisladores y casi todos consiguieron ese salto de seguridad social, razón por la cual el Gobierno tendrá la necesidad de reponer hombres y mujeres. Tal vez sea la ocasión, incluso, para incorporar más mujeres y de ese modo empezar a saldar una de las promesas de campaña.
Por lo pronto, y con respecto al resto de los temas, el Gobernador ya dio algunas señales de hacia dónde quiere ir. En la semana fue a ver al presidente Macri. Volvió para cortar cintas de algunas de las muchas obras que el Gobierno financia en la Capital, como no se hacía desde 2001, y luego retornó a Buenos Aires, donde se reunió con el Presidente de Brasil.
Con Bolsonaro (más allá de lo que representa en lo personal y de los acuerdos o desacuerdos que puedan generar sus postulados ideológicos-políticos) planteó la necesidad de “la integración económica, social y cultural entre nuestras ciudades fronterizas”. Según se informó, ese fue el tema sobre el que dialogaron el Gobernador local y el Presidente carioca en el almuerzo en su honor ofrecido en el Museo del Bicentenario de la Casa Rosada. Es que para Corrientes, como para Argentina, Brasil es mucho más que un vecino rico, un shopping de frontera o un lindo lugar para ir de vacaciones.
De aquí en adelante lo que aparece es el viaje a China, expedición que emprenderán esta semana el Gobernador y una comitiva de funcionarios, legisladores y empresarios para plantear dos intereses puntuales que tienen escala y volumen para la economía local: la exportación de carne y de madera.
He aquí una agenda. Sobre esto es lo que debe acordar, aportar, discutir u oponerse la oposición, mientras encuentran sus propios temas, curan las heridas producidas en el devenir de sus traiciones y se fortalecen saneando sus diferencias democráticamente. Está claro que el ataque por el ataque no da resultados. La hegemonía de ECO no menguará si enfrente sólo hay un puñado de intereses personales disfrazados de partidos. Ya van varias elecciones. Es tiempo de que la oposición tome nota de que el electorado correntino viene votando construcciones colectivas, mas no aventuras de grupúsculos enajenados.
Al oficialismo, en cambio, se lo observará desde el prisma de la deontología. Valdés no puede pedir más. Tiene una provincia -podríamos decir- en orden (más allá de las dificultades de mucha gente para llegar a fin de mes) y un programa de gobierno. Tiene lo necesario. Por cómo lleva a puerto este barco con viento de cola se lo juzgará en dos años. Y en los libros de historia.

Ganó Valdés

Ganó Valdés, sin ser candidato. Más del 70% del electorado correntino fue ayer a las urnas, y de ese total, más del 60% le extendió un crédito amplísimo al gobernador Gustavo Valdés, que al margen de sus responsabilidades y la mesura que debiera imponerle la investidura totalizadora que ostenta, puede saborear como propio el contundente mensaje de las urnas: plebiscitó su gestión y logró la mayor diferencia en votos entre un primero y un segundo que recuerde el frente que lidera. Y que recuerde la historia política reciente de la provincia.
Valdés y los suyos lograron una diferencia de más de 40 puntos, ganaron en municipios importantes en manos de la oposición y con esas credenciales, a partir del 10 de diciembre, tendrán -él y los suyos- no sólo mayoría sino dos tercios en ambas cámaras legislativas. En ambas. Y si los resultados se consolidan sin modificar la tendencia que había al cierre de esta edición, podría incluso ser más holgada en Diputados.
—¿Por qué pasó esto, de este modo? 
—Porque Valdés, pese a la fragmentación de la oposición que le dejó el camino casi libre, se puso al frente de una campaña que tuvo también sus dificultades, tanto internas como externas, y apostó su capital político sin especular.
Valdés encabezó la campaña y salió a recorrer la provincia, sin mucho para mostrar como resultado de la alineación Nación-Provincia-Municipio, más allá del esfuerzo discursivo que hace para tributarle a Mauricio Macri alguna ayuda en el magro camino electoral que viene registrando Cambiemos.
Hasta ayer, a lo largo de las once elecciones concretadas en el país, Cambiemos sólo ganó en una. Ganó en Corrientes con Valdés. 
Incluso, el Gobernador sostuvo los pilares de la campaña con su propia imagen, para de ese modo contrarrestar los eventuales efectos negativos de candidaturas impuestas por la alianza, pero reñidas con la marquesina de estos tiempos, en términos de marketing, pero también políticos. Conceptuales.
Salió a caminar la provincia y el resultado se midió ayer. Ratificados los resultados, estos dirán que Gustavo Valdés puso su gestión en consideración popular y logró más votos que cuando accedió al sillón de Ferré. En 2017 se convirtió en Gobernador con el 54,05% de votos. Ayer consiguió más del 60% y una diferencia de más de 40 puntos porcentuales con el segundo: el Frente para la Victoria.
Un verdadero respaldo contante y sonante que cotizará en las mayorías calificadas que la alianza tendrá en ambas cámaras, y en varios concejos municipales. En las mayorías que tendrá, por caso, en Capital, donde de nuevo la figura y la acción de Valdés fueron determinantes.
—¿Para qué sirve tanto poder? 
—Le sirve a Valdés para marcar directrices, para hacerse cargo de su propia herencia y tomar decisiones en ese sentido. Le sirve tal vez para ponerse en dirección al 2021, porque puede exhibir esta elección como una votación genuina en torno de su figura y su proyección política. En torno a su idea desarrollista que genera muchas, necesarias y entendibles expectativas.
La sociedad se expresó y lo hizo de manera mayoritaria en favor de una figura, una postura y un discurso. Le dio la llave a Gustavo Valdés para convertir ese proyecto en acción.
En apariencia, nada tiene en contra el primer mandatario para poder llevar adelante su tarea. No hay escollo en superficie que dificulte el plan que viene bosquejando. No le impactaron, en las urnas, las condiciones desfavorables de pobreza que lastiman a la provincia, ni la falta de trabajo, ni de infraestructura. No caló en Corrientes la mala fortuna de Cambiemos, producto de una mala gestión que termina siendo peor en términos económicos. No influyó en el voto, en el de ayer, ni la inflación ni el precio impagable de las tarifas.
—¿Por qué nada de esto impactó en Corrientes? 
—No impactó porque la gente hizo un voto doméstico. Acompañó a su oficialismo más próximo, priorizando los atributos positivos de Valdés y de la estructura que lidera. Priorizó la previsibilidad del gobierno, y castigó a la oposición que exhibió sus peores formas, sus pequeñeces. Aún en la derrota, así de contundente como la de ayer, la mayoría de la minoría salió a buscar afuera las culpas que están adentro. Mucha crítica y nada de autocrítica, aunque haya mucho material para la crítica.
Ante semejante desaguisado, la mayoría electoral de Corrientes ayer prefirió un esquema de orden. Una calma. Una tranquilidad. Una paz que se exhibe como la principal fortaleza del gobierno, desde que se inauguró con Ricardo Colombi en 2001 y que se materializa en con el pago en tiempo y forma de los salarios.
Lo que no se le extendió a Valdés, y tendrá que procurárselo solo, son las imprescindibles dosis de autoequilibrio. Dosis de humildad que serán vitales para administrar propositivamente el mandato de las urnas y los anhelos de la gente que ayer votó una cosa, pero podría votar otra más adelante.
Ganó Valdés, lejos, ratificando no sólo el rumbo, sino sumando más votos que en 2017, lo cual implica de por sí una responsabilidad, porque los contrapesos son resorte exclusivo del gobierno, de su gobierno, ante el repliegue de la oposición.
La llamada de atención que llega con este respaldo formidable tiene que ver con el manejo de las balanzas republicanas. 
Ganó Valdés, y ahora queda para el análisis el detalle de los números, y en ese detalle los contrafácticos: cuánto más hubiese sacado la alianza si los candidatos hubiesen sido otros; o cuánto menos si la boleta de ECO iba unida a la de Cambiemos. O viceversa. O cómo hubiese sido si la oposición iba toda junta.
Lo cierto es que ganó Gustavo Valdés y fortaleció la hegemonía del gobierno, lo que les acerca -a él y los suyos- nuevas y más responsabilidades.
Una de ellas, la más importante, es convertir en hecho los discursos, y ordenar a sus funcionarios que dejen de hablar como si la cosa hubiese empezado ayer. 
Hay respaldo, pero también condiciones ideales que deben ser respondidas de la misma manera. Ya no hay lugar para la queja ni la excusa. Tendrán dos tercios en el Senado y en Diputados. No se recuerda semejante nivel de apoyo para un gobierno en la historia reciente de Corrientes. Por lo tanto, será responsabilidad de la propia coalición de gobierno permitir el debate y no caer en el facilismo de la escribanía parlamentaria, que tanto se ha criticado.
Dado este escenario, además, el Gobernador tendrá la herramienta que necesita para llevar adelante su agenda del desarrollo y de la modernización. Uno de estos temas es, o debe ser, la reforma del sistema electoral. La paridad de género, el voto joven y el sistema de boletas. La boleta única, por caso, no sólo aportaría a la ecología. También limpiaría los yuyos de la política del aparato, que gasta dinero que no hay en cosas como la maraña de papeles que se vieron ayer en los cuartos oscuros. Maraña que además dificultó el escrutinio, otro punto bajo en la elección de ayer donde sólo hubo tres categorías que contar.
Que en los cuartos oscuros haya más de 40 boletas y que sólo uno de los sectores se quede con el 60% de los votos, habla a las claras de que el sistema, si bien le sirve a la política de la rosca, no representa las visiones de provincia que existen hoy en Corrientes. En Corrientes hay una visión de provincia que es mayoritaria y otra que no logra acomodarse. No hay 40 proyectos distintos que se justifiquen en 40 papeletas.
Habrá que buscar, en todo caso, otro mecanismo para que los sectores y sectorcitos de la política vernácula se cuenten las costillas. No puede seguir siendo a costa de la ciudadanía y de su sistema electoral general.
Quedará también para más adelante el detalle de los cortes de boletas. Los apoyos y los rechazos, pero que son cuestiones menores en relación con el triunfo logrado por Valdés, el mayor en la historia de Encuentro por Corrientes.
Ni Ricardo Colombi estuvo para empañar la noche de Gustavo Valdés. Se corrió a un costado. Desde lejos vio el triunfo y consolidación del Gobernador, dicen que desde Mercedes.

Dejen de extorsionarnos

Hay una cualidad constitutiva que tiene el radicalismo y que lo define propositivamente: la capacidad de debate como producto del pensamiento crítico. La Convención Nacional del pasado lunes en Parque Norte, deliberación que terminó en la aprobación de un documento con el que la UCR ratificó su pertenencia a Cambiemos, fue una prueba de aquel distintivo característico. Debate de ideas, sopeso de criterios, cálculo de diferencias, enojos, insultos, pero al final un voto democrático, autosuficiente, que asume la posibilidad de error, la eventualidad del fracaso político (o electoral) pero como consecuencia, en todo caso, de una idea rectora: “vencer al populismo”.
—¿Por qué?
Porque en el radicalismo -en tanto partido de ADN republicano- las adhesiones a determinadas estrategias políticas nunca son incondicionales. Es decir, representa la exacta oposición a un nutriente que suele abonar los campos populistas, pero que repugna al protagonista de un partido democrático y de una sociedad democrática, que vendría a ser el ciudadano: ese sujeto político que participa de la vida pública y que está en contra de los excesos autocráticos.
Pues bien: el tiempo dirá qué pasará en octubre, pero el vigor del partido radical, la hondura de su debate interno genera envidia republicana: envidia entre aquellos que aún en la disidencia responden al estímulo de la democracia y reaccionan ante cualquier forma de autoritarismo.
Es pronto para saber si el radicalismo tomó el camino correcto. Si será escuchado por un partido como el PRO, poco afecto a deliberaciones horizontales de este tipo, reacio a las elecciones internas (miremos la Nación, confirmemos analizando lo que pasa en Corrientes), y ni qué hablar de los acuerdos de cúpula, como propuso Alfredo Cornejo en la Convención. Al PRO se le ha brotado la piel cada vez que alguien le pidió algo distinto a lo que está acostumbrado a digitar el Presidente con su raquítico entorno, más afecto al marketing que a la política.
Dicen algunos, sobre todo los que flotan con el helio que infla los globos amarillos, que no hay PRO sin Macri y mucho menos Cambiemos sin Macri. Eso es lo que enerva al radicalismo, a una parte al menos. A aquellos que no pueden sostener con la mirada altiva el doble estándar que implica criticar por autoritario al kirchnerismo y al mismo tiempo aceptar el capricho del PRO, que aún no resuelve si Cambiemos admitirá que la candidatura presidencial se decida en una elección primaria.
¿Cuál es -en este marco- la fe que mueve al radicalismo? ¿Por qué cree que esta vez será distinto? Si Macri no está acostumbrado a escuchar, ¿por qué lo haría ahora? ¿Y si no lo hace? ¿Romperán? ¿O seguirán doblados a la pobre caricia con la que se justifican algunos? ¿A la supuesta fortaleza de la alianza parlamentaria?
Si vuelven a ganar las elecciones y la situación (sobre todo económica) no cambia sino que se acentúa (ir más rápido en la misma dirección, como promete Macri), ¿qué pasará con el radicalismo y su propia historia, que solía estar lejos de la furia empobrecedora del liberalismo insensible, especulador e inescrupuloso? ¿Cómo remontarán los alfonsinistas el haberse opuesto a los mandatos de don Raúl Ricardo, del padre de la democracia?
Encrucijada difícil.
¿Y qué pasará con Corrientes si gana la oposición? El gobernador Gustavo Valdés ya marcó las diferencias, tal vez en clave proselitista. “No podemos permitir que nos discriminen ni nos castiguen por pensar distinto”, dijo en el cierre de campaña para las elecciones de hoy, evocando la Era K. Imposible no coincidir. Pero Valdés tiene responsabilidades más allá de su gusto político personal y ello implica también hacer cumplir en Corrientes lo que pide para el país.
“No podemos permitir que nos discriminen ni nos castiguen por pensar distinto”. Claro que no. La coherencia allí es el mejor antídoto para exorcizar la bipolaridad de algunos que ven la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio.
Igual, hay esperanzas. La alineación Nación-Provincia-Municipios dejó la vara bastante baja y a Valdés, bastante comprometido. Pero el Gobernador, lejos de amedrentarse, le puso el pecho a la situación, se cargó el proceso electoral al hombro, el peso de algunas candidaturas, y puso en juego su propio capital político (que es muy alto, según todas las mediciones públicas y privadas) para tratar de entregarle al macrismo un alivio en el penoso derrotero electoral que ha cumplido hasta hoy. Pero si la cosa sigue adversa, nadie duda de la capacidad de Valdés para una rápida relectura del mapa político. A favor tiene su vitalidad, su inteligencia y su baúl personal vacío de lastre y de tosquedades silvestres. Cosas -todas- que estimulan el pragmatismo amigo del futuro y de una carrera que se proyecta por encima de 2021. Veremos.

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Lo que dejó la Convención de la UCR, además, es la vigencia de la política como mecanismo de transformación.
La jugada de Cristina Fernández de correrse y de nombrar a Alberto Fernández, es una jugada que deja en manos de la política algo que en la Argentina de hoy ya no puede resolverse ni con personalismos ni sólo con astucia. El radicalismo parece entender eso a la perfección. Y a una jugada política devolvió con otra jugada política, con más institucionalidad. Resta saber si lo que fue una necesidad de la hora para el kirchnerismo, es una conducta vital para el radicalismo. Resta saber si la cosa no acabó en Parque Norte.
La institucionalidad política, asimismo, suele ser motivo de discursos para la Coalición Cívica. No se le nota tanta acción, pero le brotan los discursos en ese sentido. El massismo también leyó el momento y aprovechó para sacarle el jugo a una puesta en escena democrática que delegó la decisión en su líder, que hasta ahora no sabe qué hacer. Roberto Lavagna sigue sin caer, mientras el Peronismo Federal sigue cayendo. Hay que esperar. Como habrá que esperar también la reacción del PRO, que en su corta historia exhibe sólo misales de adoración a Macri. Tal vez, y dado que atravesamos otro momento, la respuesta sea distinta.
Por lo demás, la democracia argentina le deberá a los radicales -una vez más- la luz que alumbra el camino. Lo que pasó el lunes en la Convención de Parque Norte (aquella muestra condensada de convivencia interna en la disidencia) es tal vez la evidencia de que los argentinos podemos ejercer la política sin caer en los extremismos destructivos. “Nos acercamos o nos alejamos de nuestros valores históricos, pero damos la cara y nos haremos cargo si nos equivocamos”. Ese parece ser el mensaje radical.
El lunes pasado hubo debate. Política. Se discutió: se ganó y se perdió, pero se discutió, lo cual es un ejercicio sano y sanador que muchos radicales olvidaron que existe, sobre todo por estas pampas.
Hay que agradecer a la Convención Nacional de la UCR sus conceptos republicanos y aplicarlos siempre, no sólo cuando conviene. En Corrientes, por ejemplo, hace tiempo que sus sucesivos gobiernos radicales dejaron a un lado la caja de herramientas radicales. Responden a un líder, que demanda silencio y obediencia. Eso mismo que Cornejo y otros, el lunes, marcaron como las deficiencias de Macri. Pues son esos, y no otros, los atributos de las personalidades populistas.
“Dejen de extorsionarnos” lanzó entonces el gobernador de Mendoza y presidente del Comité Nacional de la Unión Cívica Radical. “Dejen de extorsionarnos y decir que cada crítica de la UCR por tarifas aumenta el Riesgo País y dispara el dólar. Dejen de extorsionarnos con eso de que no podemos hablar en público sobre nuestras diferencias”, remató.
Eso mismo podrían esgrimir aquí, en Corrientes, muchas voces disidentes. “Dejen de extorsionarnos”, porque eso es lo que los convierte en lo que critican, dirían, a modo de síntesis, esas voces supuestas…

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Cornejo habló de errores, de achiques y, por lo tanto, en términos electorales, pidió ratificar la alianza pero ampliarla, como se hizo en Corrientes desde 2001.
Cornejo pidió cambiar el nombre, de ser necesario: “Eso no importa”, dijo, dado que Cambiemos se convirtió en un oxímoron en sí mismo: Cambiemos no ha cambiado nada de lo que vino a cambiar. Más bien empeoró lo que ya estaba.
Por eso mismo en Corrientes ya se hizo el cambio y hoy se pondrá a prueba, en las legislativas. ECO ya olvidó deliberadamente su pertenencia a Cambiemos. Y no está mal, pues nadie está obligado a declarar en su propia contra.
Cornejo pidió “tolerancia, respetarnos más”. “Tenemos ideas sensatas, no estupideces para proponerles”, bramó, y se lanzó a construir puentes de plata con los peronistas republicanos. De nuevo allí marcó un rumbo: a sus elementos internos, sobre todo a los más fundamentalistas, les dijo que en el peronismo también hay republicanos. Que no todo se agota en la grieta, ni en la lógica binaria de Twitter.
Cornejo reconoció que “tenemos probabilidades ciertas de salir derrotados en las elecciones de octubre”, por lo que pidió redoblar los esfuerzos. “El populismo no los sacará de la pobreza”, les dijo a los pobres. Podríamos aportarle una idea al gobernador mendocino: tampoco lo hizo el programa de Cambiemos, más bien todo lo contrario.
Por eso tal vez haya que cambiar. Parte del radicalismo ya advirtió que ha llegado el momento.

Cristina conmoción

La decisión de alta política con la que Cristina Fernández de Kirchner sacudió ayer la modorra nacional constituyó una conmoción. Hasta los propios se sorprendieron. Los extraños se desconcertaron y los anti se dividieron en dos grupos. Los unos escupen fuego como dragón enojado y los otros aún no reaccionan, aplastados por el impacto de la noticia.

—¿Qué noticia?
Esa que motoriza la decisión de Cristina Fernández de correrse a un costado, de anunciar que será candidata a vice de Alberto Fernández y que competirá en las elecciones Primarias.
Tanto impacto causó la jugada (el tiempo dirá si fue táctica o estratégica), que el movimiento parece darle la razón a Alejandro Grimson, autor del libro “¿Qué es el peronismo?”.

—¿‏Por qué le da la razón?
Porque Grimson, un antropólogo social e investigador del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), viene diciendo hace tiempo que “el peronismo no deja de conmover la política argentina”.

—¿Y qué tiene que ver con la decisión de Cristina Fernández de Kirchner?
Eso justamente: que conmovió el tablero político nacional, les guste o no les guste a algunos o a muchos.

“De pronto surgió una perspectiva”, escribió ayer la filósofa Esther Díaz. “Una lección de gubernamentalidad. Un ejercicio de la política, no un mandato del márquetin. Sentido de la oportunidad, astucia razonada, conexión con los problemas reales, renunciamientos necesarios. Somos testigos de un gesto político notable, de un acontecimiento”, sentenció.
Tal “acontecimiento”, tiene reminiscencias históricas: Fernández-Fernández suena similar a Perón-Perón; Alberto al gobierno, Cristina al poder es igual a lo dicho y hecho por Perón y Cámpora. Hay otras referencias menos románticas, más dramáticas y un poco más alejadas de la realidad de este supuesto “renunciamiento” de Cristina, que acerca el recuerdo de Evita.
Pero más allá de la comparación en clave histórica, aprobatoria o condenatoria (pues hay para todo) este “acontecimiento” ya desdibujó varias otras candidaturas que ensuciaban el camino al acuerdo de un armado opositor competitivo. Además, dejó en falsa escuadra la estrategia del “populismo-venezualismo” de Cambiemos. Comprometió aún más al radicalismo que, dividido como está, no sabe si creer o no el golpe de efecto, si llamar o no a los peronistas para armar un frente alternativo, o si seguir o no en Cambiemos. (El gobernador mendocino Alfredo Cornejo dijo ayer, en Clarín, que tras la jugada de CFK, su propuesta para sumar peronistas a Cambiemos “está más vigente que nunca”).
El “acontecimiento”, en tanto tal, también, puso en modo de recálculo a los operadores internacionales y los organismos de crédito.
Sucede que Alberto Fernández puede encolumnar gobernadores, puede contener a otros referentes del peronismo de centro, federal, racional o como se llame; puede sumar a las clases populares, a los trabajadores y a sus líderes a los que ya envió señales de afecto y puede dialogar con aquellos que no lo harían con Cristina (ni ella con aquellos). Es que el hombre representa, desde las veredas del “márquetin”, como diría Esther Díaz, una figura más educada, o al menos más moderada que CFK. Alberto Fernández vendría a ser una figura de esas que le gustan al establishment comunicacional-institucional de la Nación, pues entre otras cosas encarna un antídoto para los fantasmas de la cesación de pagos y el aislamiento internacional. Es un constructor, dicen. Un componedor.
Ayer, igual, el desconcierto del establishment comunicacional-institucional de la Nación fue tal, que abordaron el acontecimiento con calificativos desdeñosos, ayudados con carpetas de servicios varios.
Extravagancia dijo uno; títere acotó otro. Alberto es un mentiroso, un doble agente, bramó una señora. Un verdadero panqueque sin personalidad, analizó alguien en Corrientes, para este cronista.
Ella es ella, más que nunca: pues nunca antes alguien renunció a los honores pero no a la lucha, se bajó un escalón y desde allí digitó quien estará en el de arriba. Genial, ironizó alguien más. Sustentan en esa movida la figura de la marioneta. (Además de actuar con los manuales de la infantilería política, quienes apuntan eso en realidad todavía resisten la inteligencia de una mujer como Cristina: la atacan y la niegan, creyendo que así se exorcizan de ella y del alcance de su expertise política).
“Es la admisión de que con ella sola no alcanza”, llegó a decir un radical correntino que pidió reserva tras la conversación con quien esto escribe. “El anuncio encierra el reconocimiento de que el cristinismo había achicado al kirchnerismo”, analizó un colega en la metrópoli. “Esta decisión implica nestorizarse para tratar de ampliar su base en busca de la recuperación del poder”. Etc., etc..

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Sergio Massa fue el primero en ver la luz al final del camino:
“Tenemos la responsabilidad de construir una gran coalición opositora y una nueva mayoría para los argentinos, para derrotar a un gobierno que destruyó a la clase media argentina”.
“Creemos que es importantísimo construir no solamente un nuevo gobierno y una nueva mayoría sino un nuevo peronismo”, afirmó minutos después de que la ex presidenta anunciara su decisión a través de un video de Twitter.

Massa trazó así el objetivo: ganarle a Macri.

En la misma línea se leen las capitulaciones de Agustín Rossi y Felipe Solá. Se esperan más. Daniel Scioli optó por la idea de una gran Paso. Los gobernadores peronistas, varios de ellos, se mostraron “contentos”.

Ahora queda el trabajo. Para todos.

Queda el armado de un vehículo electoral amplio y competitivo mientras se generan los planes y proyectos para lo que viene: una Argentina con enormes carencias y dificultades. Una Argentina en la que será necesario fortalecer los mecanismos de gobernabilidad. Y esta será una necesidad para los Fernández eventualmente, como para los Macri o los Massa, los Lavagna o los Schiaretti. Para el que gane.
Queda además, mientras tanto, llegar a las Paso, después a octubre y tratar de que el país resista entero para encarar el proceso que comenzará el 10 de diciembre.

Queda por delante frenar el deterioro diario de la Argentina, de su gente.

Es allí donde radica la importancia de las señales que envíe el Gobierno a partir de este nuevo escenario. O de las que envíe Mauricio Macri. O el radicalismo en su calidad de socio-sostén territorial del fracaso de Cambiemos. Es que “Macri sólo le ganaba a Cristina, y capaz ahora no le gana a Alberto”, dijo ayer el histórico dirigente Julio Bárbaro. Antes era peronista; ahora es un inclasificable por la cantidad de boletos que se le ven en los bolsillos.
Además dijo otra cosa. Habló de conmoción: de una conmoción que sacudió a gobernadores, intendentes y dirigentes de todo arco político nacional. Y eso tal vez genere todavía más bronca entre los que minimizan la jugada y la descalifican, porque los globos y el ritual de fiesta de quince con música de Gilda nunca moverá las estructuras políticas de la Nación como movió un video con voz en off de CFK, transmitido por Twitter.
Por eso los berrinches en los referentes más desbocados e irresponsables del macrismo que, ante la falta de argumentos, azuzan el miedo, insultan. Fracasan también allí, en la reacción ante una jugada política que pone fichas nuevas en el juego cuyo resultado se conocerá recién el mes de octubre.

—¿Qué hay además, mientras tanto?
La pequeñez de aquellos que recuerdan los días en los que Fernández y Fernández tenían visiones distintas de la política, del gobierno, del país. Opinar distinto lo hizo distinto a Fernández. Y ahora la hace distinta a Fernández.
No obstante ello, al traer esos recuerdos, los odiadores de clase, los fanáticos y los interesados beneficiarios del statu qúo actual no ven que el “peronismo jamás será atrapado en una frase”. Desconocen que para explicarlo es necesario “escapar del análisis unidimensional y desplazarce a un abordaje multidimensional”, como dice Grimson. No alcanza con el enojo.

¿Por qué?
Porque “el peronismo nació y se configuró como un espejo invertido del antiperonismo”, y ambos corren a la par desde hace más siete décadas.
Y el antiperonismo, y su primo hermano el macrismo, son hoy los jefe de campaña de un espacio en formación que puede, si sabe, liquidar el pleito en una pasada.

Política, economía y elecciones

Hoy hablamos con Daniel Collinet acerca de la economía, del plan oficial de control de precios, o de alivio, que tiene mucho de kirchnerismo y de electoral. También hablamos de las implicancias en la provincia. Esta es una de las columnas que semanalmente tengo (los días lunes) en el programa “No está todo dicho”, dado el año electoral y las necesidades básicas insatisfechas de desenmarañar la complejidad extrema del sistema y los procesos políticos correntinos.
Gracias Daniel por el espacio, que espero sirva para que entre todos nos ayudemos a pensar lo que nos pasa y por qué nos pasa.

Mirá el video aquí:‼️👇

EDUARDO LEDESMA 22/04

Política, economía y su influencias en las próximas elecciones. Eduardo Ledesma y todo su análisis en NETD TV

Posted by No Esta Todo Dicho on Tuesday, April 23, 2019