Cómo se siente un tiro

De paseo por las letras, siempre es grato leerlo a Bruno Martínez.

Su libro “Cómo se siente un tiro”, fue una de las compañías a las que recurrí para esconderme del sol y de la lluvia. O para disfrutarlos.

Hay de todo en esas crónicas. Hay pasajes y paisajes. Hay sutilezas y frentazos. Hay lugares transitados ya por otros, pero también descubrimientos. Hay poesía y crudeza. Hay literatura.

Hay política, que es tal vez lo que uno -por motivaciones personales- más disfruta.

La sola crónica sobre el recorrido al y por el apiario de Danilo Polo Legal, “Hablemos de abejas”, para mí, justifica el libro, además de la que le da su título, claro.

Recomiendo este trabajo, editado el año pasado con crónicas sazonadas por el tiempo, reconociéndole el mérito de haber abierto una puerta enorme a los cronistas de la región. De haber proveído un espejo. Un objetivo. Una meta.

Que no falte el fuego

Hay mucho que agradecerle a 2017. Asuntos del alma y del cuerpo: del corazón que sigue latiendo desde uno hasta el confín de los afectos.

Agradecerle por la familia chica que enraiza. Y por la más grande que despliega ramas y hojas. Y vuela. Por los hijos que crecen. Por sus sonrisas.

Hay que agradecerle también que vaya andando el trabajo -aún a los tumbos-, y que haya momentos para compartir, pese a todo, con los amigos que están y los que llegan. Por el recuerdo de los que fueron.

Pero hay algo especial. Este año tuvo para mí varios escalones: emprendí algunos de mis proyectos, volví y di vueltas por la academia, me recosté por la escritura, y con el periodismo a cuestas salí a la caza de historias y me traje de regalo el encuentro con personas. Nuevas gentes, mundos nuevos.

En ese peregrinar anduve yendo y viniendo. Volviendo: a lugares, a personas, a palabras.

Y en este tiempo de balances, quiero compartir lo que fue para mí una de las grandes aventuras del año: bucear los sitios de mi niñez, redescubrirlos, pero en el trance de un sortilegio literario.

Después de conocer poco y nada -por esas mezquindades que a veces tiene la vida con los propios en un pueblo-, al promediar el año decidí entrarle de lleno a la obra completa de un compoblano ilustre: Gerardo Pisarello.

Poco puedo agregar a lo que se sabe de este grande entre los grandes. Sólo quiero recomendar su lectura. Y sugerir, si es que se puede, que sus textos se compartan. Que se enseñen. Que se estudien.

Escritos hace añares, tienen una vigencia asombrosa.

De todos sus relatos -que deben ser la envidia de cualquier narrador por la potencia de sus descripciones y su caladura filosófica-, me quedo con parte de uno. Son apenas unos párrafos. Desde que los leí, acompañan a mi mente como una sombra. Y la queman como el fuego.

 

Está en “Che retá” (Mi tierra), uno de los libros. Se titula “Mujeres de pueblo”:

“El drama de estas mujeres del pueblo los escribe la vida de distintas maneras, para darles luego el mismo desenlace de una vejez sin amparo.

Recuerdo de una de ellas que invariablemente visitaba nuestra casa dos o tres veces a la semana. Debía recorrer varias cuadras al paso cansado que le imponían las articulaciones endurecidas. Entraba sin llamar, y en el primer asiento que divisara en el patio se sentaba a reparar su fatiga visible. Recién entonces saludaba y en atencioso cumplido, iba averiguando la salud de mis padres y la de los demás miembros de la familia. Después quedaba en silencio. Su mirada nublada se perdía en un intento de ubicar las personas y las cosas; una confusión interior parecía señalarle fijamente un punto que tanto se le corría hacia adelante como en el suelo.

Nada podía; permanecía ahí sentada a la espera de una ayuda voluntaria. Pero la fuerza del silencio y de la necesidad eran en ella un lenguaje humano. Cuando alguna vez pedía algo, no era más que “unas astillas para hacer fuego”. Se hubiera dicho que era tanta su dignidad de pobre que sólo iba a cuidar la permanencia de un mito: el fuego, como sentimiento solidario de la especie humana”.

Feliz año nuevo. Felicidades.

 

El viento que arrasa

Pocas veces un cumpleaños fue tan pródigo en lecturas. Agradezco a quienes me han acercado a estas letras. Y quien tuvo mucho que ver con el descubrimiento de esta autora fue mi amigo Carlos Lezcano. El encuentro fue literario. De lecturas, de charlas, de gastronomía y algunas bebidas. Así fue como conocí a Selva Almada, bajo la sombra de unos árboles y un viento norte caliente en el extremo norte de los Esteros.
Ese es su contexto, pensé, luego de leer a Martín Lojo, que dijo de ella: “Almada reconstruye la experiencia del pueblo de provincias con extrema precisión; descubre sus reglas y recrea su lenguaje buscando no sólo la sonoridad de sus palabras sino también la complejidad de sus sentidos”.
Primero la traté, en la Feria del Libro de Caá Catí, y después le entré a algunos de sus libros, en este orden: “Chicas muertas”, “El mono en el remolino” (de reciente aparición, pues se trata de algunas notas sobre el rodaje de Zama, de Lucrecia Martel, la película que pelea por el Oscar) y “El viento que arrasa” (2012). Del que voy a hablar-escribir.
Dice parte de la contratapa de la octava reimpresión que tengo ante mis ojos y tuve no más de dos días entre mis manos (es atrapante y rápido de leer), que “El viento que arrasa es una novela en la que los personajes son nítidos, corpóreos, se escuchan sus voces, sus modos. Y los del paisaje: el monte, el sol, los árboles achaparrados, los autos rotos, las camisas transpiradas y las vidas destruidas.”
Cuando terminé de leer la novela, no sólo confirmé esa descripción, sino que admiré una arquitectura literaria al parecer simple, que se enhebra casi en una sola locación y en un par de horas, pero que dispara tantos aspectos de la vida que parecen imposibles. Imposible que cupieran en las 160 páginas exactas que mide de largo el relato.
Siento aún cómo el viento arrasa. Lo siento cerca, justo en la piel en estos días de calor y humedad, pero también en el corazón por recuerdos propios y ajenos que se entremezclan.
Se siente uno interpelado: por los que miran, por los mirados, por los que se van y también por los que se quedan a hacer poco y nada antes de morir, como dice el último y sufrido suspiro de la prosa, en la sutil potencia de un tiro de gracia para la historia, que muta allí mismo en un soplo de vida para muchos fantasmas que se esconden fácilmente en los meandros de la conciencia. Excelente.

Gabo, cartas y recuerdos

Para los que abrazamos el noble oficio del periodismo, creemos en el poder de la narrativa latinoamericana y nos apasionan las historias de superación de los grandes que no siempre lo fueron: pues para ellos, para nosotros, “Gabo, cartas y recuerdos”, de Plinio Apuleyo Mendoza.

El libro es de 2013, pero en estos días, un poco por descanso y otro poco para saciar la búsqueda de siempre, que consiste en escudriñar la arquitectura de los grandes escritores del continente, me abalancé sobre el ejemplar y lo devoré en un par de días.

Gabo, de Mendoza, su amigo de siempre, es un texto simple, pero lleno de enseñanzas. Demás está decir que es uno de los tantos textos que recomendaría a los estudiantes de periodismo, a los periodistas que ya lo son y lo ejercen, a los aprendices de escritores e incluso a los consagrados de la literatura. ¿Por qué? Porque aquí hay vida vivida, no contada ni leída. Porque hay experiencia. Porque hay polvo en los zapatos y muchos vacíos de panza antes que gloria u oficinas.

Dicen los libreros esto:

“Cuenta Plinio Apuleyo Mendoza que, a veces, su amigo Gabriel García Márquez, el novelista idolatrado por millones de lectores en todo el mundo, se libera del peso de su propio mito y vuelve a ser, simplemente, Gabo. Este libro nos habla de esos momentos. Del Gabo auténtico, conocido solo por su círculo más íntimo.

“Es un retrato emocionante y a ratos sorprendente del escritor colombiano, desde sus comienzos como aspirante a periodista hasta su consagración definitiva con el Premio Nobel de Literatura.

“Además, el libro incluye once cartas inéditas escritas por Gabo a Plinio, su confidente literario. Se trata de documentos de un extraordinario valor, en los que el novelista expresa sus dudas, dificultades y esperanzas durante la escritura de obras maestras como “Cien años de soledad” o “El otoño del patriarca”.

Particularmente a mi impactó muchísimo una historia. La de Gabo en Rusia, en la Plaza Roja de Moscú frente al cadáver de Stalin embalsamado.

-Tiene manos de mujer -pensó.

Muchos años después, cuenta Mendoza, esas manos fueron las manos de uno de sus patriarcas.

Altamente recomendado.

El país del río: aguafuertes y crónicas

No sólo recomiendo su lectura: recomiendo el libro como objeto, como testimonio vivo de lo que fuimos y somos, como un mapa dibujado por nuestras glorias y también por nuestras desgracias.
Magistralmente escrito por Arlt y Walsh, pero también maravillosamente puesto en contexto por la profesora Cristina Iglesia, este libro de aguafuertes y crónicas es una referencia obligada para estudiantes de letras, de periodismo, para aspirantes a cronistas, para docentes de varias disciplinas y, claro, para todo lector o lectora que no quiera más que regocijarse con la buena prosa de la mejor literatura de país.
Pero hay más: estuve pensando mucho en este libro cuando tuve que recomendar algo a un correntino emigrado, gente de esas que nutren nuestra historia y desnutren nuestras potencialidades. Creo que en estas páginas, además, se guardan algunas claves de lo que pudimos ser, de lo que fuimos y al final, de lo que somos nomás.
Altamente recomendado.

 

El país del río

En 1933 Roberto Arlt realizó un viaje remontando el río Paraná en un pequeño barco de carga: sus notas aparecieron en el diario El Mundo bajo el título de «Aguafuertes fluviales». En 1966 y 1967 Rodolfo Walsh viajó a Corrientes, Chaco, Misiones y también a la Isla del Cerrito, en la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay. De estos viajes surgieron varias crónicas publicadas en la revista Panorama y una especial sobre el Estero del Iberá en la revista Adán.
Este libro reúne dos miradas y dos maneras muy distintas de aventurarse en el paisaje, separadas además por más de treinta años de diferencia, que sin embargo se cruzan y por momentos parecen dialogar.
Las aguafuertes fluviales de Roberto Arlt nunca fueron publicadas en su totalidad en libro hasta ahora. Las notas de Walsh forman parte de El violento oficio de escribir (1995).
Esta edición vuelve a poner en circulación estos textos de dos de los más geniales cronistas de nuestra literatura, acompañándolos con las imágenes originales: las fotografías del propio Arlt en el primer viaje, las de Pablo Alonso en el segundo. Una introducción, una cronología, una bibliografía y notas críticas, materiales preparados por Iglesia con la colaboración de Montserrat Borgatello, completan el equipaje para explorar El país del río.

Cuando me muera quiero que me toquen cumbia

Llegó a mis manos como un regalo anticipado de cumpleaños, y lo devoré antes de que se vaya del todo el sopor de los festejos.
La que tengo ante mí es la sexta edición, de junio de 2017, de un libro que tiene al menos 5 años en la calle, sus tantas impresiones anteriores, y al menos 20 años de vida.
“Cuando me muera quiero que me toquen cumbia”, de Cristian Alarcón, es uno de esos textos que llegan tardíamente a quienes, como yo, hice del periodismo político un refugio para escaparme de estas realidades, de estas otredades que generan esos otros, hombres y mujeres de trajes y vestiditos con chaqueta que administran la cosa de todos.
Esta es la historia de unos pibes del tercer cordón norte del conurbano bonaerense. Pero es universal porque podrían describir también los márgenes pobres de cualquier suburbio del país, allí donde se amontonan los pobres-marginales que el Estado ve como un número, o peor, ni siquiera los ve.
Agradezco el regalo. Reconozco al autor y se entiende rápidamente porqué este texto, una crónica de esas atrapan de movida, tiene premios y halagos sobre su canto. Altamente recomendado.

Extracto del prólogo

Cuando llegué a la villa, solo sabía que en ese punto del conurbano norte, a unas quince cuadras de la estación de San Fernando, tras un crimen, nacía un nuevo ídolo pagano. Víctor Manuel el “Frente” Vital, diecisiete años, un ladrón acribillado por un cabo de la Bonaerense cuando gritaba refugiado bajo la mesa de un rancho que no tiraran, que se entregaba, se convirtió entre los sobrevivientes de su generación en un particular tipo de santo: lo consideraban tan poderoso como para torcer el destino de las balas y salvar a los pibes chorros de la metralla. Entre los trece y los diecisiete años, el Frente robaba al tiempo que ganaba fama por su precocidad, por la generosidad con los botines conseguidos a punta de revólveres calibre 32, por preservar los viejos códigos de la delincuencia sepultados por la traición, y por ir siempre al frente. La vida de Víctor Vital, su muerte, y las de los sobrevivientes de las villas de esa porción del tercer cordón suburbano —la San Francisco, la 25 de Mayo y La Esperanza— son una incursión a un territorio al comienzo hostil, desconfiado como una criatura golpeada a la que se le acerca un desconocido. La invocación de su nombre fue casi el único pasaporte para acceder a los estrechos caminos, a los pequeños territorios internos, a los secretos y las verdades veladas, a la intensidad que se agita y bulle con ritmo de cumbia en esa zona que de lejos parece un barrio y de cerca es puro pasillo.

Crónica narrativa, de Nerio Tello

Editado por Ciccus, se trata de un libro que aborda este género desde una perspectiva teórica e histórica (con un fuerte anclaje en la tradición latinoamericana del periodismo narrativo) y que además, incluye textos periodísticos argentinos escritos desde comienzos del el siglo XX hasta nuestros días.

Debo decir que la selección de crónicas es por lo menos exquisita. Hay una de Rodolfo Walsh escrita en 1967 tras su visita a Misiones donde revela que “añá”, tanto en guaraní como en japonés significa lo mismo: diablo. (De la crónica “Kimonos en la tierra roja”).

De este mismo libro me guardo para siempre una frase de Günter Wallraff, tan actual, por cierto, hablando de periodismo y de objetividad:

“Todo el mundo se implica de algún modo, tiene su orientación, su pertenencia. Yo no pertenezco a ningún partido, pero me siento cercano a los débiles. No puedo comportarme como si existiera la objetividad absoluta y no ver que los que más la predican suelen ser los más parciales”.  

Cambiando, Mario Riorda

“La Argentina que volvió a empezar, otra vez, como si se tratara de un pronóstico infalible, esperaba un ensayo que pudiera desentrañarla. Mario Riorda elaboró un texto a la altura de su trayectoria y actualidad: como profesor y director de posgrados en universidades prestigiosas del continente, y como consultor de gobiernos y partidos políticos en América Latina. Con las cualidades que se le reconocen: profundidad, agudeza y estilo.”

Cambiando ayuda a entender la política argentina, pero avanza sobre procesos más que sobre nombres o momentos. Sobre dichos y hechos. Sobre la actuación de los medios y las representaciones sobre las que se discute de política. Es a mi juicio un libro importante para entender la actualidad y también lo que pasó hace no mucho. En definitiva, los que nos viene pasando.

 

Pensar el periodismo, Sebastián Lacunza

 

Pensar el periodismo. La crisis de la profesión y de los medios analizada desde las redacciones. Gran libro. Uno de los mejores de su tipo de reciente aparición.

Dice en su resumen: El lector común ya no es ingenuo; ha suspendido su credulidad para sumarse activamente al pacto de lectura con su medio. El lector común es hoy un elector que suscribe el discurso del periodismo que eligió y discute encendido con los medios que no eligió.

Al periodismo le caben los sayos de “oficialista y oposición”, y quien compra un diario o una revista de actualidad, se calza cómodo las ropas de las firmas de turno. Sebastián Lacunza primero ensaya e informa sobre el estado del arte de la prensa nacional sin desconocer el contexto mundial y luego les da la palabra a profesionales de la talla de Hugo Alconada Mon, Julio Blanck, Luis Bruchstein, Gustavo Cirelli, Jorge Fontevecchia, Gustavo González, Carlos Guyot, Facundo Landívar, Carlos Reymundo Roberts, María Seoane y Jorge Sigal. De esta riqueza de voces diversas, surgen tanto declaraciones provocadoras como puertas abiertas para entender un poco más las aguas en las que navegamos.