Los patrones

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¿Piensa reformar la Constitución para permitir la rereelección del gobernador?

No. Un mandato y basta. Para los intendentes, los gobernadores, los legisladores y los presidentes.

Ricardo Colombi en una entrevista con Lucrecia Bullrich, del diario La Nación, publicada en la edición impresa del martes 17 de septiembre de 2013.

 

(Domingo 16 marzo de 2014). La semana que acaba de terminar cobijó un episodio que cambiará la historia de Corrientes. De hecho, no pasaron más que algunas horas y empezaron a sentirse los síntomas de una descomposición producida por el asado menos magro que hasta el momento comió el gobernador Horacio Ricardo Colombi con quien fuera el peor de sus enemigos. “Con Tato ni a misa”, se dijo alguna vez; pero a un asadito, puede ser.

Afecto a los corderos a la brasa, manjar con el que supo alimentar su política de gobierno y a unos cuantos políticos, Colombi cedió esta vez ante una receta vacuna con la que Raúl Rolando Romero Feris consiguió, el miércoles, un momento de poder para blandirlo como cuando lo ostentaba, anillando su protección con la conducta del tero, que chilla en un cuadrante para poner su huevo en otro.

Ojalá sea sólo una elucubración periodística, pero hay demasiados indicios para suponer que la mesa de los caudillos se sirvió a costilla de mucha gente.

 

Indicadores

Apenas digirió el postre, Tato Romero Feris salió a vociferar que el convite fue una manifestación doméstica de cariño. De paso, eso sí, recordó que es un eterno degradado político que accedió al modo de los concertadores porque su humillación pública “debe terminar”. Fue más allá. Dijo que “todavía” no lo dejan ser candidato. Todavía.

Esto quiere decir, sin cantos de sirena, que su convite no tuvo en particular un objetivo gastronómico, sino que buscó en realidad su rehabilitación política. ¿Se puede tanto con una comida? Una posible respuesta histórica es afirmativa. Sí se puede. “La dieta del cordero”, más recientemente, es su materialización perfecta.

Llegar a esta instancia implicaría al menos una contraprestación imposible, puesto que fue la Justicia la que lo multiprocesó y condenó en varias ocasiones por violentar la conducta de un administrador del Estado. No obstante, si el jubileo que pide el líder naranja llega de la mano de la política, olería aún peor, porque implicaría una capitulación judicial o, lo que es más grave, el manejo de la corporación judicial por parte de su comensal el gobernador.

Ricardo no dijo nada. Desde aquel miércoles de chorizo y morcilla sólo se le escuchó un insulto a los reporteros que lo fotografiaron cuando salió de la casona de la calle Mendoza. Siempre trata así a la gente, por lo que resulta complicado saber si el reto a los fotógrafos fue cariñoso o en realidad configuró la reacción de alguien que se sintió sorprendido infraganti, pedaleando para atrás sobre sus límites ideológicos.

 

Desandando caminos

Ricardo Colombi suele jactarse de que nadie le marca la cancha. Tiene particular interés en hacer saber eso a la prensa, pero cayó en la trampa de su contradicción al acudir presuroso a la mesa de Tato un día después de que el dueño de Cabañas Caá Cupé pegara cuatro gritos por radio y luego saliera en un diario. Tato amonestó al mandatario como a cualquier peón descarriado y éste acudió a la fila temeroso del patrón.

¿Se asustó Colombi? ¿Recordó sus épocas de intendente disciplinado, cuando gobernaba Romero Feris, o es que gastó a cuenta de su imagen porque persigue un objetivo superior? ¿Tiene algo que ver la reforma constitucional anunciada con la amnistía lindera con la impunidad que sigue reclamando Romero Feris?

Suponer lo primero es un indicador del cambio de una época. El susto es indicador de debilidad y de genuflexión ante una figura derrotada como la de Tato, sobre la que Colombi, hay que recordar, edificó su liderazgo. Suponer lo segundo implica todo lo contrario. Perseguir un objetivo de perpetuidad supone la existencia de un gobernador que cree estar más allá de los límites que impone el tiempo y las normas de un Estado que gobierna y dice guiar con previsibilidad.

Ante cualquier opción, no es casual que al rescoldo del carbón con el que cocinaron carne y menudencias, Tato sueñe públicamente con una nueva candidatura, después de haber sido procesado, juzgado y encarcelado; y Ricardo Colombi haga decir a uno de sus partidarios que fantasea con la reforma porque le tiene un poco de envidia a Gildo Insfran, el faraón formoseño; y porque de otro modo varios de sus ministros y algunos colaboradores, muchos de los cuales se subieron al caballo de la sucesión, terminarán batiéndose a duelo por la herencia de un muerto que todavía vive. Y que recién está acomodando las calchas después de haber reasumido, este período de gobierno, el 10 de diciembre último. ¡Hace exactamente 96 días!

La clase política suele decir que hablar de candidaturas en años no electorales constituye al menos una falta de respeto. Hablar de una reforma constitucional, luego de 6 años de una anterior enmienda proyectada a por lo menos 4 décadas, ¿qué sería? ¿Y habilitar la rereelección al solo efecto de saciar la voracidad de un gobernador y de quienes están dispuestos a levantar la mano seguramente por algunos favores que serán exclusivamente personales, que categoría tendría?

Para no ser irrespetuoso, estaría bueno que sea la propia clase política quien califique estas acciones que justifican su descrédito.

 

Amnistía

Volviendo al jugo del vacío de ternera, bien vale destacar que en nombre del diálogo, Tato está en su derecho de decir lo que quiera. El asunto es que lo que quiere tiene límites que no lo puso ni la gente, ni la prensa, ni la política. Los puso la Justicia. Por esta misma razón, después de tantos años, ¿es posible un cambio tan abrupto del status quo judicial sin voluntades que abreven en la política?

¿Tendrá algo que ver lo que dijo Romero Feris (“Todavía no me dejan ser candidato, pero es algo que tiene que cambiar”) con algún “presente” en clave de promesa que le pudo haber acercado Colombi para no caer al almuerzo del miércoles con las manos vacías? ¿Qué tiene que ver el globo de ensayo de la reforma constitucional con todo esto?

Ricardo Colombi es un hombre inteligente. Un político dispuesto a todo pero también trabajador. No puede achacársele improvisaciones notorias. Por eso mismo, salvo que esté con problemas de soberbia, vanidad  o haya caído preso de un delirio mesiánico y crea que la provincia lo merece hasta el final de los tiempos, es muy probable que recule a tiempo con esta barbaridad hegemónica, cuasi monárquica.

Dicen los que saben, más bien, que Ricardo mandó a hablar de la reforma por al menos tres razones: una política, otra interna y otra social. Para mantenerse en campaña permanente, después de tantos años en el poder y del desgaste que ello conlleva; para apaciguar las fieras internas, que ya trabajan para sucederlo, canibalizándose; y de última para generar un tema de conversación ante la escasez de una agenda de trabajo que dé respuesta inmediata a los problemas que vienen de hace años sin que este gobierno, que también viene de entonces, pueda resolverlos.

Según dicen además, todavía extraoficialmente, al titular del Senado, Gustavo Canteros, ya le habrían anoticiado de que en cualquier momento podría tratarse un proyecto reformador. Parece que también le habrían hecho llegar la “mala nueva” el presidente de Diputados, Pedro Cassani, que está anotado en la carrera sucesoria.

Colombi dijo en más de una ocasión que con una reelección bastaba y sobraba. Los tiempos cambian, pero sería saludable que mantenga su palabra. Y ojalá todo esto, con el tiempo, sea sólo literatura. El delirio de una parte de la prensa que está viendo fantasmas del pasado. Otra parte de la prensa ni siquiera vio que Tato y Lalaca se juntaron tal vez para ironizar, con un banquete real, las comilonas de mayor rating de la televisión argentina actual. Aquellas que sostuvo Pablo Emilio Escobar Gaviria, el Patrón del Mal, para organizar su formidable y sanguinario negocio.

Casual o no, en aquella tira hay amores y odios, traiciones, cárceles, sangre y hasta una constituyente. El libretista correntino de este folletín, el de los patrones de Mercedes y San Luis del Palmar, parece inspirado en el capo de Medellín.

El preso sueña con la libertad, como el prohibido con la voluntad. En esta esquina sólo falta la realidad, que suele fallar, aliada al tiempo, inexorablemente.

About the author: Eduardo Ledesma

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