Locas

Por Andrea de los Reyes

La escena es la siguiente. Al frente, hay cinco varones blancos sentados en el Consejo Provincial Partidario. El salón está casi repleto. Están discutiendo si van a ir todos juntos con la lista histórica del PJ o van a ceder a la extorsión del Rodolfo Martínez Llano para bailar el baile que él propone, ir como candidato en primer lugar a Diputado o romper todo (léase judicializar la interna). Cosa de machos.

La discusión es una minucia – pensamos muchas – porque mientras estos tipos están codeándose por una banquita en la Legislatura, por su minúscula porción de poder, afuera en Corrientes, en Chaco, en Buenos Aires y en buena parte de Occidente, las mujeres están poniendo el cuerpo en la calle y en cada ámbito de interacción social para transformar este mundo en otro, terminando con la cultura machista, esa que se mide en centímetros o en un lugar en la lista de candidatos.

Está hablando Rubén Pruyas (ex vicegobernador, siempre bien ubicado en el calor del poder, pero también médico y uno de los poquísimos políticos que se animó a posar con el cartel #AbortoLegal en esta Corrientes arrasada por el conservadurismo). El hombre de pelo blanco y saco y pantalón a tono, sostiene el micrófono y busca argumentar sobre … no importa en lo más mínimo. Entonces irrumpe la loca.

La loca es Pilar Aguirre.

Con una solera de tiras finitas y un rodete bien apretado, entra como quien no tiene nada que perder. A los gritos y con la claridad de un dedo señalando acusa: “Este hombre violó a mi hija”. Ese hombre, al que rotula con el índice, es Víctor Cemborain, ex intendente de Mercedes, condenado por agredir a golpes a otro ex intendente del paiubre y acusado en la justicia por Pilar Aguirre de violar a su hija, dos días antes de que cumpliera 15 años.

Los hombres, que se ven en uno de los videos más compartidos de Corrientes en los últimos días, ni siquiera se dan vuelta a mirarla. Le dan la espalda. Bajan la cabeza, toman mate, miran el celular, uno que se dice muy aliado mira al techo, el acusado se sonríe.

Y con esos gestos sostienen al violador.

Pilar habla entrecortado, pero fuerte. Certera. Se dice “peronista de alma”. La loca, entonces, grita. Grita, se golpea el pecho, habla de Perón, de Evita, de su padre militante y acusa. Lo acusa a Cemboraín de violador. Le grita pedófilo con una tilde equivocada pero con la certidumbre del odio a quien acusa. Gesticula, los reta. Con furia le recrimina al violador pero también al partido que le sigue dando la palabra y un lugar de privilegio.

“Yo me tengo que andar escondiendo. Me tuve que ir Mercedes. Vendí mi casa. Se me murió una hija”, enumera y les escupe un: “Respeten a Eva Perón, carajo”.

Nadie dice nada. Una mujer le grita: loca. La loca termina y mascullando ira, se va.

Un murmullo y los tipos siguen como si nada cocinando la interna del PJ. Nada pasó. Aceptan el juego del ex diputado Rodolfo Martínez Llano, se someten a su voluntad, aceptando –casi sin patalear – que todos tienen un muerto en el ropero y que uno de los titiriteros del poder judicial le puede hacer un carpetazo.

Nosotras vemos el video con impotencia, con dolor en el pecho, con bronca y ganas de llorar, porque a la loca nadie le hace caso. Los tipos resolvieron lo suyo, su metegol de poder.

En los días siguientes, cuando el video se viralizó, los operadores afines al gobierno Eco-Cambiemos aprovecharon la boleada para golpear al peronismo y al kirchnerismo. De nuevo la pequeñez, la mezquindad. La nada.

Nosotras sabemos que el machismo, como la peste, no tiene partido.

De paso, también aprovecharon para hacer circular que a Pilar la mandó Colombi, que se le está haciendo el juego al macrismo, a la derecha, y un sinfín de excusas que las víctimas conocen de memoria. La loca, las locas.

El Consejo Provincial Partidario se puso de acuerdo. Van todos separados pero todos pueden usar los símbolos. Eva Perón, la loca, la puta, antes y después del 45’, va a estar en todas las boletas de todas las líneas internas del PJ. En eso se pusieron de acuerdo. La marchita se comparte, incluso con violadores.

Sin elecciones

La Argentina, últimamente, no es noticia: eso es, para los argentinos, una gran noticia. Y nos sorprende: ya hace semanas, incluso meses que la Argentina no produce sorpresas, que todo se desarrolla en la dirección y al ritmo previsibles. En medio de crímenes diversos, que los medios relatan con regodeo y babita, se constata la obstinada degradación de las condiciones económicas y sociales, la obstinada acumulación de causas judiciales contra Cristina Fernández de Kirchner, sus socios y amigos y familia, la obstinada preparación de las elecciones que, desde marzo a noviembre, mantendrán al país ocupado o como si.

La forma de estas elecciones ya es un disparate y es, también, el síntoma más claro de un liderazgo roto. Los gobernadores provinciales que buscan su reelección desconfían de sus supuestos jefes nacionales y no quieren que les hagan perder votos, así que, para distanciarse, convocaron sus elecciones en fechas distintas de las presidenciales —y distintas entre sí—. Será un festival: desde el próximo domingo 10 de marzo hasta el domingo 16 de junio solo habrá tres fines de semana en que no se elegirá a algún gobernador. Son los que corresponden a tres feriados nacionales —el 24 de marzo, el 1 de mayo, el 25 de mayo— pero el Domingo de Resurrección sí habrá voto en San Luis.

Esa avalancha arrolladora de elecciones deberá conducir hacia el gran estallido final: el 11 de agosto se harán esas “primarias abiertas” cuya función real no entiende nadie, el 27 de octubre la primera vuelta de las presidenciales y las legislativas nacionales, y el 24 de noviembre, el balotaje que decidirá el próximo presidente o presidenta o presidento de la República Argentina. Será el Día de la Resignación, un gran momento del rechazo: elecciones que no van a decidir quién debe ser el presidente sino quien no debe serlo.

Hay dos candidatos excluyentes: Mauricio Macri, Cristina Fernández de Kirchner. Todas las encuestas muestran que más de la mitad de los argentinos no quiere votar a Macri. Y que más de la mitad —otros, los mismos— de los argentinos no quiere votar a Fernández. Más allá de odios particulares o prejuicios varios, no hay duda de que los dos se ganaron ese rechazo con cuidadosas gestiones de gobierno.

Tras ocho años de presidencia definida por la intolerancia y la soberbia, Fernández entregó un país con 29 por ciento de personas pobres, un déficit fiscal incontenible y un 125 por ciento de inflación en sus tres últimos años a un sucesor que hizo campaña diciendo que nada era más fácil que bajar la inflación, que no entendía por qué no lo habían hecho.

Que no entendía estaba claro. Ahora, tras tres años definidos por los errores y rectificaciones y más errores y menos rectificaciones, el gobierno del sucesor Mauricio Macri acumula una inflación de casi el 160 por ciento. En ese lapso la deuda externa aumentó más del 30 por ciento, el PBI bajó más del 15 por ciento, el precio de los servicios se triplicó y la cantidad de pobres creció en un 15 por ciento. La obsesión de sus publicistas es buscar alguna cifra positiva —y no la encuentran—.

En síntesis: está claro que los dos fracasaron tristemente en sus intentos de mejorar el país que recibieron de sus predecesores; que los dos lo empeoraron y empeoraron, sobre todo, las vidas de los que más apoyo necesitan. Y, sin embargo, las mismas encuestas también dicen que un tercio de los argentinos quiere votar por cada uno de ellos y que, por eso, su próximo presidente será Cristina Fernández o Mauricio Macri.

O, dicho de otra manera: si todo sigue su curso, los argentinos elegirán para gobernarlos a una persona que cuenta con el rechazo de más de la mitad, porque su otra opción despierta más rechazos todavía: el mal menor elevado a estrategia de Estado.

Los dos candidatos, por supuesto, juegan con esa situación. El mayor mérito que exhibe cada uno de ellos es no ser el otro. Las encuestas dicen que Macri tendría menos intención de voto que Fernández pero que, ya en la segunda vuelta, Fernández provocaría más rechazos y entonces él le ganaría. Macri necesita a Fernández para poder ser el mal menor. Es la misma política que usaron, durante años, Cristina y Néstor Kirchner: hacían todo lo posible por conservar a Macri como rival porque muchos los votaban a ellos para impedir que ganara él. Y ahora él hace lo mismo con ella, y la Argentina lleva más de una década entrampada en esta treta de pelea de barrio, en este barro inútil.

(Pero el precio que pagó Macri para recuperar a su enemiga útil fue muy alto: solo el fracaso de sus políticas económicas consigue mejorar la imagen de Fernández, que terminó su gobierno muy desprestigiada y, desde entonces, se siguió desprestigiando más y más con revelaciones sobre sus tan variadas corruptelas. Hay quienes se sorprenden de que los argentinos quieran que los gobierne una señora con tantas y tan fundamentadas causas criminales. Pero la corrupción despierta una indignación variable y funcional: es el reproche más vehemente cuando un sector social rechaza la política de un candidato o un gobernante, pero se olvida cuando esa política les parece deseable o encomiable).

Así está, ahora, la Argentina: entre dos variaciones del fracaso, dos pasados que luchan por no pasar del todo. No hay ninguna razón —ellos no la ofrecen— para creer que ahora van a hacer bien lo que ya hicieron tan mal, pero las tentativas de producir opciones nuevas no prosperan. Es cierto que, en su mayoría, las llevan adelante jóvenes viejos del “peronismo civilizado” —con perdón— como Sergio Massa y Juan Manuel Urtubey, caudillos locales cuarentones guapetones bien trajeados que se parecen demasiado a una mezcla de los dos malos conocidos. Y que ahora, informados de su inviabilidad por las encuestas, están tratando de inventar algún otro candidato, como el ex ministro de Economía de Duhalde, Roberto Lavagna. No parece que vaya a despegar, no suscita entusiasmos ni tiene por qué.

Así que lo más probable es que se imponga el mal menor, que siempre es mal pero nunca menor. En las últimas décadas, la Argentina se ha especializado en innovar: busca incansable —y encuentra, solvente— formas nuevas de la degradación. Esta, la de un país que se resigna a reelegir a uno de dos fracasados porque no tiene la audacia o la imaginación o la consecuencia necesarias para buscar otras salidas, es una nueva cumbre: la promesa de otros cuatro años perdidos.

Quedan todavía unas semanas; quizás en ellas pase algo y la Argentina recupere su poder de sorpresa. No parece. Mientras tanto, la política del menos malo es la mejor forma de seguir fomentando el descrédito de la política, de confirmarla como un juego ajeno, inútil, casi innecesario —y abrir la puerta a vaya a saber qué apóstoles y espadachines—. Bolsonaros y trumpitos se restriegan las manos. Para contrarrestarlos deberían aparecer opciones nuevas: no personas sino proyectos, debates, la búsqueda común de una idea de país. Llevamos décadas sin hacerlo; ya no está claro que sepamos cómo.