Ana Cacopardo: “La lógica del enemigo es incompatible con la vida democrática”

“Cuando la lógica del odio se instala como forma de construcción política, estamos en un momento autoritario”, advierte Ana Cacopardo. En el marco del Pampa Doc Fest hablé con la periodista, documentalista y realizadora audiovisual sobre la resistencia del periodismo hoy.

Por Eduardo Ledesma – Versión gráfica: Belén Da Costa

En este cierre de temporada hablé con Ana Cacopardo, periodista, documentalista y realizadora audiovisual, quien dedicó su carrera a dar voz a múltiples historias urgentes. 

Egresada de la UNLP, con formación en cine documental en Cuba y España, condujo por años el ciclo Historias Debidas en Canal Encuentro: entrevistas que muchas veces se transformaron en memoria, resistencia y reflexión.

En este episodio hablamos de su mirada sobre el periodismo comprometido, la potencia del testimonio para narrar nuestro tiempo y el valor político y social de contar con empatía. También sobre los discursos hegemónicos, la construcción de relatos alternativos y el papel de los medios en la defensa de los derechos humanos. 

Una charla para pensar cómo la palabra, el silencio y la pantalla pueden transformar realidades, construir justicia y fortalecer la memoria colectiva.

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Te reíste recién cuando dije “Ana María”. ¿Quién es Ana María Cacopardo? ¿Cómo te definís?

Sí, lo de Ana María quedó en mi infancia. Nací en Necochea, pero mi vida transcurrió entre La Plata y Buenos Aires, y ahí quedó solo “Ana”. Si tuviera que decir quién soy, diría que intento ser buena persona, que soy activista de derechos humanos, feminista, y que el oficio de narrar me acompaña como impulso vital. Desde chica jugaba con grabadores, en la era analógica, armando montajes caseros. La radio me fascinaba, y creo que fue lo que me empujó al periodismo. Y siempre desde un lugar de transformación: contar para intentar un mundo más justo, más solidario, más igualitario.

Alguna vez dijiste que los derechos humanos atraviesan todo tu trabajo. Pero la palabra “feminista” fue una construcción más reciente. ¿Por qué te hiciste feminista?

Porque no siempre fueron de la mano esas dos luchas. Hoy es imposible pensar derechos humanos sin igualdad de género, pero no siempre fue así. Yo llegué a La Plata en la Primavera Democrática, en 1984, sin mucha conciencia política. Estudiaba comunicación en la UNLP y fue la primera vez que escuché a Estela Carlotto o a las Madres de La Plata. Eso moldeó mi conciencia.

Muchos años después me encontré con los feminismos de la mano de amigas, lecturas y activismos. Ayer, acá en el Pampa Doc Fest, volví a ver una entrevista que le hicimos a Loana Berkins para Historias de vida. La palabra, la corporalidad y el amor de Loana fueron claves para interpelarme: para entender que el género no es biología sino construcción social. Con esas voces hice mi camino hacia los feminismos y los transfeminismos.

En tus trabajos se nota una búsqueda muy puntual de voces. No elegís al personaje “vendible” sino al que puede interpelar. ¿Cómo es ese proceso?

Cuando querés poner una voz en el espacio público, importa preguntarte para qué. Desde el periodismo con perspectiva de género y derechos humanos, nuestro objetivo es abrir debates desde otro lugar.

En el caso de las agendas trans-travestis, quisimos sacar esas historias del lugar de la estigmatización mediática. Y ahí Loana era fundamental: una voz hospitalaria, que interpela desde lo humano. No te expulsa. Tiende puentes.

Lo mismo pasó cuando viajé al sur después del asesinato de Rafa Nahuel. Las comunidades indígenas habían sido construidas como “enemigo” desde discursos muy potentes. Quisimos contar otra cosa. Elegimos la voz de Lorena Cañuqueo, una joven historiadora mapuche que hablaba desde identidades contemporáneas, no esencialistas. Ella trajo el poema Mapurbe, de Daniela Ñancupán, y nos invitó a pensar qué significa ser mapuche en la ciudad. Esas voces tienden puentes. Eso buscamos.

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Tu charla en el Pampa Doc Feste se llamó “Narrar nuestro tiempo”. ¿Cómo se cuenta este momento histórico? ¿En qué tiempo creés que estamos viviendo?

Es una pregunta que me hago todo el tiempo. Creo que todos sentimos que habitamos un momento distinto. Una fase del capitalismo que Maristella Svampa llama “capitalismo del fin”: un neoliberalismo recargado que parece marchar al apocalipsis.

Vivimos una profunda crisis de las democracias. El año pasado celebrábamos cuarenta años de democracia y hoy nos preguntamos si sus valores siguen movilizando a la sociedad. Hay desencanto, promesas incumplidas.

Y en ese contexto emergen liderazgos como Trump o Milei: llegan democráticamente pero corroen la democracia desde adentro. La narrativa del enemigo es una narrativa autoritaria. Cuando el odio organiza la conversación pública, estamos en un momento autoritario.

Y me preocupa algo más: ¿por qué celebramos la crueldad? ¿Qué resentimientos activa la ultraderecha para que el sufrimiento ajeno se viva como espectáculo? ¿Cómo es posible que se celebren despidos masivos o que un derecho sea visto como un privilegio? Esa pregunta es central para el periodismo.

¿Y cómo conversamos con quien piensa distinto en un contexto donde el adversario pasa a ser enemigo? ¿Cómo se discute sin deshumanizar?

Ése es uno de los grandes desafíos del periodismo: ampliar la conversación pública cuando la lógica dominante es la provocación y la agresión. Las ultraderechas construyen su comunicación marcando la cancha con la narrativa del enemigo.

Entonces, ¿cómo salimos de esa trampa? ¿Cómo conversamos en una época atravesada por el sesgo de confirmación y las redes que cancelan al otro?

La otra cuestión es salir de la idea de que el mercado regula toda nuestra vida. Si solo seguimos la agenda del mercado, dejamos afuera las otras Argentinas, las que no entran en esa lógica. Tenemos que iluminar agendas que hoy están en sombra.

Me parece que ampliar la la conversación pública es tener la capacidad de salirnos de ese lugar de la cancha que nos marca la ultraderecha, de salirnos de esa lógica de la provocación permanente y del odio y hacer una apuesta narrativa propia, de invitar al pensamiento, de poner una palabra hospitalaria y, sobre todo, de apostar a la diversidad, es lo más lindo que tiene la condición humana. Y esa es la tarea que cada uno, me parece, en nuestro, en el lugar que le toque, en el medio que le toque. 

Y la generación de redes. Porque justamente estás construyendo un mensaje que, en el mejor de los casos, está fuera de las agendas hegemónicas y, en el peor, es una agenda que la gente no quiere escuchar. Entonces, ahí también, ¿cómo hacer eso?

Bueno, ahí viene el otro reto, ¿no? Lo conversábamos ayer en el marco del festival. Fijate qué importante: estamos en este momento en Colonia Santa Teresa, en La Pampa, en un festival que existe porque hay un equipo de producción formidable —gente de la cultura, de la comunicación, del documentalismo— que cree en la necesidad de sostener estos espacios, que son espacios de encuentro, de debate, de intercambio, de generación de redes. Espacios para pensar nuestro trabajo y nuestro hacer.

Hablamos de comunicación como derecho, del pluralismo, del derecho de las comunidades a tener una voz propia —como la tiene la gente de tu provincia y el conjunto de actores que se reunió aquí. Eso necesitamos. Y eso no lo va a regular el mercado. El mercado aplana. El mercado silencia.

Las redes son una oportunidad, sí. Con poca inversión podés hacer un streaming, por ejemplo. Son espacios de resistencia y hay que ponerlos en valor. Pero no son herramientas neutras: son plataformas con una lógica de negocio. Les importa que los pibes estén catorce horas frente a una pantalla para convertirlos en buenos consumidores y mantenerlos individualizados.

¿Cómo salimos? Con una apuesta narrativa distinta. No es cierto que estamos construyendo apocalipsis. Hay mucha gente construyendo territorios de futuro, más justos y luminosos. Entonces, yo usaba una metáfora hermosa del crítico francés Didi-Huberman: contar el vuelo de las luciérnagas. En la oscuridad más profunda, el destello de las luciérnagas ilumina con más fuerza. Si este es un tiempo oscuro, ojo: las luciérnagas iluminan mucho. Contemos el vuelo de las luciérnagas. Ese es nuestro reto.
 

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Luis Moulin: “El chamamé está tan vivo que crece a borbotones”

“Ser chamamecero hoy, para mí, es ser como un cultivador”, dice Luis Moulin, músico, productor y referente indiscutido de la cultura correntina. En una charla profunda, repasa su trayectoria, su presente creativo y el enorme desafío de sostener una identidad viva en el Litoral.

Por Eduardo Ledesma – Versión gráfica: Belén Da Costa

En el episodio 36 de Eduardo Ledesma Pregunta hablé con Luis Moulin. Músico, productor, gestor cultural y comunicador. Lleva más de tres décadas dedicadas a difundir el chamamé y la identidad del Litoral argentino. Fundador e integrante histórico de Los Alonsitos, con quienes recorrió escenarios de todo el país y alcanzó distinciones como Consagración Cosquín y Disco de Oro, Moulin supo luego ampliar su campo hacia la gestión cultural, la producción audiovisual y la comunicación pública.

En este episodio hablamos de todo eso: de música, de la gestión cultural, de los proyectos propios y conjuntos con Belén (su dúo y compañera), sus planes presentes y futuros y de nuestra cultura patrimonial chamamecera. Un recorrido que nos llevó hasta una pregunta existencial: ¿Qué es el “ser chamamecero” hoy?

Una charla sobre nuestra forma de ser y estar, de decir y de sentir una identidad propia muy profunda.

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Pasaron más de tres décadas de aquella formación de Los Alonsitos. ¿Extrañás algo?

Sin dudas, Pepe. Si yo puedo estar hablando hoy con vos acá, se lo debo a una bendición que ha sido encontrarme con Marco, Ariel y Marcelo cuando teníamos diez, doce años. Todo ese aprendizaje desde lo artístico y profesional me permitió iniciar mi nuevo camino con un bagaje para ver un campo artístico y gestionarlo.

A ustedes les tocó también la profesionalización de la música chamamecera en los noventa.

Yo a los noventa los tomo mucho. Nos han pasado cosas impresionantes, como ser el top cinco de los artistas de EMI en Argentina. Estamos hablando de una propuesta de chamamé que arrancó a jugar en primera, en términos del mainstream y la difusión.
¿Y pensaron en ese momento la tradición y la innovación?

Creo que no. Uno va para adelante siempre. Estar en esa carrera implicaba sonar de igual a igual con todos los grupos argentinos. Desde lo técnico se buscaba esa potencia. Pero con el paso de los años empecé a preferir la sutileza, volver a la fibra. Necesitaba volver a cantar y a contar algo que me emocione. Una vez lo escuché a Mario Bofil, emocionando al público, y dije: “Esto quiero yo. Ver cómo alguien con una guitarra, con la potencia de una historia, te emociona”. Quería cantar algo que te llegue y te transforme. Y estamos en eso. 

 ¿Qué es el Instituto de Investigación y Desarrollo Cultural del NEA?

Es una institución recientemente creada por la Fundación Jean Piaget, que creó la Universidad de la Cuenca del Plata con el objetivo de desarrollar la educación y la cultura de la región. Somos el órgano de extensión cultural de la universidad, vinculados a talleres, convocatorias e investigación.

¿Y qué te deja ese cruce entre la creación, la gestión y la institucionalidad?

Yo creo que todo va componiendo de a poquito y lo voy viendo. Este rol de la gestión cultural, me dio un orden. Vos ves mi hoja profesional y es como que me fui preparando por etapas, muy intensamente, por etapas.

Para mí, la institucionalidad me brinda herramientas de profesionalización del campo artístico. Y ya no lo pienso tanto en términos propios. Es cierto que al principio estudié la licenciatura porque sentía que era ponerle profesionalismo a algo que ya era profesional, pero con más herramientas, técnicas y fundamentos.

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Después, al entrar a estudiar la carrera, se me abrió la cabeza. Si antes tenía un concepto de cultura así, después veía cultura en todos lados. Y eso me enriquece también en términos compositivos y artísticos, porque cuando vuelvo a mis letras, cuando vuelvo al escenario, vuelvo con la capacidad de volcar toda esa vivencia.

Hay mucha gente que trabajó para la declaración del chamamé como Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad. Lo vivimos como un partido de fútbol en el teatro. Y vos también participaste muy activamente. Mi pregunta es más personal: ¿qué fue para vos eso y en qué te cambió?

A mí fue mundial también, Pepe, posta. Fue como llevar a Mandiyú a ganar la Champions, ¿entendés? Porque el proceso de patrimonialización es un proceso de descubrir nuestro propio valor, de sistematizarlo, de registrarlo. Y acompañar como parte de ese grupo de entusiastas me hizo tomar real dimensión de lo que era el chamamé.

Ya no era solo mi amor por el chamamé. El chamamé era una forma de vida, una manera de ver las cosas. Era un elemento portador de paz, de comunicación, de valores. Me transformó porque me expandió la mirada y me formó mucho también, porque me hizo estudiar mucho.

Hay muchas cosas que nos dan miedo “de oído”, y eso te obliga a estudiar. Y justo yo estaba cursando, por ejemplo, Patrimonio. Era maravilloso estar haciendo los talleres como comunidad portadora, y a la vez ir a la ley, a los conceptos de UNESCO, a la evolución de las políticas de conservación patrimonial: cuándo arrancan, por qué se empieza a cuidar el patrimonio. Todo eso lo iba estudiando en la universidad mientras transcurría lo otro. Fue una cosa maravillosa.

¿Vos creés que, más allá del título de UNESCO, todavía hay cuestiones del chamamé que puedan estar en riesgo?

Tengo una cuestión con la palabra “riesgo”, porque me remite a una época en la que se decía que había que defender el chamamé. Yo vengo de esa etapa, pero la pregunta es: ¿defenderlo de quién? Cuando uno mira, el chamamé es uno de los fenómenos culturales más dinámicos de la Argentina. No sé si hay otro género folclórico que hoy tenga la diversidad sonora que tiene el chamamé ni la cantidad de artistas y actores participantes.

Cuando hablamos de chamamé hablamos de Misiones, Entre Ríos, el sur de Brasil, Mato Grosso do Sul, Paraguay… Cada uno con su propio sonido. 

No es exagerado decir que podemos tener diez noches de chamamé y cada noche con un estilo diferente.

Totalmente. El riesgo al que apunta UNESCO es a que se pierda la transmisión, el por qué uno hace chamamé, lo que significa para la persona. Y yo creo que no: nuestra gente lo tiene clarísimo. Ellos fueron quienes nos contaron en los talleres que “el chamamé es mi vida”. Y las generaciones que siguen lo viven igual.

Lo que pasa es que el chamamé está tan vivo que crece a borbotones. Aparecen propuestas, estéticas y sonidos, y algunas nos pueden gustar más o menos. Pero lo que es innegable es que el género está vivo, y eso salta a la vista.

Después de todo lo que viviste, estudiaste y escuchaste, si tuvieras que definir qué es ser chamamecero hoy, ¿qué es?

Ser chamamecero hoy, para mí, es ser como un cultivador. Alguien que tiene un espacio propio en su corazón y lo va alimentando con esa semilla de música y de poesía. Ser chamamecero es una persona receptiva, abierta, que vive la vida a través de la música y que encuentra su modo de andar en la vida a través de esta música que lo representa.

Me hace acordar a esos personajes que te responden una conversación con un pedazo de canción, ¿no? Volvemos a eso: al chamamé como elemento que representa valores, modos de comunicarse con la tierra, con el hombre y con Dios. Ser chamamecero es ser una persona íntegra e integral.

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Pablo Caló: “La pesca es algo que va a desaparecer en el tiempo”

El guía profesional analiza el desarrollo acelerado del Iberá y el impacto de Rewilding en la transformación turística de Corrientes. “Yo no creo que la gente tenga la dimensión de la importancia que tuvo Tompkins”, afirma.

En el episodio 35 de Eduardo Ledesma Pregunta hablé con Pablo Caló. Técnico en Acuicultura egresado de la Universidad Nacional del Comahue, investigador y emprendedor. Fue parte del Centro Nacional de Desarrollo Acuícola y coordinó el Cluster Acuícola del NEA, articulando sectores públicos, privados y académicos en proyectos de producción sustentable. En 2011 fundó Experiencia Corrientes, empresa pionera en excursiones de kayak y turismo de naturaleza en los Esteros del Iberá, y desde 2013 se desempeña como guía profesional de pesca deportiva en Argentina, Brasil y México. 
En este episodio hablamos sobre el presente y el futuro de la acuicultura en Corrientes, los desafíos ambientales del Iberá, la articulación entre ciencia, turismo y conservación, y la experiencia de llevar una pasión local a escala internacional. Una charla sobre trabajo, naturaleza y desarrollo sostenible desde el corazón del litoral.

Más allá de todo lo que acabo de leer, si te tenés que presentar, ¿qué le decís a la gente? ¿Quién sos?
Después de lo que acabás de leer, es difícil. Mientras leías me iba acordando de cómo fueron mutando todas esas cosas. Pero si tengo que decir quién soy, soy una persona exiliada constante. Soy oriundo de Buenos Aires y me fui a los 22 para estudiar a Bariloche; del sur me vine al norte. Y algo que aprendí es que cuando uno se va, es exiliado para siempre: ya no tengo dónde volver para dejar de serlo.
Si volviera hoy a Buenos Aires, extrañaría Corrientes, Bariloche o México, donde estuve el año pasado. Y viceversa. Entonces soy un exiliado constante.
Y dentro de ese exilio —que para mucha gente podría ser triste— yo encuentro satisfacción en buscar, ahondar y conocer el lugar donde estoy. Mi bienestar pasa por estudiar el lugar donde me encuentro.

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¿Qué es la acuicultura? Vamos a empezar por ahí.

La acuicultura es la actividad dedicada a la producción de organismos acuáticos o que tienen parte de su ciclo de vida en el agua. Mayormente se la asocia con peces, pero también incluye crustáceos, moluscos, algas o plantas acuáticas.
A veces la confunden con acupuntura o apicultura, pero no tiene nada que ver.

Desde hace décadas se habla del futuro de la acuicultura, pero no termina de desarrollarse. ¿Por qué?

Es un terreno ultra complicado. Cuando empecé la carrera, en 2005, era “la carrera del futuro”. Cuando me recibí, también. Cuando renuncié en 2011, seguía siendo la carrera del futuro. Y hoy sigue siendo “la carrera por despegar”.
Nuestros vecinos —Brasil, Paraguay, Bolivia, ni hablar Chile— tienen grandes producciones. La Argentina quedó en un punto al que no le encuentro explicación. Culturalmente tenemos tendencia a consumir otras carnes y hay toda una industria volcada a eso. El pescado queda relegado, sobre todo al pescado de mar y asociado a la pesca, no al cultivo.

Y eso que estamos rodeados de agua…

Es totalmente cultural. La pesca y la caza son relictos de lo que fue el ser humano antiguo. Es lo último que nos queda de aquello: ya no hay nada más que nos una con ese ser humano prehistórico.
Con los años empecé a ver que la pesca va a declinar naturalmente. Y mirando para atrás, veo que ya está declinando. Para mí “la pesca es algo que va a desaparecer en el tiempo”.
No lo voy a ver, pero va hacia eso. Pregunto siempre: ¿cuántos hijos de pescadores pescan? Es mínimo. El oficio se está perdiendo solo.

¿Y cuál es el panorama de la acuicultura en la provincia? ¿Tiene potencial real?

Tiene un potencial enorme. A nivel mundial, hace al menos 20 años que la acuicultura crece al 10% anual, ininterrumpidamente. Argentina es una rareza: no crece. Pero América Latina incluso supera el promedio mundial.
La pesca no puede dar más toneladas de las que da desde hace años. Aunque dupliques los barcos, no podés sacar más. Hay una limitante biológica. La población humana aumenta y la única forma de complementar esa demanda es con cultivos. No hay otra.

¿Y por qué no despega acá?

Hay mucha desinformación. La acuicultura que se hace en el norte —estanques excavados— sólo es rentable a gran escala: más de 100 hectáreas de agua. El arrocero, en cambio, tiene el perfil ideal: grandes extensiones, manejo de agua y ciclos productivos que permiten rotar. De hecho, el mayor productor de peces del país está en Chaco, es arrocero y produce pacú usando sus mismas instalaciones. El pacú, además, le baja el costo de siembra porque se come los caracoles, que son plaga.

¿Qué es y cómo surgió el clúster acuícola?

Fue un proyecto de principios de 2010, que reunía ciencia, Estado y sector privado para compartir problemas y soluciones. Funcionó muy bien durante un tiempo, pero ya no funciona. Eran proyectos muy financiados por el Estado y dependían de poder sostenerse solos. De ahí salieron cosas muy interesantes: cajas para transporte de peces, pruebas de alimentos, productores como el arrocero del Chaco… Una etapa muy linda.

Hablemos de tu empresa de experiencias turísticas. Vos trabajás en Iberá. ¿Qué es Experiencia Corrientes?

Cuando llegue por primera vez a lo que es el arroyo Carambola, que corre por ahí, te juro que me quedé sorprendido. Era impresionante. Y después, por supuesto, empecé a interiorizarme: el Portal San Nicolás había sido inaugurado en 2009 por la Provincia como un nuevo acceso a los Esteros del Iberá, y tenía esta particularidad de estar a apenas dos horas de la capital. Entonces dije: “acá hay algo”.

Había un destino emblemático como Pellegrini, pero muy lejos para un viaje de ida y vuelta en el día. Y acá tenías un paisaje igual de imponente, con fauna a la vista, con acceso, con un pueblo cercano, pero sin desarrollo turístico. Era casi como un secreto a voces. Y así surge Experiencia Corrientes: de ese impacto, de esa necesidad de mostrarle a la gente que a 165 kilómetros había un lugar capaz de cambiarte el día.

¿Qué es lo que creés que va a pasar con ese territorio y con esta actividad en los próximos cinco, diez años?

Iberá está creciendo a un ritmo muy acelerado. La realidad es que tener una organización como la Fundación Rewilding es un catalizador, que yo no creo que la gente tome dimensión de la importancia de Rewilding en cuanto al desarrollo turístico de toda la provincia de Corrientes. Yo no creo que la gente lo entienda. Primero, porque no todos tienen porqué estar empapados en el tema; y segundo, porque en los primeros años también hubo mucha desconfianza Imaginate que yo soy extranjero, venga y te digo: yo voy a comprar trescientas mil hectáreas, las que me vendan, y las voy a donar al Estado nacional. Yo no le hubiese creído. ¿Vos le hubieses creído?

Yo no lo sé.

Lo que pasa es que yo lo vi. Yo lo vi a Douglas, yo lo vi a Kris. Los vi haciendo las cosas que hacían. Y hasta hoy siguen trabajando con ellos. Y las cosas hoy pasaron, hoy estamos con el diario del lunes. El Iberá tiene un camino que es un camino de una creatividad constante, porque no hay libros para esto. No están leyendo ningún manual: están escribiendo los manuales. Y de vuelta, vuelvo al principio: yo no creo que la gente tenga la dimensión de la importancia que tuvo Rewilding en todo el desarrollo turístico. Y no del Iberá, porque tiene que ver con Bella Vista, con Goya, con La Cruz, con todo, porque no es Iberá nada más. Es todo.

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Carolina González: “El Encuentro Plurinacional de Mujeres es un hecho político trascendental”

“Nos hermana, nos transforma y nos da fuerzas para seguir organizándonos”, dijo Carolina González, militante feminista y defensora de los derechos humanos, en la antesala del 38° Encuentro Plurinacional que se realizará en Corrientes.

Por Eduardo Ledesma

Versión gráfica: Belén Da Costa

En el episodio 34 de Eduardo Ledesma Pregunta, charlé con Carolina González. Militante feminista y defensora de los derechos humanos con una amplia trayectoria en la participación social y comunitaria. Formada en Filosofía y con diplomaturas en Género, Sexualidades y Derechos Humanos por la UNNE, UNCAUS y el Gobierno del Chaco, integra el Espacio de Memoria ex RI9, colabora con el Comité contra la Tortura y forma parte de la Comisión Organizadora del 38° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries.

En este episodio hablamos sobre el significado de que el Encuentro Plurinacional se realice en Corrientes, los desafíos actuales del movimiento de mujeres y diversidades, la memoria, la organización colectiva y la lucha contra la violencia de género en un contexto de retrocesos sociales y políticos. Una conversación sobre feminismo, derechos humanos y el poder transformador de la militancia que no se rinde.

Si tuvieras que definirte más allá de la presentación, ¿quién es Caro González?

Creo que Caro González es, básicamente, una militante. Trato de ser coherente en mi vida, tengo un compromiso con los derechos humanos, con la lucha por la justicia, con colaborar para hacer una sociedad más justa, donde podamos vivir mejor todos y todas.

¿Y desde cuándo te viene esto, el mirar por el otro?

Creo que empezó en mi adolescencia, en la época de la primavera democrática. Tuve docentes que me inculcaron ese compromiso en la secundaria, y después en la universidad, durante el menemismo, cuando se estaban recortando derechos. Era una época difícil, y la militancia era pequeña, pero necesaria. Ahí empezó el camino orgánico, que con el tiempo se fue diversificando hasta llegar a los espacios feministas y de derechos humanos.

Estamos grabando esta entrevista en vísperas del Encuentro Plurinacional y en un contexto donde ya se registran más de 180 femicidios en Argentina. ¿Qué acciones podemos exigir o hacer para proteger a las víctimas?

Los últimos números hablan de un femicidio cada menos de 36 horas. Tenemos que comprometernos, cada uno desde el lugar que le toca. No dejarlo pasar. Esta semana fue terrible: un femicidio tras otro. Y tenemos que exigir. La responsabilidad es tanto social como estatal. Con un Estado ausente, la problemática se agrava. Este gobierno ha sido muy cruel con las mujeres, los niños, las personas mayores y con discapacidad. Cerró programas, quitó recursos y tiene un discurso muy violento hacia el feminismo.

¿Creés que esos discursos habilitan la violencia?

Sí. Grupos que fomentan el odio hacia las mujeres encuentran respaldo en esos discursos. Muchos de los que se presentan como “víctimas de madres que no dejan ver a sus hijos” tienen denuncias y perimetrales. Cuando el mensaje violento baja desde la máxima autoridad, se legitiman las conductas más crueles.

En Corrientes, ¿cuáles son los espacios que contienen a las mujeres víctimas de violencia?

Hay muy pocos. En Capital hay un solo refugio, una oficina jurídica y psicológica del Ministerio de Justicia y otra del Consejo de la Mujer. Pero eso es todo. Y en el interior, prácticamente nada. La Nación financió el refugio en su momento, pero ya no hay recursos nacionales. 

¿Qué debería hacerse desde las instituciones?

Hay que aplicar la ley. Tenemos una ley provincial que prevé un equipo interdisciplinario —médica, abogada, psicóloga— en cada cabecera policial. Pero nunca se implementó. Entonces, cuando una mujer denuncia, tiene que peregrinar durante días para conseguir atención. La respuesta no es inmediata, y eso puede hacerla desistir. Además, necesitamos justicia con perspectiva de género y capacitación institucional. Hoy todo eso lo suplen las organizaciones sociales.Y todo esto tiene que llegar al interior provincial. 

¿Por qué sigue siendo importante hablar de “femicidio” y no de “homicidio”?

Porque es un hecho político. Las matan por el hecho de ser mujeres. Nombrarlo así visibiliza la desigualdad estructural. No es lo mismo ser varón que ser mujer en esta sociedad. El término denuncia esa desigualdad. En el Código Penal es solo un agravante, pero nombrarlo es indispensable.

En todos estos años, ¿viste cambios profundos respecto a la cuestión de género?

Sí, decir que no sería no dimensionar lo que hemos avanzado. A fuerza de lucha colectiva logramos leyes, espacios de participación, visibilidad. Hoy podemos presentarnos como organizaciones feministas, hablar con fiscales, ser escuchadas. Falta cumplimiento, pero se avanzó. Y la sociedad también reconoce que es necesario.

Falta poco para el Encuentro Plurinacional. Contanos qué significa y cómo se está organizando.

Este año se hace en Corrientes, es la edición número 38. Es un espacio único en Latinoamérica, autogestivo, horizontal, sin partidos. Participan mujeres, lesbianas, trans, travestis, intersex, bisexuales, pueblos originarios, afrodescendientes. Nos juntamos tres días a debatir, a compartir experiencias y a fortalecer luchas.

¿Cuántas personas esperan?

Aproximadamente setenta mil, tal vez más. Hay veinte mil inscriptas que necesitan alojamiento gratuito, que históricamente se hace en escuelas. 

¿Y el cronograma?

La apertura será el viernes 22 de noviembre al mediodía, en el anfiteatro Cocomarola. Habrá talleres durante el fin de semana, una marcha por los travesticidios el sábado y la marcha principal el domingo. El lunes se leen las conclusiones y se elige la próxima sede, por aplausos.

¿Por qué es tan valioso este espacio?

Porque ninguna mujer vuelve igual. Nos transforma. Nos hermana. Nos da ganas de seguir organizándonos. Lamentablemente, los medios no reflejan eso: muestran episodios aislados, pero no los talleres, las marchas, la potencia cultural y comunitaria que se genera.

¿Cómo es el movimiento de mujeres de Corrientes y qué cambios ves a partir de este Encuentro?

Ya se notan. En la comisión organizadora trabajamos mujeres de distintas generaciones y trayectorias. Hay chicas muy jóvenes, universitarias, de barrios, organizaciones. Nos estamos conociendo, articulando, fortaleciendo. Eso ya es un cambio.

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Miguel Goldfarb: “Las ciudades como Corrientes, que tienen un balcón al río, cambiaron mucho y hay que repensarlas”

Por Eduardo Ledesma

Versión gráfica: Belén Da Costa 

En el episodio 33 de Eduardo Ledesma Pregunta, hablé con Miguel Goldfarb. Abogado, doctor en Derecho Público y especialista en Derecho Administrativo por la UNNE. Máster en Derecho Tributario por la Universidad de Barcelona, es además investigador, autor y evaluador académico, con publicaciones sobre derecho público, gestión estatal y políticas urbanas.

En este episodio, hablamos sobre el libro “Derecho a la ciudad”, una obra colectiva que coordina junto a un equipo de investigadores del Nordeste, donde se aborda el vínculo entre ley, desarrollo urbano y justicia ambiental. Goldfarb reflexiona sobre la necesidad de construir ciudades más equitativas, sostenibles e inclusivas, la tensión entre lo público y lo privado en la planificación urbana, y el rol del derecho en imaginar —y garantizar— la ciudad del futuro. Una conversación sobre el derecho, el territorio y la vida urbana: quiénes habitan realmente nuestras ciudades y quiénes todavía buscan su lugar en ellas.

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Vamos a hablar de un trabajo que coordinaste: el libro “Derecho a la ciudad”. ¿Cómo surge y de qué trata esta publicación?

El libro es fruto de un trabajo de investigación que llevamos adelante con un equipo de docentes e investigadores de la Facultad de Derecho de la UNNE, junto con el doctor Gappel. El proyecto tiene tres años y surgió la posibilidad de volcarlo en un libro electrónico a través de una convocatoria de Eudene, la editorial de la universidad. Va a ser presentado formalmente en noviembre, con invitados de otras instituciones.

Si bien el doctor Gappel y yo coordinamos la obra, escriben distintos investigadores y profesores sobre diversos aspectos del derecho a la ciudad. No son discusiones teóricas: son temas que atraviesan nuestra vida cotidiana. Es un concepto nuevo que va a expandirse cada vez más.

En ciudades como Corrientes o Resistencia, pareciera que el crecimiento urbano es desordenado. ¿Cómo se aborda este tema desde el derecho?

El libro parte de cuatro ejes temáticos: la participación ciudadana en la gestión de la ciudad; los instrumentos de planificación urbana; la problemática ambiental; y los sujetos vulnerables. El derecho a la ciudad es mucho más que un derecho tradicional: es un concepto transdisciplinar, que nació en Francia en los años sesenta, ligado a la sociología y al pensamiento socialista. Hoy, por supuesto, ese concepto evolucionó, pero mantiene la idea de una ciudad inclusiva, sustentable y amigable.

¿Cuáles son las inequidades que se evidencian en nuestras ciudades y cómo se pueden resolver?

El concepto rector es el usufructo equitativo de la ciudad: que la ciudad nos invite a vivirla y no sea un obstáculo. Corrientes, con todas sus deficiencias históricas, ha tenido logros y está avanzando, aunque aún falten ajustes.

Los grandes temas son el ambiente y el transporte. Tenemos una ciudad “cerrada” por el río y por la avenida Tres de Abril, que actúa como una barrera psicosocial. Las gestiones hacen lo que pueden, pero hay planes estratégicos y voluntad de avanzar.

Hay un privilegio del desarrollo privado frente a la planificación pública. ¿Cómo se equilibra esa relación?

Hay un poder de policía urbanístico indelegable del Estado, sobre todo municipal. Pero también estamos yendo hacia una idea de participación público–privada. El Estado tiene un rol indelegable en fomentar políticas públicas e inversión inicial que convoque al sector privado.

No puede desligarse ni dejar que el privado trace libremente el tejido urbano, porque después es más caro corregir los errores. Lo hemos visto con inundaciones, fallas de drenaje o problemas eléctricos.

En su capítulo aborda la eficiencia energética. ¿Cómo pueden ser nuestras ciudades más eficientes en ese sentido?

El desafío energético es global. Sabemos que el mundo discute entre energías fósiles y renovables, y el camino son las ciudades sostenibles. Para eso se necesita inversión pública: alumbrado solar, autogeneración, generación distribuida.

Hoy, la normativa permite que cada ciudadano sea prosumidor: generar energía con paneles solares, consumirla e inyectar el excedente a la red. Hay una empresa estatal, Encor S.A, que asesora en estos temas. Hay pocos casos aún, pero el marco legal existe.

¿Y por qué cuesta avanzar, si es un problema tan evidente?

Porque la coyuntura nos gana. Hay leyes desde 2006 y 2015, pero en la historia de la energía es muy poco tiempo. Europa lleva 30 años con renovables; nosotros, 15. Son procesos.

El objetivo era llegar al 20% de energías limpias en 2025, y estamos cerca. Pero faltan políticas de Estado: cada cambio de gobierno corta lo que estaba bien. Esa discontinuidad nos frena.

Decís que la normativa está. ¿Qué falta entonces?

Falta difusión y creación de espacios de interacción. La UNNE tiene fuertes políticas de vinculación con el sector público, y habría que profundizar eso, con la Municipalidad o la Provincia.

Este libro es una forma de transferencia: trabajamos dos años, se publicó, y hoy estamos hablando de él. Ese es el camino: universidad, medios, Estado y ciudadanía pensando juntos, más allá del color político.

¿Hay gente en Corrientes pensando la ciudad del futuro?

Sí, totalmente. Tenemos profesionales muy capacitados en arquitectura, ingeniería, derecho y ciencias políticas. Lo que faltan son vasos comunicantes y decisión política.

Europa lo entendió hace 50 años. En la UNNE dictamos una diplomatura en Derecho Inmobiliario y Urbanístico, con profesores españoles y participación de funcionarios locales. Hay material y conocimiento, falta acompañamiento.

¿Incluso para pensar una ciudad equitativa, ambientalmente sostenible y moderna?

Sí. Los holandeses ya tienen su programa “Ámsterdam 2050”. Nosotros no tenemos un “Corrientes 2050”, pero podríamos.

Hoy vivimos en la Corrientes que pensaron los correntinos de los años sesenta. La costanera fue pensada hace casi un siglo: quienes la diseñaron imaginaban la ciudad del 2000. Deberíamos replicar ese modelo de planificación a largo plazo.

Uno de los capítulos del libro analiza a los productores migrantes en zonas periurbanas. ¿Qué encontraron?

Ese capítulo lo escribió el doctor Quiñones. Analiza la situación de inmigrantes, sobre todo de Bolivia, que trabajan en la producción agrícola alrededor de Corrientes. Son economías de subsistencia, pero con enorme valor económico y social.

Es un fenómeno poco estudiado, que muestra otra cara de la ciudad: la de quienes habitan y producen en los márgenes, pero son parte fundamental de la economía local.

El derecho a la ciudad plantea justamente eso: el derecho de todos los que vivimos en ella a apropiarnos del espacio urbano, en el buen sentido. A disfrutarlo, habitarlo y transformarlo colectivamente. Esa es la esencia del concepto.

Cuando hablamos de “derecho a la ciudad”, no hablamos solo de leyes ni de normas escritas: hablamos del acceso real al espacio público, a los servicios, a la infraestructura, a la posibilidad de participar en las decisiones que definen cómo y para quién se planifica.

Muchas veces, quienes más sufren la falta de planificación —los que viven lejos, los que dependen del transporte público, los que trabajan en la informalidad o en la periferia— son justamente quienes menos voz tienen en el diseño urbano.

Por eso, pensar la ciudad desde el derecho es una forma de equilibrar esas desigualdades: garantizar que el crecimiento no expulse, que la modernización no excluya y que el espacio público siga siendo un lugar de encuentro.

Las ciudades como Corrientes, que tienen un balcón al río y una identidad muy vinculada con la naturaleza, tienen un enorme potencial si logramos cuidar ese vínculo. Esa relación entre el río, el verde y la vida urbana es un patrimonio que hay que proteger, y también una oportunidad para construir una ciudad más justa, inclusiva y sustentable.

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Cleopatra Barrios: “El Gauchito Gil es un fenómeno poliédrico, social, cultural y simbólico en apropiación constante”

Por Eduardo Ledesma

Versión gráfica: Belén Da Costa

En el episodio 32 de #ELPregunta, hablé con Cleopatra Barrios. Doctora en Comunicación, magíster en Semiótica Discursiva y licenciada en Comunicación Social, es investigadora adjunta del CONICET y dirige el Instituto de Investigaciones en Comunicación Social de la Facultad de Humanidades de la UNNE.

Su trabajo aborda la religiosidad popular, el fenómeno del Gauchito Gil, las culturas visuales y audiovisuales y la construcción de identidades en el NEA. 

En este episodio hablamos del Gauchito Gil como fenómeno cultural y visual, de las identidades populares del litoral, del arte y la devoción como lenguajes sociales, de los desafíos actuales de la investigación en comunicación y del rol de las universidades públicas en contextos de crisis. Una charla sobre la fuerza simbólica de las imágenes, la memoria regional y la potencia estética de la fe popular.

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Vamos a entrar a uno de tus temas, el Gauchito Gil. ¿Cómo se estudia? ¿Como fenómeno social, cultural, estético?

Es un fenómeno poliédrico, podríamos decir. Tiene muchas caras, y esas caras se sobreimprimen. Hay que estudiarlo desde todos esos lugares: es socio religioso, cultural, político, estético, turístico, patrimonial.
Además, tiene la particularidad de ser un fenómeno en desplazamiento permanente, que ha traspasado las fronteras de Corrientes. Es un fenómeno territorial en dos aspectos: uno geográfico —una leyenda del siglo XIX que empieza a visibilizarse en el XX como devoción rural en Mercedes— y otro simbólico, que lo saca del espacio socio religioso para convertirlo en fenómeno político, cultural y estético.
Creo que el corazón de este fenómeno está en la apropiación constante. Esa agencia humana distingue a las prácticas culturales populares.

¿Y cuando hablás de un desplazamiento político del Gauchito Gil?

Primero hay una leyenda, una memoria oral retomada por la música popular: el padre Julián Zini, la poetisa Luisa Pains. Ellos recopilan esa memoria y la llevan al folklore, al escenario.
Esa interrelación del padre Zini como párroco en Mercedes y su tarea de evangelización con el chamamé acercó la posición de la Iglesia al Gauchito.

Ahí hay una potencia para entender el fenómeno. Pero también lo político desde lo más simbólico: es una especie de Robin Hood, que le roba al rico para darle al pobre. Esa síntesis es profundamente política. 

Y esa figura del rebelde como lugar posible de emancipación popular fue tomada por distintos sectores, incluso movimientos sexo-genéricos identitarios, que encuentran en el Gauchito un símbolo. Uno no habría imaginado hace años que una figura del siglo XIX sería apropiada por fenómenos contemporáneos. Y llevado, por ejemplo, al carnaval, como sucedió este año.

¿Cómo surge tu interés por estudiar la religiosidad popular? ¿Qué hay en esas imágenes que te resultan tan potentes?

Tiene que ver con lo estético. Cuando todavía no conocía el fenómeno en Mercedes, observaba los altares ruteros, la figura del Gauchito que ingresaba a los altares familiares.

Me acerqué en un momento de gran visibilidad mediática, hacia 2008. Mis compañeros reporteros gráficos mostraban fascinación por las imágenes que se producían allí.

Ahí hice el pasaje del periodismo a la investigación. Cuando llego, digo: “Esto tenemos que estudiarlo”. Había algo en el modo en que se constituye el ritual masivo de Mercedes: fieles que performan al propio Gauchito y atraen las cámaras. Una teatralización muy fuerte, que produce atracción del fotoperiodismo, el documentalismo, la ficción.

Eso me llamó la atención: la relación entre lo oral y lo visual. Hoy incluso hay instalaciones y experiencias performáticas, como lo teatral del carnaval.

¿Qué es lo que fascina tanto? ¿Por qué ese y no otro?

Tenemos en Corrientes dos grandes movimientos sociorreligiosos: la Virgen de Itatí, con peregrinaciones multitudinarias y fuerte apropiación popular, aunque con formato institucional; y el Gauchito Gil, que surge al margen de la Iglesia, con una apropiación popular de base.

Esa devoción va hibridando rituales vinculados a los difuntos, la comida, la bebida, el baile, la música, la danza. Es una condensación sociocultural que excede lo religioso.

Y a medida que la industria cultural empieza a retroalimentar el fenómeno, se produce una repetición y estetización de la imagen, pero también una complejización: intervienen periodismo, arte, cultura, política. Hacia 2010 se volvió un fenómeno gigantesco, inmanejable incluso para una ciudad como Mercedes.

¿Y el 8 de enero qué es?

Es una fiesta indescriptible. No puedo explicarte en palabras lo que sucede. Fascina para bien o para mal, porque también incomoda.
Es una celebración que no se da en el centro, sino en el borde de la ciudad, un espacio que fue creciendo. Es masiva, popular, implica relación corporal y agencia de los actores sociales.

La regulación estatal implica un gran esfuerzo de negociación. Ese borde generó disputas y tensiones, pero sigue siendo el lugar central. Aunque hoy la devoción está expandida por todo el país, los fieles quieren llegar a Mercedes para cumplir con el Gaucho.

Y sí, uno toca bocina al pasar, aunque no pare. Es una implicación mínima, pero muestra respeto.

¿Ya conocés el nuevo santuario?

Sí. No fui a la inauguración, pero estuve antes, siguiendo todo el proceso desde la demolición, las muertes, el levantamiento popular. Ese espacio de tensión explotó, y a partir de ahí seguí cómo fue la construcción y las visiones que se daban.

No sabemos qué va a suceder, pero es una obra monumental que claramente va a producir un cambio. 

Uno de los primeros grandes cambios fue la construcción de la Ruta Nacional 123 en los ’70, que expandió la devoción. Los camioneros, los taxistas, esa accesibilidad generó circulación nacional e internacional.

En Mercedes hay una nostalgia por aquella devoción rural de mitad del siglo pasado, que hoy parece imposible recuperar.

Distintas posiciones: quienes lo veneran en casa, quienes van a la tumba.

Y este nuevo santuario seguramente lo potencie aún más, aunque con una fuerte intervención estatal.

¿Cómo se estudia un fenómeno así desde la academia, sin perder el pulso popular?

​​​​​​​Con respeto, con humildad y con compromiso. Uno no puede acercarse a estos temas desde una mirada distante o colonizadora del saber.

Yo siempre digo que el pueblo sabe. Lo que hacemos desde la universidad o la investigación es poner en diálogo esos saberes, construir puentes.

El conocimiento popular tiene una potencia que a veces la ciencia no ve, porque lo que se legitima como “verdadero” es lo académico. Pero si uno escucha con atención, hay mucha teoría en la práctica popular.

Eso me marcó muchísimo en mi camino como investigadora y también en mi tarea docente: escuchar, aprender del territorio, devolver algo. No ir solo a sacar información.

¿Qué lugar ocupa hoy la investigación social en este contexto de desfinanciamiento y desprestigio de la ciencia?

Es un momento muy difícil. Pero también es un momento donde se pone a prueba el compromiso de cada uno.

Hay una tendencia a subestimar las ciencias sociales, como si fueran un lujo, cuando en realidad son las que nos permiten entendernos como sociedad.
Sin ellas, no hay política pública posible, no hay memoria, no hay identidad.

Yo siento que el desafío es seguir trabajando desde donde se pueda: con menos recursos, pero con más convicción.

Y también hacer visible lo que hacemos, comunicarlo, compartirlo, porque la ciencia no puede quedarse encerrada. La investigación tiene sentido cuando vuelve al pueblo, cuando se traduce en algo que sirva a la comunidad.

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“Los discursos de odio son eso, no hay que disfrazarlos de libertad de expresión”

Por Eduardo Ledesma

Versión gráfica: Belén Da Costa

Licenciada en Comunicación Social y directora de Tres Discursos Comunicación, Anyelén es consultora especializada en capacitación y asesoramiento en comunicación política. Diplomada en Discurso y Lenguaje Político, cursa la Maestría en Comunicación Política en la Universidad Austral. Coordinó programas nacionales como el Parlamento Juvenil del Mercosur y el Plan Lectura, y dirigió la Unidad de Comunicación Institucional del Ministerio de Salud del Chaco durante la pandemia.

En este episodio hablamos del nuevo lenguaje político que emergió con Javier Milei, la comunicación agresiva y sus efectos, las campañas en Chaco y Corrientes, las estrategias digitales, las diferencias entre dirigentes provinciales y las tendencias que marcarán la comunicación política de los próximos años. Una charla sobre cómo se construye poder con palabras, pantallas y estrategia.

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Si vos te tenés que presentar, ¿quién sos?

Soy cruceña, primero. De La Cruz, nacida en La Cruz, estudié allí hasta la secundaria. Soy hija de Marisa y de Luis, hermana de Matías y de Juan Cruz. Y el título que más me gusta decir es tía y madrina de Faustina, la hija de Matías. Después soy periodista, licenciada y todo lo que voy viendo.

¿Y ser cruceña te define en algo?

Me encanta ser cruceña. Creo que me gusta recordar siempre de dónde vengo, todas las cosas que pasé en La Cruz. Fue un lugar donde soñé muchas de las cosas que hoy estoy viviendo. Por eso para mí es tan importante y con orgullo siempre digo que soy del interior de Corrientes. Hace poco tuve la posibilidad de trabajar allí con un proyecto y un desafío muy importante, tanto en lo profesional como en lo personal.

En Argentina, en 2023, irrumpió un estilo de comunicación muy agresivo como el de Javier Milei. ¿Esto cambió la manera de entender la comunicación política?

Sin dudas. Creo que todo lo que irrumpió en 2023 vino a quemarnos un poco todos los libros. Nuestra carrera es muy teórica y conceptual, pero al ejercer la profesión los desafíos son continuos. Nos obligó a repensar el rol del consultor, del periodista y también de los ciudadanos. Tenemos que elegir qué modelo de comunicación queremos expandir. La comunicación es fundamental por el compromiso que tiene con la ciudadanía, y ahí está nuestra responsabilidad: amplificar o bloquear los discursos de odio.

¿Se puede todavía elegir?

Creo que sí. Es nuestra responsabilidad y compromiso, primero como ciudadanos y luego como profesionales. Sabemos que ese no es el mejor camino para comunicar ni acciones de gobierno ni de campaña ni en ningún ámbito.

¿La violencia discursiva se mete también en la política pública?

La violencia es violencia en todos los aspectos. Los discursos de odio no hay que disfrazarlos de libertad de expresión. El odio es odio. En lo discursivo hay un tono muy agresivo con el que tenemos que lidiar.

¿Y hay remedio para eso?

Yo creo que sí, pero porque soy optimista. Me parece que no es el camino, porque hasta erosiona la democracia.

En estos años hubo imitadores del presidente. ¿Por qué creés que pasó eso?

Si un dirigente utiliza la violencia como modo de comunicarse, de alguna manera está legitimando que la gente también se exprese así. Con el tiempo vamos a poder estudiar qué factores hicieron que esa situación se revierta, como vimos en Corrientes y luego en Buenos Aires, donde hubo un hartazgo social: un “basta”. Acompañamos políticas públicas, pero no eran los resultados esperados, entonces el electorado pegó un volantazo.

El presidente presentó el presupuesto con un tono distinto. ¿Qué lectura hacés?

El modo de comunicar fue totalmente distinto. Sin embargo, sigue sin usar un tono de mea culpa o de reconocimiento de errores. Lo noté más en un tono electoralista que de gestión. Pareció un candidato, no el presidente.

¿Creés que los demás candidatos van a revisar sus campañas?

Creo que sí, y espero que sí. Puede ser una primera bajada de línea importante. Me parece que los candidatos van a seguir el tono que expresó su líder.

¿Hay lugar para una tercera vía, como la de Provincias Unidas?

Me parece muy interesante. Primero por el coraje y el propósito de decir “no vamos en la línea del gobierno ni queremos volver al pasado”. El contexto es adecuado para el nacimiento de esa alternativa.

¿Qué te pareció la campaña en Corrientes?

Tuvo muchos condimentos. La mayoría de los candidatos optó por una campaña híbrida, combinando territorio y redes. Hubo innovación digital, con candidatos jóvenes y equipos jóvenes. También momentos más ásperos, pero creo que respondían a estrategias definidas.

Incluso hubo candidatos que usaron inteligencia artificial. ¿Cómo lo ves?

Pasa mucho. Es difícil congeniar estilos. A veces el candidato no comprende del todo qué es un reel o un carrusel, y ahí está el desafío de los equipos: proponer con claridad y explicar el propósito. No se trata de “hacer un TikTok porque se usa”, sino de definir a quién le hablamos y para qué.

¿Cómo se trabaja hoy la comunicación política en la región?

Depende del cliente. La comunicación debe adaptarse al contexto. Las demandas en La Cruz no son las mismas que en Capital o en Resistencia. Hay todavía un trabajo de docencia que me gusta mucho, porque siempre se aprende del intercambio con el cliente y su equipo.

¿Qué diferencias ves entre Chaco y Corrientes?

La idiosincrasia y la manera de hacer política son muy distintas. En Chaco hay más confianza en el consultor, se delega más. En Corrientes todavía cuesta un poco entender el rol del asesor. Contratar a un consultor es un acto de confianza y eso lleva un proceso.

En cuanto al territorio digital, ¿alcanza por sí solo?

No, pero es fundamental. Ya dejó de ser opcional. Por suerte se superó la idea de que “lo maneje el sobrino”. Pero también hay que entender que los likes no son votos. Un contenido viral ayuda, pero no es suficiente.

¿Hay tendencias digitales que llegaron para quedarse?

Sí. Tenemos que prepararnos en inteligencia artificial, que ya está en uso y va a seguir creciendo. También debemos pensar contenidos cortos, sintéticos y atractivos, porque hoy la atención es escasa.

¿Cómo está formado tu equipo?

Somos pocas personas. Tres Discursos nació hace dos años y medio. Ofrecemos asesorías y capacitaciones personalizadas. En campañas trabajo como estratega y consultora, y también colaboro con una consultora amiga de Misiones. Damos capacitaciones en comunicación política, de gobierno, electoral, de crisis, etc.

¿Hacen encuestas?

No, las tercerizamos. Cuando necesito datos, trabajo con otros consultores.

La consultoría era un ámbito muy masculinizado. ¿Cómo lo vivís?

Es un desafío y una oportunidad. Participé de un programa de mentorías para mujeres consultoras con colegas de toda Latinoamérica. La política sigue siendo masculinizada, pero hay cada vez más espacios para mujeres, y no solo en áreas “sensibles”. Trabajo con diputadas en lugares de decisión. Además, entre nosotras nos apoyamos, nos capacitamos y nos damos trabajo. También formo parte de ASACOP, lo que amplía el espectro de vínculos y aprendizajes.

¿Por qué la política? ¿Qué te gusta de ella?

Desde siempre me gustó, pero sé que no quiero ser política. Me gusta el detrás de escena. Descubrí la comunicación política en la carrera, con Roberto Satina, leyendo a Mario Riorda, que hoy es mi director de tesis. Me fascinó poder fusionar la comunicación con la política.

¿Te aportó o te quitó hacer consultoría en tu propio pueblo?

Me aportó muchísimo, aunque fue un nervio extra. Pero fue una experiencia muy valiosa.

Si tuvieras que darle consejos a un candidato que empieza, ¿qué le dirías?

Que apueste a la autenticidad. La ciudadanía distingue cuando alguien es genuino y cuando está impostando. Antes se usaba “disfrazarse” para la campaña; hoy eso no funciona. Autenticidad, innovación y capacitación: esas serían mis recomendaciones.

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Andrés Rabossi: “Hoy la gente ya no quiere un superhéroe en política, prefiere que sea vulnerable”

Por Eduardo Ledesma

Versión gráfica: Belén Da Costa

En el episodio 30 de Eduardo Ledesma Pregunta hablamos con el consultor y asesor político Andrés Rabossi. Con más de 25 años de experiencia en el diseño, conducción y evaluación de campañas electorales en distintos niveles del sistema político argentino. Es Psicólogo Social, Coach Ontológico, Máster en Comunicación Política y Especialista en Opinión Pública. Dirige Consultora Nordeste y ha participado en más de 140 campañas en todo el país, asesorando a gobernadores, intendentes, legisladores, funcionarios y empresas.

Autor de Votamos como animales (2020), El nuevo liderazgo político en tiempos de desconfianza (2024) y el reciente Manual de campañas electorales provinciales y municipales (2025), es también creador del método META, un enfoque profesional aplicado a la planificación y ejecución de campañas.

En este episodio hablamos sobre las encuestas y la opinión pública, la coyuntura política en Corrientes, los errores más comunes de los candidatos, el impacto de la inteligencia artificial en la estrategia electoral, las fake news, el liderazgo contemporáneo y los riesgos que enfrenta hoy la democracia argentina.

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Más allá de todo lo que leí, si vos te tenés que presentar, ¿quién es Andrés Rabossi?

Primero te voy a decir quién no es Andrés Rabossi. No soy gurú, no adivino el futuro, no hago esoterismo, y lo digo con todo respeto. Y si tengo que definir quién soy, soy una persona privilegiada, porque cuando me levanto todos los días no digo “uy, tengo que ir a trabajar”, sino que tengo pasión por lo que hago.

Cuando cierro la jornada, siento que fue un día de muchísimo aprendizaje. No soy opinólogo, no soy analista político, no opino de café. En diez años jamás hice una publicación dando una opinión propia sobre política. Sí puedo dar una opinión sobre River o la música, pero no sobre política. Soy especialista en opinión pública. Me dedico a escuchar lo que dice la gente, interpretarla y aprender todos los días.

Entonces, ¿qué es ser encuestador hoy? ¿Qué te dice la gente? ¿Qué está pensando?

Ser encuestador en estos tiempos es bastante complicado. Lo asimilo mucho al que pronostica el tiempo. Medimos el humor social, lo que piensa la gente hoy. En Corrientes tenemos una ventaja sobre otros consultores: no tenemos una foto, tenemos la película. Hace al menos diez años, seis veces al año hacemos estudios de opinión pública, por eso podemos ver el devenir.
Una encuesta es una foto del momento, pero nosotros podemos ver la evolución. Por eso hablo del método: una encuesta es parte del diagnóstico. Es como un GPS: puedo saber a dónde quiero llegar, pero si no tengo claro el punto de partida, será difícil encontrar el camino.

¿Y qué estás viendo del sistema político?

La gente tiene cierta confusión. Nunca fui político, pero por mi exposición me rotulan así. Una encuesta que hicimos muestra que el 96% de las personas, cuando llega a una reunión donde se habla de política, se va hacia otro grupo. Solo 4 de cada 100 se quedan a debatir. Pero si la charla es sobre la luz, los impuestos o los salarios, sí se quedan. Eso también es política. Los estudios muestran hartazgo. La gente está harta de la política partidaria y de los políticos. Lo que más molesta es ver discusiones en televisión sobre temas que no están en la agenda de la gente. Hay una distancia total entre la agenda política y la agenda ciudadana.

Sin embargo, decís que defendés la política.

Sí, porque no conozco otra forma de alcanzar soluciones a los problemas que no sea a través de la política. Soy crítico, pero porque quiero una mejor política, una nueva política. Hoy conviven la vieja y la nueva política. Hay quienes plantean otros modos, formas e ideas.

Incluso vos mencionas la elección de la Provincia de Buenos Aires, donde muchos encuestadores fallaron. Vos fuiste blanco de críticas por tus pronósticos en Corrientes. ¿Cómo te llevás con eso?

A esta altura no me preocupa. No tengo necesidad de exposición. Yo decía que la elección se iba a definir en primera vuelta, y así fue. Hice cinco encuestas en el año y en todas las tendencias eran claras: un candidato con más de 45 puntos y 25 o 30 puntos de diferencia. Eso es irreversible. No tengo intencionalidad política, no hago operaciones de prensa.
El problema es que aparecieron las encuestas militantes, y eso genera desconfianza. Hay colegas que trabajan desde Buenos Aires que te miran por arriba, pero yo salgo a hacer encuestas, hablo con la gente. Y eso te da comprensión, te da contexto, algo que el número solo no explica.

Y la elección de Corrientes, ¿qué mostró sobre los liderazgos locales?

Fue una elección muy territorial, igual que la de Buenos Aires. Se revalorizó el liderazgo de base, el liderazgo territorial.  Yo siempre planteo que las sociedades cambian, los electores cambian, la política debe cambiar. Pero lo que sigue teniendo vigencia es la cercanía. La cercanía es la llave tanto para el premio como para el castigo. Si no vas nunca, no esperes que te acompañen cuando lo necesites.

También se habló de “campaña sucia”. ¿Dónde está la frontera entre una campaña negativa y una campaña sucia? 

Una campaña negativa puede ser legítima si se basa en hechos ciertos: antecedentes, promesas incumplidas, cosas que existieron. Pero lo que vimos ahora en Corrientes fue inédito: ataques personales, amenazas, cuestiones privadas.
El anonimato de las redes amplifica eso. No creo que regularlo sea la solución, porque cuando se regula, se hace por intereses. Pero sí debería haber un freno en cada equipo de campaña.
Antes había códigos, había caballerosidad, los candidatos se saludaban, había debate. Eso se perdió. Y quien más recurre a campañas sucias demuestra debilidad.

Para cerrar, ¿qué características debe tener hoy el líder político que estamos buscando?

El año pasado medí cuáles eran los atributos del candidato ideal. No existe el candidato perfecto, pero sí hay rasgos que la gente busca.
Hace diez años querían un superhéroe. Hoy prefieren una persona vulnerable, que muestre humanidad. La autenticidad es un valor central. Ya no importa tanto la oratoria ni el carisma. La gente quiere que le hables como un vecino. La vecindad, la paridad, la cercanía son esenciales.

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José Victor Piñeiro: “El chamamé es una embajada itinerante que tenemos la responsabilidad de sostener”

El trío Tajy -al que pertenece José Victor- inicia una gira por Europa con el repertorio de Raíz Chamamé. Para financiarla organizan un concierto especial en Corrientes este domingo. “Es autogestiva, un esfuerzo grande pero también una alegría enorme, porque creemos que nos va a abrir puertas para seguir viajando”, señaló.

Por Eduardo Ledesma

Versión gráfica: Belén Da Costa

En el episodio 29 de #ELPregunta, hablé con José Victor Piñeiro, un amigo admirado. Guitarrista, compositor y docente correntino, es Licenciado en Música por la Universidad Nacional de Misiones y Profesor Superior egresado del Instituto “C. H. De Biasi”. Investigador del chamamé y autor del libro Guitarra Pueblera (Eudene), integra las cátedras de Música del Litoral en la UNaM y de Chamamé en la UNNE. 

Forma parte del trío chamamecero Tajy, con el que grabó discos, realizó giras por Latinoamérica y prepara su gira europea Raíz Chamamé, que saldrá en días más. Además, es el trío-autor de la cortina musical “Preguntas”, que desde hace años engalana este ciclo, en su versión audiovisual. 

En este episodio hablamos de su formación académica, la creación de Tajy, su investigación sobre el chamamé de Nino Ramírez, la preparación de la gira por Europa y los desafíos de enseñar y difundir un género que es patrimonio cultural vivo del litoral. Una charla donde la guitarra se vuelve raíz y puente entre tradición e innovación.

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¿Quién es José Víctor Piñeiro?

¿Qué pregunta es esa, no? Nada, creo que soy un pibe criado ahí en Laguna Brava, muy familiero, que encontró como si fuera un refugio en la música y después decidí tomar a la música como una manera de vivir, de ver el mundo y de relacionarme también con el mundo. Y bueno, sigo siendo esa misma persona, hoy ya con mi propia familia y encarando mis proyectos. Así que creo que así, simple, sencillo.

¿Por qué la guitarra? ¿Por qué te decidiste por ese instrumento?

Yo empecé a tocar música por obligación, digamos, por insistencia de mi madre que nos mandó a todos los hermanos -somos cuatro- a estudiar en el aula de música de Marcelo Muti, un gran docente de Corrientes. Recuerdo que en la primera clase él nos mostró la guitarra y el bajo. Me gustó la guitarra, pero yo no tenía demasiada idea de nada, no vengo de una familia musical.
Mis viejos sí eran muy melómanos: papá tenía discos de Rudi y Nini Flores, Mateo Villalba, seguía a Mario del Tránsito Cocomarola. Mamá escuchaba a los Beatles, The Carpenters… Esa música siempre circuló en casa.

Yo agarré la guitarra como cualquier adolescente que va porque un padre le dice que tiene que hacer una actividad. Durante años toqué guitarra eléctrica, sobre todo rock nacional. Recién a los 19 o 20 años me pasé a la guitarra criolla, de nylon, con los dedos, y ahí me metí de lleno en el chamamé, un mundo que siempre me apasionó.

¿Y qué papel tuvo el Instituto de Música en tu formación?

Yo ingreso al Instituto de Música después de terminar la secundaria, hice el curso nivelador y luego el profesorado. El Instituto tuvo mucho que ver porque recuerdo el primer día: subí al quinto piso en ascensor y escuchaba clarinete, saxofón, violín… No podía creerlo, me resultaba maravilloso. Fue una gran fuente de incentivo.

Marcelo Muti me había transmitido ya la pasión por la música, y en el Instituto descubrí un mundo mucho más plural: la música clásica, la tímbrica orquestal, la sistematización académica. Fue una parte muy importante de mi formación.

Desde el periodismo solemos hablar de “estilo” en la escritura. En música, ¿cómo se construye tu estilo?

Es interesante. Hay gente que parece que siempre tocó bien, como Rodrigo Galarza, que se nos fue hace poco. Yo no me considero talentoso: creo que mi sonido se fue construyendo, buscándolo. Siempre me gustó componer, hacer algo propio. Nunca fui de dedicarme a sacar a la perfección temas ajenos, no porque no lo quiera, sino porque no me sale.

Creo que mi estilo surge de eso: de hacer lo mío, de cómo acompaño, de cómo me acerqué al chamamé con mis herramientas y vivencias.

Vos sos docente, investigador, además de músico. ¿Qué aporta la academia al chamamé?

Para mí la academia genera una “masa crítica” muy valiosa. Un lugar donde se cruzan docentes, estudiantes, músicos. Eso enriquece el ecosistema musical. Aporta categorías de análisis, bibliografía, discusiones.

En mi caso, cuando entré al Instituto esperaba que me enseñaran chamamé… y me encontré con un vacío. Hay profesores que saben mucho, pero no estaba sistematizado. La academia propicia que desde el alumnado se adviertan esos vacíos y se generen nuevos aportes.De todas formas, no creo que el conocimiento académico esté por encima del popular. Son distintos, circulan de manera diferente, pero se complementan.

Hablemos de Tajy. Después de más de diez años juntos, ¿cómo ves la evolución del grupo?

Creo que seguimos teniendo la chispa del primer día. Hay evolución, claro, en el sonido, en lo profesional, en lo grupal. Estamos por hacer una gira por Europa, algo que soñamos hace tiempo. Y lo que más nos ayuda es que la gente recibió nuestro sonido de manera sincera, orgánica. Ese afecto es un gran combustible.

¿Qué significó el disco Raíz Chamamé?

Fue un desafío muy lindo. Decidimos abordar un repertorio más tradicional, ligado al baile del chamamé, con polcas, valseados, rasguidos dobles. Quisimos ver qué pasaba si nos poníamos a dialogar con esas piezas desde nuestro lenguaje actual. Y nos sacó otra energía: otros gestos técnicos, otras emociones, otra corporalidad.

Es un disco que nos gusta mucho, quizás el más parejo tímbricamente de todos los que hicimos hasta ahora. Y también fue una manera de volver a las raíces, a lo que escuchábamos de chicos, a las versiones más antiguas que nos marcaban.

Y ahora llevan ese sonido al público europeo…

Sí, sentimos que es lo más acorde para esta gira. El violín y el acordeón dialogan muy bien con las músicas folclóricas de Centro Europa: la polca, la música gitana, la música campesina. Entonces hay un puente natural entre el chamamé y esas tradiciones.
Y para nosotros no deja de ser también una embajada itinerante del chamamé, que hoy es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Eso es algo que no podemos dejar de mencionar: hay una responsabilidad de sostener ese reconocimiento, de mostrarlo en escenarios del mundo y de explicar de dónde viene. Es llevar nuestra raíz a otros lugares, y también dejar que esa raíz se siga transformando con cada encuentro.

¿Cómo se financia la gira?

Es autogestiva. Tenemos algunos sponsors privados, buscamos apoyo estatal. Vamos a hacer un concierto de despedida el 5 de octubre en La Felipa Verde, y un cierre de gira el 8 de noviembre en el Teatro Vera. Son maneras de financiar el viaje y de cargar las valijas de afecto de nuestra gente.

Y también lo vemos como una inversión a futuro: no es fácil organizar una gira de este tipo, pero creemos que nos va a abrir puertas para seguir viajando, volver a Europa o a otros lugares. El chamamé despierta interés en distintos públicos y queremos estar ahí para representarlo. Así que estamos trabajando mucho en la logística, en los ensayos, en la difusión. Es un esfuerzo grande, pero también una alegría enorme.

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Adrián Di Giacomo: “El capuchino Iberá es una especie clave en Corrientes para estudiar los procesos evolutivos”

“La restauración ecológica de Iberá es un ejemplo único en el mundo”, afirma Adrián Di Giacomo, doctor en Ciencias Biológicas e investigador del Conicet. El científico repasa su hallazgo, que tuvo impacto mundial, y los desafíos de conservar la biodiversidad en los Esteros del Iberá.

Por Eduardo Ledesma 

Versión gráfica: Belén Da Costa

En el episodio 28 de Eduardo Ledesma Pregunta, charlamos con Adrián Di Giacomo. Nuestro invitado es biólogo, doctor en Ciencias Biológicas (UBA), investigador del Conicet y director del Centro de Ecología Aplicada del Litoral (Cecoal) en Corrientes. Es uno de los referentes más destacados en conservación de la biodiversidad en Argentina y Latinoamérica. Su descubrimiento del Capuchino Iberá, comparado con los pinzones de Darwin, tuvo repercusión mundial. Publicó en las revistas “Science” y “Nature”, y lidera proyectos clave en los Esteros del Iberá, como la reintroducción del yaguareté.
En este episodio hablamos del hallazgo de una nueva especie que marcó la ciencia global, la urgencia de proteger los pastizales, el impacto de la restauración ecológica en Iberá y los desafíos de la conservación en Argentina y el mundo.

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Si vos te tenés que presentar, ¿qué le decís a la gente?

Yo me pienso como un trabajador de la ciencia y de la conservación de la naturaleza. Y con un espíritu de ornitólogo, de hombre que está mirando y escuchando a las aves. En este momento soy director del Cecoal, el Centro de Ecología Aplicada, uno de los institutos de investigación de mayor trascendencia en la región.

¿Qué significa ocupar ese lugar en este momento para la ciencia?

Es un momento muy especial. Primero, es un honor poder trabajar en un instituto como el Cecoal. Es una de las primeras unidades ejecutoras del Conicet en el Norte del país, creada en la década del setenta. Tenemos cincuenta años. Y es un gran desafío. Justo me tocó asumir a fines de 2023, con todos los cambios en la política científica, trabajando siempre con el mismo presupuesto desde hace varios años. Sin embargo, hay que reconocer que la gente sigue trabajando con la misma motivación de siempre. Se sigue a pulmón, pero se sigue.

¿Cuáles son las principales líneas de trabajo del Cecoal y cómo se vinculan con tu trayectoria?

El Cecoal fue creado para estudiar los impactos ambientales de las represas en los grandes ríos. Con el tiempo amplió su mirada y hoy abarca casi todos los ecosistemas: mamíferos, aves, plantas, reptiles, bosques, calidad de agua. También tenemos un área de paleontología, con yacimientos como el de Toropí. Es un panorama muy amplio.

¿Cómo se sostiene todo eso con presupuestos tan limitados?

Con el mismo de hace dos o tres años, atravesados por la inflación. La investigación se sostiene con subsidios competitivos que ganan los grupos de trabajo. En Cecoal hay especialistas de nivel mundial que logran acceder a esos fondos, y eso permite continuar. Pero falta financiamiento del Estado nacional para funcionamiento: vehículos, lanchas, laboratorios. Eso se sostiene con subsidios y también con servicios que el instituto brinda, como análisis específicos que no se hacen en otros lugares.

Vos sos el padre del Capuchino Iberá. ¿Qué es y qué importancia tiene para el ambiente en nuestra zona?

De chiquito siempre me fascinaron las aves y esto de descubrir una especie nueva no es un objetivo que alguien se puede plantear, es más bien fortuito. Exploramos una región que estaba poco explorada por los naturalistas y los ornitólogos y empezamos a ver que habían individuos distintos de las otras especies. Las primeras observaciones datan del 2001 en la zona de Galarza. Tras años de estudios, en la parte norte de Iberá (San Miguel, Concepción), relevamos mucha información y pudimos determinar que se trataba de otra especie. Hoy sabemos que en esta zona hay nueve especies de capuchinos: es el lugar del mundo con más diversidad de capuchinos. Es un área clave para la conservación y también para estudiar procesos evolutivos rápidos, como los famosos pinzones de Darwin.

¿Qué impacto tuvo ese hallazgo?

Eso abre caminos, pero sobre todo genera nuevas preguntas. La mayoría de los capuchinos vive en pastizales naturales, y esos ambientes están en riesgo. Son aves migratorias que sufren la pérdida de hábitats por incendios y transformaciones productivas. Estudiarlas nos ayuda a entender cómo proteger no solo a una especie, sino a todo un ecosistema.

¿Cómo influye la reintroducción del yaguareté en estos procesos?

Estamos estudiando cómo la presencia del yaguareté modifica el ecosistema. Tenemos evidencia de que con la presencia del yaguareté disminuyen las poblaciones de carpinchos, se modifica la vegetación y se vuelve más parecida a la ideal que necesitan los pájaros de pastizal. Es como si se volviera atrás en el tiempo, como era hace 100 años. 

Un poco más equilibrado. 

Mucho más equilibrado. Es fascinante porque pudimos aprovechar esto como un experimento natural. Es una oportunidad única: un experimento natural para observar cómo se equilibra el ambiente y los científicos tenemos pocas oportunidades para estar frente a una oportunidad de estas características. 

¿Estamos en un momento de emergencia ambiental?

En conservación no hay tiempo que perder. En los últimos cincuenta años el mundo perdió un tercio de las aves silvestres. En el caso de las aves de pastizal, dos tercios. Eso implica que estamos degradando recursos clave para el futuro. Tenemos que proteger lo que queda, generar áreas protegidas y lograr una producción mucho más sostenible.

¿Qué es la Alianza del Pastizal?

Es una iniciativa que impulsamos hace casi veinte años desde Aves Argentinas. Busca acompañar a productores que quieren mantener sus pastizales productivos y al mismo tiempo conservar la biodiversidad. La mayoría de las aves amenazadas no está solo en áreas protegidas, sino en campos productivos. Por eso es clave trabajar con productores y con nuevas generaciones que tienen mayor conciencia ambiental.

¿Qué políticas públicas son necesarias ya?

Ordenamientos territoriales a escala regional. Conocer nuestra biodiversidad y planificar el desarrollo en función de ella. La ley de bosques fue una buena iniciativa, aunque su aplicación varió según provincias. Necesitamos más diálogo interdisciplinario entre biólogos, ingenieros agrónomos, productores y dirigentes políticos.

Si pensamos en los próximos 20 años, ¿cuál es el gran desafío de la conservación?

Yo digo en broma que quiero que en mi gestión no se extinga ninguna especie. Argentina todavía es privilegiada en biodiversidad: tenemos selvas, glaciares, alta montaña, pastizales. La base es muy buena, pero debemos fortalecer acciones de conservación y ordenamiento territorial. La esperanza está también en las nuevas generaciones, que hoy valoran mucho más la naturaleza. Los chicos hoy tienen más conciencia pero tenemos que continuar con las charlas, con el aprendizaje como camino. Estamos en un terreno ideal porque hay interés y conciencia. 

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