Cuba: diario de un viajero

Cuba no es lo que uno cree. No puede serlo. No es posible subirse a un avión de última generación y bajar en una base militar que evita calcinarse, en el medio de una selva donde el reloj se paró al promediar el Siglo XX. Fue ese el freno de Santa Clara, como el de toda la isla, lugar en donde aterrizó la nave de la Compañía Panameña de Aviación que desde Buenos Aires, Córdoba y Asunción, trasladó a un grupo de periodistas argentinos para una recorrida por el bastión de los Castro en la era del deshielo.

Allí estaban pues, desperezándose, después de un largo viaje desde distintos puntos de Argentina, este contingente de 12 periodistas, entre ellos el de “El Litoral”; funcionarios de compañía y los guías que desde entonces serían como una sombra.

Apenas en tierra cubana, aquel grupo de hombres y mujeres dio inicio a un viaje de prensa por la isla, desde el centro mismo del archipiélago, provincia de Villa Clara. Objetivos: descubrir nuevos destinos; redescubrir los de siempre; advertir la existencia de un paraíso que cotiza en dólares y euros; y confirmar que Cuba sigue congelada y castigada por el bloqueo norteamericano que ellos mismos llaman “infame, injusto y genocida”.

Ambas “Cubas” abrigan hoy la esperanza de que Raúl Modesto, el menor de los hermanos Castro Ruz, echando mano al sentido común que, dicen, escaseó en Fidel Alejandro, devuelva el mundo al pueblo cubano y evite nuevos cientos de naufragios.

 

La entrada

Transcurrido un lento paso por Aduana y Migraciones, el viaje empezó en una “guagua” (como llaman a los colectivos) por angostas rutas de hormigón que suben y bajan por la cintura de las sierras Escambray, el tercer sistema montañoso en importancia de la isla de Cuba, después de la Sierra Maestra y el sistema Guaniguanico.

Reminiscencias de las rutas yerbateras de Misiones, con ranchos de nunca acabar que en la zona llaman “poíos” o “neoclásico campesino”: aticismo irónico de los miembros de las esferas ilustradas que abundan como las necesidades en aquellas latitudes deflagrantes.

Hileras de palma real a diestra y siniestra; chivatos y pinos; arecas de todas las familias; arroz, banana, guayabo y tabaco. Algunos animales sueltos, sobre todo cebúes y topororos aleteando y cantando por el camino despojado de la parafernalia publicitaria a la que acostumbra cualquier argentino que ande por las rutas; pero al mismo tiempo, pródigo en cartelería revolucionaria: consignas que cada tanto impiden que los conductores se duerman al volante con tiros certeros a la cabeza, al corazón y al bolsillo.

“Sin control no hay revolución”, dice uno de aquellos paredones revocados, blanqueados con cal y escritos con látex. Firma el Che. “Del combate diario a la victoria segura”, afirma otro. Mismo autor. “Éste es un pueblo de ideas y combate”, atestigua todavía hoy un cartel en Santa Clara, también conocida como la ciudad “de las guerrillas heroicas”. Y así en las rutas reales y en las posibles; en las calles y casas de aquel pedazo de tierra aprisionado por los mares del Atlántico y del Caribe al que los cubanos se refieren con grandilocuencia: “Nuestro largo lagarto verde”, grafican, forzando la descripción de una figura animal que, según ellos, deja ver la isla desde el aire y que confirman con los mapas.

 

Visitando al Che

Este viaje periodístico coincidió con una fecha especial: los 48 años de la muerte del Che. El gran Ernesto Guevara de la Serna, aquel médico argentino que Raúl presentó a Fidel en México a finales de julio y principios de agosto de 1955 y que desde entonces fue el primer expedicionario del Granma y parte de la revolución hasta convertirse, tras ser acribillado por un soldado boliviano en aquella patria, en uno de los santos de la gesta comunista en el archipiélago del Caribe.

Estar cerca de Santa Clara convierte casi en obligatorio pasar por el monumento del “Tren blindado”, jalón clave en la victoria de los rebeldes y la cucarda más sobresaliente de aquel soldado que, en palabras de Fidel, protagonizó un “audaz ataque a la ciudad de Santa Clara, penetrando con una columna de apenas 300 hombres en una ciudad defendida con tanques, artillería y varios miles de soldados de infantería”.

Por eso mismo y otras razones más domésticas, pero no menos revolucionarias, como el amor, se levanta en ese lugar el “Mausoleo del Che”. Imponente plaza y monumento que alberga en sus entrañas uno de los más formidables archivos de Guevara, Cienfuegos y los Castro; pero además, que contiene la tumba del “Comandante” y de otros 31 combatientes en la gesta trunca de Bolivia.

De los lugares que un mortal común puede visitar en Cuba sin visados especiales, este tal vez sea el más importante, el más custodiado, el más simbólico, el más conmovedor. Los restos del prócer que fueron identificados por profesionales argentinos del Cuerpo Médico de Antropología Forense, yacen allí en Santa Clara, su casa en Cuba, custodiado por su pueblo y unas cuantas capas de hormigón antimisiles. Eriza la piel observar su cara esculpida en la piedra que sella su sepulcro.

Mira, interpela, vive. El Che vive.

Estando allí y dejándose llevar, tal vez uno resignifique lo que el más voraz marketing capitalista redujo a una foto estampada en cuanta superficie lo soporte.

“La cara del Che” se ha vuelto un negocio de millones tan formidable que hace temblar las seguras bases del ron o los tabacos, otros dos productos de excelente manufactura que también sostiene, como el turismo, la endeble economía cubana.

En ese lugar de Santa Clara, envuelto en silencio, uno puede imaginarse al Che en motocicleta; en el Granma pensando; en los montes combatiendo; en las sierras tosiendo, aquejado por el asma que lo persiguió como su sombra. O en la ONU discutiendo. Incluso se lo puede ver en Bolivia, muriendo. Allí mismo yace, de hecho, la prueba de su muerte.

Rumbo a Trinidad

Apenas repuestos (un poco por la emoción argentina de ver a un héroe connacional a unos 10 mil kilómetros de su Rosario natal; y otro poco por el calor impiadoso del mediodía en la zona de las villas, en el centro norte de la isla), el contingente retornó a la “guarandinga” moderna, hecha en China para el turismo en Cuba para continuar el viaje.

Frank, el chofer, intentó congraciarse festejando chistes que tal vez ni haya entendido.

– “El Che hacía muchos chistes, como ustedes”, dice, abriendo la puerta de su erudición sobre el susodicho.

Enciende la guagua y el grupo va en busca de Trinidad, un pueblito perdido en su propio tiempo, allá por el 1500.

Primero la Torre Manaca Iznaga y luego el Valle de los Ingenios. Región productiva en la que también se encuentran tejares y que en conjunto hicieron de ese pedazo de tierra recostado sobre el mar Caribe, un portento económico del que quedan sobrados vestigios.

La ciudad está resguardada y en proceso de puesta en valor, como todos los edificios importantes del país. Gran parte del casco céntrico está ya restaurado y ello atrae al turista, lo mismo que su “canchánchara”, un elixir a base de ron y miel con el que, dicen, los soldados espantaban las pestes del cuerpo y los sustos del alma.

Un tostón de cangrejos, como los que sirven en el paladar de “Pepe” López, un pequeño restaurante musical llamado “Guitarra mía”, paga con creces la visita a Trinidad, y hasta quizás, haga olvidar al visitante el esfuerzo de vencer las distancias para conocerla.

 

Pueblo musical

Julián Zini dice de los correntinos: “La música está en el alma de los hijos de este suelo/ Se les subió por la sangre de los talones al pecho/ Y les retoza en el alma, ni bien abre el instrumento”. Trabajoso encontrar, en poetas semejantes, descripción tan universal.

Habrá pensando, tal vez, en Compay Segundo, en Omara Portuondo, en Ibrahim Ferrer, en los muchachos del Buena Vista Social Club, cuya formación actualizada cualquiera puede ver y escuchar estando en el lugar indicado y con algunos dólares encima.

(Los jueves y sábado, por ejemplo, en el Hotel Nacional. En el Café Taberna, o en la Sociedad Rosalía de Castro, a razón de 30 o 35 CUC por persona. Pasa como con Tropicana, ese icono de la cultura nocturna cubana que está disponible por 60 a 120 CUC, que nunca está demás decirlo, se trata del peso convertible cubano que cotiza mejor que el dólar y apenas menos que el euro).

Para el resto la música está disponible casi en cualquier parte. En los hoteles, restaurantes, en los bares o al costado del puñado de mesas de los paladares que Raúl Castro reimpulsó al permitir entre otras cosas, este emprendimiento gastronómico privado.

“La música está en el alma de los hijos de este suelo”. Ya sea en clave de son, punto, rumba, chachachá, guajira, habanera, salsa o boleros, la música acompañará al visitante de la isla. “Dos gardenias”, “Chan-chan”, “Quizás” o “Píntate los labios María”, en versión de Omara, hacen que se curen todos los dolores. “Guantanamera”, al sonar siempre, le recuerda a uno que permanece en la isla.

Pero si además el público es argentino, no tardará quien dedique “Hasta siempre comandante”. Será emocionante, pero también cansador cuando se acumulen los días.

No obstante, siempre habrá un tema para salir del paso. Pues como la brasilera, la música cubana tiene “ese no sé qué” que enamora a uno, perdidamente y sin reparos. Puede que sea esa sensualidad que se desparrama con las melodías o la armonía de este pueblo que, al fin y al cabo, desde siempre hizo música “hasta con dos palitos”, según dijo un poblador que, además de saber por músico, sabe por viejo y erudito.

Fue este hombre una puerta de entrada a los escritos de Ana María Radaelli, quien en su libro “Destino Cuba”, cuenta al detalle la historia del “Chamamé a Cuba”, una pieza que a fuerza de elogios integra hoy la lista de temas oficiales en la discoteca del régimen. Bella versión, por cierto, la de Soledad Bravo, cantora revolucionaria…

¡Es la política, chico!

Adelante, nuevamente, después de una copiosa lluvia engendrada en las entrañas del trópico, el micro se abrió paso entre las sierras, las consignas, los poíos, las necesidades. La pobreza que se manifiesta como en cualquier lado, pero que en Cuba hace eclosión al punto de la urticaria.

Es difícil analizar Cuba desde afuera de esa cosmovisión que los mantiene en pie de lucha. Es imposible no comparar esos pobres isleños con los pobres de estas latitudes. Los de las villas miseria de La Habana con los del Gran Buenos Aires, o con los que Corrientes tiene aquí, a la vuelta de la esquina. O Chaco, Misiones o Formosa. Es imposible no decir que aquello es una pobreza despiadada. Pero aquí, por menos, los chicos se mueren, mientras que allá tienen obligación de estudiar y cuidarse. Que de eso se encarga el Estado, además de racionarle la comida para que al menos el hambre no sea lo que los lleve a la tumba.

¿Puede ser eso una pobreza digna, o la indignidad de la pobreza invalida el adjetivo?

La discusión no fue zanjada entre los colegas. Provocó sí un tono alto de discusión que con los días se atenuó, sobre todo después de escuchar a un músico en la sobremesa de una cena bien tendida en el paladar de doña Carmela, en los altos de La Habana.

–  “Es pobreza. Sí. Está ahí y hay que mostrarla y no negarla como pretenden algunos. Es pobreza, ¡pero suave, chico!”.

Suave. Curiosa calificación, pero que encuentra su contexto implícito en aquello de la educación. En situaciones como esas en que la policía y la directora de cualquier colegio cubano visitan la casa de un alumno a pedir explicaciones de por qué ha faltado un sólo día a clases. O en eso de la gratuidad y excelencia sanitaria. En aquello de la solidaridad a prueba de escasez o en todo aquello en que ha calado lo mejor del socialismo y que hoy, aun con las pérdidas económicas, está en salvaguarda en la cabeza y el corazón de muchos isleños.

De esta conversación, igualmente, es difícil salirse indemne. A veces faltan y otras veces sobran los argumentos. Todo, como siempre, dependerá del punto de vista. No obstante, lo embarga a uno, constantemente, esa sensación contradictoria de satisfacción por las posibilidades del hombre y, al mismo tiempo, de angustia por la maldad de la que es capaz la misma especie.

 

Bloqueo, el genocidio más largo de la historia

Aunque sea en plan de turismo, llegar a La Habana implica hoy, mucho más que eso. Ciudad de ciudades en Cuba, es además de la capital, la prueba de la revolución, su resultado. Es la plaza de Martí, del Che y de Camilo; cuna del capitolio más grande del mundo; dueña de los palacetes que aún pueden validar su título de obras de arte; pero también La Habana es una ciudad con escasez y barriadas pobres llenas de miseria y hacinamiento.

Es, por estos días, la ciudad que cree en el Papa, pese a no profesar el catolicismo. Cree en sus gestiones y en la amistad de la iglesia, después de tanto desaire, para retomar la senda del dialogo con Estado Unidos. Es, hoy, la reapertura de la embajada norteamericana en el malecón y el ondear de su bandera, después de largos años de prohibición.

Es la plaza de la Tribuna Antiimperialista, instalada justo enfrente de la oficina del embajador, atiborrada de mástiles con banderas cubanas y trapos negros que recuerdan a los caídos cubanos en distintos atentados. Se la conoce también como el “Monte de las banderas”. Parado en la zona uno entiende de qué se trata. Allí mismo el Estado cubano instaló sus consignas.

“Patria o muerte”. “Venceremos”. Así dicen dos gigantescas proclamas que apuntan a los ventanales vidriados del edificio diplomático abierto en 1958 y cerrado hasta hace pocos días atrás, como para que vayan sabiendo cuantos pares son tres botas o que no es posible que se sigan creyendo los “cheches” (patrones) del mundo, según definió un guajiro que migró del interior a la vieja ciudad amurallada.

Pasaron más de 50 años de revolución para que las relaciones vuelvan a tenderse, en las condiciones que predijo Fidel en 1973. Richard Nixon acababa de jurar su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos y terminaba la guerra de Vietnam. Fidel Castro, mientras, llevaba 14 años como primer ministro de Cuba y las relaciones con el país vecino eran inexistentes. Fue entonces cuando lo dijo: “Los EE.UU. vendrán a dialogar con nosotros cuando tengan un presidente negro y haya en el mundo un Papa latinoamericano”. Conjugadas las variables, las relaciones volvieron a abrirse, más pensando en los negocios y menos en las culpas. Un proceso lento pero que tiene a todo Cuba en situación de expectativa. La gente ya no cree solo en la revolución. Necesita otros valores, en el amplio sentido de la palabra.

Raúl cambió la perspectiva del cubano y se lo agradecen. Esperan. Le dan tiempo. Confían, más allá que ya anunció su retirada.

 

Dos noches en La Habana

Un Chevrolet azul del año 53 esperaba afuera de la casa para iniciar un paseo por la ciudad vieja. Son 7 milímetros de chapa, capaz de matar del susto -además del golpe-, si es que alguno te choca.

“Son autos pa´ toda la vida, chico”, dice el chofer, que hace el “favor” de acercar al grupo a la zona del Prado violando la ley, pues su vehículo, si bien tiene motor gasolero nuevo, caja restaurada y los frenos en orden, carece de aire acondicionado, lo que debería privar al tachero -según normas revolucionarias- de trasladar turistas.

Ya en el corazón de La Habana vieja, cuesta trabajo recuperarse del viaje en el tiempo. De contemplar la resistencia del pueblo y de sus cosas. Es inevitable la alegría por la restauración de los palacetes, monumentos y obras de arte (con fondos internaciones o con el 60% de los recursos propios generados por el turismo); pero también brota la tristeza por ver a la gente, a la mayoría, abandonada a su suerte, que en Cuba es casi nada.

Chicos jugando al dominó en sucias esquinas, mujeres en los umbrales, hombres bebiendo, ropas secándose en los balcones, cables que cruzan, se enredan y se caen en complicidad con la providencia, que evita las desgracias.

Taxis, bici-taxis, coco-taxis. La Habana es ciudad de mancomunión obligada por la pobreza. De frustración por el bloqueo, que no obstante los llevó a una conclusión inapelable: o se mueren o se salvan, pero eso será en conjunto.

 

En primera persona

Nunca pensé que lo que el mundo llama “contradicciones del régimen”, se me revelaría de manera tan categoría. Era de noche en La Habana. Unos colegas y yo acabábamos de bajar de una guagua (el transporte que vale menos de un peso argentino) y nos disponíamos a caminar hasta la casa que nos alojaba. Nos acompañaba Ernesto, otrora combatiente, compañero del Che en varias de sus luchas.

Ernesto ya no empuña un arma. Ahora es poeta, profesor de teatro, escritor de guiones, profesor de Historia y Filosofía en la Universidad de La Habana y en el Instituto Superior de Pedagogía. Conoce como pocos la ciudad y su historia que, generoso, él la cuenta.

Tiene en su casa más de 5.200 libros. Sabe de política local e internacional y la explica con la misma solvencia con la que enseña las ramas constitutivas del arte cubano.

Retirado a los aposentos de la antropología, describe sentimientos más que modos de ser. “Este es un pueblo erótico”, dice, “pero tiene miedo a la ternura”…

Pues bien. Ernesto, un combatiente con los padres de la revolución, fue un disidente de Fidel y ahora un admirador de Raúl, al que observa con cautela, pero también con esperanzas. Es un escritor de café, o de paladares, para decirlo en cubano. Pero a veces no consigue papeles y otras tantas se les acaban las lapiceras. Es común que ello ocurra en aquel pedazo de tierra lleno de carencias.

Por eso, casi siempre, chicos y grandes se acercan a los turistas por un poco de jabón, shampoo o caramelos. Chicos y grandes piden ¡caramelos!

Nuestro guía, Ernesto, es un dramaturgo de nota que veces, vaya paradoja, no tiene cómo escribir. Ni siquiera un lápiz. Eso también pasa en un país como Cuba, al que Ernesto no abandonó, como su familia, hoy radicada en Estados Unidos. Ernesto se quedó a resistir. Se enfrentó al régimen y ahora, con Raúl, piensa atenuar sus posturas.

Ernesto escribe. Por eso justamente y como un gesto de agradecimiento por toda la ayuda dispensada y el tiempo dedicado, aparté la mejor de mis lapiceras para obsequiársela.

Cuando un intelectual de su tipo llora de alegría y agradece un presente tan pequeño, además, con un abrazo, se caen a pedazos los argumentos.

–          ¡Qué día me han hecho pasar hoy, chico!, dijo Ernesto, secándose las lágrimas.

Ojalá supiera alguna vez el día que él nos hizo pasar a nosotros, me dije en silencio. Se despidió prometiendo usar la roller sólo para firmas importantes. Yo me despedí como quien se desangra, prometiendo volver algún día.

About the author: Eduardo Ledesma

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