Cristina conmoción

La decisión de alta política con la que Cristina Fernández de Kirchner sacudió ayer la modorra nacional constituyó una conmoción. Hasta los propios se sorprendieron. Los extraños se desconcertaron y los anti se dividieron en dos grupos. Los unos escupen fuego como dragón enojado y los otros aún no reaccionan, aplastados por el impacto de la noticia.

—¿Qué noticia?
Esa que motoriza la decisión de Cristina Fernández de correrse a un costado, de anunciar que será candidata a vice de Alberto Fernández y que competirá en las elecciones Primarias.
Tanto impacto causó la jugada (el tiempo dirá si fue táctica o estratégica), que el movimiento parece darle la razón a Alejandro Grimson, autor del libro “¿Qué es el peronismo?”.

—¿‏Por qué le da la razón?
Porque Grimson, un antropólogo social e investigador del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), viene diciendo hace tiempo que “el peronismo no deja de conmover la política argentina”.

—¿Y qué tiene que ver con la decisión de Cristina Fernández de Kirchner?
Eso justamente: que conmovió el tablero político nacional, les guste o no les guste a algunos o a muchos.

“De pronto surgió una perspectiva”, escribió ayer la filósofa Esther Díaz. “Una lección de gubernamentalidad. Un ejercicio de la política, no un mandato del márquetin. Sentido de la oportunidad, astucia razonada, conexión con los problemas reales, renunciamientos necesarios. Somos testigos de un gesto político notable, de un acontecimiento”, sentenció.
Tal “acontecimiento”, tiene reminiscencias históricas: Fernández-Fernández suena similar a Perón-Perón; Alberto al gobierno, Cristina al poder es igual a lo dicho y hecho por Perón y Cámpora. Hay otras referencias menos románticas, más dramáticas y un poco más alejadas de la realidad de este supuesto “renunciamiento” de Cristina, que acerca el recuerdo de Evita.
Pero más allá de la comparación en clave histórica, aprobatoria o condenatoria (pues hay para todo) este “acontecimiento” ya desdibujó varias otras candidaturas que ensuciaban el camino al acuerdo de un armado opositor competitivo. Además, dejó en falsa escuadra la estrategia del “populismo-venezualismo” de Cambiemos. Comprometió aún más al radicalismo que, dividido como está, no sabe si creer o no el golpe de efecto, si llamar o no a los peronistas para armar un frente alternativo, o si seguir o no en Cambiemos. (El gobernador mendocino Alfredo Cornejo dijo ayer, en Clarín, que tras la jugada de CFK, su propuesta para sumar peronistas a Cambiemos “está más vigente que nunca”).
El “acontecimiento”, en tanto tal, también, puso en modo de recálculo a los operadores internacionales y los organismos de crédito.
Sucede que Alberto Fernández puede encolumnar gobernadores, puede contener a otros referentes del peronismo de centro, federal, racional o como se llame; puede sumar a las clases populares, a los trabajadores y a sus líderes a los que ya envió señales de afecto y puede dialogar con aquellos que no lo harían con Cristina (ni ella con aquellos). Es que el hombre representa, desde las veredas del “márquetin”, como diría Esther Díaz, una figura más educada, o al menos más moderada que CFK. Alberto Fernández vendría a ser una figura de esas que le gustan al establishment comunicacional-institucional de la Nación, pues entre otras cosas encarna un antídoto para los fantasmas de la cesación de pagos y el aislamiento internacional. Es un constructor, dicen. Un componedor.
Ayer, igual, el desconcierto del establishment comunicacional-institucional de la Nación fue tal, que abordaron el acontecimiento con calificativos desdeñosos, ayudados con carpetas de servicios varios.
Extravagancia dijo uno; títere acotó otro. Alberto es un mentiroso, un doble agente, bramó una señora. Un verdadero panqueque sin personalidad, analizó alguien en Corrientes, para este cronista.
Ella es ella, más que nunca: pues nunca antes alguien renunció a los honores pero no a la lucha, se bajó un escalón y desde allí digitó quien estará en el de arriba. Genial, ironizó alguien más. Sustentan en esa movida la figura de la marioneta. (Además de actuar con los manuales de la infantilería política, quienes apuntan eso en realidad todavía resisten la inteligencia de una mujer como Cristina: la atacan y la niegan, creyendo que así se exorcizan de ella y del alcance de su expertise política).
“Es la admisión de que con ella sola no alcanza”, llegó a decir un radical correntino que pidió reserva tras la conversación con quien esto escribe. “El anuncio encierra el reconocimiento de que el cristinismo había achicado al kirchnerismo”, analizó un colega en la metrópoli. “Esta decisión implica nestorizarse para tratar de ampliar su base en busca de la recuperación del poder”. Etc., etc..

***

Sergio Massa fue el primero en ver la luz al final del camino:
“Tenemos la responsabilidad de construir una gran coalición opositora y una nueva mayoría para los argentinos, para derrotar a un gobierno que destruyó a la clase media argentina”.
“Creemos que es importantísimo construir no solamente un nuevo gobierno y una nueva mayoría sino un nuevo peronismo”, afirmó minutos después de que la ex presidenta anunciara su decisión a través de un video de Twitter.

Massa trazó así el objetivo: ganarle a Macri.

En la misma línea se leen las capitulaciones de Agustín Rossi y Felipe Solá. Se esperan más. Daniel Scioli optó por la idea de una gran Paso. Los gobernadores peronistas, varios de ellos, se mostraron “contentos”.

Ahora queda el trabajo. Para todos.

Queda el armado de un vehículo electoral amplio y competitivo mientras se generan los planes y proyectos para lo que viene: una Argentina con enormes carencias y dificultades. Una Argentina en la que será necesario fortalecer los mecanismos de gobernabilidad. Y esta será una necesidad para los Fernández eventualmente, como para los Macri o los Massa, los Lavagna o los Schiaretti. Para el que gane.
Queda además, mientras tanto, llegar a las Paso, después a octubre y tratar de que el país resista entero para encarar el proceso que comenzará el 10 de diciembre.

Queda por delante frenar el deterioro diario de la Argentina, de su gente.

Es allí donde radica la importancia de las señales que envíe el Gobierno a partir de este nuevo escenario. O de las que envíe Mauricio Macri. O el radicalismo en su calidad de socio-sostén territorial del fracaso de Cambiemos. Es que “Macri sólo le ganaba a Cristina, y capaz ahora no le gana a Alberto”, dijo ayer el histórico dirigente Julio Bárbaro. Antes era peronista; ahora es un inclasificable por la cantidad de boletos que se le ven en los bolsillos.
Además dijo otra cosa. Habló de conmoción: de una conmoción que sacudió a gobernadores, intendentes y dirigentes de todo arco político nacional. Y eso tal vez genere todavía más bronca entre los que minimizan la jugada y la descalifican, porque los globos y el ritual de fiesta de quince con música de Gilda nunca moverá las estructuras políticas de la Nación como movió un video con voz en off de CFK, transmitido por Twitter.
Por eso los berrinches en los referentes más desbocados e irresponsables del macrismo que, ante la falta de argumentos, azuzan el miedo, insultan. Fracasan también allí, en la reacción ante una jugada política que pone fichas nuevas en el juego cuyo resultado se conocerá recién el mes de octubre.

—¿Qué hay además, mientras tanto?
La pequeñez de aquellos que recuerdan los días en los que Fernández y Fernández tenían visiones distintas de la política, del gobierno, del país. Opinar distinto lo hizo distinto a Fernández. Y ahora la hace distinta a Fernández.
No obstante ello, al traer esos recuerdos, los odiadores de clase, los fanáticos y los interesados beneficiarios del statu qúo actual no ven que el “peronismo jamás será atrapado en una frase”. Desconocen que para explicarlo es necesario “escapar del análisis unidimensional y desplazarce a un abordaje multidimensional”, como dice Grimson. No alcanza con el enojo.

¿Por qué?
Porque “el peronismo nació y se configuró como un espejo invertido del antiperonismo”, y ambos corren a la par desde hace más siete décadas.
Y el antiperonismo, y su primo hermano el macrismo, son hoy los jefe de campaña de un espacio en formación que puede, si sabe, liquidar el pleito en una pasada.

Sin elecciones

La Argentina, últimamente, no es noticia: eso es, para los argentinos, una gran noticia. Y nos sorprende: ya hace semanas, incluso meses que la Argentina no produce sorpresas, que todo se desarrolla en la dirección y al ritmo previsibles. En medio de crímenes diversos, que los medios relatan con regodeo y babita, se constata la obstinada degradación de las condiciones económicas y sociales, la obstinada acumulación de causas judiciales contra Cristina Fernández de Kirchner, sus socios y amigos y familia, la obstinada preparación de las elecciones que, desde marzo a noviembre, mantendrán al país ocupado o como si.

La forma de estas elecciones ya es un disparate y es, también, el síntoma más claro de un liderazgo roto. Los gobernadores provinciales que buscan su reelección desconfían de sus supuestos jefes nacionales y no quieren que les hagan perder votos, así que, para distanciarse, convocaron sus elecciones en fechas distintas de las presidenciales —y distintas entre sí—. Será un festival: desde el próximo domingo 10 de marzo hasta el domingo 16 de junio solo habrá tres fines de semana en que no se elegirá a algún gobernador. Son los que corresponden a tres feriados nacionales —el 24 de marzo, el 1 de mayo, el 25 de mayo— pero el Domingo de Resurrección sí habrá voto en San Luis.

Esa avalancha arrolladora de elecciones deberá conducir hacia el gran estallido final: el 11 de agosto se harán esas “primarias abiertas” cuya función real no entiende nadie, el 27 de octubre la primera vuelta de las presidenciales y las legislativas nacionales, y el 24 de noviembre, el balotaje que decidirá el próximo presidente o presidenta o presidento de la República Argentina. Será el Día de la Resignación, un gran momento del rechazo: elecciones que no van a decidir quién debe ser el presidente sino quien no debe serlo.

Hay dos candidatos excluyentes: Mauricio Macri, Cristina Fernández de Kirchner. Todas las encuestas muestran que más de la mitad de los argentinos no quiere votar a Macri. Y que más de la mitad —otros, los mismos— de los argentinos no quiere votar a Fernández. Más allá de odios particulares o prejuicios varios, no hay duda de que los dos se ganaron ese rechazo con cuidadosas gestiones de gobierno.

Tras ocho años de presidencia definida por la intolerancia y la soberbia, Fernández entregó un país con 29 por ciento de personas pobres, un déficit fiscal incontenible y un 125 por ciento de inflación en sus tres últimos años a un sucesor que hizo campaña diciendo que nada era más fácil que bajar la inflación, que no entendía por qué no lo habían hecho.

Que no entendía estaba claro. Ahora, tras tres años definidos por los errores y rectificaciones y más errores y menos rectificaciones, el gobierno del sucesor Mauricio Macri acumula una inflación de casi el 160 por ciento. En ese lapso la deuda externa aumentó más del 30 por ciento, el PBI bajó más del 15 por ciento, el precio de los servicios se triplicó y la cantidad de pobres creció en un 15 por ciento. La obsesión de sus publicistas es buscar alguna cifra positiva —y no la encuentran—.

En síntesis: está claro que los dos fracasaron tristemente en sus intentos de mejorar el país que recibieron de sus predecesores; que los dos lo empeoraron y empeoraron, sobre todo, las vidas de los que más apoyo necesitan. Y, sin embargo, las mismas encuestas también dicen que un tercio de los argentinos quiere votar por cada uno de ellos y que, por eso, su próximo presidente será Cristina Fernández o Mauricio Macri.

O, dicho de otra manera: si todo sigue su curso, los argentinos elegirán para gobernarlos a una persona que cuenta con el rechazo de más de la mitad, porque su otra opción despierta más rechazos todavía: el mal menor elevado a estrategia de Estado.

Los dos candidatos, por supuesto, juegan con esa situación. El mayor mérito que exhibe cada uno de ellos es no ser el otro. Las encuestas dicen que Macri tendría menos intención de voto que Fernández pero que, ya en la segunda vuelta, Fernández provocaría más rechazos y entonces él le ganaría. Macri necesita a Fernández para poder ser el mal menor. Es la misma política que usaron, durante años, Cristina y Néstor Kirchner: hacían todo lo posible por conservar a Macri como rival porque muchos los votaban a ellos para impedir que ganara él. Y ahora él hace lo mismo con ella, y la Argentina lleva más de una década entrampada en esta treta de pelea de barrio, en este barro inútil.

(Pero el precio que pagó Macri para recuperar a su enemiga útil fue muy alto: solo el fracaso de sus políticas económicas consigue mejorar la imagen de Fernández, que terminó su gobierno muy desprestigiada y, desde entonces, se siguió desprestigiando más y más con revelaciones sobre sus tan variadas corruptelas. Hay quienes se sorprenden de que los argentinos quieran que los gobierne una señora con tantas y tan fundamentadas causas criminales. Pero la corrupción despierta una indignación variable y funcional: es el reproche más vehemente cuando un sector social rechaza la política de un candidato o un gobernante, pero se olvida cuando esa política les parece deseable o encomiable).

Así está, ahora, la Argentina: entre dos variaciones del fracaso, dos pasados que luchan por no pasar del todo. No hay ninguna razón —ellos no la ofrecen— para creer que ahora van a hacer bien lo que ya hicieron tan mal, pero las tentativas de producir opciones nuevas no prosperan. Es cierto que, en su mayoría, las llevan adelante jóvenes viejos del “peronismo civilizado” —con perdón— como Sergio Massa y Juan Manuel Urtubey, caudillos locales cuarentones guapetones bien trajeados que se parecen demasiado a una mezcla de los dos malos conocidos. Y que ahora, informados de su inviabilidad por las encuestas, están tratando de inventar algún otro candidato, como el ex ministro de Economía de Duhalde, Roberto Lavagna. No parece que vaya a despegar, no suscita entusiasmos ni tiene por qué.

Así que lo más probable es que se imponga el mal menor, que siempre es mal pero nunca menor. En las últimas décadas, la Argentina se ha especializado en innovar: busca incansable —y encuentra, solvente— formas nuevas de la degradación. Esta, la de un país que se resigna a reelegir a uno de dos fracasados porque no tiene la audacia o la imaginación o la consecuencia necesarias para buscar otras salidas, es una nueva cumbre: la promesa de otros cuatro años perdidos.

Quedan todavía unas semanas; quizás en ellas pase algo y la Argentina recupere su poder de sorpresa. No parece. Mientras tanto, la política del menos malo es la mejor forma de seguir fomentando el descrédito de la política, de confirmarla como un juego ajeno, inútil, casi innecesario —y abrir la puerta a vaya a saber qué apóstoles y espadachines—. Bolsonaros y trumpitos se restriegan las manos. Para contrarrestarlos deberían aparecer opciones nuevas: no personas sino proyectos, debates, la búsqueda común de una idea de país. Llevamos décadas sin hacerlo; ya no está claro que sepamos cómo.

Marcelo Leiras: “Cristina sigue haciendo lo mismo desde 2011”

Lo que pasa es que el compromiso ideológico de los votantes es consecuencia y no causa de las alianzas de los candidatos. Suponete que sos un votante de centroizquierda. Una vez votás a Binner, otra a Stolbizer. Pero los tipos se te van corriendo. No es que vos cambiás, se corren ellos.
Probablemente los únicos que no se corren son la izquierda clasista, pero el resto son muy volátiles en su política de alianzas. ¿Eso quiere decir que la gente no tiene convicciones fuertes? No, eso quiere decir que los candidatos buscan maximizar lo que creen que les conviene más en cada momento. Y también tienen políticas de muy corto plazo.
Si vos te movés mucho ideológicamente, por ahí maximizás en el corto plazo pero minimizás en el largo plazo. Me parece que la volatilidad del electorado es más reflejo del híper-cortoplacismo de los dirigentes. Y sin duda creo que la ideología es un fenómeno muy importante para explicar el comportamiento electoral.

Este es un extracto antojadizo de una muy buena entrevista de Eduardo Castilla para La Izquierda Diario, en la que Marcelo Leiras habla de las Paso: pero en realidad, habla de historia, del presente y del futuro político argentino. Vale la pena tomarse unos minutos para entender la realidad que vivimos:

Leer la nota completa acá:

Marcelo Leiras: “No es novedoso lo que ocurre, Cristina sigue haciendo lo mismo desde 2011”

Volver al pasado

Muchos manuales de consultoría política sostienen una tesis dominante y comprobada de que las campañas electorales e incluso las permanentes son mucho más retrospectivas que prospectivas. Priman los argumentos relacionados con el pasado del que se sacan tajadas positivas y negativas, según la conveniencia del momento.
Esta aseveración de corte teórico encuentra en el país ejemplos confirmatorios a raudales. Pero no es todo: los movimientos políticos de Corrientes elevan a la categoría de teorema esas aproximaciones que aportó la Comunicación Política a lo largo de los años.
La referencia al pasado está muy presente en la Argentina: en el peronismo que recuerda a sus muertos, Perón y Néstor, y olvida estratégicamente a sus vivos: los 5 presidentes de aquella semana trágica de 2001 y a Cristina Fernández de Kirchner, que respira bajo mullidas alfombras de expedientes judiciales.
Y también está en el radicalismo que ensalza a Alem, Illia, Balbín y Afonsín pero ningunea a De la Rúa, su fracaso y sus consecuencias derivadas.
En ese contexto, el clima de proselitismo espeso en el que está entrando esta nación, al parecer atonta al Gobierno de Mauricio Macri que no ceja en su amontonamiento de errores, los que podrían condicionar su medio término y con él toda su proyección de futuro. Sus buenas intenciones, debe saberlo el Presidente, no conmueven el corazón del peronismo que se recicla oliendo, persiguiendo y bebiendo la sangre de los débiles.
Pero más allá de la política, tampoco esos buenos deseos llenan la olla ni apaciguan la angustia de las clases excluidas y trabajadoras, que sienten en la espalda el peso del ajuste, en los bolsillos la inflación y en toda su carne los despidos propios, de amigos o familiares. La vuelta a lo peor del cirujeo que perfiló la última crisis terminal de la Argentina.

***

Y Corrientes, que ahora marcha al ritmo del disco nacional, no está ajena a esa triste melodía. Y aún así, el tópico es el pasado. Es la materia que han elegido los estrategas del Gobierno de Ricardo Colombi para salir a barrer las aspiraciones del candidato peronista con el que -como pasó en 2013-, el radicalismo y sus aliados menores saldrán a confirmar la grieta electoral-política y a tratar de sobreponerse al obstáculo de esa polarización.
Para el colombismo y su troupe de “aspirantes”, Camau Espínola es el pasado: el kirchnerismo, los bolsos de López, las obras de De Vido y la billetera de Báez; la prepotencia de Cristina, la indiferencia organizada y sistemática del Estado o, recientemente, la farsa de Milani, el general represor con el que el cristinismo sostuvo su política de Derechos Humanos. El castillo de naipes de ese cuento acaba de implosionar.
Para el peronismo fabián-camausista, en tanto, que por un rato entendió que había que buscar al enemigo afuera, el pasado está corporizado en Macri: en el neoliberalismo, en los ajustes, en las mentiras sistemáticas, en las fallas políticas que abrevan en la fuente de los imberbes (o de los imbéciles) y en los datos que le reflejan sus propias planillas de Exxel: en poco más de un año de Gobierno, Macri y otros 50 funcionarios suyos ya están imputados por hechos de corrupción.

***

(¿Está claro? que) no es lo mismo tirar bolsos llenos de dinero a un convento, traer o sacar plata en aviones, o enriquecer a tu familia completa, que perdonarle a tu papá, desde el Estado, unos 70 mil millones de pesos, mientras por otro lado le sacas “20 pesos” a los 7 millones de jubilados por en “error de cálculo”. Que no es lo mismo tener a un represor montando escena como guardia de los desaparecidos, que un aduanero que reivindique a los represores. ¡Qué cosa! ¡Tán distintos, tan iguales!
La retrospección, queda demostrado, es un camino peligroso. Lo es en la Nación y lo es también en Corrientes. Sobre todo porque los que disputan el control del Gobierno en todos sus niveles tienen más pasado que futuro y un presente de quietud y mentira.
Debería tener cuidado el Gobierno de Corrientes cuando habla del pasado, porque sacando cuentas, si el kirchnerismo es pasado, el colombismo ya lleva en el poder más que los Kirchner y sus crías. Y eso sin hablar de aquellas épocas en las que compartían escenarios y hasta afiches electorales.
La oposición peronista, por su parte, tiene en su carga genética parte de lo poco bueno y lo mucho malo que le pasó a este país. Cuando estuvo porque estuvo y cuando no, porque hizo lo posible y lo imposible para volver haciendo zancadillas y repartiendo codazos.
El peronismo, que es alérgico al llano, debería en algún momento hacer su mea culpa. Un paneo basta para ver entre sus filas la condensación de promesas sustentadas en el curriculum de algunos de sus miembros, pero también el prontuario de lo más nefasto de la historia reciente del país, y también de Corrientes: dirigentes extraviados, sin votos y dañinos que han hecho del travestismo político su forma de vida. Y que devienen hoy -porque los han dejado- en generales plenipotenciarios que se aprovechan del desprecio interno en el que transcurre el PJ correntino detrás de la retórica del consenso.

***

El panorama no es el mejor. El país se debatirá este año entre dos formas de pasado: entre el que encarna el kirchnerismo-peronismo y el que encarna el macrismo-menemismo-aliancismo. Dos formas de gobierno: el del call center atendido por pasantes o el del látigo de los barones y baronesas. Por el momento al menos no hay posibilidad de síntesis.
El gobierno de Corrientes se desmarca: está aprendiendo a usar su call center, trolls y demás servidores humanos de propagandas varias, pero siempre respondiendo a la matriz de otro tiempo, analógica y ciertamente autoritaria: la de un líder que manda y del resto que se encolumna. Cualquiera que encarne un desafío a ese andamiaje no tiene otro destino más que el de la morgue de los burócratas ambiciosos.
Es difícil, en ese contexto, que unos y otros hablen de las bondades de la democracia que no practican ni entre ellos. El radicalismo primero y el PJ la última semana, dieron muestras de gambeta electoral que atiende a múltiples razones, todas ellas ponderables, pero que socavan el sistema, minimizan la participación ciudadana y terminan reduciendo la política a las lógicas primitivas de mando que se heredó de la revolución francesa: el gobierno de elegidos.
Y después está el discurso que se estructura en esa urdimbre funcional. Un referente de ECO+Cambiemos dijo la semana pasada que Espínola no puede ganar porque ya perdió en 2013. En el mismo acto y en la misma radio, ese mismo senador-candidato ponderaba la candidatura de Tassano, que paradójicamente también ya perdió, en 2009.
En paralelo, un referente del PJ-FPV dijo que si llega al poder pujará para evitar que los funcionarios se enquisten en el poder. Daría por terminado, prometió, con aquellos que no conocen otro trabajo más que cobrar del Estado desde que se fue la dictadura.
Se refería al cargo de gobernador y esa prohibición ya está en la Constitución, pero lo que plantea el muchacho es un régimen al estilo norteamericano: dos períodos y a la casa.
Se trata de un acto de voluntarismo puro si se tiene en cuenta que en el mismo sector que él lidera, para estas mismas elecciones, postularán a candidatos que tratarán de encontrar una hendija judicial para burlar las trabas de continuidad que hoy mismo tienen  la Constitución y las cartas orgánicas. Lo que se dice cinismo puro.
Ni hablar de las promesas. El colombismo hará hincapié en las promesas incumplidas de sus oponentes y, por el contrario, tratará de cortar todas las cintas posibles antes de las elecciones. La autovía de la Capital se inscribe en ese esquema. La obra la anunció CFK con Camau, pero la inaugurará -se cree- Macri con Ricardo.
De otro lado la zona de promesas es grande: viviendas, caminos, energía, trabajo. La Coca Cola que no viene no se sabe si por las condiciones fiscales del país o por las condiciones jurídicas de la provincia. Lo concreto es que no llega.
Así es difícil la cosa. Tan difícil como la tiene el presidente. Según el Macrimetro (una iniciativa civil, colaborativa y apartidaria que tiene por objetivo verificar el cumplimiento de las promesas de campaña del presidente), Mauricio hizo en campaña 265 promesas. Lleva en el cargo 435 días. Cumplió 10, incumplió 4, 27 están en progreso y 224 promesas están pendientes.

***

Ojalá una iniciativa como esta se ponga en marcha en Corrientes, entre otras cosas, para evitar que las barbaridades que se dicen tengan un mínimo control que escape a la protección de los medios, muchas veces demasiado cercanos a la lógica del discurso único que con dinero público se convierte en hegemónico.
Alguien debería ponerle un coto a la paparruchada de defender el Iberá hasta el 10 y entregarlo el 11 de diciembre; o la berretada de la emancipación con la que se trata de encubrir la mas absoluta dependencia. Pasó con el kirchnerismo. Pasa hoy con el macrismo. En fin, es peligroso hablar de pasado, más aún del pasado reciente que muestra más continuidades que cambios.

El poder y la política del torniquete

Romper acuerdos en Corrientes tiene sus consecuencias, y más si tu socio es del poder o aspira a serlo. Por el contrario, celebrar entendimientos es un acto tan curativo y pacificador que es capaz de juntar sin problemas el agua y el aceite, cosa que hasta hoy la química no pudo. Vigilando todo, cierto poder corporativo, inamovible, que es capaz de bajar pulgares recibiendo instrucciones por teléfono, desoyendo lo que han estudiado al sólo efecto de mullir con su genuflexión el sillón de los que mandan.
Para decirlo de otro modo. En los últimos 15 días, la política nacional y la correntina, que vienen alineando planetas, han roto y celebrado acuerdos. Las consecuencias fueron múltiples y de toda caladura, con heridos de toda laya. Tanto ha pasado, que algunos protagonistas de este juego sintieron escozor y hasta un poco de vértigo.
Aún hoy, poco se sabe de la raíz del descontento, pero lo cierto es que después del asado con postre vigilante en la casona de la calle Mendoza, el gobernador Ricardo Colombi y su ex par, Raúl Rolando Romero Feris, parecen caminar veredas opuestas.
Sucede que en poco más de un mes se ha pasado de un polo a otro sin escalas: de la posibilidad de teñir de naranja el gabinete radical, a la compra de más pintura verde, de esa semifosforescente con la que vienen coloreadas hasta los remedios de gentileza. Se pasó de la eventual firma de un indulto y de la consecuente rehabilitación política de Tato (que hoy ni siquiera integra el padrón electoral), a la confirmación de varias sentencias que dejan al otrora hombre fuerte del nuevismo casi casi con los dos pies dentro de la cárcel. Uno nunca lo sacó.
Aquí el primer interrogante, puesto que es difícil determinar -a juzgar por la historia judicial de una provincia como esta-, si los fallos del Superior Tribunal que dejan a Romero Feris en el limen del calabozo, obedecen a una cuestión estrictamente técnica, presionada por las partes litigantes, o si responde a un mandato aleccionador por el vaivén que vienen demostrando los votos nuevistas en la Legislatura, contados en la teoría como socios y que en virtud de ello (y del raleo de la UCR y sus aliados) resultan cruciales para cualquier aspiración del Gobierno.
Ricardo Colombi -vaya novedad- necesita los avales parlamentarios del Panu, pero últimamente no los tiene. Sin querer queriendo, entonces, el torniquete judicial se cerró sobre el pescuezo de su líder, más allá de los méritos, sobrados y probados, que hizo el hombre de las botas y el sobrero de corcho para padecer la situación que padece. Fuentes judiciales juran y perjuran que esto no es así.
Sostienen que la movida del Superior Tribunal de Justicia, primero ratificando la unificación de tres causas de Tato Romero Feris (que lo mantendrían 7 años y medio en estado de reclusión, pagando además un resarcimiento de más de 8 millones de pesos) y luego confirmando una sentencia por peculado contra él y Lucy Ortega, se ajusta a cuestiones estrictamente técnicas. “A nosotros nadie nos llamó”, dijo una fuente judicial.
Pues entonces es la “oportunidad”, ya que después de tantos años de freezer, surge cierta celeridad que parece revestida con enduidos de la política, aunque nunca pueda probarse, y en este punto nadie puede alegar torpeza de ingenuidad. Menos aún si se tiene en cuenta que tales expedientes contienen la inhabilitación perpetua de Romero Feris para hacer lo que más desea: reinventarse y conseguir el jubileo moral a través del voto popular. Justo lo que vociferó al levantar los platos de la mesa en la que convidó costilla y chorizo a Ricardo Colombi.
Sumado a ello, el oficialismo gobernante tomó las riendas de la Legislatura y rectificó, en 24 horas, el parate de la semana anterior fogoneado por un sector del peronismo que quiso imponer condiciones políticas y de poder, planteando en el mismo acto una suerte de desestabilización que el Gobierno no estuvo dispuesto a soportar.
Resignó los votos nuevistas, pero los canjeó por los de un pedazo de PJ y colocó a Tamandaré Ramírez Forte en la Secretaría de Comisiones de la Cámara baja, bloqueando con esa designación las aspiraciones de Rodolfo Martínez Llano de disponer de ese espacio (crucial por el manejo de información reservada de todo del proceso legislativo) para dejárselo a un depositario de su riñón partidario: Fabio Soto. Un día después, el Senado sancionó el Código Procesal Penal, con acompañamientos mayoritarios y las abstenciones de dos senadoras de apellido: Nora Nazar de Romero Feris y Carolina Martínez Llano.
Mientras todo esto ocurría, el diputado peronista Hugo Vallejos, desconocido por su propio bloque, y el mismísimo Ramírez Forte, festejaron el triunfo de su designación denunciando aprietes y el “resurgimiento de métodos extorsivos, al estilo clarinista”. Ligaron de ese modo a un sector de la prensa local a las prácticas con las que Héctor Magneto, CEO de Clarín, quiere someter al Gobierno nacional, según denuncia el kirchnerismo.
Hubo otros festejos, más privados, cuando el Senado sancionó el Código Procesal, puesto que el avance de este proyecto, largamente debatido, molestaba a cierto sector que era tenido en cuenta hasta que “derrapó”, según dijeron varios estrategas. Entonces llego la reprimenda: la sanción del código y a otra cosa. A llorar a la cruz mayor. La ultima palabra ahora la tiene Diputados.

Las señales
Pero las aguas no se mueven en una sola bahía. La semana que pasó, habilitó un proceso de reconversión política que sólo hace algunos meses parecía imposible. Ricardo Colombi, en Casa de Gobierno, recibió en su calidad de funcionario nacional a Carlos Mauricio Espínola, actual secretario de Deportes. Firmaron acuerdos, se sacaron fotos y hasta sonrieron. Dejaron atrás el pasado (lleno de porquerías que ambos se han tirado durante la campaña electoral que terminó en septiembre de 2013) y se dispusieron a mirar el futuro. En esa mesa del Salón Amarillo donde ocurrió el acto, se encontraron -observó alguien-, los dueños del 95% de los votos correntinos.
Casualidad o no, ambos dirigentes pusieron en marcha un plan que va más allá de los acuerdos de gestión, pues por encima de lo que pueda decirse formalmente, no puede soslayarse que la foto de Camau con Lalaca ocurrió días después de que el Superior Tribunal de Justicia, nada menos, exhortara a un juzgado a clausurar la instrucción de la causa del derrumbe del edificio de la calle San Martín, en el que murieron 8 obreros, desprocesando en el mismo acto al ex medallista olímpico y a varios de sus amigos funcionarios.
Algunos de ellos acompañaron al ex intendente al despacho de Colombi, donde después de la firma de los convenios platicaron de política. Trascendió por los medios que se habló de “articular” (vaya palabra) acciones en beneficio de los municipios, y buscar los caminos para encontrar canales de diálogo.
Lejos de todo esto aparece el actual intendente y titular del Partido Justicialista, Fabián Ríos, que tiene literalmente cuentas pendientes con Colombi y debe resolver asuntos internos con Espínola.
Ríos, lejos de la movida y asfixiado en su economía. Tato, solo y a pasos de las rejas. Los molestos, molestados y apretado el que aprieta. El hilván de la política que no cambia de objetivo: la domesticación del otro, por obediencia o compulsión.

El conflicto
Así las cosas, el devenir político de Corrientes advierte una certeza: nada es más sanguinario que uno de sus miembros amenazado en su gobernabilidad, en su libertad, en su patrimonio o en su poder. Se dispone a la refriega, pero abandona el juicio, como un perro cuando come.
Es trágicamente triste ver, en este contexto, la pelea de los peces gordos, porque se disputan lo propio, pero también la tajada de los ajenos por su irrefrenable conducta desmesurada, acaparadora. Víctima de esto, en las últimas dos semanas, fue (al menos) la institucionalidad.
Cayeron dos sesiones en la Legislatura; se expusieron los desencuentros, producto de acuerdos atados con alambre que empezaron a crujir; hubo reposicionamientos parlamentarios y mayorías ficticias que alentadas por diversos operativos, intentaron montar realidades paralelas; surgieron afirmaciones rápidamente desmentidas; pases de factura, denuncias varias y varias caídas de martillo. Todo lo peor de lo de siempre. Señores de las sombras que salen de día y se encandilan, quedando a tiro de escopeta, como las liebres y conejos; rápidos siempre, pero propensos a la parálisis por la luz.
Más o menos con los mismos actores, pero claramente sin cambios en las prácticas, la oficialidad vernácula abrió el escaparate que resguarda los sucesos de los ‘90, sin medir que esa acción revitaliza a los que eran y ya no son, a los que son pero no eran y a los que permanecen agazapados en sus rencores para practicar la venganza.
Reactualiza lo más dañino de las corporaciones siempre listas para arrodillarse ante el poder aún dilapidando curriculum en ese albur.
En síntesis, más de lo mismo: corrupción revocada con acuerdos que se descascaran por imperio de las traiciones, siempre a mano en los despachos palaciegos.