Un chamamé en Aruba

La música, tranquila, en guitarra, sonaba de fondo.

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Raro ambiente nocturno el de Aruba en una casa baja, de las afueras. Lejos (si es que vale el término en un país de apenas un puñado de kilómetros) de la costa y por tanto, del lujo de las residencias particulares y cadenas hoteleras más importantes del mundo.
Era una casa de barrio como cualquiera, pero esta era una casa del caribe holandés, lleno de funcionarios que esperaban al menos dos o tres horas antes a un grupo de periodistas de los medios más importantes de la Argentina.
Un desencuentro, pero también el letargo que produce la belleza misma del lugar, retrasó al contingente de una actividad montada al afecto: degustar comida y bebida típica en una casa de familia, todos vestidos de blanco, a la luz de las velas y de la luna caribe, en compañía, nada menos, de una referencia musical y cultural de la isla.
Nadie lo sabía. Ese hombre de color, que parecía sacado de las formaciones originales del Buena Vista Social Club, empezó a descomprimir el aire y los estómagos. La comida, pero sobre todo la bebida, empezó a fluir como las charlas que en plan de intercambio sostuvieron los invitados. La música empezó a llegar, también, envuelta en su magia cautivante.
Así se escuchó un tango, homenaje en clave insular para los ilustres visitantes. Temas inmortales de la entrañable Mercedes Sosa en castellano, pero también en papiamento, holandés e inglés; en cualquiera de las cuatro lenguas vivas que se hablan con asiduidad cotidiana en esa la isla que no es más que la mitad de Apipé Grande, aquel escollo de tierra correntina rodeado de aguas paraguayas que se hizo famoso por su vecindad con la represa de Yacyretá.

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Por un momento, la atención se volcó hacia el cantautor. La cadencia de su arte se hizo intensa, como la comida, rica en sabor y aromas, pero también como la experiencia que se esconde detrás de la tranquilidad de las aguas color turquesa y las arenas color hueso que distingue a este pedazo de tierra con los atributos del bíblico Edén.
Fue entonces cuando se produjo el milagro: un chamamé, canalizado en un mejunje de voces, empezó a sonar sin pedir permiso en la mismísima isla en la que descansan, de tanto en tanto, los reyes holandeses.
Las alas de la cultura que atraviesa a los pueblos, llevó la semilla que hizo germinar en aquel saliente de un mar mitológico, al “Carito” de Tarragó Ros y León Gieco.
Fue suficiente. El hechizo cumplió su objetivo. Pero, ¿quién era aquel que remedaba el chamamé de Cocomarola en una isla que contiene a la “Eagle Beach”, una de las diez mejores playas del planeta?
¿Cómo se llama ese viejo caribeño, con facha de Cuba, que se bebió sin prisa el sol de Aruba, que en este paraíso no se hace rogar casi nunca? ¿Quién es aquel que entendió, casi sin conocerla, a la lluvia que acompañó a Gardel, Atahualpa, o a la Negra Sosa en sus caminos de la América profunda?
¿Quién es este que protesta como Teresa Parodi en uno de los destinos turísticos preferidos por muchos enamorados y donde, por tanto, casi casi que reina la dicha en todas sus formas?
Amayra, otra negra caribe, que se fue convirtiendo con los años en una avezada guía de turistas, intentó miles de respuestas…

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Mientras el encanto musical seguía en curso, periodistas de toda la Argentina -entre ellos uno de El Litoral-, hacían lo que mejor saben: comer, beber, preguntar y dejarse sorprender. ¿Qué es eso del cinturón de huracanes? ¿Cuándo vendrá uno a llevarnos hasta el fondo de los arrecifes?, preguntó un cordobés parlanchín.
La respuesta, en prudente tono holandés de una de las dueñas de la fiesta, integrante también de la Autoridad de Turismo, no se hizo esperar:
-Estamos debajo del cinturón, por eso nunca hay huracanes por aquí. Aruba tiene días de 27 grados centígrados durante todo el año, vientos refrescantes característicos y baja humedad. Por eso es el destino turístico perfecto para todos los gustos.
¿Llueve?
-Casi nunca.
¿Cuándo es preferible venir?
-Cuando quieran. El clima es igual casi todo el año.
¿Y la comida?
– Unas 90 nacionalidades influyen en la cocina de Aruba, con platos locales como el gouda glaseado del keshi yena, que es como un guisado de carne (de res, pollo, cerdo o cabrito) con cebollas y morrones que, acomodado en cama en una fuente, termina su cocción con una manta de queso. Pero también lo mejor de América del Sur, Europa y el Caribe se juntan en los menús favoritos de la isla, que los hay, claro, para todos los gustos. No falta el asado, por supuesto, y tampoco una parrilla argentina.
Para estar “cerca de casa”, cualquiera puede preguntar por El Gaucho. Desde 1977, este restaurante da de comer a turistas de todas las latitudes, pero sobre todo, atiende a los argentinos que cada vez más viajan a Aruba.
Podría decirse que eso, el asado y la comida en general, pero también la bebida (por ejemplo el coctel “Aruba Ariba”, preparado con ron, vodka, tequila, triple seco (un licor incoloro hecho de la destilación de la cascara de naranja), jugo de limón y naranja, crema de plátano, granadina, cereza y hielo picado), constituyen una de las tantas certezas de la isla: hay en abundancia y muy sabrosas.
Sólo basta con pasar por Old Fisherman, por caso, para probar lo que pueden hacer con los frutos del mar o con las sopas de productos de la zona. O, para los más exigentes, hacer una reserva en La Trattoría del Faro Blanco, en la punta norte de la isla, donde, según advierte su muy amable anfitrión, no se repiten puestas de sol desde los siglos de los siglos.
Estando por allí, es verdad, uno cree encontrar el verdadero gusto de la vida: puede sentirla más plena, aunque cueste un poco más, o bastante más que otros tantos sitios que natura aún provee, pese a las sinrazones del hombre.
Si además, la puesta del sol logra cautivar a uno con el poder que implica creer que es única, estaría resuelto el valor sentimental de uno con el lugar. Estando allí, viviendo esa experiencia, no habrá quien no sienta ganas de jurar y perjurar que volverá.

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Es que Aruba es más que una línea de costa con las mejores playas que pueda disfrutar la humanidad.
El turquesa de las aguas; el blanco de la arena que además no quema los pies; y la sombra de los divi divi, esos arbolitos que se orientan con los vientos, y que al natural parecen de cuento; constituyen sólo el portón de entrada a un lugar de ensueño en el que viven unas 110 mil personas de unas 90 nacionalidades, entre ellas unos cuantos argentinos que decidieron poner allí una dirección postal.
Aruba es una isla independiente, pero con una marcada influencia holandesa, reino del que ya no depende en términos políticos ni administrativos, desde 1986, pero si en asuntos exteriores y defensa. Es la casa de verano de la reina Máxima, connacional, esposa del rey Guillermo de Holanda. Es un poblado lleno de turistas donde se mira fútbol en color naranja o, eventualmente, en celeste y blanco. Máxima y Messi siempre son referencia, sobre todo en la charla con argentinos.
Aruba es más que sus hoteles, como los de la cadena Divi; el Phenix Pure Ocean, que ofrece almuerzos y cenas a orillas del mar, a la luz de velas y antorchas; o los aristocráticos Renaissance, donde se alojan los monarcas y sus cortes; o quizás más que el The Ritz Carlton, que categoriza su lujo en diamantes.
Más que sus bares en la playa, como el altamente recomendable West Deck, lindero del parque Reina Wilhelmina; sus rumbas atiborradas de estadounidenses, pero también de vecinos de la costa continental venezolana o colombiana, desde donde un experto podría llegar a nado.
Es más que sus paseos en lanchones, la adrenalina del chapuzón a mar abierto, o sus expediciones a barcos hundidos que ofrece De Palm Tours. Más que su paseo en tranvía por el centro, sus shoppings, sus ferias en la plaza Nikki Habibe; más que sus rocas de Casibari y Ayo, que además permiten un avistamiento casi total de la isla.
Aruba es mucho más que un parque nacional de fauna y flora. Es también el acantilado, el recuerdo de sus minas del 1800, y las piedritas que los enamorados amontonan en la costa Este con la promesa del amor eterno y la vuelta, pronto, a estos confines de ensueño.
Más que la capilla de la colina de Alto Vista, donde los inquilinos de Hollywood preparan sus casamientos, que a veces pueden durar menos que una película. Es más, aún, que la vista perdida en el horizonte en el Faro California.
Es más que un destino aristocrático. Está entre los mejores lugares para vacacionar con amigos, sobre todo adolescentes, y, claro, en pareja, pero igualmente en familia, con locaciones para todos los gustos. La distinción es una característica.
El dólar es moneda de uso corriente, tal vez más que el florín, con el que no cotiza en paridad, pero circula en igualdad de condiciones.
Aruba es una pequeña ex colonia holandesa que deslumbra por sus bellísimas playas, resorts de lujo y noches de cuentos caribe, como los de García Márquez. Puede ser escenario de las historias más fantasiosas pero también, un lugar capaz de convertir los sueños en la realidad de un día cálido como todos los de este suelo de unos pocos kilómetros y que alguno, alguna vez, tildó de “inútil”.
Es más que “One happy island” (una isla feliz), como se lee por todas partes, hasta en las patentes de los autos; en las chapas reales y en las que se venden como souvenirs en el mercado de artesanías de Oranjestad, su capital. Es eso y más, pero todo junto y al mismo tiempo.
Es la historia del argentino que se casó con una inglesa y que ahora viven en Aruba sin hablar de Malvinas. Toman mates pero, sobre todo, dan de comer a estadounidenses. Quien quiere saber más de ellos, no tiene más que pasarse por Dushi Bagels en playa Linda.

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Tal vez, entonces, sea todo eso. No era la magia de la música la que depositó a estos escribas del sur de América en una madrugada más latina que europea, y los amontonó con personas más acostumbradas al orden y al trabajo desde el mismísimo alba, que al griterío de trasnoche.
Tal vez no era lo uno ni lo otro, como definió la propia Amayra.
-Nosotros no somos ni americanos ni europeos. Somos caribeños.
Así pues, esa madrugada caribe era un conjunto de circunstancias que convirtió una jornada cualquiera, de compromisos oficiales, en una de interacción con personas tan distintas pero tan iguales, en el fondo.
Se trata de eso. De la experiencia. ¡Qué suerte! A este grupo de periodistas de la Argentina toda, le tocó un viaje sin retorno, puesto que de allí, desde esa realidad, será difícil regresar.

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– Ah!!! Se llama Etty Toppenberg, añadió Amayra, cortando la ensoñación, pero volviendo a la pregunta inicial acerca de aquel músico anfitrión. Etty Toppenberg.
Con este hombre, un batallador de la cultura de su minúsculo país, alguien se animó a un blus, algún que otro a un repertorio americano y claro, los litoraleños, a un chamamecito con gusto a río.
– ¡Arriba Aruba! ¡Y salud!, corearon los dueños de casa. Ese brindis se repitió más de la cuenta. Alargó la velada con la ilusión conjunta de los invitados de que así, tal vez, no terminaría nunca.
Si algo puede coronar el viaje a un paraíso en la tierra, eso puede ser estar en el momento adecuado, con las personas adecuadas. Si el viajero lo consigue, es seguro que intentará volver, una y otra vez, para tratar de comprobar que todo aquello en verdad sucedió.

About the author: Eduardo Ledesma

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