Nuevo traje, el periodismo de siempre

H acer periodismo no es fácil en estos momentos: hay condicionantes históricos muy fuertes que deterioran la fortaleza de la industria y socavan las bases de la profesión; pero también hay condicionantes coyunturales en el país y en la provincia que normalmente dificultan el ejercicio de la profesión.
Al retroceso de la industria gráfica, a la pérdida de credibilidad por desaciertos genuinos, el montaje de operaciones y por acciones conceptualizadas bajo el paraguas de la posverdad, se suman cuestiones más locales, como la dependencia de los medios a los factores de poder real. Y también, muchas más veces que las deseadas, al poder político.
Hay una creciente necesidad de las compañías de acceder a los dineros de la pauta oficial para sobreponerse a sus rojos financieros -ocasionados por la caída del consumo publicitario- y para sostener los costos de insumos y las inversiones laborales.

Esto genera, en paralelo, una precarización en alza del sector, como ocurre en casi todos los territorios de la producción: los salarios no alcanzan a cubrir los brincos de la inflación. Hay, por tanto, necesidades que -por si fuera poco- le retacean tiempo al rigor, atención a la capacitación y abrazos a la calidad. A un incalculable activo que hace mejor o peor a la democracia, porque la prensa es -o debería ser- su más celoso custodio.
A este panorama se le adiciona, en Corrientes, su actualidad dramática: gran parte de la provincia bajo el agua de las lluvias y un número importante de correntinos inundados por acciones y omisiones, por desidias crónicas y abusos inmobiliarios nuevos. Eso además del agua estancada y del agua que corre llevando a su paso lo poco que había.
Para completar el cuadro, una carrera electoral que empezó y que pone en juego el poder político en su conjunto. Los contendientes, por eso mismo, a veces resbalan en excesos. En poses y en cruces, pierden tiempo ante los flashes y tardan (hay sobrados ejemplos) en encontrar soluciones conjuntas, producto del diálogo. A mano están las zancadillas. Recursos gastados incluso en informes para tratar de mitigar los efectos negativos de las inundaciones, no de las obras que no están o los controles que no se hicieron.
Aun así, en medio de este presente que más bien parece sombrío, el diario El Litoral está celebrando un año más de vida: son 57 años de aciertos y desaciertos, de puntos altos y bajos. Pero son 57 años de una carrera que se sigue corriendo, tratando diariamente de encontrar puntos comunes, poniendo en valor el objetivo fundante de esta casa periodística: el bien común de los correntinos.
El periodismo es crítico o no es. Cualquier estudiante de periodismo sabe esa máxima muchas veces romántica. Miles de situaciones diarias hacen zozobrar esos fundamentos de la profesión que, por definición, ponen en jaque el deseo de verdad única con el que se tientan muchas veces los poderosos. Ni hablar de los que practican el poder y sólo el poder. Esos a veces pierden las nociones de la democracia que le dieron a la prensa nada menos que el rol de contralor.
Aun así, y asumiendo nuestra cuota parte: los errores que a veces se cometen por impericia y otras veces por fuerzas mayores a las que una espalda puede aguantar, El Litoral está listo para asumir nuevos desafíos. Uno de crecimiento y otro de fortalecimiento interno que asfalte el camino a los periodistas más jóvenes de esta Redacción, a quienes se les enseña que nunca es lo mismo el camino al atajo.
Renovando su conducción interna, pero también sus páginas y poniendo la proa hacia un proceso de integración y de producción de nuevos productos que conformen las demandas de las nuevas audiencias, El Litoral da desde hoy otro paso hacia el futuro.
La conducción de Editora Juan Romero, propietaria y responsable de la publicación del diario El Litoral, ratificó su compromiso con las ediciones diarias en su formato papel, pero también puso en marcha una serie de programas para fortalecer el liderazgo indiscutido, en toda la región, de su formato digital.
En conjunto, la nueva mesa directiva del diario en sus dos formatos trabajará en un plan de integración para desarrollar todavía más las potencialidades globales de la marca, enancados en el soporte digital que abre horizontes en los cuales tenemos cifradas nuestras expectativas. Las novedades se irán conociendo paulatinamente. Hoy mismo, como anunciamos el domingo y ayer, estamos presentando un rediseño del formato papel que se nota en términos formales, aunque no sea más que una adecuación a las concepciones actuales de lectura. Cambiaron las tipografías de los cabezales y titulares, aunque responden a las mismas familias que se utilizaban anteriormente.
Cambió El Litoral. Luce con aspecto renovado. Lo que no cambia es el concepto aprendido y ratificado en cada ocasión, con distintos maestros: que el periodismo se sustenta sobre cimientos que no pueden canjearse, como el de la honestidad personal y profesional de quienes lo ejercen. No de objetividades: no creemos en esa entelequia que aún algunos enseñan. Creemos en la lealtad con los hechos que no son sino lo que uno recuerda de ellos y cómo los reconstruye en cada nota, pensando en potenciales lectores que tienen con nosotros contratos inviolables de lectura y de juego limpio.
Creemos también en la libertad de opiniones. Ha sido esa una conducta de este diario, que aun pensando distinto que el otro, supo siempre encontrar acuerdos, intermedios consensuados. Supo entender siempre que las ideas nos hacen mejores. Que con el otro se construye comunidad. Que sin el otro no queda más que la grieta discursiva o la nada, que no tiene más salida que la violencia.

About the author: Eduardo Ledesma

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