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La última nota: adiós Carlos Gelmi

—Hola, Gelmi, tengo malas noticias.
—¿Qué pasó?

—Me llamó su tocayo, el dueño, enojado porque no escribimos. Ninguna firma local en el último número, dijo, quejándose…
—¿O sea que ahora podemos escribir?

—Bueno, más o menos. ¿Le reservo su página para el domingo?
—Bueno. Está bien. Pero que sea la última vez.

***

Ese sábado a la tarde, como tantos sábados, me pasó la nota. Título: “Confusiones de un machirulo”. Y no hizo ni hace falta más para saber de qué se trataba: de Ella y del actual El. Esa nota, por esas cosas caprichosas que tiene el periodismo, todavía estaba ayer en la página web del diario. Salió el 3 de junio. El domingo antepasado decidió no escribir y esta última semana no insistimos, porque andaba medio quejoso.

—Los médicos me dicen que no tengo nada, pero me tienen como un fenómeno recorriendo especialistas.
—Ya va a pasar, no se preocupe —le dije, creyéndolo.
Ayer, cuando me dieron la noticia, recordé lo que mil veces hablamos: que no abandonaría el trabajo, pese a que el último tiempo era la vista la que se le negaba. Y que, si no era su voluntad, sólo saldría del diario con los pies para adelante.
Gelmi podía hablar así y peor aún cuando se trataba de él mismo. Muchas veces me incomodó con un asunto que compartía como quien reparte el chisme de un amorío. Me contaba pormenores de los preparativos de su muerte.
Gelmi era un detallista. Un obsesivo del trabajo. De su trabajo. Del de sus compañeros. Y ayer dio la última clase de periodismo práctico.
1. No se murió en el diario para evitarnos ese contratiempo, pues retrasaría la edición.
2. Se murió temprano, para que tengamos tiempo de buscar algo en el archivo.
3. Y se murió el Día del Padre, con todos sus afectos cerca, para evitar gastos mayores. Porque si bien Gelmi pensaba en la Historia, hasta en eso era austero.

***

Ayer, cuando me dijeron que Gelmi había muerto, recordé lo mucho que nos dio. Lo mucho que le negó a sus propios hijos por nosotros. Recordé la debilidad que tenía por su hija y sus nietos, todos ellos, aunque más acá en el tiempo hablaba mucho de los “demonios” más chiquitos.
Recordé lo mucho que extrañaba a Mario Mauriño. A Chaque.
Y recordé también la última nota que le hice, porque esa nota le dio título a un libro que tal vez alguna vez se edite. Gelmi lo sabía, y hasta se alegró por la osadía. Ahora me apena porque ya no podrá leerlo.

—Cuán malo será eso que escribís que tenés que recurrir a las boludeces que digo yo—me dijo. Nos reímos.
Con cosas como esas podíamos hablar 5 minutos o años. Hasta que una vez le pregunté:

—¿No se cansa de escribir?
—No. Me aburre releerme.

—¿Por qué?
—No sé. No puedo.

—¿Y cómo hace con la inspiración?
—No hago nada. A esta altura los temas aparecen solos.

—¿Sí?
—En realidad para ser periodista tenés que ser un poco descarado.

—¿Usted lo fue?
—Algunas veces, pero con tonteras.

—¿Lo descubrieron alguna vez?
—Nunca me lo hicieron saber.

(Ríe. Y como lo hace solo, tal vez lo haga de su picardía).
—El periodismo es un mundo de mentirosos—dice luego, jocosamente, pero la daga llega al hueso. No entra en detalles, pero en esa frase está condensada la crítica y tal vez la autocrítica por los deslices en los que cayó él y la profesión a lo largo del tiempo. Un poco por cuestiones que involucran a los periodistas, personalmente, y otro poco por cuestiones más estructurales.
Gelmi supo de esas cosas. Jugó en una aldea como la de Corrientes, pero también en la gran metrópoli. No se la contaron, y esa experiencia es la que pudo exhibir hasta el último día.

—Sesenta años después, ¿volvería a elegir el periodismo como profesión?
—Sí.

—¿Se arrepiente?
—No.

***

—Ya que lo dice, Gelmi, le hago la última pregunta: ¿Va a escribir algo para el domingo?
—Y no sé… ¿sobre qué?

—Digamos que tema tiene…
—¿Cuál por ejemplo?

 

About the author: Eduardo Ledesma

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