La isla de las dos banderas

 
La bandera cubana flamea airosa en la costa. Sus tiras azules, su flecha roja y su estrella blanca ondean siguiendo el viento que galopa fuerte en el malecón. La otra, la que comparte colores y estrellas, blande tímidamente, enrejada, y desde hace unos pocos días. Esa imagen que cualquier curioso puede ver desde la “Plaza de la Resistencia”, es tal vez la síntesis mejor acabada de los días que se viven hoy en Cuba.

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En clave de dualidad, la isla de la Revolución del 59 se dirime hoy entre el miedo a lo desconocido y a una nunca experimentaba expectativa. Entre el bloqueo sanguinario pero útil (en términos políticos), a la apertura necesaria, urgente, y que hace crujir las bases socialistas.
Cuba es Cuba, desde siempre, pero se constituyó en símbolo antiimperialista en oposición a Estados Unidos. Fueron enemigos íntimos y públicos cuando tocó que así sea. Ambos se necesitan y por eso se animaron a dar un paso.
Esta es hoy la Cuba del deshielo, la que espera todo: mejorar su calidad de vida, la economía de su gente, que hoy no es más que propiedad del Estado.
Es en este marco en el que Cuba recibe cada vez a más gente: dos millones de turistas anuales, principalmente canadienses, que podrían ser 4 millones si el deshielo culmina sus etapas preparatorias. Hay millones de norteamericanos listos para cruzar a “la isla prohibida”, tal vez con otras motivaciones, menos machistas, pero recordando los años en que fue su prostíbulo a cielo abierto.
Los turistas de hoy, en Cuba, son aquellos de las playas, pero también los que van a ver de cerca los efectos del “post-fidelismo”, o los que van a conseguir la foto, según dicen, antes de que todo cambie: la foto de la resistencia.
En este contexto histórico y a más de medio siglo de la victoria de la revolución, el gobierno cubano patrocinó este viaje de periodistas para escudriñar la isla; interactuar con su gente; visitar sus paradisiacas playas -las mejores del Caribe-; sus grandes monumentos; sus viejas y pobres calles coloniales; sus grandes avenidas y autopistas; sus pintorescos pueblitos costeros y sus lujosos hoteles donde los cubanos ni siquiera acercan su pobreza visible, palpable, desesperante, pero tampoco su vanguardia educativa, sus reformas civiles y su medicina, una de las más importantes del mundo, que a los cubanos, de nada, les cuesta todavía menos.
Es un país de contrastes y ellos están a la vista. Es quizás el destino que comparte con el resto de las patrias latinoamericanas. Tiene muchas necesidades Cuba, salarios de miseria -que rondan los 20 dólares mensuales-, pero también la cobertura necesaria para que nadie se muera de hambre. Y una garantía: la alegría interminable de su gente.

About the author: Eduardo Ledesma

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