A falta de tierra, sustratos

“La tierra no tiene dueño,
la tierra es mujer y basta,
la tierra no es del que tiene,
si no es del que la trabaja”

La tierra no tiene dueño. Chamamé. Mario Velázquez y Julián Zini

Uno de los logros más destacados de la inventiva del siglo pasado fue la hidroponía porque, entre otras cosas, llegó para solucionar uno de los tantos problemas que genera el déficit de tierra: la falta de alimentos.
La hidroponia consiste en sustentar cultivos con los nutrientes que cada uno necesita, a través del agua: riego constante por medio de bandejas, canales o cañerías, sin que haga falta suelo alguno.
Derivado de esta práctica, pero siguiendo el mismo principio, se conoce al cultivo en sustrato inerte. Es como la hidroponía, pero a diferencia de aquella, esta técnica permite que las plantas echen raíces en diferentes superficies: aserrín, virutas, arena, lana de vidrio, cáscara de arroz, lo que fuera.
Después, para el crecimiento, sólo se necesita la luz, por aquello de la fotosíntesis, y los nutrientes, claro. Esa alquimia garantiza el crecimiento.

Contexto
Lo que viene sucediendo en los varios asentamientos de la ciudad sin que sea una originalidad correntina bien parece extraído del devenir investigativo que tuvo que pasar la hidroponía: a falta de tierra fue menester una idea de superación.
Aquí y ahora, la idea fue una toma sin avales de propiedades privadas, un evento que, como sucede con las plantas, puede nadar al capricho de las aguas o afirmarse al calor de los sustratos que subyacen. Ambas cosas pueden influir en los resultados, rindes o frutos… En este caso, los acontecimientos de la superficie dependerán también del entorno, de las decisiones que deben tomarse y que exceden el voluntarismo de los “intrusos”.
Por lo pronto y hasta tanto ocurra un desenlace, el problema de los asentamientos, además de desnudar el fracaso de las políticas públicas para hacer cumplir el derecho de la casa propia, descarna hasta el hueso la hipocresía, indiferencia e ignorancia de gran parte de la sociedad, sobre todo de aquellos que tuvieron la oportunidad de hacer realidad este caro anhelo argentino.
Claramente esto involucra también a los sectores de poder y de gobierno, por sus responsabilidades mayores que, a la luz de los acontecimientos, están lejos del cumplimiento de las mínimas expectativas que derivan de su investidura.
Lo irónico es que pese a esta realidad histórica, hoy sólo se asiste al descubrimiento de okupas, a los que con apuro se cataloga de ladrones, holgazanes, vivos, parásitos que no hacen más que vivir de las dádivas. En cambio, se le cierra el paso a la opción de vislumbrar el negocio inmobiliario de unos pocos, por ejemplo. Parece que no se vive en Corrientes, donde ese mercado fluctúa con precios irreales; donde un alquiler o una casita vale lo que un chalet en Mar del Plata, en temporada.
Tampoco se pone en duda la acción de los organismos ocupados por funcionarios elegidos y remunerados para que trabajen en la resolución de las dificultades, entre ellas las que impulsan la marginalidad. Porque se trata de eso. Sin embargo, en estos casos, no se elabora un juicio de valor celerísimo.
Se ve a los pobres, pero no la pobreza; la enfermedad, pero no la ineficacia del sistema de salud; se mira la inseguridad, pero no la corrupción policial que puede alimentarla. Se apunta contra los punteros, no contra la política que los vicia; se ve el efecto, pero no la causa, más allá de los diagnósticos.
Se mezclan en este fango los que creen que la necesidad no da derechos; los que profesan a la propiedad por sobre la sensatez solidaria; los que creen que los despabilados aquí son los pobres tipos y tipas y tipitos que se cagan de frío, se enferman y hasta se mueren por conseguir un pedazo de tierra que capaz que después vendan para emborracharse o drogarse.
Este tipo de opiniones abundan. Sólo hace falta leer algunos diarios y escuchar algunos mensajeros radiales sin filtro para comprobarlos, no sin amargura.
Pareciera que “la gente como uno” puede ver eso, porque está a la vista, pero en cambio no tiene argumentos para pensar que una movida en las sombras puede aprovecharse de la necesidad y conseguir mano de obra gratuita para cotizar un páramo y, ruido de por medio, hacer un gran negocio que, por urgente, sale por excepción, como gran parte de las construcciones de la ciudad.
Porque también está el Estado. Y hoy, el Estado son los jueces que calculan y esperan, los legisladores que también lo hacen y los gobernantes que, para no desafinar, practican la misma partitura.
Da la sensación de que no se trabaja en la proyección de una salida para el laberinto. Más bien se pierde tiempo y algunas pocas neuronas, tal vez las disponibles, en ver al adversario con mayores posibilidades para dejarle la “embopa” y sacarle a ello el mayor rédito posible. El caso de los obreros desplomados de la construcción de la calle San Martín demostró que para eso no hay límites. Oficialismo y oposición se tiraron hasta con los muertos.

La prensa
Después esta la corporación periodística (que somos todos y nos incluye), que por ayudar a veces azuza los peores fantasmas, y por depender de una voz oficial se pierde la oportunidad de hacer periodismo, conociendo las historias de la gente en vivo y en directo, sin intermediarios. Lo que hace, es como ir a la cancha y mirar el partido por la pantalla.
Lo peor es que por ignorar o por quedar bien con alguien, simplifica hasta el infinito, convirtiendo el hecho (este o cualquier otro) en una deformación que estigmatiza y discrimina.
Se abona un discurso que excluye y que convierte a la víctima en victimario, y en el mismo acto se exime de culpa y cargo a quienes son los verdaderos responsables.
Puede que esta nota esté equivocada de la capitular hasta el punto final. Sería justo reconocerlo llegado el caso. Pero parece improbable, hoy, que todas esas personas a las que se califica con el genérico de okupas, que por la fuerza de una invasión exigen el derecho de tener donde caerse muertos, sean protagonistas o extras de un maquiavélico film de poder y dinero. Algunos tal vez lo sean, pero ni eso deslegitima la carestía general, que involucra a los okupas, pero también a otros miles de correntinos no tan osados, que sin ocupar terrenos tienen y seguirán teniendo la necesidad de un techo.
Ese es el sustrato que abona la urgencia de una solución habitacional por tantos años de desidia y desinversión; por tantos enfrentamientos y las más variadas necedades. En síntesis, por tantos años de defecar sobre la ley, los tratados y la Constitución.

About the author: Eduardo Ledesma

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