Pepe Mujica: “No soy un líder, apenas un viejo que tuvo suerte y está vivo”

(Domingo 24 de julio de 2016). Las dudas arrecian en los momentos previos al gran encuentro pautado para las 15.30 en la sala del hotel boutique donde consiguieron alojarlo. Un equipo de periodistas llega un rato antes por las dudas. El operativo de seguridad, casi imperceptible, creció en la manzana a esa hora. Afuera una camioneta negra del PAR. Adentro, en el restorán del hotel, José “Pepe” Mujica: el ex tupamaro que hasta marzo del año pasado tenía una “changuita”: ser el presidente de la República Oriental del Uruguay.

Comió una buena picada regional, por lo que a la hora de los postres pide unos minutos de descanso. En situaciones así uno cree que todo se viene abajo. Es cuestión de fe hacer esta entrevista.

Los equipos técnicos listos, mil veces revisados, y las charlas sobre cualquier cosa hacen correr los minutos. El presidente del Instituto de Cultura, Gabriel Romero, el gestor, hace de partenaire en los diálogos sin rumbo hasta que por fin se hace ver el susodicho.

Antes, unas palabras con su acompañante y suplente en el escaño de la Cámara alta charrúa: Andrés Berterreche Alvarez. Dice que por primera vez en Corrientes, aunque tiene familia acá.

–Son los Arreta de Monte Caseros –agrega y lo ayuda a llegar.

Mujica camina lento, pero seguro y solo, a sus 81 años llevados de todas las maneras posibles. Lento y seguro. Así recorre el mundo, no sólo el living de su casa enraizada en una chacra de las afueras de Montevideo.

Mira el piso, de puro mesurado, y sólo levanta la vista cuando estrecha la mano de cada quien en código de saludo:

–Buenas tardes muchachos.

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Deja una campera tipo gabán de paño mientras le esconden el micrófono entre sus ropas más livianas -porque mientras tanto también ocurrirá una nota para la televisión-. Mujica habla cositas de Corrientes. Del clima y de la panzada guaraní que acaba de darse: sopa paraguaya, mbeyú, chipá guasú y mandioca frita rellena con queso que se consigue bajo el nombre de “tablita correntina” en el bistró de La Alondra.

Acababa de lavarse la cara y de tirarse para atrás los pelos blancos–grisáceos. Tiene los ojos cansados, hundidos, achinados, y una resignación estratégica: podría estar leyendo, mirando televisión o disfrutando de un buen baño, pero habla con periodistas porque lo multiplican.

Tiene una camisa blanca con rayas celestes, un suéter de lana azul y cuello rojo y un cárdigan de nobuk y lana marrón. Jean azul casi gastado y zapatos de cuero negro caminado tanto como un Fiat Duna puesto a la venta con el cartel “nunca remis”.

Hay quienes podrían tratarlo de demagogo, pero sería en el mismo acto desconocer que en este caso su pregón está respaldado por la vida misma: toda ella. Por la cotidianidad de este señor que optó por la sobriedad de lo justo y necesario, para andar liviano haciendo lo que hace: guerrilleando (ahora) sin armas, compartiendo con las personas, sobre todo del continente, el conocimiento recibido. Saberes absorbidos a la luz de sus tantos caminos andados, pero también en la quietud de la “sombra” de 15 años a la que lo confinó su propio país.

Es casi natural comparar conceptualmente esto que dice Mujica acerca de sus años de cárcel con aquellas “conversaciones conmigo mismo” a las que se aferró Mandela cuando purgaba (vaya si lo hizo a lo largo de 27 años) por su rebeldía en contra del apartheid sudafricano. En ambos casos las rejas sólo aprisionaron el cuerpo.

–Presidente: usted es un líder mundial, sus opiniones son tenidas en cuenta por la gente y por la clase dirigente de todo el mundo, pero sobre todo en Latinoamérica. Es un consejero. En ese rol, ¿cuál fue el mejor consejo que le dieron en su vida?

–Cuando era joven tenía la manía de leer mucho: 7 u 8 horas por día. Me refiero a cuando tenía 17 y 18 años. Tenía avidez intelectual. Y leí mucha filosofía, literatura, historia, ciencia… tal vez un poco desordenadamente, pero leí mucho.

Después me dediqué a cambiar el mundo y ya leí menos. Y quien se mete a cambiar el mundo, si queda vivo tiene suerte. Yo tuve suerte, pero… me comí unos cuantos años en la “sombra”. En esos años de tremenda soledad entré a rumiar mucho aquello que había leído en mis años de primera juventud (también estuve 8 años sin un libro).

Tal vez en ese tiempo que estuve en soledad -yo no lo sabía- fue cuando más aprendí. Porque tenía tiempo de sobra para pensar. Y para repensarme y revisar los caminos intelectuales por los que había “trillao” (transitado).

Eso fue obra de la casualidad, de las circunstancias. Si no me hubieran agarrado y metido preso, tal vez parte del viejo que está acá no existiría.

–Entonces…

–¿Qué quiero trasmitir a la gente joven? Que nunca se sienta derrotada. Los únicos derrotados son los que no vuelven a empezar. Nunca triunfamos porque los hombres tenemos mucha más capacidad de soñar que de concretar. Pero derrotado es el que no vuelve a empezar; el que no lucha por levantarse cuando cae. Y esto no es una regla en la política, es una regla en la vida.

Levantarse significa que si fracasaste en el amor, no por eso no tenés que volver a enamorarte; que si fracasaste en la familia, no por eso no tenés que tener el coraje de volver a levantar una familia; si fracasaste en el laburo, no tenés que vivir lamiéndote las heridas y teniéndote lástima a ti mismo…

El hombre es un bicho fuerte. Hay que ponerlo a prueba porque siempre puede dar un poco más. La vida da derecho a luchar por la felicidad, que no es sensorial: es el equilibrio de tener ganas de vivir.

Y yo no soy líder. Soy un viejo que tuvo suerte. Estoy vivo. Alguna cosa que digo y que es interesante no es mía, es de la vida: de haber vivido mucho. Cuantos más sopapos te dé la vida, más cosas aprendés.

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Mujica mira el techo de la sala como quien indaga entre sus recuerdos. Busca una palabra para dejar…

No debe ser fácil para un hombre que tiene tanto para decir describiendo su propia vida: su orfandad temprana, las carencias, las luchas, las ausencias, la cárcel, las fugas y otra vez la cárcel y así cuatro veces; la redención y la gloria de presidir su país para intentar modificar desde adentro lo que tanto criticó desde afuera, poniendo el cuerpo por delante: el pecho a las balas, pero también el dedo al gatillo.

No logró todos sus objetivos, tal vez, pero habla con la sabiduría y la entidad moral y política que le dio el haberlo intentado.

Y también las lecturas.

Se remite a la historia y desde ella relativiza los asombros -muchos de ellos impostados- que le provoca al progresismo el giro a la derecha de América Latina.

–Si la historia humana se ve en corto plazo, seguramente uno se queda con la impresión de distintas fotos. Pero si uno se acostumbra a mirar con tiro largo, verá la historia de las sociedades y de los pueblos como proceso, como película infinita.

El tema es que los hombres somos un poco orgullosos, petulantes. Nos creemos que triunfamos y que triunfan nuestras posiciones. Y eso es relativo. La historia humana es un constante pendular hacia formas más conservadoras en determinado momento y hacia formas más distribuidoras en otro momento. Los términos  “izquierda” o “derecha” son de anteayer, son de la Revolución Francesa. Pero si usted mira toda la historia de la humanidad se va encontrar con Epaminondas (1), con los Graco (2), con Jesús, el hijo de María; con Espartaco, con San Agustín…

–Siempre hubo de todo…

–Siempre encontramos gente que luchó en las condiciones de su tiempo y su época por tener preocupación social hacia los que van quedando más postergados y más olvidados. Y siempre hubo gente que se preocupó por acumular y captar y formar riqueza: perece que es una constante del hombre.

Si estudiamos la historia argentina de los tiempos de don Juan Manuel de Rosas, cuando parecía que la Argentina se iba a hacer 4 ó 10 países, se pudo sujetar más o menos. Después van a venir tiempos francamente conservadores.

“No escatimen sangre de gaucho, que es lo único que tienen de humano”. ¡Lo afirmaba un hombre como Sarmiento!

Y va a venir más adelante Yrigoyen con su sueño de república y de distribuir más. Y después el golpe de Estado de Alvear. Y después el primer Perón… Siempre fue un vaivén.

–¿Por qué dice esto?

–Porque cuando los partidos progresistas llegamos al gobierno, creemos que con eso hemos triunfado y vamos a cambiar en la historia de la humanidad… ¡Subimos un par de escalones! ¡Con suerte! Y siempre nos queda mucho más por hacer que lo que hicimos.

Después perdemos el tren, vienen otros que van un poco más hacia la derecha, quieren restaurar la producción y la acumulación, hasta que tenemos otro viandazo… Y ahí andamos. Por eso no me puedo sentir derrotado, porque nunca me sentí triunfador. Vamos apenas andando.

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La charla transcurre lentamente pese a la apretada agenda  del viejo guerrillero autodeclarado panteísta. Hay otros dos colegas periodistas, dos camarógrafos y dos fotógrafos en el living del pequeño pero coqueto hotel de la avenida 3 de Abril.

Pepe habla tranquilo desde un sillón negro tipo diván, dotado de almohadones. Las paredes están recubiertas de madera fina. Hay una biblioteca obra de un ebanista cordobés. Hay pocos libros, juguetes, trofeos, platos, retratos y varios gauchos en molde de escultura de Rolando Díaz Cabral.

En ese entorno Mujica reelabora sus ideas. Parece creer en la evolución y en que los derechos humanos, entendidos ellos en el más amplio sentido del término, se instituyen cuando se hacen carne en la gente.

–Cuando se van afirmando las conquistas, después no las puede cambiar nadie. A los tipos que pelearon por las 8 horas (de trabajo diario) los fusilaron. Cincuenta años después ningún régimen, de izquierda o de derecha, discute las 8 horas en el mundo entero: quedó definitivamente incorporado como un adelanto para la humanidad.

Todos los derechos sociales que tenemos: la jubilación, el haber abolido la esclavitud, la ley de 8 horas, todo lo que haya sido progreso humano en algún momento fueron banderas derrotadas de luchadores. Así es la vida de los hombres. Como decía Yupanqui: “Unos trabajan de trueno y es pa’ otros la llovida”.

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Mujica es José Alberto Mujica Cordano, y le dicen Pepe. Tiene 81 años. Nació el 20 de mayo de 1935. Su esposa, también dirigente política y senadora de la Nación, se llama Lucía Topolansky. Se casaron en 2005 después de convivir largos años cortos de papeles.

Hijo de Demetrio Mujica Terra y Lucy Cordano Giorello, por línea paterna es descendiente de vascos y de ascendencia italiana por vía materna.

Pepe nació en Paso de la Arena, un barrio montevideano, y a los 21 ya estaba militando, cargando armas. Usó muchas y de todos los calibres. En la actualidad usa las más pesadas: las que disparan ideas. Tiene muchas mataduras, tantas como experiencias. Hoy vive en su chacra de Rincón del Cerro, en el área rural de Montevideo, casa que no cambió por los oropeles presidenciales.

Su despojo ciertamente épico por persistente, es una rareza para la clase política, muy afecta al señoreo y a los lujos. Mujica lo explica de dos maneras: desde lo doméstico y desde lo político.

–No viví en la Residencia Oficial porque debía caminar dos cuadras para tomar el té –dice y lanza una carcajada–. Después sigue:

–Nosotros elegimos a la república como régimen político. No vivimos en una monarquía. Aunque en la monarquía lo peor no es el rey, es la corte. ¡Los alcahuetes del rey!

Debemos vivir como la inmensa mayoría, no como la minoría privilegiada. Mi filosofía es la de Séneca (3): “Pobre es el que precisa mucho”. Era contemporáneo de Cristo. Más tenés, más preocupaciones, menos tiempo para vivir.

Lo que te hace feliz es más o menos lo mismo siempre: el amor, la mujer, los hijos, tener tiempo para un puñado de amigos y para algún hobby, como perseguir un carpincho en un “bañao”. Esas cosas que no se hacen por plata. Para eso hay que tener tiempo.

El ideario de Mujica se manifiesta cual recetario de buenas intenciones: simples pero inalcanzables para los mortales comunes contaminados por el “capitalismo de alma podrida”, como diría el propio Mujica.

Allí empieza un pequeño intercambio ideológico:

–¿Qué piensa usted sobre las ideologías?

–La ideología no pasa hambre. La que pasa hambre es la gente. Uno tiene que sujetarse a la suerte de la gente. La ideología que no encaja en eso es una quimera.

Después de otras tantas cavilaciones, toma aire y suelta con fuerza:

–El capitalismo está obligado a explotar.

A renglón seguido baja línea sin titubeos:

–No creo en el Estado paternalista. Nos achanchamos, nos hacemos burócratas. El que trabaja bien tiene un peso más. Al que le va mal que se rompa el alma, pero que no viva del trabajo de otro, que no se chupen la sangre el uno al otro.

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Al despedirse de la presidencia, en febrero-marzo de 2015, Pepe Mujica leyó una carta a los uruguayos. “Gracias pueblo”, su título. Allí dijo, en tono de confesión: “Sufrimos e hicimos sufrir y somos concientes”.

–¿Qué quiere decir eso, Presidente?

–En los procesos revolucionarios hay gente que nada tiene ver y se come una cota de dolor. Compañeritos de mi tiempo que quedaron por el camino, dejaron un dolor en sus padres, que no los entendieron. Puede ser muy crudo para una madre enterrar a un hijo. Esos precios humanos se pagan aunque no se quiera o no se busque.

Fijate lo que pasa hoy en (Niza) Francia, los que murieron aplastados por un camión. Los militares lo llaman daños colaterales…

El hombre todavía es un bicho raro. No ha salido de la prehistoria. Saldremos de la prehistoria cuando renunciemos a la guerra, cuando no precisemos ejércitos. Gastamos 2 millones de dólares por minuto -en el mundo- en presupuesto militar. ¡Dos millones de dólares por minuto! ¿Y decir que no tenemos plata para terminar con la pobreza? Por eso no salimos de la prehistoria.

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Son las 5 de la tarde del jueves 21. Mujica llega tarde a su encuentro con el Gobernador, por lo que se dispone (o más bien lo disponen) a cortar la entrevista. Habría más tiempo dentro de un rato en la conferencia de prensa y todavía más de sus palabras en la charla magistral que tendría lugar en el patio interno de la Escuela del Centenario.

–Gracias muchachos –dice para disculparse.

Así se despide el ex presidente luego de tomarse un minuto más para varias fotografías. Se va despacio a ver a Ricardo Colombi a la Casa de Gobierno, donde tendrá tiempo para unos mates.

Camina lento, con las manos tomadas atrás a la altura de la cintura, como quien contempla, amonesta un hecho o incluso como los presos cuando son llevados esposados.

Se va Mujica y deja a Séneca, que sigue resonando: “Pobre es el que precisa mucho”.

Retomará esa idea en su ponencia multitudinaria, donde también dice:

–No quiero convencer. Quiero ayudar a pensar.

Mientras se escribe esto, una página se abre en Séneca, que dice como en la época de Cristo: “Ningún viento es favorable para quien no sabe adónde va”.

Esa brisa empuja estas líneas hacia unas palabras de la escritora mexicana Elena Poniatowska: “Somos lo que escuchamos. Somos la confianza que hemos recibido”.

Eso alegra. Tranquiliza. Como a muchos correntinos, me dio gusto haberlo escuchado.

–Adiós Presidente, muchas gracias.

Rodeado de amigos, Adalberto Balduino presenta su libro “Justo en el medio”

A dalberto Balduino consiguió lo que pocos. Llenó anoche, de amigos, el Salón Azul del Centro Cultural de la Universidad Nacional del Nordeste, espacio en el cual el conductor presentó su libro “Justo en el medio”, editado sobre la base de las columnas que escribe los martes en el diario El Litoral.
Balduino estuvo acompañado por el plástico Eugenio Led, responsable de la gráfica que ilustra magistralmente la portada y contratapa del libro; por el periodista Eduardo Ledesma, jefe de Redacción del diario El Litoral, medio que edita las columnas y por los músicos Oscar Mambrín y Pablo del Valle, que amenizaron la velada que se extendió hasta después de las 21 en la esquina de la cultura.
Fiel a su estilo, dado su perfil radiofónico, Balduino inició la presentación del volumen como un programa de radio, prologando la propia presentación con su inconfundible timbre de voz sobre una cortina de jazz.
Ledesma habló luego de la relación que une al comunicador con el diario y la importancia de sus columnas, que tienen el mérito de haber encontrado un lugar en la agenda de los medios, en este caso El Litoral, para referirse a cuestiones que de otro modo no podrían ver la luz.
Led, por su parte, habló de su amistad con el conductor y de las formas, las palabras y los silencios que fueron amalgamando el trabajo de cada uno en una amistad a prueba de años.
Ya sobre el final, Mambrín y Del Valle le pusieron música (“Volver”, de Le Pera y Gardel) al poema “Tango”, de Jorge Luis Borges, que el propio Balduino recitó como pocos. “Adiós Nonino” se escuchó luego, para dar paso al sublime cierre de los bandoneones al son de “La Calandria”, que terminó fundiéndose en aplausos.
“He aprendido que la compilación de artículos publicados es la mejor manera de apreciar el conjunto de lo hecho. “Justo en el medio” me permite hablar de mi experiencia personal en los medios como en la publicidad, como así también los que fueron memorables protagonizados por profesionales y que construyeron una escuela del oficio, como la radio, la televisión, el cine, y el mismo periodismo”… escribió Balduino en el prólogo de su obra. Anoche dijo que no se considera periodista, más bien un inquieto que bucea en los libros escuchando a la gente y a los amigos a los que cruza diariamente en las calles.
Para terminar dijo, en clave de entrecasa, pero con pretensión de perpetuidad: “Todo lo que perseguí en sueños lo conseguí. Y si compraron el libro, se joden ustedes. Las hojas están en blanco. Todo fue una excusa para tenerlos presentes aquí”. Vaya si lo logró.

Lacrónica, Martín Caparrós

 

El escritor y periodista Martín Caparrós ha publicado “Lacrónica”, una compilación de más de 600 páginas donde, a través de crónicas e historias escritas por todo el mundo, desgrana sus 30 años en el mundo del periodismo y cuál es su reflexión sobre la profesión.

“Es una selección comentada de lo que he escrito en periodismo a lo largo de 30 años, que por un lado te cuenta cosas sobre el mundo de estos últimos 30 años, y por otro intenta pensar sobre cómo se encuentra el periodismo”, confiesa Caparrós en una entrevista con Europa Press.

Es una pieza literaria, pero también una clase maestra sobre el oficio de contar, imprescindible para cualquier periodista que se precie. Súper recomendada.