Chamigos

“Chamigos”. Osvaldo Sosa Cordero. Para todos ellos. Salud. Felicidades.

 

¡Hola, chamigo! ¿Qué tal?.
-¡Pero muy lindo, chamigo!.
Es el típico saludo
que usamos los correntinos.

“Chamigo” quiere decir
literalmente: “Mi amigo”.
Aunque en rigor de verdad
eso se halla enriquecido
por todo cuanto contiene
de fraterno, de afectivo.

El “Chamigo” es algo más
que lo común de un amigo.
Es una mano que estrecha
con impulso repentino,
es la voz que en ocasiones
nos nace como un estímulo
dándole fuerza al elogio:
¡Estuviste bien chamigo!

O la advertencia oportuna
cuando en algún trance crítico
alguien se acerca y nos dice
muy formal: ¡Chaqué chamigo!

O el corazón hecho hueco
cuando brindamos asilo,
diciendo sencillamente:
“¡Esta es tu casa, chamigo!”

O el reproche que nos brota
cuando exclamamos heridos
por el filo de una ofensa
“¡Eso sí que no, chamigo!”

Hasta en ello, hasta en lo ingrato,
la expresión tiene un sentido
de cuño tan puro y noble
que le dá valor de símbolo.

Un símbolo de amistad
muy propio del correntino
pero así, cordial y hermoso
no crea usted que el “Chamigo”
se lo prodiga a cualquiera, no señor.

Es ese un rito que se practica tan solo
cuando está reconocido
el real afecto de aquellos
que se consagran amigos.

Por eso, sin prevenciones
confíe en el correntino,
cuando corazón en mano
se le entrega en un: ¡Chamigo!

Este amor tan tuyo y mio

Este chamamé escuché siempre como fondo, cuando necesitaba reposo. Es una de las tantas bellas creaciones de Antonio Tarragó Ros y Víctor Yunez Castillo, interpretada en este caso por el dúo de Franco Giaquinto y Marcos Pereyra, acompañados en la opotunidad por Pablo González en bajo. Fue grabado en 2008 y es, a mi juicio, una de las mejores versiones del tema.

Que lo disfruten tanto como yo:

Chamamé en menor

“Soy todo el misterio 
que se enciende
chamamé ponzoña y duende…
soy payé, cuchillo y flor”.

Chamamé en menor (R. Flores y J. Báez)

@EOLedesma

Cerrados los fuelles y enfundadas las guitarras, se apagan también las pantallas y sólo quedan las pálidas luces del perímetro del Cocomarola como testigos del lento peregrinar de la feligresía chamamecera que -en masa- se va extasiada, prometiendo volver siempre. Mientras, explota el último fuego que llena de humo la madrugada correntina en el barrio Las Tejas o Canindeyú. Atrás va quedando otra edición de la Fiesta Nacional del Chamamé y aún con la agriedad de la resaca -por tanta alegría, tristeza y nostalgia compartida, generalmente a los tragos-, amanece el momento del balance.
La edición 27 de la “fiesta grande” ha redondeado con éxito su ambiciosa propuesta. Lo demuestran sus números que pueden traducirse en tickets cortados; en comida, bebida y productos asociados vendidos; en “trending topics” alcanzados por menciones vernáculas y otras que llegaron desde lugares impensados del globo; en lectores-oyentes-televidentes abrazados en la inmensidad de la nación chamamecera y en los retornos que permite hoy -vía mensajes de todo tipo- la tecnología disponible, que ayuda a darle alas a estos aires litoraleños.
Los organizadores (con Gabriel Romero y Eduardo Sívori a la cabeza) han demostrado, una vez más, que tienen desarrollado su criterio de show, y en ese contexto han enhebrado una grilla robusta, por momentos exquisita, que no obstante tuvo su contrapeso de “berretismo” por compromisos que al parecer crecen exponencialmente y son imposibles de eludir para aquellos que con responsabilidad intentan mantener altos los niveles artísticos-técnicos de la escena festiva.
Está claro que no siempre se logra. Lo del sábado último, salvo las excepciones que podrían contarse con los dedos de una mano, es prueba cabal de ello. Al desbalance de la grilla se sumó el extravío de los sonidistas, cosa que ya se había superado. Podría sumarse aquí el deslucido espectáculo de Los Nocheros y el derrape al que comentarios de otras épocas han empujado al Chaqueño Palavecino.

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La convocatoria de las formaciones musicales locales ha quedado demostrada parcialmente. Es indiscutible el acompañamiento que reciben Los de Imaguaré, “Bocha” Sheridan, Bofill, Amandayé, Barboza, Flores, Acuña, Las Vera, Los Alonsitos; pero es imposible medir al resto de los buenos-nuestros cuando son obligados por las circunstancias del espectáculo a competir en desigualdad con la propuesta de la fiesta, que contrató a muchos de los mejores folkloristas-roqueros-melodistas-cumbieros del firmamento artístico nacional. Alcanza con nombrar a Soledad, a Roger, Lizarazu y Villamil, a Baglieto-Vitale, a Salinas, Angela Leiva, a Palavecino o Los Nocheros, para advertir lo dispar de la carrera.
Ahora bien: lejos de la cuota de recelo con la que pudo haberse envenenado esta visión, también sería válido centrar la mirada en determinar si la buena intención de la organización, de que el ejemplo cunda para elevar los niveles de calidad de los propios artistas correntinos, llega a estos como mensaje o desafío. Da la impresión, muchas veces, que la intención no alcanza o no es bien transmitida o mucho menos: ni siquiera es recibida.
Es cierto que hay de todo en todos lados. Que hay artistas de grandes presupuestos que no honran siquiera su propio contrato, y los que lo hacen sobradamente. Pero también hay muchos quejosos musiqueros de entrecasa que no conocen lo que es un ensayo: suben al escenario y allí exponen su indolencia artística y mediocridad musical, atragantándose, en el mismo acto, con solemnes pedidos de respeto para los que vienen de afuera. En muchos casos, sólo ese es el pecado de los foráneos: haber nacido fuera de los márgenes de los ríos que llevan y traen nuestras propias limitaciones.
Pierde sustancia el reclamo cuando uno no es capaz de sostenerlo con el ejemplo, y cuando se asume una postura intransigente de purismo a estas alturas imposible. Cuando el chamamé estuvo cerrado en su propia cosmovisión, el Cocomarola asistía casi vacío al paso de los artistas. Abrir el espectáculo fue una decisión acertada que permite vivir hoy la realidad de una fiesta que enorgullece. Pero el durazno tiene pelusas. Así hubo que transitar muchas veces la prueba y el error. Muchos, por suerte, fueron subsanados. Aunque hay errores-decisiones políticas que todavía están, generando ronchas, cuando no gangrena.
Ni hablar de la no correspondida generosidad correntina con el resto de los grandes festivales del país, que muy por el contrario de lo que pasa en el enero correntino, cierran sus puertas y oscurecen sus escenarios a los chamameceros. ¿Será -como dijo alguien por ahí-, problema del género (que paradójicamente entró como terna a los premios Gardel por su potencia ancestral y su viabilidad comercial)? ¿O es que hay mucha más improvisación de la que se ve? ¿Cuánto le deben los grupos más desabridos, montados para la ocasión, al Sosa Cordero lleno de luces e imágenes con pretensión cinematográfica? ¿Por qué siempre van los mismos dos o tres a Cosquín, Jesús María, Baradero y las demás paradas festivaleras del país? ¿Qué tendrían para decir los propios músicos excluidos?

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Sumado a esto, hay que decir también que hay modelos de difusión que están agotados. A por lo menos diez años de la inauguración de la fiesta modelo Lischinsky, los grandes medios nacionales e internaciones a los que la provincia paga sus honorarios y viáticos siguen mandando gente que ve, escucha, huele y siente la fiesta, pero luego describe al pueblo chamamecero casi como indios civilizados, con heladeritas, cerveza en lata, vino en jarra y fernet en vasos llenos de hielo, profanando el brevaje de las tribus mediterráneas.
Corrientes y su fiesta siguen siendo ese lugar para descubrir, ese “secreto de la Argentina”, idea que alguien vendió y otro alguien compró en el Chaco.
Este tipo de editorializaciones, al menos se contradicen con la grandilocuencia que implica ir de reclamos a la Unesco, compadrear con aquello de ser el único festival mono-género del planeta o ser la fiesta más vital del país como se cansan de decir las autoridades, propias y nacionales, que tras pasear por el Cocomarola, prometen acompañamiento y como nunca en los últimos años, cerraron la pantalla de la TV Pública a la transmisión en directo del espectáculo. Hasta Colombi salió a quejarse de esto, lo que es como mucho.
Hay en la fiesta gente que está estorbando y ausencias que no se entienden. Sobra Estado poniendo plata, pero escasea mano de obra para ayudar al sostenimiento grande de la celebración que años atrás supo ser todavía más abarcativa. Sobran las internas (políticas inclusive) y faltan solidaridades aunadas. El sentido común fue cooptado por el silencio del expediente.
Hay mucho cuchicheo en rededor de la fiesta, pero poca palabra firme y pública: debate abierto. Hubo y hay asimismo, por añadidura, silencio complaciente de medios y periodistas en el que muchas veces habremos caído nosotros mismos, en pos de un objetivo discutiblemente superior.

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Por encima de estos desvaríos, hay algo que perdura: la visión que tuvieron en su momento los transformadores de la fiesta. Corrientes cosecha hoy los frutos de aquel acierto. El chamamé es mundial, al menos desde el relato, y Corrientes se aferra a sus derechos de cuna para erigirse como capital de la nación chamamecera. Una nación inmensa, de millones de personas y varios países, en los que ya no se busca, con la rigurosidad de aquellos primeros años, a los mejores exponentes del género.
Hay excepciones, claro, y las hubo este año, pero terminan siendo una anécdota. Los muchos-buenos números que llegan de Brasil y Paraguay principalmente, y en algunos casos de Uruguay, al efecto de mantener vivo el crédito regional de la celebración, constituyen el recuerdo de viejas y gloriosas presentaciones de hace poco tiempo atrás. En ese contexto, poco pueden hacer los artistas, que dejan lo que tienen en el escenario.
De lo que se trata aquí es de que ha cambiado el enfoque: abundó en la edición que acaba de terminar una oferta que estuvo pensada para Argentina, y de ella para Buenos Aires. Aunque hay hacedores de la fiesta que miran de hecho la América toda, no ya a la región, y hasta quienes se animan a pensar en una colonización cultural subvertida hacia la vieja Europa.
Ojalá ese deseo imperial actual de los gestores que trabajan con el legado de Isaco, Ernesto, Tránsito y Tarragó, no caiga víctima de su propio peso. Pero ojalá también que puedan seguir existiendo esas personas que vuelan alto y lejos, pues aún en la caída quedará algo de la voluntad primera.
Por lo que se vio, los bríos de este año estuvieron puestos en el escenario, en reforzar la grilla de artistas para lograr lo que al final pasó: que el anfiteatro estuviera colmado casi de punta a punta, con variaciones de pocos miles de asistentes que hicieron la diferencia entre lo prudente y lo irresponsable. Pero cayeron en tamaño los foros. En cantidad las musiqueadas solidarias. Probaron con los municipios nuevas bailantas -con balance a determinar-, al tiempo que retacearon recursos para el barco chamamecero de Joselo Schuap.
Al menos la mitad de las 9 jornadas efectivas de musiqueada (una se suspendió por el clima y posteriores problemas técnicos) el Cocomarola soportó gente por encima de su capacidad. No pasó nada de milagro, tal vez por la mansedumbre y educación del público chamamecero, que año a año crece en volumen, acicateado por el perfil de acontecimiento social en el que ha devenido el espectáculo.
La Fiesta Nacional del Chamamé ya no es sólo un encuentro cultural circunscripto a los hacedores de un género musical de raíz. Es un acontecimiento social. Hay que ir, estar, mirar y ser mirado y, de paso, sacarse una foto con sonrisas de oreja a oreja pese al calor, la falta de baños, las colas interminables para todo y los manoseos propios de la densidad de espectadores y la falta de sensatez oficial.
– “El Cocomarola quedó chico”, -dicen unos, pero no se deja de regalar y vender entradas.
Quedó chico hace rato, pero -“no hay presupuesto para ampliarlo”, -agregan otros, pero no quieren tomar la decisión de achicar a cifras manejables (en términos de infraestructura y seguridad) la cantidad de espectadores.
Aseguran asimismo algunos alcahuetes de turno que las prioridades del gobierno son otras, y demagógicamente mencionan escuelas y hospitales.
Estas son en épocas de campaña y se escuchan sandeces de este tipo por minuto. Aunque no se trata sólo eso. Es contradictorio el mensaje porque justamente fue este gobierno el que ha convertido a la fiesta en evento. Ha invertido lo que tenía y lo que no para contribuir con esta realidad. Hasta proyectó con un concurso nacional la ampliación y remodelación del anfiteatro, y eso sin mencionar el presupuesto artístico anual, que se cuenta por varios millones de pesos, más allá de circunstanciales retaceos.
Sucede ahora que el gobierno se va, y aun logrando en las urnas la continuidad del proyecto (cualquiera al gobierno, Ricardo al poder), la fiesta y lo que suceda allí dentro será responsabilidad de otro. El contexto y la grilla de este año no se repetirá el próximo: y no se habla aquí sólo de ideas y nombres (porque sin dudas habrá rotación) sino de volumen económico, por lo que mencionar prioridades es al menos inexacto o sólo el principio de la discusión.
Más allá de ello, lo cierto es que progresivamente se ha invertido en luces, sonido, pantallas, en artistas, en medios locales, nacionales y extranjeros, en televisión e internet, pero no se puso un solo banco en la plaza festivalera. Se armaron en algún momento y luego se sacaron un puñado de tribunas. No se construyó un nuevo sistema de sanitarios ni se modificaron ni optimizaron los espacios con los que cuenta actualmente el Cocomarola.
Puede tener esto muchas lecturas, y una de ellas queda habilitada después de tanto tiempo de desidia: el desinterés en la gente. En el público que llena noche a noche este anfiteatro colaborando en el éxito del festejo. Tal vez hay quien piense que el público cautivo y en aumento del chamamé está y estará siempre dispuesto a todo.
Ojalá no sea tarde cuando los que deben hacerlo se den cuenta. Ojalá reaccionen antes de que la gente deje de volverse a su casa porque no puede exponerse al peligro de un desmayo. Ese hecho clínico menor podría terminar en tragedia si las cosas siguen como están, pues no habría cómo sacar a un sofocado de un predio con 15 mil almas obstruyendo el paso de los paramédicos, sin otro remedio, por los niveles de concurrencia como las del domingo, por ejemplo.
Y ojalá también que se debata. Que se critique lo que haya para criticar, pero que la fiesta no solo crezca sin sentido, sino que evolucione hacia un concepto más o menos consensuado. Que se desarrolle. Que sea capaz de generar su valor independientemente de los aportes del Estado, porque si no, cuando tales dineros no existan, este producto cultural que reditúa en muchos aspectos, entre ellos el turístico, volverá a su pasado austero y de doliente intimidad.

https://www.ellitoral.com.ar/449482/Chamame–en-menor

El chamamé suena mejor sin playback

A un cierre grandioso, no sólo por la soberbia actuación de Soledad, sino además por el recitado cooperativo de los grandes nombres del género, abrochó la exitosa convocatoria de plata de la Fiesta Nacional del Chamamé, que emprendió, ambiciosa, el camino del oro.
Mucho más no puede agregarse a lo que diariamente se dijo del festejo, de su éxito de convocatoria con más de 100 mil personas en las 10 lunas de puesta, registro que coloca al evento por encima de los nombres, de la pelea por los espacios de taquilla y de atención mediática.
Se trata de un objetivo cumplido y con creces, sobre la base de la comunión dada por la organización (con el consiguiente respaldo político y financiero), los artistas y la gente que aplaude. He allí el sustento que hace grande al festejo, que nació apenas como una peña y que fue creciendo cuando algunos visionarios entendieron que a la raíz había que ponerle también algunas hojas.
El balance es positivo, claro, a la luz de los resultados, aunque poco se sepa de lo mucho que invierte el Estado en sostener esta fiesta, cosa que hace sobre todo a la transparencia, pues nadie en su sano juicio podría criticar este aporte a la cultura que es tal vez el que más ha redituado en el último tiempo. Se pueden ver y palpar los beneficios de esta decisión.
Es ejemplificador el crecimiento de la Fiesta Nacional del Chamamé, aun cuando se trata de una convocatoria específica, monotemática.
Es eso lo que llama: una forma de ser hecha música, canto y danza. Ni más ni menos.

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La exquisitez de los cultores virtuosos hace que año a año se exploren nuevas posibilidades estéticas. La presencia de los jóvenes, arriba y abajo del escenario, asegura a su vez el futuro de este encuentro casi religioso.
No obstante, queda tal vez en el espacio de las deudas, algo que podría resumirse en la necesidad de cultivar el respeto.
Respeto sobre todo a la gente, al público, muchos de los cuales aun pagando sus entradas, hubo días en los que tuvieron que conformarse con una pantalla gigante en las afueras del anfiteatro o, en todo caso, retomar cabizbajos rumbo a sus casas.
Respeto a los que sí pudieron entrar y se tuvieron que volver por cuestiones de espacio y de programación, que por los menos en dos ocasiones estiraron la presencia de un número central manteniendo a la gente apiñada irresponsablemente dentro del Cocomarola.
No pasó nada porque la fiesta parece tener su propio ángel, y porque el pueblo chamamecero sabe mesurarse en este tipo de contratiempos.
Por lo menos en tres ocasiones a lo largo de los 10 días de movimiento activo, la organización decidió meter más gente que la permitida dentro de las viejas instalaciones del anfiteatro sin, por ejemplo, la suficiente cantidad de sanitarios.
Sólo este dato sustenta la demanda de respeto por el espectáculo, por las correspondientes previsiones. Por los anuncios de readecuación de este escenario que desde hace varios años viene quedando chico. Respeto por la palabra empeñada ya hace tiempo cuando se concursó incluso para remozar al Cocomarola.
Respeto por los artistas, muchos músicos correntinos que hacen chamamé desde antes de las luces y el buen sonido; pero también consideración por aquellos que con respeto vienen a tocar lo que no es de ellos pero luego lo hacen propio.
Es profundamente emocionante ver cómo artistas de las más distintas latitudes, pero sobre todo los hermanos de Brasil y Paraguay llegan a la fiesta con sus alforjas llenas de trabajo a conciencia y admiración a este ñande reko (nuestro modo de ser). Preparan sus instrumentos, su ropa e incluso el repertorio, muchas veces inédito, para la ocasión de tocar en la “Capital mundial del chamamé”.
Francia tributó a Corrientes y a su sonido. Alemania, Israel y Japón también lo hicieron. Cuba supo mandar sus representantes. Ahora vino Venezuela mientras se anuncia Bolivia. Evidencia ecuménica de una música que hace rato dejó de ser sólo litoraleña para compartir, con sus influencias, una identidad americana con fuerza suficiente como para proyectarse a la orbe.
Desafortunadamente también hay muchos que, lejos de estas consideraciones, aprovechan los timbres del poder para hacer algunas changas. Se juntan para ir tras un expediente o de los cheques que se reparten en los fondos del escenario, guitarra en mano o acordeones al pecho; dicen barbaridades arriba del escenario o, lo que es peor, agitan tanto humo que se intoxican de sobreactuación al punto del descaro que implica, para ese público que los ovaciona, entretenerlos con pistas grabadas. Playback que le dicen.

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Es razonable, a veces, la queja de los propios por la avanzada de los ajenos, sustentada en la realidad inobjetable que implica ver festivales multigénero a lo largo y ancho del país, con apenas uno que otro grupo chamamecero. Pero el rezongo tendría todavía más valor si entre todos, el público chamamecero que se exacerba en el enero correntino y alza la voz en clave de crítica, y los propios trabajadores de esta música, rápidos para la queja, pueden responder qué hacen el resto del año, desde hace muchos años, para estar en esas marquesinas. Qué tipo de apoyo necesitan, en todo caso.
Sería al menos injusto creer o pensar que esta actualidad de la fiesta es posible proyectar siguiendo lineamientos más pensados para Mburucuyá que para Corrientes. Al César lo que es del César y Dios lo que es de Dios. Esta Fiesta Nacional del Chamamé creció así, generosa con sus invitaciones, a músicos pero también a artistas de los más variados que tras conocer esta puesta en escena, tan auténtica como propia, se han convertido en embajadores.
Párrafo aparte merecen los chicos de los distintos grupos de baile que pasaron por el Sosa Cordero. Mención especial para el Ballet Folklórico Nacional, pero, sobre todo, para el Ballet Oficial de la Fiesta que logró lo que pocos en su rubro: un ruego de bis tras un vitoreo apoteótico de pie. Merecido reconocimiento genuino para artistas que sólo días antes de comenzar con este servicio, reclamaban por un mínimo aporte, pues siempre bailaron profesionalmente, pero por amor al arte.
Podría decirse, para cerrar, que esta es una de las visiones posibles de la fiesta de plata que terminó hace una semana. Encuentro que también puede mencionar como acierto el reconocimiento a los pioneros, aquellos que pensaron este camino que parece estar su mejor momento, acomodado para la expansión.
La gestión de Cultura Nación para mostrarlo al país y al mundo por la TV Pública hizo el resto: un aporte necesario, negado hace años por cuestiones de mezquindad política.
Hoy Corrientes y su gente pueden exhibir su fiesta y sentirse orgullosos sabiendo, entre otras cosas, que los días de menor concurrencia, con 7 u 8 mil personas, constituyen el equivalente a un Cosquín repleto que, dicho sea de paso, hace tiempo que no se ve.
La base está. Es grande y sólida. Hay cosas por mejorar y otras tantas por sostener. Que el chamamé sea una política de Estado es una de ellas. Y de aquí hasta el infinito debe estar por encima del gusto personal del actual Gobernador. Es algo que, para empezar sólo por casa, tal vez podrían pensar los históricos personeros del carnaval.