Marcelo Leiras: “Cristina sigue haciendo lo mismo desde 2011”

Lo que pasa es que el compromiso ideológico de los votantes es consecuencia y no causa de las alianzas de los candidatos. Suponete que sos un votante de centroizquierda. Una vez votás a Binner, otra a Stolbizer. Pero los tipos se te van corriendo. No es que vos cambiás, se corren ellos.
Probablemente los únicos que no se corren son la izquierda clasista, pero el resto son muy volátiles en su política de alianzas. ¿Eso quiere decir que la gente no tiene convicciones fuertes? No, eso quiere decir que los candidatos buscan maximizar lo que creen que les conviene más en cada momento. Y también tienen políticas de muy corto plazo.
Si vos te movés mucho ideológicamente, por ahí maximizás en el corto plazo pero minimizás en el largo plazo. Me parece que la volatilidad del electorado es más reflejo del híper-cortoplacismo de los dirigentes. Y sin duda creo que la ideología es un fenómeno muy importante para explicar el comportamiento electoral.

Este es un extracto antojadizo de una muy buena entrevista de Eduardo Castilla para La Izquierda Diario, en la que Marcelo Leiras habla de las Paso: pero en realidad, habla de historia, del presente y del futuro político argentino. Vale la pena tomarse unos minutos para entender la realidad que vivimos:

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Marcelo Leiras: “No es novedoso lo que ocurre, Cristina sigue haciendo lo mismo desde 2011”

Volver al pasado

Muchos manuales de consultoría política sostienen una tesis dominante y comprobada de que las campañas electorales e incluso las permanentes son mucho más retrospectivas que prospectivas. Priman los argumentos relacionados con el pasado del que se sacan tajadas positivas y negativas, según la conveniencia del momento.
Esta aseveración de corte teórico encuentra en el país ejemplos confirmatorios a raudales. Pero no es todo: los movimientos políticos de Corrientes elevan a la categoría de teorema esas aproximaciones que aportó la Comunicación Política a lo largo de los años.
La referencia al pasado está muy presente en la Argentina: en el peronismo que recuerda a sus muertos, Perón y Néstor, y olvida estratégicamente a sus vivos: los 5 presidentes de aquella semana trágica de 2001 y a Cristina Fernández de Kirchner, que respira bajo mullidas alfombras de expedientes judiciales.
Y también está en el radicalismo que ensalza a Alem, Illia, Balbín y Afonsín pero ningunea a De la Rúa, su fracaso y sus consecuencias derivadas.
En ese contexto, el clima de proselitismo espeso en el que está entrando esta nación, al parecer atonta al Gobierno de Mauricio Macri que no ceja en su amontonamiento de errores, los que podrían condicionar su medio término y con él toda su proyección de futuro. Sus buenas intenciones, debe saberlo el Presidente, no conmueven el corazón del peronismo que se recicla oliendo, persiguiendo y bebiendo la sangre de los débiles.
Pero más allá de la política, tampoco esos buenos deseos llenan la olla ni apaciguan la angustia de las clases excluidas y trabajadoras, que sienten en la espalda el peso del ajuste, en los bolsillos la inflación y en toda su carne los despidos propios, de amigos o familiares. La vuelta a lo peor del cirujeo que perfiló la última crisis terminal de la Argentina.

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Y Corrientes, que ahora marcha al ritmo del disco nacional, no está ajena a esa triste melodía. Y aún así, el tópico es el pasado. Es la materia que han elegido los estrategas del Gobierno de Ricardo Colombi para salir a barrer las aspiraciones del candidato peronista con el que -como pasó en 2013-, el radicalismo y sus aliados menores saldrán a confirmar la grieta electoral-política y a tratar de sobreponerse al obstáculo de esa polarización.
Para el colombismo y su troupe de “aspirantes”, Camau Espínola es el pasado: el kirchnerismo, los bolsos de López, las obras de De Vido y la billetera de Báez; la prepotencia de Cristina, la indiferencia organizada y sistemática del Estado o, recientemente, la farsa de Milani, el general represor con el que el cristinismo sostuvo su política de Derechos Humanos. El castillo de naipes de ese cuento acaba de implosionar.
Para el peronismo fabián-camausista, en tanto, que por un rato entendió que había que buscar al enemigo afuera, el pasado está corporizado en Macri: en el neoliberalismo, en los ajustes, en las mentiras sistemáticas, en las fallas políticas que abrevan en la fuente de los imberbes (o de los imbéciles) y en los datos que le reflejan sus propias planillas de Exxel: en poco más de un año de Gobierno, Macri y otros 50 funcionarios suyos ya están imputados por hechos de corrupción.

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(¿Está claro? que) no es lo mismo tirar bolsos llenos de dinero a un convento, traer o sacar plata en aviones, o enriquecer a tu familia completa, que perdonarle a tu papá, desde el Estado, unos 70 mil millones de pesos, mientras por otro lado le sacas “20 pesos” a los 7 millones de jubilados por en “error de cálculo”. Que no es lo mismo tener a un represor montando escena como guardia de los desaparecidos, que un aduanero que reivindique a los represores. ¡Qué cosa! ¡Tán distintos, tan iguales!
La retrospección, queda demostrado, es un camino peligroso. Lo es en la Nación y lo es también en Corrientes. Sobre todo porque los que disputan el control del Gobierno en todos sus niveles tienen más pasado que futuro y un presente de quietud y mentira.
Debería tener cuidado el Gobierno de Corrientes cuando habla del pasado, porque sacando cuentas, si el kirchnerismo es pasado, el colombismo ya lleva en el poder más que los Kirchner y sus crías. Y eso sin hablar de aquellas épocas en las que compartían escenarios y hasta afiches electorales.
La oposición peronista, por su parte, tiene en su carga genética parte de lo poco bueno y lo mucho malo que le pasó a este país. Cuando estuvo porque estuvo y cuando no, porque hizo lo posible y lo imposible para volver haciendo zancadillas y repartiendo codazos.
El peronismo, que es alérgico al llano, debería en algún momento hacer su mea culpa. Un paneo basta para ver entre sus filas la condensación de promesas sustentadas en el curriculum de algunos de sus miembros, pero también el prontuario de lo más nefasto de la historia reciente del país, y también de Corrientes: dirigentes extraviados, sin votos y dañinos que han hecho del travestismo político su forma de vida. Y que devienen hoy -porque los han dejado- en generales plenipotenciarios que se aprovechan del desprecio interno en el que transcurre el PJ correntino detrás de la retórica del consenso.

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El panorama no es el mejor. El país se debatirá este año entre dos formas de pasado: entre el que encarna el kirchnerismo-peronismo y el que encarna el macrismo-menemismo-aliancismo. Dos formas de gobierno: el del call center atendido por pasantes o el del látigo de los barones y baronesas. Por el momento al menos no hay posibilidad de síntesis.
El gobierno de Corrientes se desmarca: está aprendiendo a usar su call center, trolls y demás servidores humanos de propagandas varias, pero siempre respondiendo a la matriz de otro tiempo, analógica y ciertamente autoritaria: la de un líder que manda y del resto que se encolumna. Cualquiera que encarne un desafío a ese andamiaje no tiene otro destino más que el de la morgue de los burócratas ambiciosos.
Es difícil, en ese contexto, que unos y otros hablen de las bondades de la democracia que no practican ni entre ellos. El radicalismo primero y el PJ la última semana, dieron muestras de gambeta electoral que atiende a múltiples razones, todas ellas ponderables, pero que socavan el sistema, minimizan la participación ciudadana y terminan reduciendo la política a las lógicas primitivas de mando que se heredó de la revolución francesa: el gobierno de elegidos.
Y después está el discurso que se estructura en esa urdimbre funcional. Un referente de ECO+Cambiemos dijo la semana pasada que Espínola no puede ganar porque ya perdió en 2013. En el mismo acto y en la misma radio, ese mismo senador-candidato ponderaba la candidatura de Tassano, que paradójicamente también ya perdió, en 2009.
En paralelo, un referente del PJ-FPV dijo que si llega al poder pujará para evitar que los funcionarios se enquisten en el poder. Daría por terminado, prometió, con aquellos que no conocen otro trabajo más que cobrar del Estado desde que se fue la dictadura.
Se refería al cargo de gobernador y esa prohibición ya está en la Constitución, pero lo que plantea el muchacho es un régimen al estilo norteamericano: dos períodos y a la casa.
Se trata de un acto de voluntarismo puro si se tiene en cuenta que en el mismo sector que él lidera, para estas mismas elecciones, postularán a candidatos que tratarán de encontrar una hendija judicial para burlar las trabas de continuidad que hoy mismo tienen  la Constitución y las cartas orgánicas. Lo que se dice cinismo puro.
Ni hablar de las promesas. El colombismo hará hincapié en las promesas incumplidas de sus oponentes y, por el contrario, tratará de cortar todas las cintas posibles antes de las elecciones. La autovía de la Capital se inscribe en ese esquema. La obra la anunció CFK con Camau, pero la inaugurará -se cree- Macri con Ricardo.
De otro lado la zona de promesas es grande: viviendas, caminos, energía, trabajo. La Coca Cola que no viene no se sabe si por las condiciones fiscales del país o por las condiciones jurídicas de la provincia. Lo concreto es que no llega.
Así es difícil la cosa. Tan difícil como la tiene el presidente. Según el Macrimetro (una iniciativa civil, colaborativa y apartidaria que tiene por objetivo verificar el cumplimiento de las promesas de campaña del presidente), Mauricio hizo en campaña 265 promesas. Lleva en el cargo 435 días. Cumplió 10, incumplió 4, 27 están en progreso y 224 promesas están pendientes.

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Ojalá una iniciativa como esta se ponga en marcha en Corrientes, entre otras cosas, para evitar que las barbaridades que se dicen tengan un mínimo control que escape a la protección de los medios, muchas veces demasiado cercanos a la lógica del discurso único que con dinero público se convierte en hegemónico.
Alguien debería ponerle un coto a la paparruchada de defender el Iberá hasta el 10 y entregarlo el 11 de diciembre; o la berretada de la emancipación con la que se trata de encubrir la mas absoluta dependencia. Pasó con el kirchnerismo. Pasa hoy con el macrismo. En fin, es peligroso hablar de pasado, más aún del pasado reciente que muestra más continuidades que cambios.

El poder y la política del torniquete

Romper acuerdos en Corrientes tiene sus consecuencias, y más si tu socio es del poder o aspira a serlo. Por el contrario, celebrar entendimientos es un acto tan curativo y pacificador que es capaz de juntar sin problemas el agua y el aceite, cosa que hasta hoy la química no pudo. Vigilando todo, cierto poder corporativo, inamovible, que es capaz de bajar pulgares recibiendo instrucciones por teléfono, desoyendo lo que han estudiado al sólo efecto de mullir con su genuflexión el sillón de los que mandan.
Para decirlo de otro modo. En los últimos 15 días, la política nacional y la correntina, que vienen alineando planetas, han roto y celebrado acuerdos. Las consecuencias fueron múltiples y de toda caladura, con heridos de toda laya. Tanto ha pasado, que algunos protagonistas de este juego sintieron escozor y hasta un poco de vértigo.
Aún hoy, poco se sabe de la raíz del descontento, pero lo cierto es que después del asado con postre vigilante en la casona de la calle Mendoza, el gobernador Ricardo Colombi y su ex par, Raúl Rolando Romero Feris, parecen caminar veredas opuestas.
Sucede que en poco más de un mes se ha pasado de un polo a otro sin escalas: de la posibilidad de teñir de naranja el gabinete radical, a la compra de más pintura verde, de esa semifosforescente con la que vienen coloreadas hasta los remedios de gentileza. Se pasó de la eventual firma de un indulto y de la consecuente rehabilitación política de Tato (que hoy ni siquiera integra el padrón electoral), a la confirmación de varias sentencias que dejan al otrora hombre fuerte del nuevismo casi casi con los dos pies dentro de la cárcel. Uno nunca lo sacó.
Aquí el primer interrogante, puesto que es difícil determinar -a juzgar por la historia judicial de una provincia como esta-, si los fallos del Superior Tribunal que dejan a Romero Feris en el limen del calabozo, obedecen a una cuestión estrictamente técnica, presionada por las partes litigantes, o si responde a un mandato aleccionador por el vaivén que vienen demostrando los votos nuevistas en la Legislatura, contados en la teoría como socios y que en virtud de ello (y del raleo de la UCR y sus aliados) resultan cruciales para cualquier aspiración del Gobierno.
Ricardo Colombi -vaya novedad- necesita los avales parlamentarios del Panu, pero últimamente no los tiene. Sin querer queriendo, entonces, el torniquete judicial se cerró sobre el pescuezo de su líder, más allá de los méritos, sobrados y probados, que hizo el hombre de las botas y el sobrero de corcho para padecer la situación que padece. Fuentes judiciales juran y perjuran que esto no es así.
Sostienen que la movida del Superior Tribunal de Justicia, primero ratificando la unificación de tres causas de Tato Romero Feris (que lo mantendrían 7 años y medio en estado de reclusión, pagando además un resarcimiento de más de 8 millones de pesos) y luego confirmando una sentencia por peculado contra él y Lucy Ortega, se ajusta a cuestiones estrictamente técnicas. “A nosotros nadie nos llamó”, dijo una fuente judicial.
Pues entonces es la “oportunidad”, ya que después de tantos años de freezer, surge cierta celeridad que parece revestida con enduidos de la política, aunque nunca pueda probarse, y en este punto nadie puede alegar torpeza de ingenuidad. Menos aún si se tiene en cuenta que tales expedientes contienen la inhabilitación perpetua de Romero Feris para hacer lo que más desea: reinventarse y conseguir el jubileo moral a través del voto popular. Justo lo que vociferó al levantar los platos de la mesa en la que convidó costilla y chorizo a Ricardo Colombi.
Sumado a ello, el oficialismo gobernante tomó las riendas de la Legislatura y rectificó, en 24 horas, el parate de la semana anterior fogoneado por un sector del peronismo que quiso imponer condiciones políticas y de poder, planteando en el mismo acto una suerte de desestabilización que el Gobierno no estuvo dispuesto a soportar.
Resignó los votos nuevistas, pero los canjeó por los de un pedazo de PJ y colocó a Tamandaré Ramírez Forte en la Secretaría de Comisiones de la Cámara baja, bloqueando con esa designación las aspiraciones de Rodolfo Martínez Llano de disponer de ese espacio (crucial por el manejo de información reservada de todo del proceso legislativo) para dejárselo a un depositario de su riñón partidario: Fabio Soto. Un día después, el Senado sancionó el Código Procesal Penal, con acompañamientos mayoritarios y las abstenciones de dos senadoras de apellido: Nora Nazar de Romero Feris y Carolina Martínez Llano.
Mientras todo esto ocurría, el diputado peronista Hugo Vallejos, desconocido por su propio bloque, y el mismísimo Ramírez Forte, festejaron el triunfo de su designación denunciando aprietes y el “resurgimiento de métodos extorsivos, al estilo clarinista”. Ligaron de ese modo a un sector de la prensa local a las prácticas con las que Héctor Magneto, CEO de Clarín, quiere someter al Gobierno nacional, según denuncia el kirchnerismo.
Hubo otros festejos, más privados, cuando el Senado sancionó el Código Procesal, puesto que el avance de este proyecto, largamente debatido, molestaba a cierto sector que era tenido en cuenta hasta que “derrapó”, según dijeron varios estrategas. Entonces llego la reprimenda: la sanción del código y a otra cosa. A llorar a la cruz mayor. La ultima palabra ahora la tiene Diputados.

Las señales
Pero las aguas no se mueven en una sola bahía. La semana que pasó, habilitó un proceso de reconversión política que sólo hace algunos meses parecía imposible. Ricardo Colombi, en Casa de Gobierno, recibió en su calidad de funcionario nacional a Carlos Mauricio Espínola, actual secretario de Deportes. Firmaron acuerdos, se sacaron fotos y hasta sonrieron. Dejaron atrás el pasado (lleno de porquerías que ambos se han tirado durante la campaña electoral que terminó en septiembre de 2013) y se dispusieron a mirar el futuro. En esa mesa del Salón Amarillo donde ocurrió el acto, se encontraron -observó alguien-, los dueños del 95% de los votos correntinos.
Casualidad o no, ambos dirigentes pusieron en marcha un plan que va más allá de los acuerdos de gestión, pues por encima de lo que pueda decirse formalmente, no puede soslayarse que la foto de Camau con Lalaca ocurrió días después de que el Superior Tribunal de Justicia, nada menos, exhortara a un juzgado a clausurar la instrucción de la causa del derrumbe del edificio de la calle San Martín, en el que murieron 8 obreros, desprocesando en el mismo acto al ex medallista olímpico y a varios de sus amigos funcionarios.
Algunos de ellos acompañaron al ex intendente al despacho de Colombi, donde después de la firma de los convenios platicaron de política. Trascendió por los medios que se habló de “articular” (vaya palabra) acciones en beneficio de los municipios, y buscar los caminos para encontrar canales de diálogo.
Lejos de todo esto aparece el actual intendente y titular del Partido Justicialista, Fabián Ríos, que tiene literalmente cuentas pendientes con Colombi y debe resolver asuntos internos con Espínola.
Ríos, lejos de la movida y asfixiado en su economía. Tato, solo y a pasos de las rejas. Los molestos, molestados y apretado el que aprieta. El hilván de la política que no cambia de objetivo: la domesticación del otro, por obediencia o compulsión.

El conflicto
Así las cosas, el devenir político de Corrientes advierte una certeza: nada es más sanguinario que uno de sus miembros amenazado en su gobernabilidad, en su libertad, en su patrimonio o en su poder. Se dispone a la refriega, pero abandona el juicio, como un perro cuando come.
Es trágicamente triste ver, en este contexto, la pelea de los peces gordos, porque se disputan lo propio, pero también la tajada de los ajenos por su irrefrenable conducta desmesurada, acaparadora. Víctima de esto, en las últimas dos semanas, fue (al menos) la institucionalidad.
Cayeron dos sesiones en la Legislatura; se expusieron los desencuentros, producto de acuerdos atados con alambre que empezaron a crujir; hubo reposicionamientos parlamentarios y mayorías ficticias que alentadas por diversos operativos, intentaron montar realidades paralelas; surgieron afirmaciones rápidamente desmentidas; pases de factura, denuncias varias y varias caídas de martillo. Todo lo peor de lo de siempre. Señores de las sombras que salen de día y se encandilan, quedando a tiro de escopeta, como las liebres y conejos; rápidos siempre, pero propensos a la parálisis por la luz.
Más o menos con los mismos actores, pero claramente sin cambios en las prácticas, la oficialidad vernácula abrió el escaparate que resguarda los sucesos de los ‘90, sin medir que esa acción revitaliza a los que eran y ya no son, a los que son pero no eran y a los que permanecen agazapados en sus rencores para practicar la venganza.
Reactualiza lo más dañino de las corporaciones siempre listas para arrodillarse ante el poder aún dilapidando curriculum en ese albur.
En síntesis, más de lo mismo: corrupción revocada con acuerdos que se descascaran por imperio de las traiciones, siempre a mano en los despachos palaciegos.

Por la nacionalización del periodismo

Alguna vez el público contrató con el periodismo recibir “aproximaciones certeras de la realidad” para que éste, con ese insumo, pueda elaborar “certezas aproximadas sobre el mundo”.
“En la Argentina de 2012, esa función referencial deambula grogui por la cornisa donde independentismo y militancia se disputan a empujones la patria potestad del ejercicio de un oficio que los excede”, escribieron esta semana Fernando Martínez y Luis López. (1)
Hablan en esa misma publicación de un mal endémico que atraviesa a la profesión que, consciente pero también inconscientemente, asiste al hecho cotidiano de la tergiversación del referente. La información sagrada se mezcla con la opinión libre. (2)
“Atrás quedaron los días -agregan Martínez y López- en que los lectores aseguraban sin titubeos que el periodismo era quien daba cuenta de hechos sociales y que esos hechos narrados funcionaban circularmente como los “referentes” del discurso”.
Semejante degradación dispara la desconfianza a tiempo completo. Y no es que se busquen -por caso para los diarios- lectores sumisos que esperen la tripulación de su propio pensamiento. Sólo que hoy, hasta el placer de la lectura o el derecho a informarse cayeron presos de la inseguridad. Y quien lee o busca informarse, mejor si lo hace armado: o contra la hegemonía del señor M o contra las unidades básicas de la señora K.
A este debate se suma el de la dichosa “objetividad y el compromiso del periodista, la dicotomía entre los medios públicos y los privados o la forma en que el periodismo condiciona la política y la transforma en función de sus intereses”. (3)
No se trata de la salvación del pecado cual desviación del camino, como lo entiende la iglesia. Muy pocos, además, al ingresar a esta profesión, profesan la ingenuidad. No obstante, sigue siendo duro pagar por errores de los otros o asumir que se tome la parte por el todo.
Esta misma semana, en una de las Mesas de Redacción que se acostumbran hacer en El Litoral, una periodista habitué de las redes sociales contó una experiencia simple pero demoledora:
“Una persona me agregó como amiga al facebook pero me desagregó cuando se enteró que era periodista”, contó.
Al menos es una injusticia. Porque la víctima del desplante no escribió notas destituyentes ni escrachó a sus colegas; tampoco hizo tapa con un triunfo de Boca Junior justo cuando se cumplían 30 años de la guerra de Malvinas. No fue quien se mofó de una causa nacional sosteniendo la postura colonialista del enemigo ni quien se burla de sus lectores como un encumbrado editorialista que no tuvo empacho en describir el supuesto enojo de un funcionario por la manera enérgica de mascar un chicle. (4) No es quien intenta fundar un diario fundiendo otros ni quien denuncia acciones piratas desde la indignidad del robo permanente y sistemático de recursos ajenos.
No obstante, puede entenderse el desplante. Y bien vale este episodio doméstico para revisar como se sentiría cada uno después de observar concienzudamente lo que pasó en el país esta última semana, luego de que la presidenta Cristina Fernández anunciara la renacionalización del 51% de las acciones de YPF.

Historia
El anuncio de estatización de la petrolera configura en los hechos el proceso inverso al que signó la década del 90, cuando mandaban las privatizaciones.
Fue una decisión de alto impacto y multipropósito.
Sirvió para que el Gobierno retome el control de la agenda pública y la iniciativa política; deje a un lado el problema judicial del vice, Amado Boudou; embrete a la oposición en sus propias contradicciones y divida una vez más al periodismo que aprovecha la ocasión para hacer gala de su pertenencia e intenta arrastrar consigo al público que parece obligado a estar a favor de su patria o de la madre de su patria.
Gran parte del universo mediático, aunque rendido ante la evidencia de que en algunas cosas la política puede acordar sin chicanas infantiles, hace ostentación del control de la palabra e intenta imponer como vergüenza lo que en realidad es, más allá de la valoración ideológica, un acto de autodeterminación.
Y aunque este gobierno (y no otro) tuvo mucho que ver en la situación actual de una empresa como YPF, aprovecha los excesos de los demás para cometer sus propios excesos, o sustentar impostaciones guionadas para que el relato sea una exquisita obra de transmisión de pensamiento. Eso sí, siempre en clave de epopeya.
Este gobierno no puede explicar muy bien dónde estuvo cuando vaciaban YPF, pero ahora que se dio una vuelta de tuerca es necesario hacer conocer el sacrificio y la valentía que ello implica. Vastos sectores de la intelectualidad argentina incluso plantean declarar al 16 de abril como el Día de la Soberanía Energética. (5)
El periodismo, entrampado en sus divisiones, abona su propia crisis de confiabilidad. Muchos de los profesionales argentinos en las artes de comunicar recuerdan hoy lo importante de la seguridad jurídica, pero nada dijeron en su momento de los derechos humanos violados con la exclusión.
Un chiste pequeño pinta la situación: “La operación ha sido un éxito: hemos conseguido que parezca crisis lo que ha sido un saqueo”. (6)
Los mismos que en los 90 dieron cátedra sobre el consenso de Washington (recetas de varios puntos, iguales para todos los países, para garantizar el crecimiento económico a cualquier precio, incluso a costo de la vida de la gente), son los que no reconocen ese fracaso que ahora ya no se ve sólo en los suburbios del mundo sino en la propia gran Europa o en la América dominante.

Cambio de planes
El mismo acto de soberanía que se analiza aquí, abre el panorama a otra gama de contradicciones en la que suele caer la mayor parte de la clase política y también el periodismo, como se ha visto. Hablamos del cambio de discurso, lo que la prensa militante llamó, desde el bunker de “6, 7, 8”, distinta vara.
Pues sucede que el gobierno español, comandado por el señor Rajoy, ahora dice que es un error la decisión argentina, cuando hace tan sólo 4 años, en 2008, decía que “un país que no maneja su energía es de quinta categoría”.
Es muy parecido al cambio de discurso de los referentes argentinos. Siempre depende de qué lado del mostrador esté cada uno.
En estas condiciones, hoy, la “Argentina no acepta condicionamientos, y menos de los organismos internacionales que han caído en el descrédito”, según dijo Hernán Lorenzino, ministro de Economía. Mauricio Macri, en tanto, primero dijo una cosa y después otra, anteponiendo sus deseos presidenciales. Si fuera presidente, no volvería a privatizar la empresa, se apresuró a decir mientras acunaba a su pequeña Antonia.
El periodismo hegemónico, por su parte, que siempre compara a la Argentina con Brasil, poniendo al primero debajo del segundo, ahora no dice nada del espejo de Petrobras.
Son estos excesos, como el lobby de los mercados o el de la oligarquía nacional, que además tiene injerencia en la cadena de información y formación de opinión pública, los que exacerban las dicotomías que nos impiden ver un camino común, que por si fuera poco perjudica todavía más a quienes tienen menos posibilidades.
Corrientes puede dar su opinión al respecto.

Referencias
(1) Integrantes del Departamento de Comunicación de la Sociedad Internacional para el Desarrollo, Capítulo Buenos Aires. Publicado en Página 12 el miércoles 18 de abril, página 14.
(2) “Las opiniones son libres, los hechos son sagrados”. Adagio del editor Charles A. Dana, uno de los inventores del periodismo informativo, que también se atribuye a CP Scott, histórico director y luego editor de The Guardian, y uno de los creadores del moderno periodismo de información.
(3) Pascual Serrano, “El periodismo es noticia. Tendencias sobre la comunicación en el Siglo XXI”.
(4) Publicado en Clarín: http://bit.ly/J2t53n
(5) Lunes 16 de abril. Día del anuncio presidencial de la nacionalización.
(6) Extraído de “El periodismo es noticia. Tendencias sobre la comunicación en el Siglo XXI”.