La fortuna triste del Señor Hallado

“Es cuestión de sentarse en la galería, elegir un punto de mira diferente cada tarde o elegir el de siempre: el resultado es el mismo y a la vez es otro. Sentarse en la galería, así nomás, sin realizar ningún esfuerzo y el cuerpo se vuelve poco a poco pura mirada.

Cristina Iglesia
Mirar el campo, de “Corrientes” (2010)

 

Cuando Felipe Olivera encontró el crucifijo enredado a unas ramas, pensó en un milagro.

***

Promediaba la mañana y el sol brillaba fuerte esa primavera de 1739, cuando se dice que el hombre, que peregrinaba a Itatí, se detuvo a descansar en la zona de la desembocadura del arroyo Empedrado, donde originalmente estaba una reducción franciscana luego destruida. Cuentan que en ese lugar del pueblo viejo sintió una presencia que lo llamó a mirar hacia la copa de un árbol donde descubrió la cruz. La luz que agujereaba la fronda daba de lleno en la reliquia.

Don Felipe siguió el camino del norte y al cabo de varios días llegó a Itatí. Contó su experiencia a los sacerdotes de la Virgen, quienes además de bendecir el madero labrado, lo invitaron a construir una capilla para honrar al Cristo. Al encontrado.

El suceso caló hondo entre quienes lo supieron. Los curas de la parroquia todavía relatan por estos días que, en aquellos tiempos, los feligreses acudían al oratorio familiar para venerar al crucifijo, al que se llegaba por un camino rocoso, empedrado con material de la zona.

De tanto rezar, la gente se fue quedando, y así pasaron 87 años hasta que, en 1826, el Señor Hallado presidió la fundación del pueblo nuevo. Un año después construyeron la primera capilla. Y en 1912, el templo neogótico que alberga aún hoy la fe mayoritaria de los 15 mil empedradeños que cada 14 de septiembre le rinden culto en sus fiestas patronales.

Hasta los que se tuvieron que ir, porque sobraban, deponen su orgullo para volver y estar y ejercer su devoción.

***

– ¡Qué cosa! -digo sorprendido.

¿Habrá pensado Felipe Olivera, cuando vio la cruz colgada, que ese lugar sería después la Perla del Paraná?

¿Habrá imaginado que era posible ganarle un espacio al monte y levantar allí una mansión para el solaz de los millonarios argentinos y del mundo?

¿Habrá creído posible el peregrino que ese pueblo daría un gobernador de los mejores que recuerde Corrientes?

¿Y cuál sería su cara, por el contrario, si se enterara de que, con los años, esa tierra entregaría hijos en una larga estela de adioses por las promesas que no se cumplieron, ni se cumplen?

¿Qué pensarían, en todo caso, los hacedores del siglo pasado si vieran que la desidia sostenida ancló el mañana mejor a un presente quedo, corto de horizontes?

Tal vez Felipe Olivera sólo pensó en la fe. Que mueve montañas. O esas barrancas que veía. Que la fe persiste pese a todo.

Si lo pensó efectivamente, le asistía una certeza: Dios es más grande ahí donde no llegan el Estado ni las empresas. Las escuelas o las fábricas.

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Pero Empedrado no siempre fue un rastro. Tuvo una época mejor, inmortalizada en sepia por el alemán Roberto Gersbach: pintor, fotograbador y el primer fotógrafo de academia que se aquerenció por nuestras costas. Junto con Adolfo Mors y Wolfgang Seller constituyó la trilogía de maestros de las artes plásticas correntinas en el siglo XX.

Una placa recuerda a Gersbach en las paredes de su antigua casa en el pueblo de la calle larga, donde vivió con su mujer y sus tres hijos. Algunos de sus descendientes dan testimonio vivo de su legado. Roberto es su propio testimonio muerto. Sus huesos descansan allí, en esas tierras, desde el 17 de diciembre de 1936, como abonando la promesa que le hizo cruzar el mar.

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Empedrado empezó a escribir su historia casi con la colonización. Hay registros del siglo XVII, cuando los españoles levantaron las reducciones de Nuestra Señora de la Candelaria de Ahomá y de Santiago Sánchez, donde se encontró la cruz.

Después de mucho ir y venir, el cuatro veces gobernador de Corrientes, Pedro Ferré -dueño del sillón en el que todavía se sientan los inquilinos del poder provincial- fue autorizado a realizar la fundación del pueblo en el sitio que hoy se conoce, para lo cual le compró a Dionisio Suárez, a comienzos de 1826, un terreno de 2.500 varas en cuadro para asentar la población y sus ejidos.

El día preciso de la fundación no se conoce, pero la ley del 14 de septiembre de 1826 aprobó los actos de gobierno y al pueblo se lo denominó Capilla del Señor. Y ya no hubo mucho más que decir. Su primera escuela es de 1827. Su puerto fue habilitado al comercio en 1856, y en 1864 abrió la Municipalidad. En 1898 llegó el tren y en 1910 inauguraron la casa modelo de la Mansión de Invierno, un delirio para ricos que duró apenas tres meses.

Algo más duró el progreso que bajó de los barcos y de los vagones. De esos tiempos quedan casas con pretensiones italianizantes o historicistas.

– ¡Es una pena! -rezongo.

Empedrado fue pensado como puerto regional. Sigue teniendo una salida inmejorable al río, pero ya no hay qué llevar o qué traer.

Paradójicamente, la mayoría de los jóvenes con fuerzas y ganas se meten a embarcadizos. Son marineros en buques pesqueros que izan banderas que tal vez ni conocen, porque en su tierra no tienen ni canoas.

Los que no dan la talla de Popeyes, se van a engordar otras pobrezas en los conurbanos más prometedores de la Argentina. Salvo excepciones, es el destino de por lo menos el 33,6% de los correntinos, según el censo de 2010. Aquí no hay lugar para ellos.

– ¿Y el tren?

– El tren salió hace rato. Y le está costando volver.

***

Ni la gobernación de Fernando Piragine Niveyro pudo revertir la tendencia.

Piragine fue empedradeño y uno de los gobernadores más progresistas que conoció Corrientes. Desarrollista por convicción, durante su mandato, que duró sólo 4 años desde 1958 a 1962, se abrieron escuelas y obradores. Hizo caminos, electrificó los campos y muchas ciudades, pavimentó rutas y hasta inauguró el aeropuerto internacional de la provincia, que hoy lleva su nombre.

Pero entre otras tantas acciones, le dio al correntino su dignidad de ser, dicen quienes lo conocieron. Falleció joven, defendiendo al ya depuesto presidente Arturo Frondizi, su amigo. Murió en el Congreso Nacional. Allí mismo, el peso de su cuerpo cayó sobre una banca.

Ese mismo lastre sombrío, al parecer, hundió irremediablemente la prosperidad de Empedrado.

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– Llovió todita la noche, pero el Señor hizo milagro -me cuenta, ferviente, la chica que atiende un comedor-rotisería-panadería-confitería detrás de la Municipalidad.

Dice que el Señor torció los pronósticos, sopló fuerte y despejó el cielo de nubes. Dejó el viento, que amablemente aplaca el calor húmedo de la siesta.

Las hamacas de la plaza están sobre el agua. El suelo ya no chupa los excesos de la lluvia y el líquido se estanca en las zanjas que dejan las frenadas. Están temporalmente inutilizadas. Por eso trabajan sin descanso, desde el mediodía, las calesitas, las sillas voladoras, el remedo de carrusel en miniatura y otros juegos mecánicos que supieron tener mejor pintura, brillo y hasta mayor seguridad.

Alrededor de la plaza, sobre las veredas que marcan su límite, se acomoda un tolderío mayoritariamente de lona verde, azul y naranja. De lejos parece una fila de acoplados. De camiones.

Hay carritos de comida: asado de tira, pollo, chorizo, chicharrón, arrollado, hamburguesa especial completa 35 pesos, empanadas, sánguche de milanesa y de jamón y queso, chipá mbocá 20 c/u, jugos, gaseosas, vino y cerveza. Ferné.

El tiempo ayuda y como aquí ya nadie volverá al trabajo, se animan a la cerveza. Es jueves. O viernes chico. Y la semana ya está perdida. Son las 3 de la tarde y la cerveza corre entonces como remedio fresco: en latas, botellas o en vasos de plástico que tragan un litro.

Para los postres: churros, pastelitos, alfajores de maicena, helados, turrón de maní, algodón de azúcar, manzanas al caramelo, golosinas. Para los más tradicionales: mate y chipá, que sirve para desayunar, almorzar, merendar y de última, para cenar.

Por momentos el viento se mueve rápido y se arremolina cerca del piso. Desparrama el humo de las parrillas y el olor humano de los que llevan un rato largo transpirando su búsqueda espiritual lejos de las duchas. También desparrama perfumes: mucho desodorante en los hombres y alguna fragancia más fresca y sofisticada en las mujeres, sobre todo las más jóvenes. Recién bañadas, están listas para ver y ser vistas.

Las señoras mayores huelen a florería. Están sentadas a la sombra de un gomero centenario en el centro de la plaza, donde se hará la misa luego de la procesión. En eso, alguien ceba un mate recién hecho, curado con burrito. El aroma es penetrante, inconfundible. Se siente a campo, a patio, a descanso, a charla. A satisfacción.

***

Parece filosóficamente contradictorio, pero es una continuidad histórica y folclórica.

Al borde de las fiestas de los santos crecen negocios de todo tipo. Y empresarios que se dedican a eso: a recorrer en caravana, pueblo por pueblo, como el viejo Víctor, un tío gitano que de tanto en tanto aparecía ofreciendo lo que tenía y lo que no, y acampaba con su clan en las anchas cunetas naturales de las rutas de la zona. Su recuerdo aparece empujado por un rencor infantil…

Camino los contornos de la plaza para ver las novedades. En principio, lo de siempre: las pelotas de tajadas de hule fino, revólveres, ballestas, arcos y flechas, accesorios para princesas, princesas, formas de silicona, peluches, guitarritas, flautas, tamborcitos. Minions, Pepapigs, Gudys y Bozlaiyiars. Cadenitas, muñequeras, relojes y marroquinería al alcance de la cartera de la dama y el bolsillo del caballero. Lentes y la electrónica de amplio espectro: desde los legendarios Tetris hasta calculadoras científicas; desde cargadores portátiles de celulares hasta calentadores de agua de 12 voltios para el auto.

Me detengo en algo que no sé qué es. Tiene una forma rara, como de una pequeña linterna, pero con tres patas, como si hubieran encintado tres desodorantes a bolilla. Tiene cable y puerto USB. Hay de varios colores.

– Es un masajeador -dice el vendedor con una sonrisa burlona por mi ignorancia.

Fue entonces cuando recordé a don Víctor, pues me sentí abriendo la boca, viendo los espejitos que le quería vender a mi abuelo para darle brillo al exhibidor de tablas y chapadur de su panadería.

De paso se comió una porción de pastafrola que estaba para la venta.

– Que Dios se lo pague -le dijo a mi abuela el atrevido, y no lo olvidé nunca.

***

Cuando se encienden las primeras luces ya todo el pueblo habrá cumplido con Dios, por lo que se entrega ahora a quedar bien con el diablo. La plaza es poco menos que un aquelarre. Descansan los juegos para niños y empiezan a trabajar los vendedores de ilusiones. Cumplen más que los políticos, que no es poco.

Los hay de muchas provincias, pero también los negros senegaleses que venden collares y anillos, que son una atracción en sí misma.

Niños y grandes por igual, sobre todo la gente del campo. Nadie disimula la mirada. Los escrutan como a fenómenos y hasta les desconfían, pero no pasa de ahí. Los negros conversan en su español que tropieza con los códigos de la sintaxis y entonces los autóctonos ríen aliviados. Confirman que son seres humanos.

***

Las tiendas de ropa parecen un shopping barato bajo los gazebos asegurados con soga y estacas. Están mejor surtidas que muchos negocios locales del rubro, y tienen precios de liquidación por el final de fiesta, así que hay quien aprovecha. El problema es que estamos recién en la quincena y hay que hacer rendir la plata. Nadie cobró aún.

Los que sí mercan son los empleados de la administración pública, acostumbrados a embolsillar antes de fin de mes y casi todas las semanas cuando está cerca la fecha de las elecciones, como pasa ahora en Corrientes. Hay que incentivar el voto, dicen. Y si de eso se trata, el gobierno de Corrientes que comenzó en 2001 y se juega su continuidad en 2017, no escatima. ¡De más cuida la democracia el gobernador Ricardo Colombi! Casi como si fuera propia.

Entonces se producen las ventas. Aunque primero hay muchas pasadas y después muchos precios comparados.

Si sobra algo, viene lo mejor: la lotería.

– Es la vida en ancas de la suerte -le digo a mis adentros.

– ¿Y quién pa´ sos vos para juzgarlos? -me responden.

Asiento, de nuevo, para mis adentros. Es lo que hay. ¡Claro! Si yo mismo he visto la cara de lo que falta cuando el sistema cierra la puerta y los gobiernos se esconden dentro de su infamia.

Salgo del paso preguntando cómo va y señalo el cartón.

– Un yepoque -me dice la mujer mientras se acomoda para la primera ronda. Es bajita, de rulos y está contenta. Tendrá 40 años. Tiene las uñas pintadas de oscuro.

–¿Cuánto cuesta?

–Treinta pesos.

Paga y le dan un papel despintado por el uso. Tucumán Park, dice a modo de membrete. También le dan un puñado generoso de maíz que sirve para apuntar la jugada, pero también para dar de comer, al menos por un día, a un gallo mediano tirando a grande.

En el centro del toldo, sobre estantes, se acomodan los premios.

–Fue a lo primero que le llegó la inflación -le digo a alguien. Se ríe.

Recuerdo que las loterías de los parques, incluso las de las fiestas patronales, eran un rebusque de verdad hace por lo menos 30 años en mi pueblo, que no queda muy lejos de donde estoy ahora. Una vez la vi jugar a mi madre: quería una frazada de dos plazas que estaba en el estante. Ahora veo helatodos, termolares, una licuadora, alguna juguera y no mucho más. Sí mucha guirnalda.

La escena parece de cuento, pero es tan abrumadoramente real que pone los pelos de punta.

En los apoyabrazos-cartones-maíces, los jugadores y las jugadoras tienen más concentración que un astrónomo de la Nasa descubriendo un planeta. Algunos empinan una lata de cerveza, varios fuman y cavilan, otros miran al niño cantor: un muchachón más bien entrado en años que en otra vida habrá sido locutor. Tiene buena voz y la imposta con tal profesionalismo que da pena que sólo sea para cantar números de lotería.

El bolillero es una evocación de la pobreza, y se ajusta al contexto. Es un bidón de lavandina de 2 litros, color amarillo. En góndola habrá sido un Ayudín.

El locutor lo agita, hace sonar las monedas de madera numeradas. Saca una, dice la cifra y la repite, y luego la pone en orden para controlar cuando alguien diga “basta”. Las monedas son como la falange segada de un dedo.

La mujer de los rulos pega el grito:

–¡Basta!

El chico que reparte el juego se acerca a controlar. Es morocho y tiene las puntas del pelo teñidas de amarillo. Repasa los números con el índice de la mano derecha. En la otra tiene un toco de billetes.

Siempre es así en los parques. Gente que trabaja con la plata, la muestra. Como los cambistas. La exhiben como quien oferta en vidriera. Es como si dijeran: ¡aquí está el objeto del deseo! ¡Vengan a buscarlo pué!

Efectivamente la jugada de la enrulada fue perfecta. Da un brinquito de alegría. Acaba de ganar 100 pesos.

***

El paseo sigue, despreocupado. Hay muchas parejitas jóvenes. Los novios agarran a sus novias como si fueran a escapárseles. Se tocan. Se rozan. Se besan. Se muestran. Muestran. Parece la estudiantina, pero no es.

Me pregunto cuántos de esos jóvenes son ahora o serán en adelante los devotos de Pedro Perlaitá, el soldado pasado a fusil por disputarle la mujer a un superior.

Dicen que después de muerto fue convertido en un “santón correntino”, cuya tumba celeste -por su filiación política- se encuentra en los fondos del cementerio de Empedrado y es visitada con asiduidad. Allí van los estudiantes secundarios a pedir o a agradecer, sobre todo en época de exámenes y de mal-de-amores.

Los que ahora pasean por la plaza perecen ajenos a todo eso. Uno le compra algo a la susodicha, una pavadita. Otro le paga un capricho a la nena que cuidan junto con la otra nena que ya tiene los pechos brotados. Tal vez la niña sea su cuñadita, mandada de espía por los suegros para alejar los peligros del amor urgente. Los novios son adolescentes, pero pueden asumir el costo del soborno por silencio en la rueda de la fortuna. Nombre pretensioso si los hay para una tabla de madera llena de clavos, en círculo, por donde se pasea un arco de caño que en la punta tiene una flecha de plástico recortado que unos días antes fue una botella de gaseosa.

La flecha marca los premios que son muchas cosas, pero ni todas juntas hacen una pequeña fortuna. La nena empuja el arco. Da varias vueltas veloces y de a poco se detiene. Cae sobre la punta de un triángulo de color rojo. No se sabe bien qué contiene, pero la puestera, rápida de reflejos, manda a su hijo de no más de 6 años a que entregue el premio.

– ¿Qué le doy? -consulta.

– Abrí la bolsa y dale una pulsera -ordena, casi sin mover la vista de su teléfono.

La pulsera brilla. Son unas bolitas de plástico agujereadas y ensartadas por una banda elástica que se cierra con un nudo. La niña sobornada acaba de rifar su silencio. Y a juzgar por su rostro, es consciente de que salió perdiendo.

***

La fiesta de Nuestro Señor Hallado empezó hace varios días.

En torno a la novena, rezo importantísimo en el milenario ritual católico, se fueron cumpliendo muchos asuntos públicos. Pero ninguno tan importante como los de este día, que arrancó temprano y con el tiempo amenazante.

El punto central de la mañana contó con la presencia del vicegobernador Gustavo Canteros. Fue la máxima autoridad provincial en asistir a las celebraciones, un poco por protocolo y otro poco porque estos lugares siempre son importantes bulevares cuando avanza una campaña electoral.

– Estar nuevamente en Empedrado, ingresar por esa calle cargada de historia nos trae una síntesis de lo que es Corrientes: naturaleza, historia, cultura, religiosidad -dijo Canteros asumiendo un rol bien diplomático.

Esa calle es la avenida Bartolomé Mitre. Por largos años fue la única asfaltada. Tiene 30 cuadras, que es lo que mide de largo Empedrado, desde la ruta hasta el río.

Además de decir eso, Canteros encabezó el acto cívico central: la celebración del 191º aniversario de la fundación de la localidad. En ese mismo marco y en compañía del intendente Daniel Mierez, entregaron un presente al doctor Elpidio Monzón, un destacado abogado, profesor de Derecho Procesal Penal en la Universidad del Nordeste, fuente de consulta permanente y un orador de los que quedan pocos. Hace rato vive en Capital, pero nunca se fue del todo de su Empedrado natal, que ahora lo declaró ciudadano ilustre, a sus 94 años bien cumplidos y mejor llevados.

Monzón tiene una memoria prodigiosa y puede recitar los actos de gobierno que llevó adelante como funcionario de Piragine Niveyro, muchas de las leyes que dictó o interpretó, partes de la Constitución Nacional o bien, de cabo a rabo, un poema memorable de Osvaldo Sosa Cordero:

– Hola chamigo, ¿qué tal?
– ¡Pero íporante, chamigo!
Es el típico saludo
que usamos los correntinos.

Chamigo quiere decir
literalmente: mi amigo.
Aunque en rigor de verdad
ello se halla enriquecido
de todo cuanto contiene
de fraterno, de afectivo.

El chamigo es algo más
que lo común de un amigo.
Es esa mano que estrecha
con impulso repentino.
Es la voz que en ocasiones
nos hace como de estímulo
dándole fuerza al elogio:
¡Estuviste bien, chamigo!

***

Cuando se secaron los ojos de los familiares del ilustre, la cosa siguió su rutina, es decir, la rutina de la campaña. Corrientes debe elegir gobernador el 8 de octubre. Desde esta mañana del 14 de septiembre faltan menos de 30 días y todos andan apurados. Las encuestas muestran números disímiles pero constantes en la hipótesis del empate técnico. La diferencia entre uno y otro candidato es menor al margen de error.

Competirán tres candidatos, pero en verdad el asunto está polarizado. El candidato del gobierno, Gustavo Valdés, es también el candidato de la continuidad. Por eso los anuncios en ristra.

Canteros es vicegobernador, pero aspira a repetir en el cargo y promete ahora lo que no se pudo, no se supo o no se quiso en los 16 años anteriores: la puesta en valor y refacción de dos instituciones señeras de la localidad: el Teatro Dora y el Club San Martín.

-Me comuniqué con el gobernador Colombi y puedo asegurarles lo que va a ser una realidad muy pronto aquí en Empedrado. Nuestro gobierno asume el compromiso de llevar adelante la restauración de estos edificios tan importantes para la vida de la comunidad -dijo.

Por razones obvias, tampoco se perdió la ocasión el candidato opositor “Camau” Espínola. Estuvo desde temprano en el pueblo, en el ex Hotel de Turismo, que hoy es casi un ex hotel. Como muchas cosas en Empedrado, lo que hoy se ve es lo que fue.

Espínola y los máximos referentes de su frente Podemos Más, presentaron el programa “Corrientes Conectada” que permitirá, según dicen, extender el servicio de internet a toda la provincia.

– El futuro nos espera y debemos estar preparados, por eso hemos generado un programa de conectividad que abarca todo el territorio provincial para garantizar que la gente pueda acceder a internet y simplificar sus actividades laborales y estudiantiles -dijo.

Después presidió un acto partidario y más tarde participó de la procesión por las calles del pueblo. No se lo vio rezar, pero sí canjear un apretón de manos, un beso o una selfi por la posibilidad de un voto. Tal vez fue a pedirle eso al Señor Hallado. Que le preste el gobierno. Total, lo último que se pierde es la esperanza.

***

Los preparativos llevan varios días, pero se intensifican en las horas finales, antes de la procesión. La limpieza y el hermoseado del templo, la contratación del sonido, la invitación a las autoridades y personalidades, la organización de la caminata, de la misa posterior, la distribución de los conjuntos musicales y la selección de los maestros de ceremonia, que debe hacerse con más tacto que la elección de un pontífice.

Pero de todos esos prolegómenos me impacta el cariño que le dispensa una gringa, de pelo largo trenzado, a la cabellera rubia de un alazán que tirará el carretón de carga sobre el que irá la reliquia encontrada por Felipe Olivera, o una réplica. El pelo canela del animal brilla… goza del peinado de la crina que al final quedará como una red.

La carreta de madera barnizada, espléndida, tiene un arco de alambre revestido de flores: rosas púrpuras y gerberas y gipsófilas y algunas hojas y ramas verdes.

– Algo hicieron bien los españoles -me digo a mí mismo, mientras reparo que con sus variaciones, pequeñas o grandes, estas fiestas religiosas-populares se repiten en cada pueblo conquistado hace más de cinco siglos. De hecho, hay otro Señor Hallado, muy parecido en todo, incluso en su historia, que se venera en Santiago del Estero.

Es tan grande la devoción, que la gente reunida en este caso en Empedrado viene de los alrededores de la iglesia, pero también del campo y de otras localidades. Vienen por el Señor Hallado, pero también a ratificar la amistad de ese Cristo con sus propios patronos, a los que visten con lo que tienen para que den su paseo, así sea en una ermita diminuta de machimbre mal cortado.

***

Hay muchas familias entregadas con fervor a sus propios santos y vírgenes. Alargan la procesión del hijo de Dios aparecido.

Al costado del altar montado en el centro de la plaza, donde se hará la misa, hay varias mesas en fila, con manteles blancos, donde luego se apoyarán esas imágenes. Primero entran al templo, después salen y se acomodan entre el gentío. Algunas se llevan de a uno. Las reliquias más grandes, de a dos o de a cuatro, en andas, sujetando las agarraderas de los pasos-procesionales.

En la iglesia hay para ver y sentir. Gente de todas las edades y procedencias. Adultos que se persignan con solemnidad doliente y jóvenes indiferentes que están allí por otros apremios. Uno se acerca al vidrio de un postigo y se acomoda la enorme gorra tipo Alex Caniggia, para recién después ir al encuentro de su chica que está lista, esperando en el atrio, para dar una caminata de seis cuadras, con mucha gente alrededor, escuchando música sacra. Versión local, tirando a cumbia.

Policías vestidos de gala le hacen cordón y guardia al Dios del palo santo. Prefectos lo llevan. Los “canas” de uniforme diario están para actuar entre los mortales.

Algunas maestras se identifican con sus guardapolvos. Están allí para cumplir con su fe. Y cumplen, fuera de horario, con una aplicación que no le ponen a la currícula -sospecho de puro malvado. Me retracto y pido perdón por mis malos pensamientos. Salgo del templo y veo que la gente está esperando. Quieren ver salir la casita de vidrio con la Cruz de Olivera para empezar la procesión. Mientras, alguien reza. El rezo se reproduce fuerte por el equipo de sonido.

Jóvenes y no tanto, apuran la cerveza como si fuera necesario tomar coraje para pechar las tentaciones. Algunos pagueros se encaraman con los puebleros. Se ubican en los márgenes para caminar, despacito, como sus sueños. Otros tantos harán su ofrenda a caballo.

Los jinetes esperan al costado de la iglesia. Son los que cierran la marcha. Hay mucho olor a bosta. De caballos y también de humanos, porque la humedad de la lluvia se levanta con el sol radiante de las 4 de la tarde. Y no es un buen plan, por lo tanto, tener la necesidad de ocupar un baño químico o el que presta la parroquia.

Una cinta de nylon blanco que dice “peligro” en negro y se resalta con vivos rojos, atada a dos caballetes, intenta ser una barrera de contención para los equinos. La espera desespera, pero no queda otra. Un inspector de tránsito se ubica frente a la cinta para evitar adelantamientos.

Una compañera de la Muni se le acerca y le chucea:

– Che… ¡Ninguno tiene casco, eh! ¡A ver si le hacés la multa!

***

La procesión inicia con intenciones que se leen. Presto atención a una que no viene del cielo.

-Te pedimos Señor por la reconciliación del pueblo argentino -dice la señora que habla por micrófono y suena como la voz de un estadio. Recuerdo entonces lo que había dicho un cura alguna vez, refiriéndose a estas cosas:

–El pueblo habla a través de sus fiestas.

Y ahora, al parecer, está hablando de la grieta.

***

Las intenciones se intercalan con cantos que se escuchan como lamento. Como si hiciera falta angustia para hacer más vívida la eucaristía.

Cuando se alegra la cosa, al promediar la caminata, caigo en la cuenta de que la fiesta está siendo animada desde la plaza y que todos pueden seguir ese acontecer gracias a la tecnología. La empresa contratada para la ocasión está funcionando con enlaces satelitales, o de radio, que sirven perfectamente para unificar el sonido. Un lujo de la técnica puesta al servicio de Dios.

Un coro trata de entonar todas las canciones que apenas practicaron. En las misas habituales sólo se necesitan unas cuantas, pero ahora se alarga la peregrinación y hay que sostener bien arriba el ánimo de los clientes de Cristo.

Un trío de mujeres, que serían simpáticas abuelas cuentacuentos, en el costado opuesto al del coro, cantan entusiastas, como en trance. Hacen palmas, se mueven, hacen como que bailan, y además de entonar -o algo por el estilo-, gesticulan como mimos, con la idea, supongo, de contagiar a las personas que por algún impedimento no están en la calle y esperan sentadas que empiece la misa tras la llegada del crucifijo, de los curas, del resto de las imágenes y de los montados.

***

El sol alumbra fuerte todavía, pero por las dudas, en los altos del presbiterio al aire libre que armaron en la plaza, pegado al busto de Pedro Ferré, hay una pantalla gigante y una torre con luces de colores, más de calefón que de biblia, que no obstante sirve para “crear ambiente”. De noche quedan muy lindas esas luces, sobre todo cuando sus haces reflejan los troncos del gomero, de los pinos y cipreses que hay en esta plaza, la segunda viniendo desde la ruta.

También hay dos mujeres que conducen la previa de la celebración eucarística. Una de ellas lleva la batuta. Sobresale por el empeño que le pone a la lectura de esas líneas que le dan un estrellato de ocasión, pero también por la violencia con la que baja el micrófono de la otra cuando se mete a decir lo que no debe, lo que en el libreto dice que le corresponde decir sólo a la de la batuta.

-Una escena llena de codazos entre comadres, digna de un cuento de Luis Landriscina -me digo a mí mismo. Y en eso llega la gente y se anuncia la muerte y se proclama la resurrección.

***

Cambian los maestros de ceremonia, aparecen los curas de la Orden de Clérigos Regulares Teatinos que dirigen la parroquia del Señor Hallado desde 2005. No vino el obispo hoy. El sonidista pone cuatro micrófonos adelante del altar. Suben y se acomodan allí cuatro gauchos: bota y pañuelo negro, bombacha y chaqueta blanca, poncho salteño. Parecen Los Chalchaleros, pero no suenan igual. Siento que cantan para sí mismos:

-Seeeeñor, ten pieeedad, de nosooootros.

Una viejita, con cara de susto, sigue el espectáculo, pero de lejos. Parece escondida debajo de un árbol…

-Gloria a Dios en las alturas y en la Tierra paz a los hombres -dicen “Los Chalchas” de la misa criolla, mientras los chicos juegan sin cuidado por entre la tropilla que no termina de ubicarse.

-Hasta los caballos dejan de ser un peligro… ¿Será otro prodigio del Cristo? -escribo en mi libreta. En ese momento lo creo.

***

Nos vamos con Marcos -el fotógrafo que me acompaña-, por donde nunca vinimos: una calle larga, de tierra, poceada, con barro chirle por la lluvia del día anterior, que nos saca río arriba del pueblo rumbo a la ruta y de ahí a Corrientes Capital. Ahí veo las casas que contó Selva Almada:

Casas particulares de la época de la colonia con galerías sostenidas por postes gruesos, el ladrillo ganado por los yuyos aéreos y las telarañas espesas. Casas de puertas macizas, sin cerradura, aseguradas con una cadena y un candado para mantener afuera a los intrusos.

Las veredas angostas y elevadas de estas casas de 200 años obligan a subir y bajar cuando se intercalan, en la misma cuadra, con casas más nuevas. Estas casas bicentenarias y medio derruidas están habitadas por personas pobres que no pueden darles la vida de patrimonio histórico que merecen. Algunas tienen carteles de venta. El día que se vendan seguramente serán derribadas para construir en su lugar casas modernas o pequeños dormideros para turistas.

***

Pensando en ello me pregunto otra vez lo que no puedo responderme desde niño: desde cuando vi por primera vez una casona de frente gigante, puerta de dos hojas con tableros labrados, ventanales con postigos flacos pero altos, y en la carga del techo, detalles descubiertos con unas columnitas que de grande supe que se llaman balaustres.

¿Qué habrán pensado esas familias? ¿Cómo llegaron a vivir 200, 100 años atrás, en barrios que aún hoy pueblan los suburbios geográficos, pero también los otros márgenes?

Con el pecho hundido y los ojos aguados por el recuerdo, veo otra cruz clavada en un altar de basalto y concreto. Recuerda una batalla perdida. Una de las tantas: Rincón de Vences. Y al cura Brochero. Está frente a la parada del Ferrocarril Urquiza.

Cruzando la calle, el cartel de la vieja estación anuncia a Empedrado. Es una casa de dos aguas. Una escurre hacia un fondo de gomeros, lapachos, pinos y ambaî, cuyas hojas sirven para aflojar catarros. La otra cae hacia adelante y termina en la galería del andén, sostenida todavía sobre postes de quebracho cepillado. El techo es de teja alicantina cubierta de musgo.

En ese tramo los durmientes parecen intactos. Falta piedra en algunos tramos, pero está bien, al menos para saber cómo fue alguna vez.

De lejos, por las vías, se ve un pibe que se acerca. Zapatillas negras gastadas por el uso, buzo azul embarrado a la altura de las rodillas y una camiseta negra y roja. De cerca logro identificarla: es la camiseta alternativa de River. La de la Libertadores del 2015. Alguna vez, en la espalda, tenía pegado un número 19 y el nombre de Teo Gutiérrez.

Emanuel camina tirando piedras que recoge del suelo, de los rieles que ya no sirven. Emanuel tiene 9 años y le gusta el fútbol y ser niño y medirle a los pajaritos con los cascotes de las vías.

– ¿Y el tren?

– ¿Eh?

– ¿Viste un tren alguna vez? -le pregunto.

– Sí. Anteayer vi uno grandote -dice.

Emanuel, pienso, tiene derecho a ver esos trenes que llegan. Sólo esos.

El palmar donde se estancó el diluvio

“Llovió cuatro años, once meses y dos días. Hubo épocas de llovizna en que todo el mundo se puso sus ropas de pontifical y se compuso una cara de convaleciente para celebrar la escampada, pero pronto se acostumbraron a interpretar las pausas como anuncios de recrudecimiento. Se desempedraba el cielo en unas tempestades de estropicio, y el norte mandaba unos huracanes que desportillaron techos y derribaron paredes, y desenterraron de raíz las últimas cepas de las plantaciones”

Cien años de soledad
Gabriel García Márquez

Producción fotográfica: Nicolás Alonso

Yo quería casarme en Itatí. Pensaba ir con ella en un auto nuevo. ¡Y mirá!: me case desnudo en un hospital. Las vueltas de la vida…
–Ya vendrán tiempos mejores.
–Y sí. Dios da todo. Pero lleva todo otra vez. ¡Malo está!

Quien lo dice es Angel “Tate” Aguirre, clase 32, natural de Herlitzka, Quinta Sección de San Luis del Palmar. A sus 85 años, acaba de contraer matrimonio en únicas nupcias con Paulina Ramírez, 5 años mayor que él. Ambos son padres de dos hijas: Rita Ester y Marcelina -que les dieron 8 nietos y 27 bisnietos-, fruto de un amor de 65 años que transcurrió con algunos sobresaltos en el límite de Campo Grande y el paraje Borja Cué, donde aún no llega la luz eléctrica.
Borja Cué casi nunca fue noticia, ni tendría por qué serlo. Allí no llega ni el aire fresco. Visto de arriba no sería hoy más que un bosque y algunas casas tapadas por el agua. Pero es ese el lugar al que se aferró esta pareja de ancianos. Tanto, que en toda una vida no pudieron ir a Itatí en el auto nuevo que nunca compraron, ni casarse allí como Dios manda, con la Virgen de testigo.
Cuenta ella que la noche de la inundación sintió el agua. La vio de lejos venir con fuerza. Cuando pudo llamar para pedir asistencia (con su celular de la era pre-digital), el agua ya había entrado a la casa y no pediría permiso para subir hasta la ventana de su rancho.
El no quiso dejar todo. Abrazado a los horcones que son la prueba tangible del sacrificio de su vida, se quedó a esperar que escampe para hacer el recuento de los daños. Su bota pinchada lo indujo a que recorriera descalzo su patio convertido en valetón sin taipas, hasta que un clavo oxidado dio en la zona plantar del pie izquierdo, debajo del dedo gordo, zona que los reflexólogos ligan con el corazón.
Herido en su orgullo e inclinado de dolor, “Tate” Aguirre fue socorrido e internado en el hospital de San Luis pueblo. Todavía tratan de controlar la infección y el dolor que no le quita el buen ánimo. Después de todo está recién casado, así que bromea con invitar a una farra, ni bien escampe y el agua se retire.
–Ahora no se puede. Agua y cielo nomás se ve -dice, y sus ojos se esconden detrás de un nubarrón.
–Yo tenía todo: vacas, caballos, naranjas dulces, dulces… Comíamos palomas, patos, chajá, caraú.
–¿Se come el carau?
–Uh. ¡No sabes lo rico que es!
Paulina oye un tanto menos, pero habla mucho. Cuenta sus alegrías con alegría y sus penas con silencio. Ataja el llanto cuando hace el balance de sus pérdidas: una cama con sus ropas, ropas con su ropero y un saco con su harina.
Lamenta tanto que el agua haya hecho engrudo con ese insumo que ella convierte en pan, que de su inventario parece lo más preciado.
–Se van a recuperar -digo, tratando de convencerlos.
–Si, pero a nuestra edad… ¿Cuántos años pasarán?
En eso interrumpe “Tate”:
–Me hizo llorar este -dice, y con el dedo índice señala la extremidad que acaba de ser examinada por el médico y nuevamente vendada por la enfermera. Cierra fuerte los ojos. Suspira. Todavía creo que no señaló el dedo gordo de su pie izquierdo, sino su corazón agujereado por el clavo con ponzoña.

***

San Luis del Palmar es un pueblito pintoresco de casas bajas bien arregladas, pavimento, mucho ripio y calles de tierra, ubicado a no más de 25 kilómetros de Capital. Se llega rápido enancado a la Ruta Provincial 5, pese a que, por estos días, una bomba de desagote en uno de los barrios de las afueras de la ciudad de Corrientes ralentiza el paso rutero.
Centralmente católico y arraigado en sus tradiciones, es un pueblo peregrino que cumplirá el próximo 16 julio, 117 años de marcha devota con su patrono, desde su Iglesia, hasta la Basílica de Itatí.
Progresó mucho en los últimos años, pero cada tanto cae en las garras de la naturaleza, que a su paso se ensaña y cobra caro la disida oficial y particular, porque hay de todo. Es un pueblo satélite de la Capital que crece, en escala, casi a su ritmo. Fundado el 31 de mayo de 1806, el miércoles se cumplirán 211 años de la puesta en vigencia del documento expedido por el obispo de Buenos Aires, Benito de Lue y Riega, por el que se creó el Curato y por lo tanto, el primer asentamiento de San Luis del Palmar.
Tiene campos productivos y gente laboriosa, hoy en la ruina.
Sólo en San Luis, de las 18 mil personas que la habitan, se cree que unas 10 mil fueron afectadas directa o indirectamente por lo que ya fue calificada como la peor catástrofe de su historia. En el ejido urbano, unas 200 viviendas fueron sepultadas por el agua. En el campo la situación es peor: son menos, pero perdieron más. Lo poco que había. 

***

La situación de San Luis, epicentro humano del desastre, se entiende en su contexto provincial.
Desde cuando las aguas llegaron, hasta hoy (el primer embate ocurrió el 25 de abril y el segundo el 13 de mayo), Corrientes acumula pérdidas por millones. A los miles de evacuados y autoevacuados, hay que agregar que ya se murieron por inanición unas 50 mil cabezas de ganado bovino, otras tantas de ganado ovino y caballar. La provincia tiene un rodeo de 5 millones de cabezas bovinas y de ellas, un millón y medio se encuentra en la región inundada.
El ministro de la Producción, Jorge Vara, es claro en sus conceptos. Y le pone el pecho a las balas en nombre de su gobierno que reacciona más bien lento:
–La producción más afectada sigue siendo la ganadería, en especial la bovina en el Norte, y los pequeños productores tienen afectadas unas 12 mil hectáreas, pero no cultivos importantes. Están comprometidas entre 400 y 500 mil cabezas de ganado por los anegamientos de campos.
En los últimos días actualizó los valores:
–La gravedad de este fenómeno climático se situó en el eje de las localidades de Loreto, Caá Catí y Berón de Astrada. En esa zona llevan caídos 2 mil milímetros en cuatro meses, lo que generó inconvenientes en las 350 mil hectáreas que integran la cuenca del río Riachuelo.
Tal situación, además, desmejoró el estado de los caminos rurales. Hay campos que han perdido hasta el 80% de la superficie. Los pasos consolidados están tambaleantes y los caminos principales, como la Ruta 12, ya vio caer uno de sus puentes. Otros tantos están en riesgo.
La inundación afecta a 2,5 millones de hectáreas de campo en once departamentos. Las pérdidas económicas ya superan los $900 millones, y si bien se declaró el estado de excepción, el Fondo Nacional de Emergencia creado por ley para toda la República Argentina es de $500 millones. Absolutamente insuficiente.

***

Las historias se repiten entre los afectados, aunque varía en la gravedad del perjuicio. Y al drama de la creciente, en San Luis, se le suma la desgracia de la evacuación, de las condiciones de sobrevida en comunidad entre gente que, a veces, ni siquiera puede convivir consigo misma. Hubo enojos y peleas varias. La impotencia se siente. La angustia flota en el aire. Casi que es posible verla trenzada con bronca y con la ansiedad que genera un futuro sin certezas.
La Policía ya tuvo que intervenir una que otra vez para evitar que crezca el infierno de este pueblo chico, caído en desventura un poco por los fenómenos del cielo y otro poco por la voracidad del capital y de sus dueños; por la impavidez estatal, muchas veces cómplice de los patrones de todo, y por la indiferencia social. Criminal, simplemente.
Me pregunto luego, alejado de la catarsis, cómo procesarán los más chicos esta catástrofe. Una vez un psicólogo dijo que en realidad los más chicos, los niños, están mejor preparados para elaborar el problema y superarlo. ¿Y los más grandes? ¿Dónde se ubica, por ejemplo, Marisol Romero, 20 años, madre de un niño de 2, de una nena de 1 y de un tercero en camino?
¿Qué será de la vida de Juan José, 9 años, nacido cuesta abajo de la igualdad de oportunidades en un paraje rural de San Luis que ha perdido hasta su denominación?
Juan José se acerca y ya sabe qué decir:

–Necesitamos una heladera, una tele, una cocina, una cama. Todo nomás. Perdimos todo lo que teníamos.
–¿Tus papás dónde están?    
–Se fueron al hospital. Mi mamá está enferma.
–¿Vas a la escuela? ¿A qué grado vas?
–A tercero parece. Pero ahora no voy más.
–Necesitamos una heladera para mi leche -insiste, y yo trato de decirle que va a tener su heladera, que no se preocupe. Me siento mal por mentir, porque en realidad no sé si sucederá, pero tampoco sería bueno -me consuelo- agregarle distancias a sus deseos.
Quiero salir del lugar y entonces me despido de Juan José. Cepillo su pelo chuzo con la mano y el chico se me prende. Su abrazo largo y fuerte terminó por hacer añicos mi entereza. Ladran los perros mientras los chicos del Secundario dan clases ahí nomás, a unos metros, en el Colegio Nacional. Pese a todo, hay rumor de escuela en la escuela intrusada por la humanidad del desastre. Juan José sigue abrazado y yo lloro por dentro. Por fuera la llovizna se hace lluvia en ese instante.

***

Eulalia Vanesa Giménez apenas habla. Balbucea y sonríe, como pidiendo perdón por las molestias ocasionadas. Barre unos metros de galería de la escuela que desde hace un mes es como su patio. En el primer salón del ala izquierda, destinado a los evacuados, Eulalia vive con su marido y su hijo de 8 años. Ropas desacomodadas por cualquier parte, dos motos, una bicicleta de reparto y otra de niño, color amarillo. Una olla y una pava, negras de ollín de leña; y una docena de pomelos desparramados cerca de un destartalado camioncito de juguete. Tres colchones tirados en el piso de una pieza grande donde, paradójicamente, se regala diariamente lo que esta mujer no tuvo: la oportunidad de la educación.
Por eso manda a su chico a la escuela, y se alegra de que aún en estas circunstancias haya podido regresar a clase.
-Quince días falló. Pero ahora ya volvió.
–¿Qué pasó?
–No encontrábamos la mochila con los cuadernos. Después apareció flotando.

Eulalia perdió todo. De su casa se ve la mitad de arriba. Muestra unas fotos: es el agua adentro de unas paredes de ladrillos sin revoque. Allí donde antes había un hogar hoy no quedan más que ruinas.
Eulalia no sabe qué hacer. Su marido no tiene trabajo. Cree sensatamente que nadie como ella caerá en la trampa de comprar ese terreno inundable que ahora está inundado y además dice que desde el Gobierno ya le advirtieron que deben buscar otro sitio para reubicarse.
¿Puede alguien ser tan inescrupuloso? -me pregunto-. ¿Puede alguien aprovecharse sin culpas de la ignorancia de esta gente y sacarle lo que no tiene por el vicio de acumular monedas sin sudor?
En eso se cae una estampita de la bolsa de las fotos que Eulalia muestra al que quiere ver. San Miguel Arcángel, príncipe, jefe de los espíritus y de la milicia celestial. La protección contra los demonios: los del mundo y los de uno mismo.
-Necesito ayuda -dice la mujer, y enumera sus prioridades, que podrían traducirse así: alguien que nos escuche, alguien que nos quiera, y alguien que tenga la decencia de no estafar nuestros sueños.
–Ya va a pasar -digo en la despedida.
–Si, si, señor -responde, y entra al salón que custodia lo material de su vida, resumido a casi nada por la impiedad de la lluvia y el desborde del río.

***

A los 700 evacuados en promedio que siguen en los 13 centros habilitados en todo el territorio de San Luis, hay que adicionar un número incierto, no calculado con precisión, pero por lo menos igual al primero: son los autoevacuados. La mayoría es del barrio San Cayetano, un conjunto de 170 viviendas ubicadas en la esquina que marca la Ruta Provincial 5 en su intersección con el Riachuelo. Estas casas, como las de toda la extensa zona de ribera, hasta la semana pasada bajo el agua, aportaron damnificados silenciosos que tuvieron que irrumpir en la escena pública para ser escuchados y contenidos.

Tienen casas del Invico y la mayoría un sueldo del Estado. El resto se la rebusca: comerciantes, mecánicos, carpinteros, artesanos, changarines varios. Son los que sostienen, hoy, los reclamos de soluciones estructurales. Son los que vuelven a creer, como hicieron en 1998, cuando las promesas llegaron de otros funcionarios igualmente cultores de las mañas que los desacredita: la mentira bajo la máscara de una obra que nunca se hace, como está ocurriendo justo ahora.
Nada cambia, y eso que Corrientes mantiene relativamente constante sus ciclos de inundaciones. La de mediados del ´60, por ejemplo, quedó registrada en una formidable crónica de Rodolfo Walsh publicada en 1966 y que aún genera urticaria: “Carnaval caté”:
–“Había grandes zonas inundadas y las pérdidas eran tremendas: 90% del algodón, 60% de tabaco, 80% de arroz. Pero lo que desesperaba al señor Boschetti era la posibilidad de que las lluvias arruinaran, además, el carnaval”.

Desde entonces hasta hoy tuvimos al menos cuatro experiencias como para aprender y hacer algo. ¿Qué pasó? Muy poco: hay canales que recién se están haciendo y otros que nunca se mantuvieron; dragas que se prometen, pero que no funcionan. Hay estudios hechos, pero permisos que no llegan; y permisos que corren detrás de ciertos acomodos sin estudios del más mínimo impacto. Hay privados sin sofreno que achican el cauce de los riachos para darle un parque a los dueños del dinero y a los amigos del poder que compran sus terrenos. Hay mucho estado ausente, ruin y justo en este momento electoral, mucha carroña política.
La campaña transcurre tan sucia como el agua podrida de los bajos sanluiseños, y se escucha cualquier cosa. Lo de menos es el cinismo: que ahora sí la Nación hará lo que no hizo en 12 años. Que ahora sí la Provincia hará lo que no hizo en 16. Que ahora sí en Municipio hizo lo de nunca…
Las presentes inundaciones ya dejaron pérdidas multimillonarias que todavía no se pueden terminar de definir. La sangría quedará al descubierto cuando las aguas se vayan. Mientras tanto, como si hubiera margen para ello, la dirigencia política correntina se debate en chicanas y denuncias de cotillón. Gastan escasa inteligencia y muchos recursos públicos en ver cómo afectan al oponente. De soluciones ni hablar.
Así, por ejemplo, algunos encumbrados correveidiles del Gobierno de Corrientes dicen que en Capital y en otras comunas llamativamente administradas por la oposición, el desastre natural afecta mucho más por falta de obras. En la Provincia, evalúan estos mismos cerebros, el desastre hace de las suyas sólo porque es una catástrofe. Algo así como que, hasta el próximo domingo, en Capital, la culpa de las inundaciones será de Ríos. Y hasta las elecciones de octubre, la creciente en la provincia será sólo culpa de Dios.

***

En San Luis los vecinos tratan de organizarse. Reclaman a las autoridades, hacen trámites, buscan ayuda, tocan timbres de sus funcionarios provinciales y nacionales, pero mantienen a raya a los que pretenden sacar réditos electorales con la catástrofe.
Los autoevacuados, algunos de los cuales ya volvieron a sus casas y conviven con el olor de la cloaca y de los desinfectantes, hacen cuentas de sus pérdidas. Lloran por igual hombres y mujeres: flaquearon en algún momento, pero se repusieron, generaron vínculos antes inexistentes y ahora hasta saben quiénes son esos vecinos. Ya no los une sólo el espacio físico, sino su calidad de inundados, perdidosos, desamparados, y el deseo de que la unión en la desgracia pueda seguir más allá. Su profeta: Julián Zini, que alguna vez escribió:
Ojalá que tanta agua /tanto río al por mayor, /nos purifique los ojos, /la mente y el corazón, /y así como nos iguala /al poriajhú y al señor, /nos dé una mirada nueva /y una mejor comprensión.

***

La religión es una matriz para los sanluiseños. Es un pueblo creyente, peregrino. Devoto de su santo, de su virgen, de su dios. Es un pueblo temeroso de Dios. Por eso mismo, en las peores circunstancias, se recuestan por la fe, que es su única certeza.
Cuentan que hace poco más de una semana, el sábado pasado, cuando los vecinos reclamaron y lograron ser escuchados por funcionarios provinciales, se armó una reunión en la Capilla San Cayetano que fue subiendo de temperatura hasta que como el río, estuvo a punto de desbordarse. El cura del lugar, Epifanio Barrios, se iluminó en un instante y calmó la gresca incipiente haciendo entrar una imagen de la Virgen de Itatí.
-Parecía que no se iban a entender y cuando vi que la reunión se estaba poniendo fea, hice entrar la imagen peregrina. La gente comenzó a aplaudir y cantar. Por un momento salió de su problema, se fueron calmando y después lograron seguir bien con la reunión. A tal punto que de las tres comisiones que había, lograron conformar una sola. Y el lunes cuando fui a celebrar la misa, ya me dieron una lista con las cosas que necesitaban.
Ese momento místico, culminante, increíblemente real, corta alambrados para mezclarse con las historias mágicas de García Márquez.
Dios da y quita, pero siempre ayuda, según esa cosmovisión. Aprieta pero no ahorca. No es casual, por tanto, que las iglesias y parroquias del departamento sean los principales centros de asistencia, ya como refugio o como lugar de reunión. O como carpas de campaña para los operativos sanitarios, tan necesarios hoy como el retroceso de las aguas.
Uno de esos centros sanitarios está, al momento de esta visita, en la Capilla de la Inmaculada Concepción. Un tinglado a dos aguas con cielorraso de machimbre de pino que cobija hostias y jeringas sin mayor conflicto filosófico. Es un centro de operaciones, pero de una guerra sin balas. Allí se atiende gente, se les provee de alimentos, se los escucha.
Una psicóloga social describe la situación y lo sintetiza:
–Estas personas, más allá de sus casas y sus cosas, ha perdido el hogar. Deben hacer un duelo, es una carga demasiado grande. Por eso nosotros hacemos lo que podemos. Tratamos de determinar si hay casos clínicos que demandan atención sistematizada y de ayudar con una escucha activa a los que tienen problemas asociados con la catástrofe.
Hay también allí una nutricionista. Preocupada por el balanceo alimentario en el medio del desastre, posa sus ojos cansados más allá de las costas rebalsadas.
-Los chicos e incluso los grandes están perdiendo peso. Eso nos puede complicar la recuperación -dice la jovencita, que a sus 30 años está haciendo sus primeras armas en medio de una borrasca sin fin.
El panorama claramente no es el mejor, pero todos coinciden en algo. Dicen que esta vez están trabajando en red, con lo cual pueden coordinar acciones y eficientizar los pocos recursos con los que cuentan. Se enorgullecen de ello. Y no es poco.

***

La Iglesia nodriza del pueblo, templo de San Luis Rey de Francia y de su huésped de honor, María de Itatí, está cerrada a las misas. Sólo unos bancos quedan en su lugar. Sólo el presbiterio guarda apariencia sacra. El resto es un montón de todo: montañas de comida, ropa, agua, artículos de limpieza, escobas de paja. Tan surreal es la imagen que, en uno de los costados, justo debajo del sepulcro vidriado de un Cristo de yeso con cara de tránsito hacia la resurrección, se acomoda una piragua ancha de fibra de vidrio azul. El bote fue adquirido por el Comité de Emergencia para llevar asistencia a los lugares infranqueables hasta para los poderosos Unimog del Ejército.
Tan impactante es la imagen que bien puede ser la síntesis de estos días de diluvio. Esa pequeña barca, que en situaciones de normalidad podría representar a la de Pedro, aquí más bien parece una maqueta de la famosa arca de Noé preparada para salir a flote del fin de los tiempos.

Al día de hoy, la organización de ayuda a los afectados, sólo de San Luis, llevan distribuidos cerca de 30 mil kilos de alimentos. Los dividen en paquetes que van armando de acuerdo a las necesidades de la gente y a sus paladares más bien autóctonos que muchas veces distan (bastante) de lo que se grafican los burócratas de escritorio de las administraciones centrales.
Por eso mismo entre la basura hay kilos y kilos de cartón. Provienen del “packaging” de los 500 módulos oficiales, de 5 artículos, que la Provincia envió hasta el momento, más preparados para dar volumen a la publicidad de una gestión raquítica que para matar el hambre de los afectados, que son más en número y comen al menos dos veces al día.
Por idéntica razón se apilan, casi intactas, cajas y cajas de sopas súper nutritivas que una firma del rubro hizo llegar para expiar culpas por la claraboya de la solidaridad.
–¿Y estas sopas por qué no las reparten? -pregunté a una mujer que intentaba ordenar parte del caos.
–Y… fijate -me ordena.
Leo: “Sopa crema Sensaciones. Camarón con vegetales y un toque de sabor a vino blanco. ¡Sabor y cremosidad aprobados por chefs!”.
–El otro día probamos una. Capaz si le agregamos un poco de mandioca o batata pueda funcionar en los comedores -dice José María Servín, coordinador y vocero del Comité de Emergencia.
Tal vez sea posible, pero ya va más de un mes y la prueba no se hace.

***

Mientras tanto, vamos con José María en busca del padre Barrios. Viene siendo una celebridad porque hace lo que debe, es decir, cumple con su misión pastoral de ayudar al otro: respaldando, corrigiendo y acompañándolo.
–Sólo soy un cura. Si no tengo a la Iglesia detrás, no soy nada.
El sacerdote, experimentado en esto de las crecientes, pues ya tuvo que lidiar con la del 1998 estando en Santa Ana de los Guácaras, se calzó de nuevo las botas y no dejó paraje sin recorrer, sin asistir a la gente, sin escucharlos, sin confesarlos, sin llorar con ellos. Emulo posmoderno de las cruzadas medievales del San Luis que hoy venera y cuida como vicario.
–¿Qué les dice a las personas que han perdido todo?
-Les transmito esperanza, algún consejo, les doy consuelo. El agua lleva todo, pero sobre todo los afecta emocionalmente.
–¿Y usted cómo hace para no quebrarse?
–Varias veces me quebré, pero entonces llamo a mi obispo, a algunos de mis hermanos sacerdotes que me ayudan a encauzarme cuando me desoriento.
–¿Qué es lo que más ve en medio del agua?
–Que la gente está enojada y eso hace que nos peleemos entre hermanos. Desconfían de todo, por eso incluso, cuando llega la ayuda -mucha ayuda gracias a Dios- descargamos a la luz del día y a la vista de todos.

Es increíble, pero sucede en las mejores familias. Llega la ayuda y hay quien cree que se la roban. Hay quien cree que se guardan algunas cosas y si bien hay muchas manos (cuyo número igualmente se va achicando conforme pasan los días), también hay mucha miseria.
Hay quien denuncia que no es que el Gobierno haya mandado poca ayuda o que se desentienda de las obras.
-Mandaron hasta colchones, pero los bajaron en la casa de una funcionaria que es una potencial candidata a intendenta -dice agriamente un muchacho que merodea por el Municipio.
Para cortar por lo sano con todo el chismerío, el cura Barrios decidió peregrinar con el pueblo en el mes de julio. Irán a Itatí, en sus carretas de siempre, con chicharrón de vianda, como hace más de un siglo, a pedir a la Virgen lo que no cumplen los políticos; y tal vez a agradecer que escampó y siguen vivos.
–A pedir fuerzas para volver a empezar con la esperanza de que no vuelva a pasar -dice el cura, que habla fuerte, con una voz que al parecer está siempre al borde del llanto.
–¿Sabe padre que lo están midiendo, no? ¿Qué su tarea está siendo evaluada políticamente?
-No me preocupa. Mi tarea trasciende lo humano. Mi tarea es llevar a la gente al cielo y agarrar la pata de alguno para poder entrar yo también.

***

En el negocio de Ramón Meza todavía se limpia, pero ya se vende. Un 75% menos, porque el barrio todavía parece un asentamiento fantasmal. Sacar fotos hoy, en el bajo del San Cayetano es hacer una retrospección. Son las fotos de Miramar, Córdoba, al promediar la década del 70. Son las fotos del Epecuén, Buenos Aires, inundada en los años 80, escurrido casi totalmente ahora, tres décadas después. La diferencia, aquí y ahora, es que los sanluiseños no son turistas. Son nacidos y criados que tienen amigos y familiares que los socorren, pero esa ayuda no es eterna.

El barrio es hoy un valle de lágrimas: el riacho desbordado, las calles anegadas, barro mezclado con ripio, basura flotando, un piletón maloliente donde ayer nomás fue una canchita de fútbol. Por allí hay un CD tirado, brillante, hundido. Fue tal vez de música. De fotografías. Hoy no es más que una moneda de plástico sucumbida, rastro de vida en medio de la destrucción.
El barrio San Cayetano es hoy un montón de mierda flotando. Es una planta de residuos cloacales que se levanta en el corazón del lugar, como un Caballo de Troya diseñado por el enemigo y utilizado por los perversos que creyeron alguna vez, en su sinrazón e ignorancia técnica, que una cámara para 170 casas sería lo mismo que para 3000, donde más o menos viven las 12 mil personas que pueblan el palmar encharcado.
La barriada es hoy lo que queda de mejores épocas: resiste a la inundación con una pujanza austera pero digna de quienes provocan el progreso autosuperándose. Son hileras e hileras de casas multicolor uniformadas en dos tonos: el negro del excremento que brota de los sumideros colapsados y el verde que deja el agua como estigma de su paso arrasador.

Es la casa de Mercedes, 24 años, un hijo. Con mucho esfuerzo le agregó una piecita al espacio mezquino de las construcciones sociales, pero no aguantó el embate y sufrió de lleno la crecida del río que pasa por su frente, casi siempre manso.
Mercedes habla resignada. Era una niña cuando su familia y ella misma se escaparon de la creciente del 98. En la misma casa aguanta ahora esta inundación que fue y vino dos veces en un mes, llevando lo poco que tenía.
-Lo que más bronca me da es el ropero. Caro me salió y justo ahora que lo terminé de pagar, no sirve para nada.
El ropero de melamina, obeso de humedad, descansa sobre el canto de una cama desnuda que hace las veces de andamio para sostener lo salvado.
–Hay algo seguro: lo que no te mata te hace más fuerte -digo para animarla.
Me mira, hace silencio, baja la mirada y luego sentencia:
–Y sí. Contra Dios no se puede.

***

Ya casi en la despedida, en un alto de la tarea, camino hacia una esquina y allí me quedo, en el medio de la encrucijada a contemplar el estrago que se manifiesta en tiempo presente. Me lo avisa el repiquetear de la lluvia sobre el piloto que uso de protección durante la visita a la zona ribereña de San Luis del Palmar.
Una mujer airea su casa con resignación cristiana, como casi todos, y entonces caigo en la cuenta de que en el marco de la ventana frontal se exhibe un trofeo.
Me pregunto qué haría un galardón de plástico, símbolo de la superación en competencias del hombre contra el hombre, en medio de la calamidad. Cuál sería la historia detrás de ese objeto que materializa un recuerdo y que está allí, entre las prioridades a proteger de la inundación.

Pinky me lo cuenta. Ella es la madre de Lucas Zabalich, jugador de fútbol, 22 años. El chico, varias veces premiado por su rendimiento, militó en Mandiyú y ahora juega en Juventud Naciente, allí en su pueblo, puesto que alterna el deporte con sus estudios. Está cursando el profesorado de Lengua.
Hay más de una condecoración deportiva en esa pieza que da a la calle y que ahora es poco menos que un depósito que concentra olores cloacales, de cloro y gasoil, potente desinfectante recomendado en situaciones límite, como las actuales.
El cuadro es absurdo a primera vista, pero sólidamente fundamentado en la potencia de los recuerdos, en el esfuerzo que uno es capaz de hacer para rescatar algo que, sin valor dinerario aparente, concentra una salvaguarda emocional capaz de mitigar las dolencias más profundas.
Ese trofeo es el vestigio del hogar en la vivienda hoy sumergida en puro estropicio, pienso, y salgo de allí gambeteando los charcos del minúsculo patio delantero convertido en ciénaga. Me topo con un rosal lozano que acaba de abrir capullos.
-La vida sigue, y ese impulso vital hace que uno renazca pese a todo –parece querer decirme esa flor rosada, desde ese jardín marinado en barro.

Misa de domingo en Itatí

¡Están todos detenidos! -exclamó en medio de la sacristía de la basílica un hombre de canas, pantalón y camisa, cuando apenas terminaba la celebración de las 9.30.
-¿Puede alguien irrumpir así en un lugar sagrado para arreglar cuestiones de otras dependencias? -me pregunto estando allí, casi sin querer.
Por una fracción de segundo, el silencio incómodo fue más agobiante que el murmullo de las 3 mil personas que estaban yéndose en paz después de haber dado gracias al Señor.
Alguien empezó a reír y dio paso a la carcajada en coro de una media docena de itateños entrados en edad que se libraban de sus estolas bajo las cuales fungieron, minutos antes, de ministros de la Eucaristía. Fue ese el drástico final del trance: un desahogo chistoso para descomprimir la peor semana de un pueblo que cuenta su historia por 4 ó 5 siglos.
Toda el agua de río que ha pasado por sus costas desde entonces hasta hoy, lavó en un santiamén el arraigo preponderante de la fe -aun con sus llagas y miserias-, por la urgencia de los nuevos profetas políticos y mediáticos, locales y de los otros, que blandiendo una bula interesada y coyuntural, renombraron al viejo puerto de Fray Luis Bolaños como la capital narco del norte argentino.
“Están todos detenidos” es el nombre de un premonitorio chamamé del Trío Laurel, escrito hace tanto y confirmado diariamente como universal. ¡Cayeron todos! Y por eso la risa del desahogo bien puede estar negando el llanto.

***
En Itatí apenas son las 9 de la mañana de un domingo pre-otoñal, de sol brillante, intenso pero amable. Muchos turistas-peregrinos estiran las piernas brevemente en la zona de descanso y compras que se levanta justo en el medio del triángulo que conforma, en ese punto de Corrientes, la intersección de las rutas nacional 12 y provincial 20.
Destino final: Basílica Menor de Itatí.
Objetivo: escuchar a los curas que darían misas durante el primer domingo posterior a la hecatombe institucional que empezó visibilizándose desde los púlpitos y acabó en una redada de Gendarmería que dejó al pueblo sin intendente, sin vice, sin comisario e incluso sin un par de agentes locales y otros tantos federales; sin una decena de pobladores comunes y hasta sin un vendedor de la calle. Son ellos, dicen, un par de capos y varios pares de perejiles, supuestamente jefes y soldados narco; efectivamente detenidos; celerísima y públicamente condenados.
Estrategia: ver, escuchar y oler.
Territorio: el centro, la zona turística-religiosa que rodea al portentoso templo que empezó a construirse en 1938, pero también los márgenes. Desde el frigo-negocio barrial que regentea Salvador Lugo, el carnicero y capataz de cuadrilla convertido en intendente, hasta los callejones que se abren como venas en el barrio Yvyraî: ese allá ité donde la noche poriajú, detenida en el tiempo por conjuros de la poesía, cambió las penas de siempre por la alegría de un rato que se edifica sobre el tesoro fácil de la droga.
-Este es el Yvyraî. Como ves, es un barrio de ladrilleros -apunta el baqueano.
-De ladrillos de construcción -aclara y se sonroja.

***
Suena la última campanada, lejano legado del “Nati” que magistralmente describió “Cacho” González Vedoya.
Los peregrinos siguen llegando. La nave central de la basílica está llena de gente. Algunas melodías que se propalan por modernas torres de sonido remedan a los órganos tubulares de las viejas catedrales cristianas. La música se interrumpe con algún anuncio parroquial. Algún feligrés aún trata de acomodarse. Entra a la casa de María: se arrodilla, se persigna, camina unos metros y toca un Cristo de yeso, color carne, descascarado por tanto tacto.
De luto eterno y mohín de angustia desgarrada, la Virgen de los Dolores vigila el paso de los hombres y mujeres. Suena una guitarra, canta un coro. Los creyentes se ponen de pie. Desde el frente del templo avanzan los ministros y el sacerdote paraguayo Derlis Sosa. Dos chicas, apenas púberes, hacen de maestras de ceremonia. Comienza la misa.
La feligresía, una masa variopinta de nativos y foráneos, escucha los relatos bíblicos. Rezan, pero también van y vienen, atienden chicos, hablan con los santos, hacen la señal de la cruz ante cada imagen y se toman fotografías. Cámaras o celulares, no importa: lo trascendente es la constancia de haber estado con la Virgen. Prueba de fe y documento del peregrinaje. Una apoteosis de la “selfi” católica.
Otros, mientras tanto, aprovechan para cumplir necesidades menos espirituales. O para despabilarse con los chorros fríos del agua eterna que brota de las canillas de una de las paredes exteriores del templo. Llevan botellas descartables llenas de esa agua o de otra que consiguen en el atrio de la iglesia. Por unos pocos billetes -jura una mujer- ese líquido será, mientras dure, un manantial bendito.
Al mismo tiempo hay gente que paga o pide. Que ora en silencio, a veces en voz baja, como la madre que desgrana un rosario haciendo dueto con su hija adolescente en lo alto del presbiterio.
-Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre -se dicen entre sí en el último banco de la Recámara de la Virgen. Es un lugar de intimidad, de confesión sin intermediarios.
Es también el testimonio de viejos tiempos. Es la imagen ancestral de las reducciones indígenas venerando a esa figura de nogal y timbó pytá a la espera de sus milagros. Es la práctica de la fe en gerundio. La gente está ahí rezando. Esperando tal vez la confirmación de que la presencia de la Virgen, en ese sacro lugar, no puede ser en vano.

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Los chicos y chicas, medianos y grandes del Cotolengo Don Orione están adelante. Oyen la misa, interactúan entre ellos, con el sacerdote cuando éste los alude.
Al costado izquierdo de la basílica los curas confiesan. En la nave derecha que diseñó el arquitecto Felipe Bergamini y construyó el ingeniero Pedro Azzano, la imagen peregrina de María. Al lado, San Jorge, San Roque, Nuestra Señora del Rosario. Réplicas duplicadas de San José, que está celebrando su día. En eso el padre Derlis pone el foco sobre “los que caminamos por cualquier lado por situaciones de la vida”.
Acababa de leer “la palabra” desde el ambón de mármol blanco. Los creyentes, desde una pantalla gigante desaprovechada por desajustes técnicos relacionados con el contraste. Dice el padre que “Jesús siempre nos va a esperar”, aunque andemos más o menos “raros”, desviados.
Fue la única referencia al gran tema de conversación en Itatí, del que también participan los peregrinos. Pero no se quedó allí. Terminada la celebración y aún con su alba blanca y casulla morada de domingo de Cuaresma, Derlis Sosa negó que haya un pacto de silencio entre los sacerdotes después de las denuncias hacia los traficantes e incluso tras las supuestas amenazas recibidas.
-Desde hace muchos años se denuncian esas situaciones -aclara el sacerdote, y tiene razón: las primeras homilías que apuntaban al narcotráfico encuentran registros ya en el año 2002.
-Hasta cuándo Itatí deberá cargar con el humillante título de ser un pueblo donde el contrabando y el narcotráfico se dan a todas horas del día -preguntó entonces el padre Juan Ramón Molina.
-La droga es una realidad instalada en nuestros pueblos y parajes -afirmó en diciembre de 2013 el arzobispo de Corrientes, monseñor Andrés Stanovnik.
-Itatí ha tenido el comercio ilegal hace muchos años. Antes era cruzar cigarrillos, pero ahora es la marihuana -le dijo a un diario el ex rector de la Basílica, Omar Cadenini, el año pasado.
-Por eso hay que ayudar a todos, ya que como pastores tenemos que animar al pueblo a que siga caminando. Aunque no nos escuchen la Iglesia va a seguir denunciando todo lo que arruina la vida -remarcó el padre Sosa hace apenas un domingo.

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A los vecinos de Itatí los está arruinando la droga, está claro. Pero también la claraboya de acceso que es la pobreza, la falta de oportunidades, de trabajo. La inexistencia de un futuro, que encima les cuesta el triple a los que deciden alcanzarlo por la vía del trabajo honesto.
Se cree que por sus costas ingresaron, sólo en el último año, al menos 15 toneladas de marihuana que luego se distribuyeron a 7 provincias argentinas.
La venta de un porro a un menor de 9 años en la Villa Zavaleta, límite de los barrios porteños de Barracas y Nueva Pompeya, dio inicio en mayo de 2014 a la investigación que concluyó el pasado martes 14 de marzo de 2017 con la detención del intendente Natividad “Roger” Terán; su viceintendente Fabio Adrián Aquino; con la del comisario condecorado del pueblo, Diego Ocampo Alvarenga y dos de sus subalternos: el sargento Mario Molina y la cabo Gabriela Quintana. También fueron detenidos Rubén Ferreyra, subcomisario de la Federal; Carlos López, sargento de la Federal, y Fernando Alcaraz, segundo comandante de Gendarmería. La lista la completan un abogado y otras 16 personas.
Están sindicados como integrantes de distinta jerarquía de una banda narco de tres cabezas. Una que operaba desde la cárcel y otras dos que todavía están prófugas, como otros 12 líderes de la red.

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La trama novelesca de la redada sirve en bandeja el menú de la generalización: que haya caído el intendente; anteriormente su hija y su yerno; el viceintendente y unos días antes su reincidente hermano; la hermana de una concejal en funciones; el comisario y dos de sus ayudantes, un abogado, dos federales y un gendarme; que esté prófugo un empleado comunal que además parece que es uno de los dueños del negocio; que hayan caído unos cuantos “perejiles” de la “sociedad civil” y hasta un vendedor ambulante de licuados, facilita a los opinadores el argumento de que en Itatí todos son narcotraficantes.
A juzgar por las condiciones generales de vida de las 6.562 personas censadas en 2010 y que viven en ese municipio de la provincia de Corrientes, son los narcos más pobres del país.
De todas maneras, la prosperidad parece abrazar a algunos: son los depositarios de una pujanza sospechosa que no invierte en ladrillos sino en concesionarias. Es curiosa la densidad de camionetas 4 x 4 que todavía están estacionadas en Itatí esperando que alguien las encienda. E impresionante la flota de vehículos secuestrados en el marco del megaoperativo denominado Sapucay.
En total y según consta en los expedientes judiciales, la banda de Itatí fue desbaratada por el despliegue de 670 gendarmes que concretaron 47 allanamientos, 32 de los cuales se hicieron en Itatí. De allí se secuestraron 26 autos (algunos de alta gama), 21 camionetas, 3 lanchas, 2 camiones y 18 motos. Asimismo, encontraron armas de diferentes calibres: escopetas, rifles, pistolas y revólveres. Nada mal.

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Estos buenos muchachos y chicas operaban desde el barrio Yvyraî (que en guaraní significa “el agua de la arboleda”) y de ahí río abajo hacia Ensenada y arriba hacia Yahapé. Camuflaron fácilmente sus fechorías por las condiciones geográficas sin control y por la fragilidad social de los pobladores.
Más tarde, cuando ya tuvieron dinero suficiente para corromper el resto de las estructuras y llegaron al Estado que les facilitó protección, la banda del tráfico achicó los gastos y maximizó las utilidades.
El Yvyraî, el barrio Pies Juntos y su zona de influencia, el barrio Mangaruguá, constituyen la fortaleza narco de Itatí. Ranchos de palo y chapas de cartón, a veces de zinc. Caminos de polvo que se convierten en barriales aun si escupe un loro, dada la humedad reinante y consecuente en una zona de ribera. Picadas y montes que pueden esconder casi cualquier cosa. Obstáculos naturales de tacuaras, palmas, mangos, lapachos, espinillos, pichanas y enredaderas. Alambrados, pastizales y roca de basalto erosionada. Arena.
Andando por allí, un vehículo se zarandea por la huella seca del sendero. Una niña de no más de 10 años se cruza. Short y remera, pelo suelto, descalza. Trae consigo una bolsa de pan. Alguien atiende a alguien en lo que alguna vez será una vereda. La calle se termina. El majestuoso e insondable río se presenta como siempre lo hizo desde los siglos de los siglos: picado y brillante, marrón de lejos, claro en la costa.
Hay un corte abrupto en la vegetación, en un recodo del monte:
-Es una bajada de lancha. Eso lo mandó a hacer uno de los capos narco -afirma suelto de cuerpo el guía.
Dobla, saluda a algunas personas y responde con evasivas a la pregunta:
-¿Qué andás haciendo por acá?
-Nada, ando de paseo con unos compinches. ¡Nos vemos!

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“Compinche” es una ambigüedad que va desde conocido hasta periodistas en busca de los secretos del contrabando que derivó en tráfico ilegal de estupefacientes. Por eso, quien pregunta desde la costa del Paraná no parece muy convencido. Está pescando y puede que en verdad lo haga, pero también puede ser un chajá o uno de los tantos “matones” de los capos (aunque en realidad asuste más su mediocridad actoral que sus actitudes de tigre agazapado).
El chajá de Itatí no es un ave de zonas bajas y monógamo que vive con su pareja hasta la muerte. Tampoco la muchacha de la leyenda guaraní que lavaba ropa en la orilla y le negó agua a Jesús, por lo que fue convertida luego en un pájaro de graznido en fuga. Se parecen más a los avisadores del indio Yaguaty, según la leyenda uruguaya, listos para advertir la presencia de los blancos. En esta región y en este contexto, blancos son los prefectos y gendarmes, en todas las acepciones de la palabra.
Los matones son en realidad patovicas mal alimentados que no infunden mayor temor salvo que uno fuera mosquito. Si picás, morís. Los identifica su teléfono de la era pre-smart: los famosos Nokia 1100, que al decir de los que saben, “anda hasta abajo del agua”.
El dato no es menor: debe servir para “avisar” alguna “emergencia”, se esté en una zona con cobertura, en el medio del río o en una isla, donde no hay más compañía que la de las alimañas. Esos aparatos deben dar respuestas sin titubeos en esta zona de frontera, donde las telefónicas argentinas y paraguayas se disputan la efectividad de su desidia.

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El ambiente igual se puso espeso, porque el guía hacía su trabajo y llevó la camioneta hasta el garaje mismo de una de las casas cuya propiedad le atribuyen a uno de los líderes de la banda que cayó en Itatí.
Se trata de un chalet más bien discreto pero que sobresale cual mansión en medio del pobrerío de ese territorio de vegetación y barrancos. Controla desde su patio un envidiable panorama del río, la isla e incluso la costa paraguaya que está a un puñado de minutos andando en una lancha potente. ¿Parece una fortaleza? No. Es un mangrullo con aire acondicionado en el que vive -asegura el lazarillo- uno de los peces gordos cuando no anda nadando en las aguas que fluyen en el jardín frontal de su propiedad o cuando no está a la sombra del calabozo, como es el caso por estas horas.
En eso estábamos cuando un pozo nos volvió a la realidad del momento. Y el temor se apoderó de nosotros: chofer, tres periodistas.
No por las miradas de los vigías a sueldo ni por las voces supuestamente amistosas de los supuestos pescadores que supuestamente pescaban en la costa de la casa que supuestamente es un aguantadero narco. Más bien por la muñeca del chofer que debía salir de allí a paso de hombre, con el vehículo marcha atrás y calculando a ojo las imágenes que le devolvían los espejos retrovisores: de un lado los tejidos, muros y cercos de palo, y del otro, a centímetros de las ruedas, el mismo precipicio. Y no es una metáfora.

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Tampoco fue una construcción conceptual el descabezamiento institucional de Itatí, que tiene consecuencias en varios niveles. Ese pueblo se quedó realmente sin sus autoridades y si bien los “sobrevivientes” de la razia apelaron a la Constitución y a la ley para dar continuidad administrativa a su Comuna, hoy son presa de presiones de todo tipo.
El Gobierno Nacional encarceló a funcionarios cómplices y en ese hecho histórico que no registra antecedentes inmediatos, sustenta un éxito político: Cambiemos, el sello electoral del presidente Mauricio Macri, es ahora poco menos que el escudo norte de Argentina. Antes allí había un colador, sostiene la nueva partitura oficial.
La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich -que administró los dividendos del logro- marró en varios puntos cruciales su relato de los acontecimientos, pero dejó sin sobresaltos el estigma: Natividad “Roger” Terán es un intendente del Frente para la Victoria. Justo en Itatí, justo en Corrientes, justo en un año electoral.
El Gobierno de Corrientes, en tanto, y su lugarteniente Ricardo Colombi, que en principio dijo no haber visto nada, después viró su discurso hacia aquello de que “algo sabíamos” porque alguien había denunciado, pero Nación nos desprotegió en la frontera. Más adelante fue eso de que “sabíamos, pero no lo de Terán”. Una versión renovada de un viejo hit del colombismo: la culpa siempre será de otro. O de otra.
En la Legislatura, sus aliados políticos e incluso sus legisladores alentaron una intervención al municipio enancados en la falacia lógica que expuso la presidenta de la Comisión de Asuntos Constitucionales, Laura Vischi:
-O acompañan la intervención de Itatí o van a ser cómplices -dijo por radio, y su voz se propaló por los parlantes de la estructura comunicacional oficial. No le hicieron caso.

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Pese a todo ello, en Itatí transcurren días de “normalidad”:
-Yo tengo 27 años y con todo lo que están diciendo, lo único que hacen es ensuciar al pueblo y a la Virgencita -dice una agente de la Policía de Corrientes que mira televisión mientras hace guardia en la comisaría.
La dependencia está en remodelación y ampliación, por eso tal vez no se toman el tiempo de limpiar las paredes y techos de la recepción, que más parece un nido de arañas y de avispas que una base castrense. Desde el frente, desde esa misma sala de guardia pintada de verde y celeste, mirando en dirección al patio, se puede ver, a lo lejos, el reflejo celeste del Paraná: tajo en la tierra por donde se filtran las lanchas de los pacotilleros de marihuana.
-La verdad es que nosotros no tenemos información de lo que está pasando. Yo no soy de acá, vine porque me trasladaron para empezar la normalización de la dependencia -agrega el comisario mayor Oscar González, interino en Itatí, ya reemplazado.
-¿Pero usted qué opinión tiene de lo sucedido con el comisario Ocampo Alvarenga?
-La verdad que no sólo la comisaría sino toda la institución sintió el impacto de su detención.
-¿Y qué van a hacer ahora?
-Nosotros seguimos trabajando, estamos haciendo operativos. Ayer vinieron los concejales para coordinar tareas.
-Comisario, pero acá actúan como que no pasa nada y hay 25 detenidos…
-La verdad es que no todo lo que dicen es cierto. Pero no todo es mentira.
Es una suerte que al menos lo diga.

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Queda claro que una cosa es exagerar y otra distinta es mentir. Itatí sigue siendo una capital de fe, pero también es víctima de lo que el gobernador Ricardo Colombi nombra con el genérico de frontera caliente. Un territorio costero desprotegido, como el de Ituzaingó, Itá Ibaté o Paso de la Patria, pero que se extiende en realidad desde Posadas hasta la capital de Corrientes por la zona norte y desde Virasoro a Mocoretá por la zona este. Son en total más de 700 kilómetros lineales de frontera con Paraguay, Brasil y Uruguay que deben controlar -a juzgar por las quejas- efectivos mal formados y peor equipados.
Por ese enorme corredor líquido que debiera ser un límite, antes entraban ropas, vajillas y electrodomésticos. Después pasaban cigarrillos de distintas marcas, primero Ritz y más tarde Rodeo. Más acá en el tiempo la transa viene siendo con Cannabis sativa, pero en el negocio también se cuela algún que otro juguete para grandes y chicos. He allí otro argumento para los que un poco en broma y otro poco en serio trazan los paralelos con el poderío que supo construir Pablo Emilio Escobar Gaviria recorriendo ese mismo camino: primero contrabando, después narcotráfico.
-Nosotros no somos Medellín ni México -se quejó por televisión el gobernador Colombi. Pero no pudo responder con solvencia qué hizo, en 16 años, para que Itatí no sea lo de hoy. No sólo para contener la droga, sino para contener a la gente que lo único que conoce del Gobierno son patrulleros y ambulancias.
Es en ese punto donde se mezclan las cosas y la política muestra su peor cara. Hay argumentos para cualquier cosa. Y contradicciones. Colombi nunca estuvo tan contra las cuerdas como esta semana que pasó. Tuvo casi un destino paralelo al de Itatí.
El doctor Horacio Ricardo, gobernador de Corrientes desde 2001, no puede explicar bien cómo es que no sabía que en Itatí había lo que se descubrió ahora, que además parece ser sólo una parte de lo que hay en la Justicia. Desconoció a Terán pero también a la gente del pueblo.
Justo él, que hizo de la autodeterminación una razón de vida y una bandera proselitista cuando se trataba de los atropellos del kirchnerismo, el lunes, ante Santiago Del Moro, el nuevo divo de la pantalla política argentina, jaqueó la inteligencia de las 2.644 personas que votaron por “Roger” en 2013.
-Se habrán equivocado -dijo como al pasar.
Puestos a pensar en esa línea, ¿no se habrán equivocado también las 286.821 personas que votaron por él en ese entonces, dándole por tercera vez las riendas de la provincia? ¡Claro que no!

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Itatí está en boca de todos. No por la belleza de sus costas o labios de agua que los originarios llamaron tembeî. Ni por su pasado de piedra y cal borrado por el tiempo y la fuerza de las aguas. Ni por su historia que comienza a mediados del 1300, según afirman ciertas teorías apoyándose en descubrimientos arqueológicos que dan cuenta de la avanzada técnica alfarera que desarrollaron los indios de Yaguarón. Ni por la fe, esa primera virtud que últimamente cotiza en baja. Está en boca de todos por la droga.
Ese todos incluye al presidente Macri, que tocó el tema en una cena televisada con Mirtha Legrand, la jefa inoxidable de los comedores que devino en personificación de la talla moral del periodismo argentino:
Mirtha Legrand: -El tema droga, Mauricio…
Mauricio Macri: –Bueno, el tema droga es otro de los cambios que ha habido en la Argentina. ¿Viste lo de Itatí? Lo de Itatí existía…
ML: -Ah sí, lo de Itatí, no te había entendido. Terrible, ¡es un horror!
MM: -Bueno ¡pero todo el mundo sabía y nadie hacía nada!
ML: -Nadie hacía nada.
MM: -¿Por qué? Porque había complicidad. El cambio trajo esto, la verdad…
ML: -Ahí es donde está la Virgen de Itatí, en Corrientes, que es tan amada.
MM: -Hace años que están estos tipos. Los curas decían, hace cuánto tiempo, este pueblo está tomado por los narcos. Acá había complicidad e inacción…
-Eso nos hace daño -interrumpe Pocho Roch, hablando por teléfono.
Gonzalo del Corazón de Jesús Roch es un hijo importante de la localidad que -como tantos- tuvo que irse un día. Es un vecino ilustre a fuerza de la poesía que hizo volar con las alas de su música, pero también un historiador de nota, un cronista documentado de su lugar y su gente, y dueño de una calidez personal que, por religiosa, a veces parece mística.
-Hay muchas personas que vienen, se meten en esas cosas y nos corrompen. Pero en Itatí hay mucha gente buena que no tiene la culpa de que un grupo de bandidos se haya apoderado de sus calles -agrega.

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Ciertamente, bandidos hay en todos lados. Y en el pequeño pueblo de la Virgen hoy todos se desconfían. Se miran cautos y aún más, observan con recelo cuando un poblador dialoga con la visita. Parecen una masa de espías, aunque eso no sea más que otra de las tantas exageraciones. Puro prejuicio.
-Ojalá que cambie la situación -ruega una señora que hace 35 años trabaja en la secretaría de la Basílica.
-Siempre escuchamos a los padres denunciar este flagelo. Queremos que no nos metan a todos en la misma bolsa. Toda esta situación nos cayó muy mal, pero por otro lado sirvió para destapar lo que estaba ocurriendo -argumenta.
-Queremos que la droga no siga avanzando sobre los jóvenes, porque es un gran riesgo. Mis hijos se tuvieron que ir por falta de oportunidades. Los otros se quedan. Y hay también chicos sin mamá y sin papá por culpa de la droga. Pidió reservar su nombre, para no ser como el mosquito. El temor es un catalizador del silencio.
Juliana sí quiere hablar. Es una enfermera jubilada que ahora dedica su tiempo a servir a la Virgen.
-Escuchamos lo que pasa, pero no vemos nada -dice.
-Antes yo creo que pasaba la droga, pero ahora se queda por acá. Los chicos fuman a cualquier hora -agrega, recordando haber visto lo que antes negó.
Es un sentido común local: ver a los chicos enfermos, pero no a los mafiosos que los enferman.
Igualmente confía en las fuerzas de seguridad, pero duda de que a Salvador Lugo -carnicero, jefe de jornaleros, hombre de iglesia, esposo de Mirta, padre, abuelo, concejal liberal y ahora también intendente interino- lo dejen hacer lo que debe.
-No tiene formación para ser intendente. Ojalá que lo asesoren bien -pide después de juzgar a su vecino con la severidad de los pueblos chicos.
Casi en la misma línea, los radicales acusan a los peronistas de narcotraficantes en el peor de los casos, y de cómplices en el mejor de ellos. Estos otros se defienden:
-Esperá que pase el tiempo. Acá hay políticos radicales que están metidos -dice un camporista, joven militante de una organización política que para una parte importante de los argentinos tiene menos prestigio que un gitano vendiendo autos. Igual ordena anotar un nombre que ojalá que la Justicia ya lo tenga.
-Ese es narco, oló. Y lo protegen.

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Terán iba a ser el candidato del PJ para intentar su reelección. Como tal vez no pueda, ahora dicen que una de sus hijas podría ser la heredera de su capital político. O lo que queda de él.
-Necesitamos que se defina esta situación. Que “Roger” nos diga qué hacer -pidió un concejal peronista que cuando ocurre esta charla llevaba tres días sin dormir. Al menos es lo que dice para acercar un tanto de dramatismo a la situación de por sí dramática que viven por estas horas.
-Vamos a ganar. Yo creo que Terán no tiene nada que ver. No voy a poner las manos en el fuego por él si no lo conociera -afirmó Germán Fernández, otro edil pejotista. Dice también que la gente banca al jefe comunal detenido y comprometido por unas escuchas que lo exponen como un facilitador.
Prueba de esa afirmación, de valor relativo, la da un hombre de jean y remera, de unos 50 años, pelo largo semicanoso recogido con gomita, que sugiere a los peregrinos dónde ir a almorzar.
Se acerca e invita a pasar por una parrilla. Ya es de siesta y el hambre arrecia. Pero se aleja raudo tras la pregunta:
-¿Qué te parece toda esta situación que están viviendo?
-Es todo verso, hermano. Es todo política. Terán es un perejil –dice casi gritando.
Natividad Terán fue 12 años concejal y luego intendente, después de César Torres, otro de los caudillos políticos del pueblo que conserva dosis respetables de intención de voto.
-Si se larga Torres capaz que gana –advierte un partidario.
-Si Terán elige bien también podemos ganar nosotros -intercambia un funcionario, que agrega un dato inquietante pero lamentablemente conocido:
-Tenemos nuestros votos. Y después están los paraguayos. Estaban cobrando 150 por cabeza, pero hay que traerlos y llevarlos -se queja.

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De la Basílica salen cánticos, gentes y olores. El padre Sergio Ochoa, en la tercera misa matinal del domingo, pide repetir un estribillo. Sin coro, sin música, a capela:
Déjame nacer de nuevo
Déjame nacer de nuevo
Déjame nacer de nuevo, Señor.
No importa la edad que tenga
Tú no la tienes en cuenta.
Déjame nacer de nuevo, Señor.
La gente canta, como en trance. Alguien mira hacia arriba, esperando quizás la luz de una anunciación. De los óculos de la cúpula entra luz clara de sol, como también se filtra el agua cuando llueve, dejando sus marcas como lágrimas. Hay banderas argentinas y papales, algunas manchas de humedad que el color marfil de las paredes no puede contener.
Testigos de miles de meditaciones diarias, desde 1950 cuando fue inaugurado este monumento del renacentismo tardío, son sus vitrales con pasajes bíblicos, sus puertas talladas, sus relieves en piedra, sus mármoles de carrara y travertinos, sus mosaicos marmolados que disimulan la suciedad que se acumula por el ir y venir de los fieles que llegan de todos los cuadrantes en todos los climas.
La ropa es casual en la mayoría. Algunos visten sus mejores galas, más bien sencillas de la gente sencilla que ante la Virgen de timbó colorado se inclina a buscar refugio o consuelo, o a dejar ofrendas o gratitudes.
La fila india de más mujeres que hombres que cumplen el rito de la comunión se replica después, una vez cumplida la misión espiritual, en la fila de puestos de santos, baratijas y “caratijas” varias.
Itatí es vecino de Paraguay y de este país heredó su organización de comercios callejeros, aunque con los años el Estado nacional-provincial-municipal practicó una serie de intervenciones para mejorarlos. Igual sigue siendo una hilera de puestos con productos para la venta y cantidades oscilantes de basura esparcida por los pisos. De ellos surgen aromas que van desde el penetrante olor de la creolina hasta los más amables petricores. En el medio: humo de asado en tira, de pollo a la parrilla, de cigarro, cigarrillos y hasta de sahumerios. De los porros, ¡ni las colillas un domingo a la mañana!
El agua corre despacio, servida, buscando en la perezosa velocidad de la gravedad su encuentro con el río. Lleva desechos y el sueño de que esa misma agua podrida se vaya para siempre y lave las heridas que la droga infligió a un pueblo pobre pero pretendidamente digno en el que viven también algunos facinerosos.
Los empresarios itateños, comerciantes al borde de la formalidad, constituyen la resistencia de carne y hueso a los años de desidia y de pobreza estructural en una provincia pobre de la región más pobre del país. Aun así, abrigan esperanzas cultivadas en la fe. Y esperan.

***
A la hora de partir, queda un minuto para pensar. No en el trabajo ni en el sabor del pacú regado con cerveza que dejaron su espinazo y un vaso vacío como rastros sobre la mesa del restaurante de uno de los hoteles del pueblo. En ese fluir surgen preguntas.
¿Cuál será la bendición de Itatí, la capital mariana más antigua del Río de la Plata? ¿Qué sobrevive hoy de todo lo que supo ser y tener, de cuando era parte de la provincia de Santa Ana? ¿Qué se hizo del centro cultural guaraní que tiene reportes desde al menos un siglo antes de la fundación de Corrientes, en 1588?
¿Y cuál será -por el contrario- la maldición de vivir todavía hoy como en las viejas reducciones, sin otra certeza de prosperidad que la que ofrece la plata hedionda de marihuana? ¿Por qué la cultura de la ilegalidad? ¿Por qué el Estado ausente o corrupto? ¿Por qué la negación? Si en Itatí saben de sobra que los pecados se absuelven cuando son confesados…

***
Antes del regreso, paso por la santería y compro un rosario. Abrigo la esperanza de que mi madre rece como siempre, pero esta vez con cuentas de madera de la zona de Itatí.
La señora que cobra indica que justo en ese momento hay un sacerdote bendiciendo esos elementos que objetivan el poder de la oración. Dudo, pero voy.
Al lugar se accede por el patio interno que queda entre la Basílica y la vieja iglesia. Es un salón grande, con algunas imágenes y la bandera que en octubre de 2012 llevó hasta allí la presidenta Cristina Kirchner. Es una de las siete banderas patrias que se enarbolaron en las Islas Malvinas en 1966 durante el “Operativo Cóndor”.
Miro, sigo dudando, pero me acerco y recibo un chorro de agua y la señal de la cruz. Me persigno con vergüenza “progre” pero afirmado en la enorme tradición católica de mi familia.
-Que Dios te bendiga -me dijo el cura.
-Y a Boquita, que juega a las 7 -vociferó como un hincha. Y me puso a reír.
Días más tarde volvería a escuchar la frase. Hablaba con Pocho Roch sobre Itatí, cómo no. Sobre historia y religión. Sobre la droga.
-Esto pasa en todo el país -dijo con su voz en queja.
-La mía es una opinión muy dolorosa. Somos un centro religioso de importancia nacional y continental y nos enlodan. Y nosotros no tenemos la culpa.
El viejo Roch habla de la culpa pública. Del mirar sin ver. Del estar sin hacer. De la impericia o la complicidad. Habla de Itatí y del 90 por ciento de la gente que es gente de bien.
Su sabiduría es inmensa y él la comparte generoso.
-Gracias Pocho -le digo.
-Que Dios te bendiga -me dijo con su voz jesuita. Y me puso a llorar.

Chamamé en menor

“Soy todo el misterio 
que se enciende
chamamé ponzoña y duende…
soy payé, cuchillo y flor”.

Chamamé en menor (R. Flores y J. Báez)

@EOLedesma

Cerrados los fuelles y enfundadas las guitarras, se apagan también las pantallas y sólo quedan las pálidas luces del perímetro del Cocomarola como testigos del lento peregrinar de la feligresía chamamecera que -en masa- se va extasiada, prometiendo volver siempre. Mientras, explota el último fuego que llena de humo la madrugada correntina en el barrio Las Tejas o Canindeyú. Atrás va quedando otra edición de la Fiesta Nacional del Chamamé y aún con la agriedad de la resaca -por tanta alegría, tristeza y nostalgia compartida, generalmente a los tragos-, amanece el momento del balance.
La edición 27 de la “fiesta grande” ha redondeado con éxito su ambiciosa propuesta. Lo demuestran sus números que pueden traducirse en tickets cortados; en comida, bebida y productos asociados vendidos; en “trending topics” alcanzados por menciones vernáculas y otras que llegaron desde lugares impensados del globo; en lectores-oyentes-televidentes abrazados en la inmensidad de la nación chamamecera y en los retornos que permite hoy -vía mensajes de todo tipo- la tecnología disponible, que ayuda a darle alas a estos aires litoraleños.
Los organizadores (con Gabriel Romero y Eduardo Sívori a la cabeza) han demostrado, una vez más, que tienen desarrollado su criterio de show, y en ese contexto han enhebrado una grilla robusta, por momentos exquisita, que no obstante tuvo su contrapeso de “berretismo” por compromisos que al parecer crecen exponencialmente y son imposibles de eludir para aquellos que con responsabilidad intentan mantener altos los niveles artísticos-técnicos de la escena festiva.
Está claro que no siempre se logra. Lo del sábado último, salvo las excepciones que podrían contarse con los dedos de una mano, es prueba cabal de ello. Al desbalance de la grilla se sumó el extravío de los sonidistas, cosa que ya se había superado. Podría sumarse aquí el deslucido espectáculo de Los Nocheros y el derrape al que comentarios de otras épocas han empujado al Chaqueño Palavecino.

***
La convocatoria de las formaciones musicales locales ha quedado demostrada parcialmente. Es indiscutible el acompañamiento que reciben Los de Imaguaré, “Bocha” Sheridan, Bofill, Amandayé, Barboza, Flores, Acuña, Las Vera, Los Alonsitos; pero es imposible medir al resto de los buenos-nuestros cuando son obligados por las circunstancias del espectáculo a competir en desigualdad con la propuesta de la fiesta, que contrató a muchos de los mejores folkloristas-roqueros-melodistas-cumbieros del firmamento artístico nacional. Alcanza con nombrar a Soledad, a Roger, Lizarazu y Villamil, a Baglieto-Vitale, a Salinas, Angela Leiva, a Palavecino o Los Nocheros, para advertir lo dispar de la carrera.
Ahora bien: lejos de la cuota de recelo con la que pudo haberse envenenado esta visión, también sería válido centrar la mirada en determinar si la buena intención de la organización, de que el ejemplo cunda para elevar los niveles de calidad de los propios artistas correntinos, llega a estos como mensaje o desafío. Da la impresión, muchas veces, que la intención no alcanza o no es bien transmitida o mucho menos: ni siquiera es recibida.
Es cierto que hay de todo en todos lados. Que hay artistas de grandes presupuestos que no honran siquiera su propio contrato, y los que lo hacen sobradamente. Pero también hay muchos quejosos musiqueros de entrecasa que no conocen lo que es un ensayo: suben al escenario y allí exponen su indolencia artística y mediocridad musical, atragantándose, en el mismo acto, con solemnes pedidos de respeto para los que vienen de afuera. En muchos casos, sólo ese es el pecado de los foráneos: haber nacido fuera de los márgenes de los ríos que llevan y traen nuestras propias limitaciones.
Pierde sustancia el reclamo cuando uno no es capaz de sostenerlo con el ejemplo, y cuando se asume una postura intransigente de purismo a estas alturas imposible. Cuando el chamamé estuvo cerrado en su propia cosmovisión, el Cocomarola asistía casi vacío al paso de los artistas. Abrir el espectáculo fue una decisión acertada que permite vivir hoy la realidad de una fiesta que enorgullece. Pero el durazno tiene pelusas. Así hubo que transitar muchas veces la prueba y el error. Muchos, por suerte, fueron subsanados. Aunque hay errores-decisiones políticas que todavía están, generando ronchas, cuando no gangrena.
Ni hablar de la no correspondida generosidad correntina con el resto de los grandes festivales del país, que muy por el contrario de lo que pasa en el enero correntino, cierran sus puertas y oscurecen sus escenarios a los chamameceros. ¿Será -como dijo alguien por ahí-, problema del género (que paradójicamente entró como terna a los premios Gardel por su potencia ancestral y su viabilidad comercial)? ¿O es que hay mucha más improvisación de la que se ve? ¿Cuánto le deben los grupos más desabridos, montados para la ocasión, al Sosa Cordero lleno de luces e imágenes con pretensión cinematográfica? ¿Por qué siempre van los mismos dos o tres a Cosquín, Jesús María, Baradero y las demás paradas festivaleras del país? ¿Qué tendrían para decir los propios músicos excluidos?

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Sumado a esto, hay que decir también que hay modelos de difusión que están agotados. A por lo menos diez años de la inauguración de la fiesta modelo Lischinsky, los grandes medios nacionales e internaciones a los que la provincia paga sus honorarios y viáticos siguen mandando gente que ve, escucha, huele y siente la fiesta, pero luego describe al pueblo chamamecero casi como indios civilizados, con heladeritas, cerveza en lata, vino en jarra y fernet en vasos llenos de hielo, profanando el brevaje de las tribus mediterráneas.
Corrientes y su fiesta siguen siendo ese lugar para descubrir, ese “secreto de la Argentina”, idea que alguien vendió y otro alguien compró en el Chaco.
Este tipo de editorializaciones, al menos se contradicen con la grandilocuencia que implica ir de reclamos a la Unesco, compadrear con aquello de ser el único festival mono-género del planeta o ser la fiesta más vital del país como se cansan de decir las autoridades, propias y nacionales, que tras pasear por el Cocomarola, prometen acompañamiento y como nunca en los últimos años, cerraron la pantalla de la TV Pública a la transmisión en directo del espectáculo. Hasta Colombi salió a quejarse de esto, lo que es como mucho.
Hay en la fiesta gente que está estorbando y ausencias que no se entienden. Sobra Estado poniendo plata, pero escasea mano de obra para ayudar al sostenimiento grande de la celebración que años atrás supo ser todavía más abarcativa. Sobran las internas (políticas inclusive) y faltan solidaridades aunadas. El sentido común fue cooptado por el silencio del expediente.
Hay mucho cuchicheo en rededor de la fiesta, pero poca palabra firme y pública: debate abierto. Hubo y hay asimismo, por añadidura, silencio complaciente de medios y periodistas en el que muchas veces habremos caído nosotros mismos, en pos de un objetivo discutiblemente superior.

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Por encima de estos desvaríos, hay algo que perdura: la visión que tuvieron en su momento los transformadores de la fiesta. Corrientes cosecha hoy los frutos de aquel acierto. El chamamé es mundial, al menos desde el relato, y Corrientes se aferra a sus derechos de cuna para erigirse como capital de la nación chamamecera. Una nación inmensa, de millones de personas y varios países, en los que ya no se busca, con la rigurosidad de aquellos primeros años, a los mejores exponentes del género.
Hay excepciones, claro, y las hubo este año, pero terminan siendo una anécdota. Los muchos-buenos números que llegan de Brasil y Paraguay principalmente, y en algunos casos de Uruguay, al efecto de mantener vivo el crédito regional de la celebración, constituyen el recuerdo de viejas y gloriosas presentaciones de hace poco tiempo atrás. En ese contexto, poco pueden hacer los artistas, que dejan lo que tienen en el escenario.
De lo que se trata aquí es de que ha cambiado el enfoque: abundó en la edición que acaba de terminar una oferta que estuvo pensada para Argentina, y de ella para Buenos Aires. Aunque hay hacedores de la fiesta que miran de hecho la América toda, no ya a la región, y hasta quienes se animan a pensar en una colonización cultural subvertida hacia la vieja Europa.
Ojalá ese deseo imperial actual de los gestores que trabajan con el legado de Isaco, Ernesto, Tránsito y Tarragó, no caiga víctima de su propio peso. Pero ojalá también que puedan seguir existiendo esas personas que vuelan alto y lejos, pues aún en la caída quedará algo de la voluntad primera.
Por lo que se vio, los bríos de este año estuvieron puestos en el escenario, en reforzar la grilla de artistas para lograr lo que al final pasó: que el anfiteatro estuviera colmado casi de punta a punta, con variaciones de pocos miles de asistentes que hicieron la diferencia entre lo prudente y lo irresponsable. Pero cayeron en tamaño los foros. En cantidad las musiqueadas solidarias. Probaron con los municipios nuevas bailantas -con balance a determinar-, al tiempo que retacearon recursos para el barco chamamecero de Joselo Schuap.
Al menos la mitad de las 9 jornadas efectivas de musiqueada (una se suspendió por el clima y posteriores problemas técnicos) el Cocomarola soportó gente por encima de su capacidad. No pasó nada de milagro, tal vez por la mansedumbre y educación del público chamamecero, que año a año crece en volumen, acicateado por el perfil de acontecimiento social en el que ha devenido el espectáculo.
La Fiesta Nacional del Chamamé ya no es sólo un encuentro cultural circunscripto a los hacedores de un género musical de raíz. Es un acontecimiento social. Hay que ir, estar, mirar y ser mirado y, de paso, sacarse una foto con sonrisas de oreja a oreja pese al calor, la falta de baños, las colas interminables para todo y los manoseos propios de la densidad de espectadores y la falta de sensatez oficial.
– “El Cocomarola quedó chico”, -dicen unos, pero no se deja de regalar y vender entradas.
Quedó chico hace rato, pero -“no hay presupuesto para ampliarlo”, -agregan otros, pero no quieren tomar la decisión de achicar a cifras manejables (en términos de infraestructura y seguridad) la cantidad de espectadores.
Aseguran asimismo algunos alcahuetes de turno que las prioridades del gobierno son otras, y demagógicamente mencionan escuelas y hospitales.
Estas son en épocas de campaña y se escuchan sandeces de este tipo por minuto. Aunque no se trata sólo eso. Es contradictorio el mensaje porque justamente fue este gobierno el que ha convertido a la fiesta en evento. Ha invertido lo que tenía y lo que no para contribuir con esta realidad. Hasta proyectó con un concurso nacional la ampliación y remodelación del anfiteatro, y eso sin mencionar el presupuesto artístico anual, que se cuenta por varios millones de pesos, más allá de circunstanciales retaceos.
Sucede ahora que el gobierno se va, y aun logrando en las urnas la continuidad del proyecto (cualquiera al gobierno, Ricardo al poder), la fiesta y lo que suceda allí dentro será responsabilidad de otro. El contexto y la grilla de este año no se repetirá el próximo: y no se habla aquí sólo de ideas y nombres (porque sin dudas habrá rotación) sino de volumen económico, por lo que mencionar prioridades es al menos inexacto o sólo el principio de la discusión.
Más allá de ello, lo cierto es que progresivamente se ha invertido en luces, sonido, pantallas, en artistas, en medios locales, nacionales y extranjeros, en televisión e internet, pero no se puso un solo banco en la plaza festivalera. Se armaron en algún momento y luego se sacaron un puñado de tribunas. No se construyó un nuevo sistema de sanitarios ni se modificaron ni optimizaron los espacios con los que cuenta actualmente el Cocomarola.
Puede tener esto muchas lecturas, y una de ellas queda habilitada después de tanto tiempo de desidia: el desinterés en la gente. En el público que llena noche a noche este anfiteatro colaborando en el éxito del festejo. Tal vez hay quien piense que el público cautivo y en aumento del chamamé está y estará siempre dispuesto a todo.
Ojalá no sea tarde cuando los que deben hacerlo se den cuenta. Ojalá reaccionen antes de que la gente deje de volverse a su casa porque no puede exponerse al peligro de un desmayo. Ese hecho clínico menor podría terminar en tragedia si las cosas siguen como están, pues no habría cómo sacar a un sofocado de un predio con 15 mil almas obstruyendo el paso de los paramédicos, sin otro remedio, por los niveles de concurrencia como las del domingo, por ejemplo.
Y ojalá también que se debata. Que se critique lo que haya para criticar, pero que la fiesta no solo crezca sin sentido, sino que evolucione hacia un concepto más o menos consensuado. Que se desarrolle. Que sea capaz de generar su valor independientemente de los aportes del Estado, porque si no, cuando tales dineros no existan, este producto cultural que reditúa en muchos aspectos, entre ellos el turístico, volverá a su pasado austero y de doliente intimidad.

https://www.ellitoral.com.ar/449482/Chamame–en-menor

Macri, Mandela, el Papa; un libro sobre Corrientes y el juego rústico de Colombi

Si un detalle bastara para definir el presente de un momento histórico y de “relaciones carnales” (1) entre el refinado macrismo nacional y el bucólico colombismo vernáculo, el mismo se exhibe sin impostaciones en la antesala del despacho presidencial de Casa Rosada: un libro sobre estancias correntinas que propone a los invitados de Mauricio Macri un paseo por el Taragüí.
La obra de Aníbal Parera (2) está allí, casi como un descuido sobre una mesa ratona de la Secretaría Privada del Presidente. Los periodistas de la región que esperan acceder al lugar más importante de la institucionalidad argentina -que paradójicamente antes era sólo un comedor- se sorprenden por el cumplido gubernamental que simboliza, vaya si lo hace, el cambio de época.
No había semejante trato en tiempos de Néstor Kirchner. De cuando El sostenía la transversalidad. “En tiempos de Ella sólo había maltrato”, se quejan aún hoy los radicales correntinos que a veces acuden a la amnesia para exorcizarse de su pasado parento-kirchnerista.

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Es lunes de siesta en Buenos Aires. La temperatura por un lado y la humedad por el otro, multiplican al infinito las quejas de los porteños por el calor. En la Casa Rosada hay refrigeración de sobra, pero no alcanza a morigerar la calentura que viene de la semana anterior por la entente opositora entre el “impostor menos confiable de la política nacional”, Sergio Massa, y todos sus ex amigos, aquellos de los que se había separado por las esquirlas de otras traiciones.
En eso se hace la hora. Una puerta se abre y se deja ver el despacho del Presidente de la Nación: impoluto, millonariamente remodelado entre la última década y el último año. En el fondo el viejo escritorio, testigo mudo de éxitos y fracasos, de avances y retrocesos. De las mayores glorias y de las peores tragedias del país. Una computadora, un velador, un portapapeles-lapiceras de bronce. Portarretratos de la actual familia del ex jefe de Boca Juniors y muchos oficios encarpetados. Ningún libro a la vista.
El ventanal que da al jardín del fondo, hacia “El bajo”, deja entrar luz a la sala. Cortinados de colores naturales y la Bandera completan la escena solemne que envuelve de un halo especial al remedo del Sillón de Rivadavia.

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Sólo Dios sabe de aquel sillón. El que ofrece reposo a los mandatarios de estos días no fue el que usó Bernardino sino el que llegó para la primera presidencia de Julio Argentino Roca. Data de 1885 y está hecho de madera de nogal italiano. Fue decorado con la técnica “dorado a la hoja”, con láminas de oro, y adquirido en la Casa Forest de París a fines del siglo XIX. Ha sido utilizado desde entonces por todos los presidentes.
Un manual consultado dice que hace unos años Cristina Elisabet Fernández mandó a recuperar antiguos sillones de madera que había adquirido el propio Julio Argentino. Fueron lustrados y retapizados en cuero color crudo para acompañar la clásica mesa de reuniones que está en el punto culminante del despacho presidencial.
Así se compone actualmente el mobiliario de mando. Se completa con varias mesitas auxiliares. Una en particular sostiene, en el fondo y en blanco y negro, un retrato de Nelson Mandela: un inspirador del presidente Macri.
Dicen que el espíritu de convivencia y reconciliación contenido en el libro “La sonrisa de Mandela”, de John Carlin, ayudó a Mauricio a superar situaciones difíciles con gente muy distinta a él. También, aseguran algunos conocedores del mundo Vaticano, que fue aplicado por el propio Papa Francisco para construir una nueva relación política e institucional con Macri.
Uno podría pensar que Mandela estaría complacido con el reconocimiento y los halagos del primer mandatario argentino, pero tal vez haría algunas observaciones por la distancia que se registra entre las buenas intenciones del “populismo cool” (3), rabiosamente democrático, eso sí, y la severa matriz político-económica neoliberal con la que hace equilibrio su confeso admirador.
Si viviera Mandela, contradiciendo la lógica anterior, tal vez hablaría con Macri de los temas más reales y dañinos que esas viejas nomenclaturas de la política de izquierda y derecha, herencia de la Revolución Francesa. Tal vez hablarían de la grieta. ¡Vaya grieta la de Sudáfrica! Blancos y negros. Como acá, pero a los tiros.
No es casual, por eso mismo, que el montaje de esa mesita incluya también al CEO del cristianismo. Y pese a todo lo que se dijo sobre la adustez del Papa a la hora de recibir a su ex vecino de cuadra (4), dos fotos se exhiben en el pequeño mostrador: en compañía y en soledad, Mauricio Macri se muestra con Jorge Bergoglio, pero el de versión sotana y solideo blanco.
Sean amigos o no, una foto con el “Papa peronista” (5) claramente deja dividendos en términos políticos y simbólicos. No es poco para ese lugar y para este momento.

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Se sabe oficialmente que además de restaurar sillas de la época de Roca para los visitantes del presidente, CFK mandó a recuperar y colocar en su despacho antiguos cuadros de sus próceres preferidos: José de San Martín, Manuel Belgrano, Mariano Moreno y Manuel Dorrego.
El presidente Macri optó por sacar esos cuadros de los próceres de la Revolución de 1810 para poner gigantografías de la ciudad de Buenos Aires y otras piezas de arte contemporáneo: optical art, abstracto, algunas notas del neoplasticismo de Mondrian y obras de Luis Benedit, el pintor que coleccionaba “Amalita” Fortabat (6).
-¿Por qué sacaron a los próceres?
-Esto es mejor. Los otros te miraban feo todo el tiempo -argumentó el vocero Iván Pavlovsky, buen anfitrión de la entrevista-.

En realidad, según se supo en su momento, Mauricio Macri se afectó negativamente por el gusto con el que estaba decorado el despacho: anticuado y ambientado como un museo. Dicen que tenía dolores de cabeza y ningún analgésico le hacía efecto. Por ello no sólo quitó las pinturas sino que mandó a curar energéticamente el salón, tal vez siguiendo a su guía budista, según escribió en su momento un periodista metropolitano.
Y hablando de símbolos y de limpieza, Macri también mandó a sacar la mesa larga que encabezaban El y Ella y la reemplazó por un coqueto living (madera y telas en color crudo) recostado sobre el hogar de hierro fundido, madera labrada e incrustaciones de metal dorado. Es el centro geográfico de la sala. En el fondo, el sillón de Roca que suple al de Rivadavia; en el frente, por donde entran los visitantes, una mesa redonda, más bien chica. Living y mesa redonda. Poder horizontal, cercano, empático, trabajo en equipo. PRO.

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Todo está listo. Los equipos de grabación preparados. Libretas abiertas.
Además de los periodistas que ya estaban acomodados para escuchar al Presidente -perfectamente identificados con cartelitos de mesa hechos para la ocasión-, todo el gabinete comunicacional de Presidencia: el vocero Pavlovsky, el subsecretario de Comunicación Pública, “Juano” Gentile, y el secretario de Comunicación Pública, Jorge Grecco.
Atentos y tomando nota, pero en silencio absoluto, los cancerberos rococó de contenido macrista se limitaron a explicar la modalidad de charla y a cronometrarla.
Cumplidas las formalidades, la enorme puerta fortificada de madera color caoba del fondo de la oficina se abre y entra Macri: zapato marrón, pantalón y saco azul, camisa blanca cuadriculada con líneas oscuras, un tanto ojeroso, cansado y con media voz producto quizás de haber gritado los goles de Boca del día anterior (7) o de haber maldecido todo el fin de semana largo a los impíos de la política tradicional que le clavaron la daga del Impuesto a las Ganancias.
Eran horas cruciales para este segundo fin de año del Gobierno. Las reuniones se sucedían y se suceden todavía hoy con el fin de frenar ese intento o de encontrar, en el mejor de los casos, tiempo y luces suficientes para convertir la derrota al menos en un empate que disimule la falta de experiencia o de timing legislativo, claraboya por la que se han colado, desde el minuto uno, las derrotas políticas del nuevo régimen.
Macri saluda uno a uno. A los hombres, apretón de manos y mirada fija a los ojos. Un beso a la mujer. Se sienta, se acomoda y ordena:
-Empecemos.

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El marido de Juliana Awada y papá de Antonia (y de Agustina (34), Gimena (31) y Francisco (27), de su primer matrimonio con Ivonne Bordeu) reconoció, ante preguntas de El Litoral, no que mintieron pero sí que “generamos expectativas que no cumplimos porque el punto de partida fue catastrófico”.
No es menor que lo diga, ya que si bien pone en la columna de la “herencia recibida” parte de los fracasos iniciales del Gobierno, relativiza el relato de los súbitos alcahuetes del poder que intentan depositar en la mochila de la oposición la generación de expectativas que responden a la lógica de Baglini (8).
Ese razonamiento dice que “el grado de responsabilidad de las propuestas de un partido o dirigente político es directamente proporcional a sus posibilidades de acceder al poder”. Aplicándolo al gobierno de Cambiemos, dejaría a más de uno con la boca abierta a la luz de los resultados. O le daría a esos mismos la oportunidad de mantenerla cerrada. Pero ese es otro análisis.
Siguiendo con la entrevista, Macri también dijo que espera “que se me juzgue por si puedo o no reducir la pobreza”. Se le reconoce haber puesto en valor al Indec -pese a que aún hay varios índices y todos muy distintos- y ahora se espera que los gobiernos provinciales, entre ellos el de Corrientes, puedan seguir la misma línea con sus oficinas estadísticas, de receso estratégico hace años.
A propósito de Corrientes, el Presidente sostiene que “necesita conectividad”, que “lo único que tiene son caminos destruidos y está aislada del país”.
Dijo asimismo, respondiendo a El Litoral (pero de Santa Fe, insospechado de inmiscuirse en la interna de esta provincia) que “los gobernantes que sólo pagan sueldos no aportan mucho” a la comunidad. Algunos dirigentes peronistas hicieron interpretaciones locales sobre esta afirmación general, ciertamente sustentada en un sentido de responsabilidad gubernamental que excede la lógica del almacén de pueblo.
No obstante, siguiendo esa línea de conceptualización económica, Macri aseguró estar convencido de que “la inflación es la mayor estafa que uno le puede hacer a los que menos tienen” y que trabajan en revertirla. Se trata de un trabajo arduo, de largo aliento. Más aún: “Este cambio de época requiere de coraje, autenticidad, visión de largo plazo”, enumeró.
Reconoció asimismo que “todavía hay mucha gente enojada” y que “razones tienen porque se les mintió mucho durante muchos años”.
Verdadero. Siempre fue así.
Ahora mismo sucede con aquello del aluvión de inversiones, con la devaluación, con el segundo semestre, con la desocupación, con la pobreza cero. Con el aumento de las tarifas (despacito o todo junto) y con el anuncio, hecho por el propio Presidente, de que el calor de este verano vendrá con cortes de luz.
(Y a propósito de la mentira, en algunas radios correntinas todavía resuena como eco el jingle oficial más descarado de los últimos tres lustros: “La cortamos con los cortes”).
Por eso mismo “estoy apostando desde el primer día al valor de la palabra”, insistió Macri, y a quienes lo acusan de usar los mismos métodos del kirchnerismo (la eficiente disciplina de la billetera) los desafió: “Si alguno sale a decir que hay presiones debería caérsele la cara de vergüenza”.
En eso estaba. Hablaba relajado y exponía a la perfección su solvencia en temas específicos de las regiones que atiende a través de los medios provinciales agrupados en bloques. De repente se irguió, pidió disculpas y se fue:
-Un segundo muchachos, tengo que hacer una escala técnica.

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La parada demandó varios minutos. Los periodistas, mientras tanto, dialogaban de cualquier cosa, hasta que alguien hace una pregunta inquietante:
-¿Ustedes saben cuál es el paradero de “Lole” Reutemann? -senador crucial para el oficialismo, que hace bastante tiempo está retirado en cuarteles de silencio-.
Los asesores se miraron, ninguno puede responder esa pregunta.
-Tal vez el Presidente lo sabe -arriesgó uno de ellos-.

-¿Saben cómo votará “Camau” Espínola el Impuesto a las Ganancias en el Senado? -tanteó El Litoral-.
-Silencio. Risas. Luego silencio: vuelve el Presidente.

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La ronda específica con cada provincia se cumple y El Litoral avanza sobre la coyuntura.
-¿Colombi es el cambio? ¿Qué tendría para aportar que no haya aportado después de 15 años?
-La política de Corrientes en sí misma constituye una situación particular. No son las generales de la ley. Valoro mucho que Ricardo (Colombi) sea un tipo de larga tradición política que haya creído en el cambio y entendido la necesidad de una política más cerca a la gente, ligada a la obra. Es un hombre que está siempre muy encima de las obras y de las transformaciones que hace en su provincia. (Y) está preparando en su equipo distintos candidatos para continuar.

-¿Tienen candidatos?
-Creemos que hay gente muy preparada y capaz, a la que se agrega gente de otros espacios de Cambiemos. Surgirá en algún momento el candidato con más apoyos para ir a elecciones contra, seguramente, (Camau) Espínola y alguien más…

-¿No descarta un candidato del PRO?
-No. Será un candidato de Cambiemos.

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El Presidente da por terminada la entrevista y sus asesores le indican que aún queda tiempo para una foto grupal. Accede, y mientras tanto, hay espacio para una última pregunta. Tiene que ver con su amigo el gobernador de Corrientes.
Dicen que hay mediciones que le dan muy bien y que en ello podría sustentarse la estrategia electoral de ECO para 2017. Desdoblar elecciones permitiría, por caso, que Colombi vaya varias veces de candidato. ¿Qué hará? Nadie lo sabe aún.

-¿Usted cómo lo ve a Colombi, Presidente?
-Es un dirigente muy importante, una persona muy inteligente.

-Si se queda desocupado el año próximo -las deidades no lo permitan- ¿lo traerá al Gabinete?
-A jugar al fútbol lo vamos a traer.

Colombi en realidad ya juega el picadito de los miércoles con el equipo de los amantes de Gilda y de los globos amarillos. Por eso, ya en la despedida, el vocero Pavlovsky completa la respuesta del Presidente.
-Es rústico. Colombi putea mucho pero no se mueve.
Quien esto escribe quiere suponer que hablaba del juego…

Referencias
1. La frase pertenece a Guido Di Tella. Fue un ingeniero, economista y político argentino, ministro de Relaciones Exteriores durante el menemismo. “Relaciones carnales” fue la expresión con la que el ex funcionario buscó demostrar el alineamiento de la Argentina con los Estados Unidos. Se remonta a 1991. Di Tella la pronunció en un encuentro con las máximas autoridades del Banco Interamericano de Desarrollo, en Washington, explicando la política que la Argentina quería mantener con los Estados Unidos.
-No queremos tener relaciones platónicas: queremos tener relaciones carnales y abyectas.
2. “Estancias de Corrientes”. El libro fue presentado en diciembre pasado con invitación del Gobierno de Corrientes.
3. Populismo cool: categoría propuesta por Beatriz Sarlo en el marco de un ensayo publicado por la revista Noticias el 7 de diciembre pasado.
4. Vecino de cuadra: la Catedral y sede del Arzobispado de Buenos Aires se ubica enfrente del edificio y despacho que hasta 2015 usó el jefe de gobierno porteño, que no era otro que Macri.
5. “Papa peronista” fue la calificación que el gobernador Ricardo Colombi otorgó a Jorge Bergoglio en una entrevista con El Litoral publicada el 3 de abril de 2016. (www.ellitoral.com.ar/407146)
6. María Amalia Sara Lacroze Reyes de Fortabat (Buenos Aires, 15 de agosto de 1921 – 18 de febrero de 2012) fue una empresaria, multimillonaria, filántropa, mecenas y coleccionista de arte argentina. Nacida en el seno de una familia aristocrática, sus primeros idiomas fueron el francés y el inglés. Durante su juventud se convirtió en un ícono de la moda de la clase alta y participó en diversas obras benéficas.
7. En un emocionante partido, Boca Juniors ganó el Superclásico en cancha de River. Fue 4 a 2 a favor del equipo del Presidente y de Barros Schelotto.
8. En Argentina se denomina “teorema de Baglini” a un concepto que sostiene que el grado de responsabilidad de las propuestas de un partido o dirigente político es directamente proporcional a sus posibilidades de acceder al poder. Fue enunciado en 1986 por Raúl Eduardo Baglini, abogado y político argentino, que ha ejercido como diputado y senador nacional entre 1983 y 2003.

Macri se dio una vuelta por Corrientes, bailó un chamamé y se mofó de Colombi

(Domingo 20 diciembre 2015). Apenas 8 minutos duró el superficial discurso del Presidente. Lleno de frases hechas, llamó a la unidad, a formar un gran equipo para sacar a flote a la Argentina y hacer que los que se fueron puedan volver (ver página 5). Se trata, en efecto, del destierro, una triste realidad que los correntinos comparten con muchos connacionales, por lo que el deseo de Mauricio Macri arrancó un alarido de los presentes: un puñado importante de militantes, dirigentes políticos, funcionarios, legisladores, jefes comunales (varios del PJ), y productores agropecuarios que estacionaron donde pudieron sus camionetas a lo largo de los 9 kilómetros de camino casi perfectamente enripiado que conecta la tranquera con el corazón mismo de los molinos arroceros donde se concretó el epicentro de la visita.

El avión presidencial aterrizó en Mercedes pasadas las 9 de la mañana e inmediatamente Mauricio Macri, en compañía del gobernador Ricardo Colombi, cubrieron en el helicóptero oficial provincial los 50 ó 60 kilómetros que separaban el aeropuerto paiubrero con el patio principal del establecimiento “San Celestino”, de Ceagro SA, de quien Luis Martín Irastorza es uno de sus representantes.

Los 45 minutos que duró la visita presidencial, desde las 10,25, alcanzó para sobrevolar la arrocera: sembradío bien dotado como la presa que la riega, ayudada en estos días por la lluvia inclemente que aunque buena para el cultivo, viene lastimando a las familias de casi todo el Taragüí.

Alcanzó además para recibir regalos de Colombi, que apeló al mate como símbolo de amistad del correntino, y a un facón que, a falta de moneda (para evitar la pelea, como sugiere la tradición), fue intercambiado por un billete de 100 pesos que el Presidente eligió de entre los varios que tenía en el bolsillo trasero derecho de su pantalón color crema.

La ceremonia, que ahondó en chascarrillos entre el gobernador Colombi y el presidente Macri, siguió con la entrega de las declaraciones de rigor y luego las palabras del Jefe de Estado, que al final fue obligado a quedarse a escuchar chamamé, a bailar con una dama curuzucuateña y a fotografiarse con músicos y empleados, a los que trató condescendientemente. Colombi no habló.

 

Cerca, pero distante

Saludando a la gente, pero sin contacto directo con los productores; sin anuncios de ninguna naturaleza y sin hablar con la prensa (cosa que antes era toda una tragedia), Macri bajó del acoplado brasileño adornado con alfalfa que sirvió de escenario para volver al helicóptero.

Subió a una camioneta SW4 Toyota y se perdió entre el gentío. Detrás, pidiendo a los gritos que la militancia se haga a un lado, Ricardo Colombi.

“Córranse, que el helicóptero no sale sin mí”, advirtió el Gobernador y abordó un Fluence de Renault para hacerse llevar y desaparecer. De pronto, la nave negra y gris, reminiscente del “Lobo del aire” se elevó detrás de los silos y orientó su vuelo hacia Mercedes. Eran las 11,11 de la mañana.

Así transcurrió la primera visita oficial del presidente Mauricio Macri a Corrientes. Más como un respaldo simbólico a los ruralistas, pero también a Colombi, a quien lo une una sociedad política “que debe recomponerse”, según dicen algunos; “que está en su mejor momento”, según otros.

El propio Macri adujo que vino para consolidar la confianza con el Gobernador correntino, de quien dijo que es un glotón al que no le seguirá en zaga, puesto que no le gustaría recibir de él el pecado de la gula saciado con chipacitos y torta frita. El menú calórico que Colombi engulle cuando maneja, “como si fuera maní”, según se encargó de graficar el Presidente, se constituyó en la “comidilla” del encuentro, que por lo demás fue, como le gusta al titular del Ejecutivo Nacional, más bien bajas calorías.

 

Compañías

Al presidente Mauricio Macri y a su anfitrión Ricardo Colombi acompañaron los ministros Ricardo Buryaile, de Agroindustria; Rogelio Frigerio, de Interior, y entre otros, el presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Emilio Monzó. El gabinete local estuvo en pleno, al igual que el radicalismo de todos los tiempos, a quienes a su vez acompañaron legisladores propios, aliados y no tanto, como varios de los intendentes peronistas que fueron hasta la arrocera a probar suerte, a presentar credenciales y confirmar que la cosa cambió hace poco más de una semana. Por caso, la ventanilla de pagos.

El más “encarpetado” fue el intendente de Goya, Gerardo Bassi, que hasta se puso traje para dejarle a Macri un plan-pedido para el puente Goya-Reconquista.

Asistió también el intendente de Mercedes, el kirchnerista Víctor Cemborain, que se trenzó en charlas de todo tipo, como hicieron casi todos a los que Macri dejó con la palabra en la boca. El mercedeño igual pudo entregarle un presente: otro mate.

Quien se llevó la mayor cantidad de besos, abrazos, selfies y preguntas más farandulescas que políticas fue el ex “piquetero rural” entrerriano, Alfredo De Angeli, actual senador nacional, quien llegó en la comitiva y ocupó un lugar en el escenario, para luego oficiar de embajador del macrismo entre la tosca y el barro que cada tanto ensuciaba a alguien.

 

Tacaño

Colombi hizo dos regalos al Presidente: un mate y un cuchillo. Uno como símbolo de amistad, según dijo; y otro como demostración de poder, según dicen los semiólogos. Regalo que además debe cortar con la tradición de los malos augurios recibiendo una moneda del homenajeado.

Claramente Macri no llevaba encima una moneda y mucho menos sus colaboradores cercanos, así que Colombi no tuvo empacho en pedir un billete. “Traé uno de 100 entonces”, lo toreó. El Presidente sacó uno de tantos billetes que llevaba encima y se lo dio. La gente bramaba y creó el clima para que el Gobernador retomara la iniciativa: “Ahora va a llover mil milímetros”, lanzó, protegido por la carcajada generalizada.

“Esa es la fama que me quieren hacer algunos”, recibió como respuesta, además de una reprimenda jocosa por la obesidad a base de grasa frita u horneada.

 

Aprendiz de chamamecero

Chamamé antes, durante y después. Ese fue el sonido ambiente de la mañana mercedeña-curuzucuateña que sirvió de marco para recibir al Presidente. Pero además, para el broche de oro, Colombi contrató a un lugareño talentoso: Juancito Güenaga, que fue quien terminó tocando para el deleite de la gente, pero también para que el Jefe de Estado se animara sin mayor éxito con el baile.

Sucede que primero fue desairado por Colombi cuando el flamante primer mandatario intentó jugar a ser el damo del mercedeño. Demasiado igualitario para Colombi, que prefirió cortar por lo sano. Igual no pudo evitar la foto.

Pero la cosa no terminó allí y una mujer saltó el corral que la separaba del Presidente y lo invitó a bailar. Se llama María Elena Galdames. Tiene 43 años y es curuzucuateña, madre de varios chicos, uno de los cuales también se fotografió con Macri. María le susurró al oído algunos pasos y el ex alcalde porteño hizo sus mayores esfuerzos. Fue animado y se llevó los aplausos.

“¡Sí, se pudo!”, exclamó la mujer. “Fue una linda experiencia”, alcanzó a decir luego, aturdida por la emoción de haber logrado lo que pocas: hacer bailar chamamé a un presidente que gusta más bien de la cumbia “gildera”.

Todo eso transcurrió mientras Colombi ordenaba la escena. Entra este y sale aquel. Pidió al menos cuatro bises antes de dejar ir a su invitado.

Fue todo el show. Las aspas de la aeronave dieron por terminada la fiesta, que no obstante siguió cerca de las estacas y la carne asada.

Minutos después, la caravana de camionetas desandaba el camino rumbo a la Ruta 119, o lo que queda de ella. La princesa se convirtió en calabaza y los invitados al mitin despertaron del sueño del cambio a la realidad, que viaja a otra velocidad desde hace muchos años en Corrientes.

http://www.ellitoral.com.ar/392912/Macri-se-dio-una-vuelta-por-Corrientes–bailo-un-chamame-y-se-mofo-de-Colombi

La isla de las dos banderas

 
La bandera cubana flamea airosa en la costa. Sus tiras azules, su flecha roja y su estrella blanca ondean siguiendo el viento que galopa fuerte en el malecón. La otra, la que comparte colores y estrellas, blande tímidamente, enrejada, y desde hace unos pocos días. Esa imagen que cualquier curioso puede ver desde la “Plaza de la Resistencia”, es tal vez la síntesis mejor acabada de los días que se viven hoy en Cuba.

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En clave de dualidad, la isla de la Revolución del 59 se dirime hoy entre el miedo a lo desconocido y a una nunca experimentaba expectativa. Entre el bloqueo sanguinario pero útil (en términos políticos), a la apertura necesaria, urgente, y que hace crujir las bases socialistas.
Cuba es Cuba, desde siempre, pero se constituyó en símbolo antiimperialista en oposición a Estados Unidos. Fueron enemigos íntimos y públicos cuando tocó que así sea. Ambos se necesitan y por eso se animaron a dar un paso.
Esta es hoy la Cuba del deshielo, la que espera todo: mejorar su calidad de vida, la economía de su gente, que hoy no es más que propiedad del Estado.
Es en este marco en el que Cuba recibe cada vez a más gente: dos millones de turistas anuales, principalmente canadienses, que podrían ser 4 millones si el deshielo culmina sus etapas preparatorias. Hay millones de norteamericanos listos para cruzar a “la isla prohibida”, tal vez con otras motivaciones, menos machistas, pero recordando los años en que fue su prostíbulo a cielo abierto.
Los turistas de hoy, en Cuba, son aquellos de las playas, pero también los que van a ver de cerca los efectos del “post-fidelismo”, o los que van a conseguir la foto, según dicen, antes de que todo cambie: la foto de la resistencia.
En este contexto histórico y a más de medio siglo de la victoria de la revolución, el gobierno cubano patrocinó este viaje de periodistas para escudriñar la isla; interactuar con su gente; visitar sus paradisiacas playas -las mejores del Caribe-; sus grandes monumentos; sus viejas y pobres calles coloniales; sus grandes avenidas y autopistas; sus pintorescos pueblitos costeros y sus lujosos hoteles donde los cubanos ni siquiera acercan su pobreza visible, palpable, desesperante, pero tampoco su vanguardia educativa, sus reformas civiles y su medicina, una de las más importantes del mundo, que a los cubanos, de nada, les cuesta todavía menos.
Es un país de contrastes y ellos están a la vista. Es quizás el destino que comparte con el resto de las patrias latinoamericanas. Tiene muchas necesidades Cuba, salarios de miseria -que rondan los 20 dólares mensuales-, pero también la cobertura necesaria para que nadie se muera de hambre. Y una garantía: la alegría interminable de su gente.

Cuba: diario de un viajero

Cuba no es lo que uno cree. No puede serlo. No es posible subirse a un avión de última generación y bajar en una base militar que evita calcinarse, en el medio de una selva donde el reloj se paró al promediar el Siglo XX. Fue ese el freno de Santa Clara, como el de toda la isla, lugar en donde aterrizó la nave de la Compañía Panameña de Aviación que desde Buenos Aires, Córdoba y Asunción, trasladó a un grupo de periodistas argentinos para una recorrida por el bastión de los Castro en la era del deshielo.

Allí estaban pues, desperezándose, después de un largo viaje desde distintos puntos de Argentina, este contingente de 12 periodistas, entre ellos el de “El Litoral”; funcionarios de compañía y los guías que desde entonces serían como una sombra.

Apenas en tierra cubana, aquel grupo de hombres y mujeres dio inicio a un viaje de prensa por la isla, desde el centro mismo del archipiélago, provincia de Villa Clara. Objetivos: descubrir nuevos destinos; redescubrir los de siempre; advertir la existencia de un paraíso que cotiza en dólares y euros; y confirmar que Cuba sigue congelada y castigada por el bloqueo norteamericano que ellos mismos llaman “infame, injusto y genocida”.

Ambas “Cubas” abrigan hoy la esperanza de que Raúl Modesto, el menor de los hermanos Castro Ruz, echando mano al sentido común que, dicen, escaseó en Fidel Alejandro, devuelva el mundo al pueblo cubano y evite nuevos cientos de naufragios.

 

La entrada

Transcurrido un lento paso por Aduana y Migraciones, el viaje empezó en una “guagua” (como llaman a los colectivos) por angostas rutas de hormigón que suben y bajan por la cintura de las sierras Escambray, el tercer sistema montañoso en importancia de la isla de Cuba, después de la Sierra Maestra y el sistema Guaniguanico.

Reminiscencias de las rutas yerbateras de Misiones, con ranchos de nunca acabar que en la zona llaman “poíos” o “neoclásico campesino”: aticismo irónico de los miembros de las esferas ilustradas que abundan como las necesidades en aquellas latitudes deflagrantes.

Hileras de palma real a diestra y siniestra; chivatos y pinos; arecas de todas las familias; arroz, banana, guayabo y tabaco. Algunos animales sueltos, sobre todo cebúes y topororos aleteando y cantando por el camino despojado de la parafernalia publicitaria a la que acostumbra cualquier argentino que ande por las rutas; pero al mismo tiempo, pródigo en cartelería revolucionaria: consignas que cada tanto impiden que los conductores se duerman al volante con tiros certeros a la cabeza, al corazón y al bolsillo.

“Sin control no hay revolución”, dice uno de aquellos paredones revocados, blanqueados con cal y escritos con látex. Firma el Che. “Del combate diario a la victoria segura”, afirma otro. Mismo autor. “Éste es un pueblo de ideas y combate”, atestigua todavía hoy un cartel en Santa Clara, también conocida como la ciudad “de las guerrillas heroicas”. Y así en las rutas reales y en las posibles; en las calles y casas de aquel pedazo de tierra aprisionado por los mares del Atlántico y del Caribe al que los cubanos se refieren con grandilocuencia: “Nuestro largo lagarto verde”, grafican, forzando la descripción de una figura animal que, según ellos, deja ver la isla desde el aire y que confirman con los mapas.

 

Visitando al Che

Este viaje periodístico coincidió con una fecha especial: los 48 años de la muerte del Che. El gran Ernesto Guevara de la Serna, aquel médico argentino que Raúl presentó a Fidel en México a finales de julio y principios de agosto de 1955 y que desde entonces fue el primer expedicionario del Granma y parte de la revolución hasta convertirse, tras ser acribillado por un soldado boliviano en aquella patria, en uno de los santos de la gesta comunista en el archipiélago del Caribe.

Estar cerca de Santa Clara convierte casi en obligatorio pasar por el monumento del “Tren blindado”, jalón clave en la victoria de los rebeldes y la cucarda más sobresaliente de aquel soldado que, en palabras de Fidel, protagonizó un “audaz ataque a la ciudad de Santa Clara, penetrando con una columna de apenas 300 hombres en una ciudad defendida con tanques, artillería y varios miles de soldados de infantería”.

Por eso mismo y otras razones más domésticas, pero no menos revolucionarias, como el amor, se levanta en ese lugar el “Mausoleo del Che”. Imponente plaza y monumento que alberga en sus entrañas uno de los más formidables archivos de Guevara, Cienfuegos y los Castro; pero además, que contiene la tumba del “Comandante” y de otros 31 combatientes en la gesta trunca de Bolivia.

De los lugares que un mortal común puede visitar en Cuba sin visados especiales, este tal vez sea el más importante, el más custodiado, el más simbólico, el más conmovedor. Los restos del prócer que fueron identificados por profesionales argentinos del Cuerpo Médico de Antropología Forense, yacen allí en Santa Clara, su casa en Cuba, custodiado por su pueblo y unas cuantas capas de hormigón antimisiles. Eriza la piel observar su cara esculpida en la piedra que sella su sepulcro.

Mira, interpela, vive. El Che vive.

Estando allí y dejándose llevar, tal vez uno resignifique lo que el más voraz marketing capitalista redujo a una foto estampada en cuanta superficie lo soporte.

“La cara del Che” se ha vuelto un negocio de millones tan formidable que hace temblar las seguras bases del ron o los tabacos, otros dos productos de excelente manufactura que también sostiene, como el turismo, la endeble economía cubana.

En ese lugar de Santa Clara, envuelto en silencio, uno puede imaginarse al Che en motocicleta; en el Granma pensando; en los montes combatiendo; en las sierras tosiendo, aquejado por el asma que lo persiguió como su sombra. O en la ONU discutiendo. Incluso se lo puede ver en Bolivia, muriendo. Allí mismo yace, de hecho, la prueba de su muerte.

Rumbo a Trinidad

Apenas repuestos (un poco por la emoción argentina de ver a un héroe connacional a unos 10 mil kilómetros de su Rosario natal; y otro poco por el calor impiadoso del mediodía en la zona de las villas, en el centro norte de la isla), el contingente retornó a la “guarandinga” moderna, hecha en China para el turismo en Cuba para continuar el viaje.

Frank, el chofer, intentó congraciarse festejando chistes que tal vez ni haya entendido.

– “El Che hacía muchos chistes, como ustedes”, dice, abriendo la puerta de su erudición sobre el susodicho.

Enciende la guagua y el grupo va en busca de Trinidad, un pueblito perdido en su propio tiempo, allá por el 1500.

Primero la Torre Manaca Iznaga y luego el Valle de los Ingenios. Región productiva en la que también se encuentran tejares y que en conjunto hicieron de ese pedazo de tierra recostado sobre el mar Caribe, un portento económico del que quedan sobrados vestigios.

La ciudad está resguardada y en proceso de puesta en valor, como todos los edificios importantes del país. Gran parte del casco céntrico está ya restaurado y ello atrae al turista, lo mismo que su “canchánchara”, un elixir a base de ron y miel con el que, dicen, los soldados espantaban las pestes del cuerpo y los sustos del alma.

Un tostón de cangrejos, como los que sirven en el paladar de “Pepe” López, un pequeño restaurante musical llamado “Guitarra mía”, paga con creces la visita a Trinidad, y hasta quizás, haga olvidar al visitante el esfuerzo de vencer las distancias para conocerla.

 

Pueblo musical

Julián Zini dice de los correntinos: “La música está en el alma de los hijos de este suelo/ Se les subió por la sangre de los talones al pecho/ Y les retoza en el alma, ni bien abre el instrumento”. Trabajoso encontrar, en poetas semejantes, descripción tan universal.

Habrá pensando, tal vez, en Compay Segundo, en Omara Portuondo, en Ibrahim Ferrer, en los muchachos del Buena Vista Social Club, cuya formación actualizada cualquiera puede ver y escuchar estando en el lugar indicado y con algunos dólares encima.

(Los jueves y sábado, por ejemplo, en el Hotel Nacional. En el Café Taberna, o en la Sociedad Rosalía de Castro, a razón de 30 o 35 CUC por persona. Pasa como con Tropicana, ese icono de la cultura nocturna cubana que está disponible por 60 a 120 CUC, que nunca está demás decirlo, se trata del peso convertible cubano que cotiza mejor que el dólar y apenas menos que el euro).

Para el resto la música está disponible casi en cualquier parte. En los hoteles, restaurantes, en los bares o al costado del puñado de mesas de los paladares que Raúl Castro reimpulsó al permitir entre otras cosas, este emprendimiento gastronómico privado.

“La música está en el alma de los hijos de este suelo”. Ya sea en clave de son, punto, rumba, chachachá, guajira, habanera, salsa o boleros, la música acompañará al visitante de la isla. “Dos gardenias”, “Chan-chan”, “Quizás” o “Píntate los labios María”, en versión de Omara, hacen que se curen todos los dolores. “Guantanamera”, al sonar siempre, le recuerda a uno que permanece en la isla.

Pero si además el público es argentino, no tardará quien dedique “Hasta siempre comandante”. Será emocionante, pero también cansador cuando se acumulen los días.

No obstante, siempre habrá un tema para salir del paso. Pues como la brasilera, la música cubana tiene “ese no sé qué” que enamora a uno, perdidamente y sin reparos. Puede que sea esa sensualidad que se desparrama con las melodías o la armonía de este pueblo que, al fin y al cabo, desde siempre hizo música “hasta con dos palitos”, según dijo un poblador que, además de saber por músico, sabe por viejo y erudito.

Fue este hombre una puerta de entrada a los escritos de Ana María Radaelli, quien en su libro “Destino Cuba”, cuenta al detalle la historia del “Chamamé a Cuba”, una pieza que a fuerza de elogios integra hoy la lista de temas oficiales en la discoteca del régimen. Bella versión, por cierto, la de Soledad Bravo, cantora revolucionaria…

¡Es la política, chico!

Adelante, nuevamente, después de una copiosa lluvia engendrada en las entrañas del trópico, el micro se abrió paso entre las sierras, las consignas, los poíos, las necesidades. La pobreza que se manifiesta como en cualquier lado, pero que en Cuba hace eclosión al punto de la urticaria.

Es difícil analizar Cuba desde afuera de esa cosmovisión que los mantiene en pie de lucha. Es imposible no comparar esos pobres isleños con los pobres de estas latitudes. Los de las villas miseria de La Habana con los del Gran Buenos Aires, o con los que Corrientes tiene aquí, a la vuelta de la esquina. O Chaco, Misiones o Formosa. Es imposible no decir que aquello es una pobreza despiadada. Pero aquí, por menos, los chicos se mueren, mientras que allá tienen obligación de estudiar y cuidarse. Que de eso se encarga el Estado, además de racionarle la comida para que al menos el hambre no sea lo que los lleve a la tumba.

¿Puede ser eso una pobreza digna, o la indignidad de la pobreza invalida el adjetivo?

La discusión no fue zanjada entre los colegas. Provocó sí un tono alto de discusión que con los días se atenuó, sobre todo después de escuchar a un músico en la sobremesa de una cena bien tendida en el paladar de doña Carmela, en los altos de La Habana.

–  “Es pobreza. Sí. Está ahí y hay que mostrarla y no negarla como pretenden algunos. Es pobreza, ¡pero suave, chico!”.

Suave. Curiosa calificación, pero que encuentra su contexto implícito en aquello de la educación. En situaciones como esas en que la policía y la directora de cualquier colegio cubano visitan la casa de un alumno a pedir explicaciones de por qué ha faltado un sólo día a clases. O en eso de la gratuidad y excelencia sanitaria. En aquello de la solidaridad a prueba de escasez o en todo aquello en que ha calado lo mejor del socialismo y que hoy, aun con las pérdidas económicas, está en salvaguarda en la cabeza y el corazón de muchos isleños.

De esta conversación, igualmente, es difícil salirse indemne. A veces faltan y otras veces sobran los argumentos. Todo, como siempre, dependerá del punto de vista. No obstante, lo embarga a uno, constantemente, esa sensación contradictoria de satisfacción por las posibilidades del hombre y, al mismo tiempo, de angustia por la maldad de la que es capaz la misma especie.

 

Bloqueo, el genocidio más largo de la historia

Aunque sea en plan de turismo, llegar a La Habana implica hoy, mucho más que eso. Ciudad de ciudades en Cuba, es además de la capital, la prueba de la revolución, su resultado. Es la plaza de Martí, del Che y de Camilo; cuna del capitolio más grande del mundo; dueña de los palacetes que aún pueden validar su título de obras de arte; pero también La Habana es una ciudad con escasez y barriadas pobres llenas de miseria y hacinamiento.

Es, por estos días, la ciudad que cree en el Papa, pese a no profesar el catolicismo. Cree en sus gestiones y en la amistad de la iglesia, después de tanto desaire, para retomar la senda del dialogo con Estado Unidos. Es, hoy, la reapertura de la embajada norteamericana en el malecón y el ondear de su bandera, después de largos años de prohibición.

Es la plaza de la Tribuna Antiimperialista, instalada justo enfrente de la oficina del embajador, atiborrada de mástiles con banderas cubanas y trapos negros que recuerdan a los caídos cubanos en distintos atentados. Se la conoce también como el “Monte de las banderas”. Parado en la zona uno entiende de qué se trata. Allí mismo el Estado cubano instaló sus consignas.

“Patria o muerte”. “Venceremos”. Así dicen dos gigantescas proclamas que apuntan a los ventanales vidriados del edificio diplomático abierto en 1958 y cerrado hasta hace pocos días atrás, como para que vayan sabiendo cuantos pares son tres botas o que no es posible que se sigan creyendo los “cheches” (patrones) del mundo, según definió un guajiro que migró del interior a la vieja ciudad amurallada.

Pasaron más de 50 años de revolución para que las relaciones vuelvan a tenderse, en las condiciones que predijo Fidel en 1973. Richard Nixon acababa de jurar su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos y terminaba la guerra de Vietnam. Fidel Castro, mientras, llevaba 14 años como primer ministro de Cuba y las relaciones con el país vecino eran inexistentes. Fue entonces cuando lo dijo: “Los EE.UU. vendrán a dialogar con nosotros cuando tengan un presidente negro y haya en el mundo un Papa latinoamericano”. Conjugadas las variables, las relaciones volvieron a abrirse, más pensando en los negocios y menos en las culpas. Un proceso lento pero que tiene a todo Cuba en situación de expectativa. La gente ya no cree solo en la revolución. Necesita otros valores, en el amplio sentido de la palabra.

Raúl cambió la perspectiva del cubano y se lo agradecen. Esperan. Le dan tiempo. Confían, más allá que ya anunció su retirada.

 

Dos noches en La Habana

Un Chevrolet azul del año 53 esperaba afuera de la casa para iniciar un paseo por la ciudad vieja. Son 7 milímetros de chapa, capaz de matar del susto -además del golpe-, si es que alguno te choca.

“Son autos pa´ toda la vida, chico”, dice el chofer, que hace el “favor” de acercar al grupo a la zona del Prado violando la ley, pues su vehículo, si bien tiene motor gasolero nuevo, caja restaurada y los frenos en orden, carece de aire acondicionado, lo que debería privar al tachero -según normas revolucionarias- de trasladar turistas.

Ya en el corazón de La Habana vieja, cuesta trabajo recuperarse del viaje en el tiempo. De contemplar la resistencia del pueblo y de sus cosas. Es inevitable la alegría por la restauración de los palacetes, monumentos y obras de arte (con fondos internaciones o con el 60% de los recursos propios generados por el turismo); pero también brota la tristeza por ver a la gente, a la mayoría, abandonada a su suerte, que en Cuba es casi nada.

Chicos jugando al dominó en sucias esquinas, mujeres en los umbrales, hombres bebiendo, ropas secándose en los balcones, cables que cruzan, se enredan y se caen en complicidad con la providencia, que evita las desgracias.

Taxis, bici-taxis, coco-taxis. La Habana es ciudad de mancomunión obligada por la pobreza. De frustración por el bloqueo, que no obstante los llevó a una conclusión inapelable: o se mueren o se salvan, pero eso será en conjunto.

 

En primera persona

Nunca pensé que lo que el mundo llama “contradicciones del régimen”, se me revelaría de manera tan categoría. Era de noche en La Habana. Unos colegas y yo acabábamos de bajar de una guagua (el transporte que vale menos de un peso argentino) y nos disponíamos a caminar hasta la casa que nos alojaba. Nos acompañaba Ernesto, otrora combatiente, compañero del Che en varias de sus luchas.

Ernesto ya no empuña un arma. Ahora es poeta, profesor de teatro, escritor de guiones, profesor de Historia y Filosofía en la Universidad de La Habana y en el Instituto Superior de Pedagogía. Conoce como pocos la ciudad y su historia que, generoso, él la cuenta.

Tiene en su casa más de 5.200 libros. Sabe de política local e internacional y la explica con la misma solvencia con la que enseña las ramas constitutivas del arte cubano.

Retirado a los aposentos de la antropología, describe sentimientos más que modos de ser. “Este es un pueblo erótico”, dice, “pero tiene miedo a la ternura”…

Pues bien. Ernesto, un combatiente con los padres de la revolución, fue un disidente de Fidel y ahora un admirador de Raúl, al que observa con cautela, pero también con esperanzas. Es un escritor de café, o de paladares, para decirlo en cubano. Pero a veces no consigue papeles y otras tantas se les acaban las lapiceras. Es común que ello ocurra en aquel pedazo de tierra lleno de carencias.

Por eso, casi siempre, chicos y grandes se acercan a los turistas por un poco de jabón, shampoo o caramelos. Chicos y grandes piden ¡caramelos!

Nuestro guía, Ernesto, es un dramaturgo de nota que veces, vaya paradoja, no tiene cómo escribir. Ni siquiera un lápiz. Eso también pasa en un país como Cuba, al que Ernesto no abandonó, como su familia, hoy radicada en Estados Unidos. Ernesto se quedó a resistir. Se enfrentó al régimen y ahora, con Raúl, piensa atenuar sus posturas.

Ernesto escribe. Por eso justamente y como un gesto de agradecimiento por toda la ayuda dispensada y el tiempo dedicado, aparté la mejor de mis lapiceras para obsequiársela.

Cuando un intelectual de su tipo llora de alegría y agradece un presente tan pequeño, además, con un abrazo, se caen a pedazos los argumentos.

–          ¡Qué día me han hecho pasar hoy, chico!, dijo Ernesto, secándose las lágrimas.

Ojalá supiera alguna vez el día que él nos hizo pasar a nosotros, me dije en silencio. Se despidió prometiendo usar la roller sólo para firmas importantes. Yo me despedí como quien se desangra, prometiendo volver algún día.

Un chamamé en Aruba

La música, tranquila, en guitarra, sonaba de fondo.

***
Raro ambiente nocturno el de Aruba en una casa baja, de las afueras. Lejos (si es que vale el término en un país de apenas un puñado de kilómetros) de la costa y por tanto, del lujo de las residencias particulares y cadenas hoteleras más importantes del mundo.
Era una casa de barrio como cualquiera, pero esta era una casa del caribe holandés, lleno de funcionarios que esperaban al menos dos o tres horas antes a un grupo de periodistas de los medios más importantes de la Argentina.
Un desencuentro, pero también el letargo que produce la belleza misma del lugar, retrasó al contingente de una actividad montada al afecto: degustar comida y bebida típica en una casa de familia, todos vestidos de blanco, a la luz de las velas y de la luna caribe, en compañía, nada menos, de una referencia musical y cultural de la isla.
Nadie lo sabía. Ese hombre de color, que parecía sacado de las formaciones originales del Buena Vista Social Club, empezó a descomprimir el aire y los estómagos. La comida, pero sobre todo la bebida, empezó a fluir como las charlas que en plan de intercambio sostuvieron los invitados. La música empezó a llegar, también, envuelta en su magia cautivante.
Así se escuchó un tango, homenaje en clave insular para los ilustres visitantes. Temas inmortales de la entrañable Mercedes Sosa en castellano, pero también en papiamento, holandés e inglés; en cualquiera de las cuatro lenguas vivas que se hablan con asiduidad cotidiana en esa la isla que no es más que la mitad de Apipé Grande, aquel escollo de tierra correntina rodeado de aguas paraguayas que se hizo famoso por su vecindad con la represa de Yacyretá.

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Por un momento, la atención se volcó hacia el cantautor. La cadencia de su arte se hizo intensa, como la comida, rica en sabor y aromas, pero también como la experiencia que se esconde detrás de la tranquilidad de las aguas color turquesa y las arenas color hueso que distingue a este pedazo de tierra con los atributos del bíblico Edén.
Fue entonces cuando se produjo el milagro: un chamamé, canalizado en un mejunje de voces, empezó a sonar sin pedir permiso en la mismísima isla en la que descansan, de tanto en tanto, los reyes holandeses.
Las alas de la cultura que atraviesa a los pueblos, llevó la semilla que hizo germinar en aquel saliente de un mar mitológico, al “Carito” de Tarragó Ros y León Gieco.
Fue suficiente. El hechizo cumplió su objetivo. Pero, ¿quién era aquel que remedaba el chamamé de Cocomarola en una isla que contiene a la “Eagle Beach”, una de las diez mejores playas del planeta?
¿Cómo se llama ese viejo caribeño, con facha de Cuba, que se bebió sin prisa el sol de Aruba, que en este paraíso no se hace rogar casi nunca? ¿Quién es aquel que entendió, casi sin conocerla, a la lluvia que acompañó a Gardel, Atahualpa, o a la Negra Sosa en sus caminos de la América profunda?
¿Quién es este que protesta como Teresa Parodi en uno de los destinos turísticos preferidos por muchos enamorados y donde, por tanto, casi casi que reina la dicha en todas sus formas?
Amayra, otra negra caribe, que se fue convirtiendo con los años en una avezada guía de turistas, intentó miles de respuestas…

***

Mientras el encanto musical seguía en curso, periodistas de toda la Argentina -entre ellos uno de El Litoral-, hacían lo que mejor saben: comer, beber, preguntar y dejarse sorprender. ¿Qué es eso del cinturón de huracanes? ¿Cuándo vendrá uno a llevarnos hasta el fondo de los arrecifes?, preguntó un cordobés parlanchín.
La respuesta, en prudente tono holandés de una de las dueñas de la fiesta, integrante también de la Autoridad de Turismo, no se hizo esperar:
-Estamos debajo del cinturón, por eso nunca hay huracanes por aquí. Aruba tiene días de 27 grados centígrados durante todo el año, vientos refrescantes característicos y baja humedad. Por eso es el destino turístico perfecto para todos los gustos.
¿Llueve?
-Casi nunca.
¿Cuándo es preferible venir?
-Cuando quieran. El clima es igual casi todo el año.
¿Y la comida?
– Unas 90 nacionalidades influyen en la cocina de Aruba, con platos locales como el gouda glaseado del keshi yena, que es como un guisado de carne (de res, pollo, cerdo o cabrito) con cebollas y morrones que, acomodado en cama en una fuente, termina su cocción con una manta de queso. Pero también lo mejor de América del Sur, Europa y el Caribe se juntan en los menús favoritos de la isla, que los hay, claro, para todos los gustos. No falta el asado, por supuesto, y tampoco una parrilla argentina.
Para estar “cerca de casa”, cualquiera puede preguntar por El Gaucho. Desde 1977, este restaurante da de comer a turistas de todas las latitudes, pero sobre todo, atiende a los argentinos que cada vez más viajan a Aruba.
Podría decirse que eso, el asado y la comida en general, pero también la bebida (por ejemplo el coctel “Aruba Ariba”, preparado con ron, vodka, tequila, triple seco (un licor incoloro hecho de la destilación de la cascara de naranja), jugo de limón y naranja, crema de plátano, granadina, cereza y hielo picado), constituyen una de las tantas certezas de la isla: hay en abundancia y muy sabrosas.
Sólo basta con pasar por Old Fisherman, por caso, para probar lo que pueden hacer con los frutos del mar o con las sopas de productos de la zona. O, para los más exigentes, hacer una reserva en La Trattoría del Faro Blanco, en la punta norte de la isla, donde, según advierte su muy amable anfitrión, no se repiten puestas de sol desde los siglos de los siglos.
Estando por allí, es verdad, uno cree encontrar el verdadero gusto de la vida: puede sentirla más plena, aunque cueste un poco más, o bastante más que otros tantos sitios que natura aún provee, pese a las sinrazones del hombre.
Si además, la puesta del sol logra cautivar a uno con el poder que implica creer que es única, estaría resuelto el valor sentimental de uno con el lugar. Estando allí, viviendo esa experiencia, no habrá quien no sienta ganas de jurar y perjurar que volverá.

***

Es que Aruba es más que una línea de costa con las mejores playas que pueda disfrutar la humanidad.
El turquesa de las aguas; el blanco de la arena que además no quema los pies; y la sombra de los divi divi, esos arbolitos que se orientan con los vientos, y que al natural parecen de cuento; constituyen sólo el portón de entrada a un lugar de ensueño en el que viven unas 110 mil personas de unas 90 nacionalidades, entre ellas unos cuantos argentinos que decidieron poner allí una dirección postal.
Aruba es una isla independiente, pero con una marcada influencia holandesa, reino del que ya no depende en términos políticos ni administrativos, desde 1986, pero si en asuntos exteriores y defensa. Es la casa de verano de la reina Máxima, connacional, esposa del rey Guillermo de Holanda. Es un poblado lleno de turistas donde se mira fútbol en color naranja o, eventualmente, en celeste y blanco. Máxima y Messi siempre son referencia, sobre todo en la charla con argentinos.
Aruba es más que sus hoteles, como los de la cadena Divi; el Phenix Pure Ocean, que ofrece almuerzos y cenas a orillas del mar, a la luz de velas y antorchas; o los aristocráticos Renaissance, donde se alojan los monarcas y sus cortes; o quizás más que el The Ritz Carlton, que categoriza su lujo en diamantes.
Más que sus bares en la playa, como el altamente recomendable West Deck, lindero del parque Reina Wilhelmina; sus rumbas atiborradas de estadounidenses, pero también de vecinos de la costa continental venezolana o colombiana, desde donde un experto podría llegar a nado.
Es más que sus paseos en lanchones, la adrenalina del chapuzón a mar abierto, o sus expediciones a barcos hundidos que ofrece De Palm Tours. Más que su paseo en tranvía por el centro, sus shoppings, sus ferias en la plaza Nikki Habibe; más que sus rocas de Casibari y Ayo, que además permiten un avistamiento casi total de la isla.
Aruba es mucho más que un parque nacional de fauna y flora. Es también el acantilado, el recuerdo de sus minas del 1800, y las piedritas que los enamorados amontonan en la costa Este con la promesa del amor eterno y la vuelta, pronto, a estos confines de ensueño.
Más que la capilla de la colina de Alto Vista, donde los inquilinos de Hollywood preparan sus casamientos, que a veces pueden durar menos que una película. Es más, aún, que la vista perdida en el horizonte en el Faro California.
Es más que un destino aristocrático. Está entre los mejores lugares para vacacionar con amigos, sobre todo adolescentes, y, claro, en pareja, pero igualmente en familia, con locaciones para todos los gustos. La distinción es una característica.
El dólar es moneda de uso corriente, tal vez más que el florín, con el que no cotiza en paridad, pero circula en igualdad de condiciones.
Aruba es una pequeña ex colonia holandesa que deslumbra por sus bellísimas playas, resorts de lujo y noches de cuentos caribe, como los de García Márquez. Puede ser escenario de las historias más fantasiosas pero también, un lugar capaz de convertir los sueños en la realidad de un día cálido como todos los de este suelo de unos pocos kilómetros y que alguno, alguna vez, tildó de “inútil”.
Es más que “One happy island” (una isla feliz), como se lee por todas partes, hasta en las patentes de los autos; en las chapas reales y en las que se venden como souvenirs en el mercado de artesanías de Oranjestad, su capital. Es eso y más, pero todo junto y al mismo tiempo.
Es la historia del argentino que se casó con una inglesa y que ahora viven en Aruba sin hablar de Malvinas. Toman mates pero, sobre todo, dan de comer a estadounidenses. Quien quiere saber más de ellos, no tiene más que pasarse por Dushi Bagels en playa Linda.

***

Tal vez, entonces, sea todo eso. No era la magia de la música la que depositó a estos escribas del sur de América en una madrugada más latina que europea, y los amontonó con personas más acostumbradas al orden y al trabajo desde el mismísimo alba, que al griterío de trasnoche.
Tal vez no era lo uno ni lo otro, como definió la propia Amayra.
-Nosotros no somos ni americanos ni europeos. Somos caribeños.
Así pues, esa madrugada caribe era un conjunto de circunstancias que convirtió una jornada cualquiera, de compromisos oficiales, en una de interacción con personas tan distintas pero tan iguales, en el fondo.
Se trata de eso. De la experiencia. ¡Qué suerte! A este grupo de periodistas de la Argentina toda, le tocó un viaje sin retorno, puesto que de allí, desde esa realidad, será difícil regresar.

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– Ah!!! Se llama Etty Toppenberg, añadió Amayra, cortando la ensoñación, pero volviendo a la pregunta inicial acerca de aquel músico anfitrión. Etty Toppenberg.
Con este hombre, un batallador de la cultura de su minúsculo país, alguien se animó a un blus, algún que otro a un repertorio americano y claro, los litoraleños, a un chamamecito con gusto a río.
– ¡Arriba Aruba! ¡Y salud!, corearon los dueños de casa. Ese brindis se repitió más de la cuenta. Alargó la velada con la ilusión conjunta de los invitados de que así, tal vez, no terminaría nunca.
Si algo puede coronar el viaje a un paraíso en la tierra, eso puede ser estar en el momento adecuado, con las personas adecuadas. Si el viajero lo consigue, es seguro que intentará volver, una y otra vez, para tratar de comprobar que todo aquello en verdad sucedió.

Panamá, la ciudad de los contrastes

El dato
El significado del nombre Panamá es “abundancia de peces”. Panamá es un excelente lugar para pescar, cuenta con más de 1.500 islas y 480 ríos.

Panamá es todo eso. Una ciudad vieja declarada Patrimonio de la Humanidad por sus construcciones españolas-francesas; una pequeña Dubai con casinos, hoteles y edificios corporativos de vanguardia mundial; sedes bancarias que se cuentan por centenas; obreros que se cuentan por miles, como los pobres; un canal que factura 9 millones de dólares al día en concepto de peaje y otras dos economías que se cuentan casi por el mismo valor: la del puerto libre y la del turismo que, además de descansar, compra en el puerto libre.
Panamá es Centroamérica. Limita al Norte con el mar Caribe; al Sur con el océano Pacífico; al Este con la República de Colombia y al Oeste con la República de Costa Rica. Está dividido en 9 provincias, 75 distritos, 621 corregimientos y 5 comarcas indígenas: Kuna Yala, Ngäbé-Bugle, Emberá-Wounaán, Madungandí y Wargandí, que se auto-gobiernan.
Su población no supera los 4 millones de habitantes, distribuidos en una superficie de 75 mil kilómetros cuadrados; 13 mil menos que los 88 mil kilómetros cuadrados en los que vive el millón de correntinos.
Su presidente es Ricardo Martinelli, desplantado hace un par de semanas en una conferencia de la Organización Internacional del Trabajo por problemas justamente con sus trabajadores, a quienes intenta limitar nada menos que el derecho a huelga.
La ciudad de Panamá, capital de la República, no tiene más habitantes genuinos que la capital de Corrientes (cerca de 400 mil), aunque llegan a ser cerca de un millón por todos los que de alguna manera fijan allí su residencia: ejecutivos y titulares de infinidad de empresas, banqueros, trabajadores del puerto, de las constructoras que avanzan con el proyecto del nuevo canal y hasta exilados de Colombia, Venezuela, Estados Unidos y otros tantos países como Argentina. Gente que comparte un destino común: el de detestar a sus respectivos presidentes.

De aquí y de allá
En Panamá, como en toda ciudad cosmopolita, se come de todo y bien, además de lo que se toma, principalmente ron, que si es “El Abuelo”, mejor.
El plato principal típico, el asado de ese istmo americano, bien puede ser una especie de arroz con pollo (guandú) que se sirve abundantemente con cerveza (Atlas), hasta llegar al postre que nadie duda en identificarlo: “tres leches”, un dulce que surge de la mezcla de su materia prima deshidratada en su cocción.
Su exponente cultural más importante, con reconocimiento internacional, no es otro que Rubén Blades, el de la salsa intelectual.
Su historia, en tanto, se cuenta de a pedazos: “sin rencores”, dicen, y de ese modo se sacan de encima el peso de calificar a sus eternos invasores, los estadounidenses, norteamericanos, o simplemente “gringos”, con quienes comparten, además de un poco de la lengua (el inglés, claro), una moneda común, el dólar, que cotiza uno a uno con la moneda nacional, el Balboa, billete que más bien se expone en los museos.

Números
Panamá es una ciudad que crece, hoy, a un ritmo frenético, dicen que del 10% anual, producto del control soberano de sus recursos, cosa que ocurre hace menos de dos décadas, desde 1999, para ser exactos.
Según el gobierno de ese país, la tasa de desempleo se redujo del 6 al 4% en 2011. La oposición dice, en cambio, que de cada 100 trabajadores, el 41% está en negro.
El salario mínimo de un panameño es de entre 430 y 490 dólares. Aumentó el 18% en el último año, pero también hay inflación. Y si bien según el gobierno se redujo la pobreza del 36 al 23% en los últimos 3 años, Naciones Unidas considera que todavía hoy en ese país hay un 32% de pobres.
Se los ve. Una cosa es el panameño ejecutivo, empleado u obrero, y otra muy distinta aquel que vive cercado de baldíos o en casas de la colonia que pueden caerse con cualquiera de las lluvias, abundantes en esta época, a razón de ser el único distintivo entre e verano y el invierno.
La temperatura no baja de los 30 grados todo el año. Tampoco baja la humedad, lo que convierte a esas costas besadas por el Atlántico y también por el Pacífico en el mismo infierno.
Sopor, palabra si las hay, nunca puede entenderse mejor que estando bajo la influencia del Caribe, rodeado de gallinazos y de una brisa limpia y perfumada que, cuando aparece, puede decirse que Dios existe.

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Panamá es la ciudad de los contrastes. Allí conviven el glamour con la pobreza; escasos mercaditos de baratijas con cadenas mundiales de marcas líderes, sin escalas (pues ni siquiera hay kioscos: los diarios se venden en los supermercados y los cigarrillos se consiguen a pedido, por la gracia de vendedores ambulantes); artesanos y trasatlánticos que transportan producciones enteras de lo que sea; pequeños bares y casinos gigantes.
Muchos trabajadores e igual número de prostitutas; tantas, que las enfermedades de transmisión son un problema que puede golpear la puerta de cualquier desprevenido. Por eso hasta el panameño previene. La profilaxis es un tema del que se habla, que se respira.
Es la ciudad de las callecitas angostas y avenidas también angostas; de subidas y bajadas; la ciudad del mar y de la rumba, de las islas paradisíacas y hoteles de lujo. Pero es, sobre todo, una ciudad tranquila, ciertamente segura, de una amabilidad inagotable, muy barata, y de una musicalidad al oído que enamora.
No se sabe si llegando a Panamá uno llega a casa, pero seguro habrá alguien que, enterado de la visita, saca a relucir sus conocimientos sobre Buenos Aires, algo acerca de la Presidenta y mucho, pero mucho, acerca de Messi. No es poco para romper el hielo que sabe a miel con un poco de ron añejo.